domingo, 6 de mayo de 2018

Recordar a Gonzalo Arango _ Elegía a “Desquite”

Elegía a “Desquite”

Sí, nada más que una rosa, pero de sangre. Y bien roja como a él le gustaba: roja, liberal y asesina. Porque él era un malhechor, un poeta de la muerte. Hacía del crimen una de las más bellas artes. Mataba, se desquitaba, lo mataron. Se llamaba “Desquite”. De tanto huir había olvidado su verdadero nombre. O de tanto matar había terminado por odiarlo.
Lo mataron porque era un bandido y tenía que morir. Merecía morir sin duda, pero no más que los bandidos del poder.
Al ver en los diarios su cadáver acribillado, uno descubría en su rostro cierta decencia, una autenticidad, la del perfecto bandido: flaco, nervioso, alucinado, un místico del terror. O sea, la dignidad de un bandolero que no quería ser sino eso: bandolero. Pero lo era con toda el alma, con toda la ferocidad de su alma enigmática, de su satanismo devastador.
Con un ideal, esa fuerza tenebrosa invertida en el crimen, se habría podido encarnar en un líder al estilo Bolívar, Zapata, o Fidel Castro.
Sin ningún ideal, no pudo ser sino un asesino que mataba por matar. Pero este bandido tenía cara de no serlo. Quiero decir, había un hálito de pulcritud en su cadáver, de limpieza. No dudo que tal vez bajo otro cielo que no fuera el siniestro cielo de su patria, este bandolero habría podido ser un misionero, o un auténtico revolucionario.
Siempre me pareció trágico el destino de ciertos hombres que equivocaron su camino, que perdieron la posibilidad de dirigir la Historia, o su propio Destino.
“Desquite” era uno de esos: era uno de los colombianos que más valía: 160 mil pesos. Otros no se venden tan caro, se entregan por un voto. “Desquite” no se vendió. Lo que valía lo pagaron después de muerto, al delator. Esa fiera no cabía en ninguna jaula. Su odio era irracional, ateo, fiero, y como una fiera tenía que morir: acorralado.
Aún después de muerto, los soldados temieron acercársele por miedo a su fantasma. Su leyenda roja lo había hecho temible, invencible.
No me interesa la versión que de este hombre dieron los comandos militares. Lo que me interesa de él es la imagen que hay detrás del espejo, la que yacía oculta en el fondo oscuro y enigmático de su biología.
¿Quién era en verdad?
Su filosofía, por llamarla así, eran la violencia y la muerte. Me habría gustado preguntarle en qué escuela se la enseñaron. El habría dicho: Yo no tuve escuela, la aprendí en la violencia, a los 17 años. Allá hice mis primeras letras, mejor dicho, mis primeras armas.
Con razón... Se había hecho guerrillero siendo casi un niño. No para matar sino para que no lo mataran, para defender su derecho a vivir, que, en su tiempo, era la única causa que quedaba por defender en Colombia: la vida.
En adelante, este hombre, o mejor, este niño, no tendrá más ley que el asesinato. Su patria, su gobierno, lo despojan, lo vuelven asesino, le dan una sicología de asesino. Seguirá matando hasta el fin porque es lo único que sabe: matar para vivir (no vivir para matar). Sólo le enseñaron esta lección amarga y mortal, y la hará una filosofía aplicable a todos los actos de su existencia. El terror ha devenido su naturaleza, y todos sabemos que no es fácil luchar contra el Destino. El crimen fue su conocimiento, en adelante sólo podrá pensar en términos de sangre.
Yo, un poeta, en las mismas circunstancias de opresión, miseria, miedo y persecución, también habría sido bandolero. Creo que hoy me llamaría “General Exterminio”.
Por eso le hago esta elegía a “Desquite”, porque con las mismas posibilidades que yo tuve, él se habría podido llamar Gonzalo Arango, y ser un poeta con la dignidad que confiere Rimbaud a la poesía: la mano que maneja la pluma vale tanto como la que conduce el arado. Pero la vida es a veces asesina.
¿Estoy contento de que lo hayan matado?
Sí.
Y también estoy muy triste.
Porque vivió la vida que no merecía, porque vivió muriendo, errante y aterrado, despreciándolo todo y despreciándose a sí mismo, pues no hay crimen más grande que el desprecio a uno mismo.
Dentro de su extraña y delictiva filosofía, este hombre no reconocía más culpa, ni más remordimiento que el de dejarse matar por su enemigo: toda la sociedad.
¿Tendrá alguna relación con él aquello de que la libertad es el terror?
Un poco sí. Pero, ¿era culpable realmente? Sí, porque era libre de elegir el asesinato y lo eligió. Pero también era inocente en la medida en que el asesinato lo eligió a él.
Por eso, en uno de los ocho agujeros que abalearon el cuerpo del bandido, deposito mi rosa de sangre. Uno de esos disparos mató a un inocente que no tuvo la posibilidad de serlo. Los otros siete mataron al asesino que fue.
¿Qué le dirá a Dios este bandido?
Nada que Dios no sepa: que los hombres no matan porque nacieron asesinos, sino que son asesinos porque la sociedad en que nacieron les negó el derecho a ser hombres.
Menos mal que Desquite no irá al Infierno, pues él ya pagó sus culpas en el infierno sin esperanzas de su patria.
Pero tampoco irá al Cielo porque su ideal de salvación fue inhumano, y descargó sus odios eligiendo las víctimas entre inocentes.
Entonces, ¿adónde irá Desquite?
Pues a la tierra que manchó con su sangre y la de sus víctimas. La tierra, que no es vengativa, lo cubrirá de cieno, silencio y olvido.
Los campesinos y los pájaros podrán ahora dormir sin zozobra. El hombre que erraba por las montañas como un condenado, ya no existe.
Los soldados que lo mataron en cumplimiento del deber le capturaron su arma en cuya culata se leía una inscripción grabada con filo de puñal. Sólo decía: “Esta es mi vida”.
Nunca la vida fue tan mortal para un hombre.
Yo pregunto sobre su tumba cavada en la montaña: ¿no habrá manera de que Colombia, en vez de matar a sus hijos, los haga dignos de vivir?
Si Colombia no puede responder a esta pregunta, entonces profetizo una desgracia: Desquite resucitará, y la tierra se volverá a regar de sangre, dolor y lágrimas.
Gonzalo Arango
Fuente:
Obra negra. Santa Fe de Bogotá, Plaza & Janés, primera edición en Colombia, abril de 1993, p.p.: 42 - 44.

https://www.gonzaloarango.com/ideas/desquite.html

jueves, 3 de mayo de 2018

Recordar a Marguerite Yourcenar: mente y pluma privilegiadas

La figura de Marguerite Yourcenar es una de las más relevantes en la literatura universal del siglo XX; una mente privilegiada y perspicaz que supo encontrar en la escritura su método de expresión. Su sobresaliente trabajo como poeta, dramaturga y traductora le valió la entrada como miembro tanto en la Academia Belga como, diez años después, en la Academia Francesa, convirtiéndose en la primera mujer de esta última. Su excelencia, sin embargo, no se justifica únicamente por sus logros profesionales ni por los numerosos premios recibidos. En Frases de la Vidaqueremos hacerte cómplice directo de su grandeza como escritora y pensadora, y para ello nos serviremos de una cuidada selección de frases de Marguerite Yourcenar que son una clara muestra de su extrema agudeza y lucidez.
No obstante, antes de proceder con las frases de Marguerite Yourcenar, creemos necesario hacer un breve repaso por su vida. Nacida el 8 de junio de 1903 en Bruselas, en el seno de una familia aristocrática, su madre falleció pocos días después de dar a luz; su condición de huérfana marcaría enormemente a Yourcenar, hecho que puede rastrearse en su obra. Su padre, de origen francés, volvería a Francia con su hija, procurándole él mismo una esmerada educación: Marguerite se familiarizaría pronto con los grandes literatos y filósofos, e incluso conocería el latín y el griego clásicos a la tierna edad de 12 años. De hecho, Marguerite Yourcenar llegaría a cursar estudios universitarios con especialización en cultura clásica.

Frases:  

1. No presumo de haber amado. He sentido demasiado lo poco durables que son las emociones más vivas para querer, al acercarme a seres perecederos, encaminados hacia la muerte, extraer un sentimiento que se pretende inmortal.
2. Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de poder pensar doble.
3. La amistad es ante todo certidumbre, y eso es lo que la diferencia del amor.
Frases de Marguerite Yourcenar, Exageráis la hipocresía de los hombres. La mayoría piensa demasiado poco para permitirse el lujo de poder pensar doble.
4. La música me transporta a un mundo donde el dolor sigue existiendo, pero se ensancha, se serena, se hace a la vez más quieto y más profundo, como un torrente que se transforma en lago.
5. No puede construirse una felicidad sino sobre los cimientos de una desesperación.
6. El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida.
7. Todo momento es el último porque es único. Para el viajero, esa percepción se agudiza debido a la ausencia de rutinas engañosamente tranquilizadoras, propias del sedentario, que nos hacen creer que la existencia va a seguir siendo como es por algún tiempo.
8. ¿A dónde huir? Tú llenas el mundo. No puedo huir más que en ti.
9. Era demasiado joven para sospechar que la existencia no está hecha de súbitos impulsos y de obstinada constancia, sino de compromisos y de olvidos.
10. La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pocos mueren.

Frases de Marguerite Yourcenar, La amistad es ante todo certidumbre, y eso es lo que la diferencia del amor.

Frases de Marguerite Yourcenar, La música me transporta a un mundo donde el dolor sigue existiendo, pero se ensancha, se serena, se hace a la vez más quieto y más profundo, como un torrente que se transforma en lago.
Frases de Marguerite Yourcenar, El amor y la locura son los motores que hacen andar la vida.
11. En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella, aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin.
12. El frote de dos parcelas de carne no define el fenómeno del amor así como la cuerda rozada por el dedo no explica el milagro infinito de los sonidos.
13. Olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse.
14. Nuestro gran error es intentar obtener de cada uno en particular las virtudes que no tiene, y desdeñar el cultivo de las que posee.
15. La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez.
16. El sufrimiento nos hace egoístas porque nos absorbe por entero: sólo más tarde, en forma de recuerdo, nos enseña la compasión. 
17. Vosotros, poetas, habéis hecho del amor una inmensa impostura: el que nos toca en suerte siempre nos parece menos hermoso que esas rimas emparejadas como dos bocas una sobre otra. 
18. Todo ser que haya vivido la aventura humana, vive en mí. 
19. Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos.
20. He leído con frecuencia que las palabras traicionan al pensamiento, pero me parece que las palabras escritas lo traicionan todavía más. 
21. En el fondo de toda gran impotencia encontramos un sentimiento de tranquilidad.
22. En todas las épocas hay personas que no piensan como los demás. Es decir, que no piensan como los que no piensan.

Frases de Marguerite Yourcenar, La muerte es un sacramento del que sólo son dignos los más puros: muchos hombres se deshacen, pocos mueren.
Frases de Marguerite Yourcenar, Olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse.
Frases de Marguerite Yourcenar, La posibilidad de quitarse la máscara en todas las ocasiones es una de las raras ventajas que reconozco a la vejez.
23. No amaba menos, sino al contrario. Pero el peso del amor, como el de un brazo tiernamente posado sobre un pecho, se hacía cada vez más difícil de soportar.
24. Cada uno de nosotros posee más virtudes de lo que cree, pero sólo el éxito las pone de relieve, quizá porque entonces se espera que dejemos de manifestarlas.
25. A menudo he pensado con tristeza que un alma verdaderamente hermosa no alcanzaría la gloria, porque no la desearía.
26. Toda felicidad es inocencia.
27. Quitarme de nuevo la ropa como hubiera deseado quitarme el cuerpo. 
28. Estoy cansado de este ser mediocre, sin porvenir y sin confianza en el porvenir, de este ser al que tengo forzosamente que llamar: “yo”, puesto que no puedo separarme de él.
29. Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre.
Frases de Marguerite Yourcenar, Todos nos transformaríamos si nos atreviéramos a ser lo que somos. 
Frases de Marguerite Yourcenar, En todas las épocas hay personas que no piensan como los demás. Es decir, que no piensan como los que no piensan.
Frases de Marguerite Yourcenar, Toda felicidad es inocencia. 
Frases de Marguerite Yourcenar, Dudo de que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre.
30. Y esto no es todo, amiga mía: nuestra alma, nuestro espíritu y nuestro cuerpo tienen exigencias generalmente contradictorias; creo difícil unir satisfacciones tan diversas sin envilecer a unas y sin desanimar a otras, así que he disociado el amor.
31. Escucha con la cabeza, pero deja hablar al corazón.
32. Amar con los ojos cerrados es amar como un ciego. Amar con los ojos abiertos tal vez sea amar como un loco: es aceptarlo todo apasionadamente. Yo te amo como una loca.
33. No hay nada más sucio que el amor propio.
34. ¿Y tú te vas? ¿Te vas? No, no te vas: yo te retengo… Me dejas tu alma entre las manos como si fuera un manto.
35. Casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego.
36. Fundar bibliotecas equivalía a construir graneros públicos, amasar reservas para un invierno del espíritu que, a juzgar por ciertas señales y a pesar mío, veo venir.
37. Mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas.
38. Tus cabellos, tus manos, tu sonrisa recuerdan desde lejos a alguien que yo adoro. ¿Y a quién? A ti.
39. No hay amor desgraciado: no se posee sino lo que no se posee. No hay amor feliz: lo que se posee, ya no se posee.
40. Hay que amar mucho a una persona para arriesgarse a padecer. Tengo que amarte mucho para ser capaz de padecerte.
41. La palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos.
42. Me repetía que era vano esperar para Atenas y para Roma esa eternidad que no ha sido acordada a los hombres ni a las cosas, y que los más sabios de entre nosotros niegan incluso a los dioses.
43. Suelo pensar en la hermosa inscripción que Plotina había hecho grabar en el umbral de la biblioteca creada por sus afanes en pleno foro de Trajano: Hospital del alma.
44. Los libros divagan y mienten, igual que los hombres.
45. De todos nuestros juegos, es el único que amenaza trastornar el alma, y el único donde el jugador se abandona por fuerza al delirio del cuerpo.
46. Existe entre nosotros algo mejor que un amor: una complicidad.
47. No somos los únicos que miramos cara a cara un inexorable porvenir ante nosotros.
48. No hay amores estériles. Y es inútil tomar precauciones. Cuando te dejo llevo dentro de mí el dolor, como una especie de hijo horrible.
49. El amor es un castigo. Somos castigados por no haber podido quedarnos solos.
50. Nadie castiga la brutalidad, el salvajismo, la barbarie y la injusticia con rabia y asco.
51. La miel de las heridas embalsama el amor.
52. ¡Qué insípido hubiera sido ser feliz!
53. La imagen del tiempo transcurrido se refleja en mi memoria.
54. Todos los silencios de la tierra son pétalos de tu flor.
55. No tengo miedo de los espectros. Sólo son terribles los vivos, porque poseen un cuerpo.
56. Pero los escritores mienten, aun los más sinceros.
57. Un buen negociador nunca confía.
58. Soy como ustedes un juguete en la enorme mano.
59. Mi viejo corazón es un Rey sin razón.
60. Vuelvo a pensar en ti y te vuelvo a olvidar.
61. No hay nada que temer. He tocado fondo. No puedo caer mas bajo que tu corazón.
62. Se llega virgen a todos los acontecimientos de la vida. Tengo miedo de no saber cómo arreglármelas con mi dolor.
63. Cuando vuelvo a verte, todo se torna límpido. Acepto sufrir.
64. La inteligencia serena, la perfecta honradez de Jenofonte le servían desde entonces de modelo.
65. De cada arte practicado en su tiempo, extraigo un conocimiento que me resarce en parte de los placeres perdidos.
66. ¿Por qué mi espíritu, aun en sus mejores días, sólo posee una parte de los poderes asimiladores de un cuerpo?
67. No sabía que el dolor contiene extraños laberintos por los cuales no había terminado de andar.
68. Yo sufro la ausencia y el espacio duro; la pena es un muro.
69. Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo.
70. La victoria y la derrota se mezclaban, confundidas, rayos diferentes de la misma luz solar.
71. Poseer es lo mismo que conocer: las Escrituras siempre tienen razón. El amor es brujo: sabe los secretos; es un zahorí: conoce los manantiales.
72. Pocos hombres aman durante mucho tiempo los viajes, esa ruptura perpetua de los hábitos, esa continua conmoción de todos los prejuicios.
73. Yo abrazo, delicia pura, tu cara desconocida, idéntica a mi alma.
74. Te veo pálido y bello: tu carne es una antorcha hecha de cera y fuego.
75. No se puede poseer al mismo tiempo la noche inmensa y el sol.
76. Mi oficio me pareció inútil, lo que es casi tan absurdo como creerlo sublime.
77. Un dios que quiere que yo viva te ha ordenado que dejes de amarme. No soporto bien la felicidad. Falta de costumbre. En tus brazos, lo único que yo podía hacer era morir.
78. Rocío: el verano te bebe.
79. He llegado a la edad en que la vida, para cualquier hombre, es una derrota aceptada.
80. Cuando lo pierdo todo, me queda Dios. Si pierdo a Dios, vuelvo a encontrarte.
81. Lo esencial es que el hombre llegado al poder haya probado luego que merecía ejercerlo.
82. El verdadero lugar de nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente.
83. Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna.
84. Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Sobre todo lo quería para ser yo mismo antes de morir.
85. ¿Vale la pena afanarse durante veinte años para llegar a la duda, que crece por sí misma en todas las cabezas inteligentes?
86. El alcohol desembriaga. Después de beber unos sorbitos de coñac, ya no pienso en ti.
87. Hay pocos bípedos, después de Adán, que hayan merecido el apelativo de hombres.
88. Hacer de cada espacio donde se esté, un lugar limpio, aireado, claro, un oasis para uno mismo y para los otros.
89. Soledad… Yo no creo como ellos creen, no vivo como ellos viven, no amo como ellos aman…Moriré como ellos mueren.
90. En el avión, cerca de ti, ya no le tengo miedo al peligro. Uno sólo muere cuando está solo.
91. Un niño es un rehén. La vida nos tiene atrapados.
92. Olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse.
93. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes.
94. La verdad tiene secretos para introducirse en un alma que ya no se atrinchera contra ella.
95. Por mucho que yo cambie, mi destino no cambia. Cualquier figura puede inscribirse en el interior de un círculo.
96. Había olvidado que ciertos seres modifican los límites del destino, cambian la historia.
97. Cuerpo, compañero, juntos nos moriremos. No puedo no querer la sombra que tenemos, no apresar con ella el resplandor de un verso.
98. Que no se acuse a nadie de mi vida.
99. Un corazón es tal vez algo sucio. Pertenece a las tablas de anatomía y al mostrador del carnicero. Yo prefiero tu cuerpo.
100. La moral es una convención privada; la decencia, una cuestión pública.
fuente: https://frasesdelavida.com/frases-de-marguerite-yourcenar/

domingo, 29 de abril de 2018

Murió Bernardo Ángel, ese hombre que respiraba teatro


El mes pasado el dramaturgo recibió un homenaje en el Teatro Popular de Medellín. FOTO Edwin Bustamante restrepo

Desde diciembre de 2017 se le había diagnosticado amebiasis (una infección intestinal), y en los últimos meses un cáncer de colon que hizo metástasis consumió sus últimas energías.

Murió este domingo en el Hospital General de Medellín el fundador de La Barca de los Locos, la célebre compañía de teatro callejero de la ciudad, creada en 1975.

El actor, poeta y dramaturgo, Bernardo Ángel, era una muestra fehaciente de eso que decía el sociólogo Augusto Boal: “El teatro puede ser hecho por todos, incluso por actores de teatro; y hecho en cualquier lugar, incluso en salas de teatro”.


Publicó dos libros en vida: Transfiguraciones, una serie de manifiestos poéticos y teatrales que reunían parte de sus pensamientos; y el libro Teatro, locura y éxtasis, una selección de cuatro obras dramáticas que escribió durante su carrera.

Cuando conoció a Lucía Agudelo en 1981 él le dijo que necesitaba tanto al teatro como el aire. Le cautivaba ese espíritu contestatario “en el sentido del riesgo, la profundidad y de quitar máscaras. También de decirle al actor que no se necesitaba escenarios y que podía llegar a todas partes”, comenta Agudelo Según el dramaturgo Jaiver Jurado, director de la Oficina Central de los Sueños, “Bernardo representó un teatro político, poético, contestatario e irreverente, muy cercano a las estéticas de Antonin Artaud, con personajes profundos y filosóficos y una manera de abordar la vida muy particular”.

Por su parte, Luis Alberto González, director de La Barra del Silencio, dice que eran un colectivo delirante e iconoclasta, “acababan con todos los símbolos: la patria, la iglesia, los militares, lo que se atravesara”. Reconocía a Bernardo como un hombre hermético y profundo, y que junto a Lucía “eran uno solo, entregados al límite”.

¿Quién era?
Bernardo nació en Cisneros, Antioquia, en 1944. Desde pequeño tuvo vocación religiosa: acólito a los cinco años y luego seminarista. Entró a Bellas Artes, donde comenzó a trabajar con grupos experimentales como La Pirámide y El Foro. En 1975, junto Carlos Enrique “Kike” Márquez, Guillermo García Gustavo Román conformó el grupo La Barca de los Locos. En 1981 Lucía Agudelo se vinculó al equipo y lo acompañó hasta el final de sus días.

¿Y La Barca...?
Parece que por ahora, para continuar con La Barca, Lucía espera montar algunos monólogos que le escribió Bernardo. No está muy segura de volver al Parque Bolívar porque “se necesitaba la fuerza de dos para actuar: los monólogos en espacios abiertos son muy duros”.


Se tomará un tiempo para retomar algunos monólogos pero lo más probable es que los vuelva a presentar en espacios de amigos.

Fuente: http://m.elcolombiano.com/inicio/murio-bernardo-angel-ese-hombre-que-respiraba-teatro-JC8589586

jueves, 12 de abril de 2018

Recuerdo de Luis Loayza _ Mario Vargas Llosa.

Estuve tratando de recordar cuándo había venido al cementerio de Père-Lachaise por última vez antes de esta mañana y creo que fue en 1960, para la cremación de los restos de la viuda de Trotski, Natalia Sedova, porque quería escuchar a André Breton, que era uno de los oradores. Ahora estoy aquí para una ceremonia parecida, en la que vamos a despedir a Luis Loayza, que fue uno de mis mejores amigos.
Hay cierta confusión en el crematorio, porque coinciden varios actos fúnebres y uno de ellos, masivo, convoca a muchos paquistaníes, que lloran a grito pelado. Por fin distingo entre la muchedumbre a Rachel y Daniel, la viuda y el hijo mayor de Lucho. Me apena verlos rotos por el dolor, haciendo esfuerzos denodados para no romper a llorar también. Hace cincuenta y ocho años, exactamente, por Rachel, Lucho Loayza cometió probablemente el único acto de locura de su vida del que, estoy seguro, nunca se arrepintió. Su padre le había regalado un año en París para cuando se recibiera de abogado. El año estaba por cumplirse y, si mal no recuerdo, Lucho tenía ya el pasaje de regreso. Pero, de despedida, fue al Festival de Teatro de Avignon y allí conoció a Rachel, todavía una estudiante. Me escribió ese mismo día una carta desmedida, diciéndome que se había enamorado; ya no se iría al Perú y empezaba a buscar trabajo de inmediato en París. Poco tiempo después, se casaron en la alcaldía del Barrio Latino y yo fui su único testigo. Luego, fuimos los tres a celebrarlo a un bistrot de la esquina con una copa de vino.
La ceremonia ha comenzado, con música de Bach, en una pequeña salita que presiden los restos del difunto, en un cajón cerrado y cubierto de flores. Habla Daniel recordando a su padre y él y la nieta mayor de Lucho leen, en francés y en español, un fragmento de El avaro, relacionado con la muerte. Cuando me toca decir unas palabras siento angustia y ganas de llorar. Pero me aguanto, sabiendo muy bien que Lucho, siempre tan parco, encontraría intolerable semejante huachafería.
Lo conocí el año 1955, en Lima, y desde el primer día hablamos sin cesar y sin límites de literatura. Él me presentó poco después a Abelardo (lo llamábamos “El Delfín” y ellos a mí “El sartrecillo valiente”), con el que constituimos un irrompible triunvirato. Nos veíamos a todas las horas, para hablar de libros, los que leíamos y los que íbamos a escribir cuando llegáramos a ser escritores. Para eso había que escapar de Lima e irse a París donde hasta el aire era literatura. Mientras planeábamos el viaje, leíamos mucho y, a veces, Lucho y yo discutíamos, él defendiendo a Borges y yo a Sartre, hasta quitarnos el saludo. El sosegado Abelardo nos reconciliaba una hora o un día después. (Lucho tenía razón; todavía sigo releyendo a Borges y sé que, si tratara de releer a Sartre, el libro se me escurriría de las manos).
Al fin, a Abelardo se le complicaron las cosas y Lucho y yo partimos solos a Europa, en un barco que salía de Río y llegaba a Barcelona. En el viaje, cuando no leía, que era rara vez, Lucho se inventó un juego que llamaba “la contemplación del infinito”. En la pensión donde recalamos, en Madrid, él empezó a escribir Una piel de serpiente y yo La ciudad y los perros. A fin de año, él se fue a París, y yo unos meses más tarde. En un cuartito del Wetter Hotel, donde vivíamos, le di a Rachel sus primeras clases de español. Fue en esa época, cuando tratábamos de ganar lo que Cortázar llamaba el “derecho de ciudad” para que París nos aceptara, donde nos vimos más, casi a diario, y por carta, Abelardo participaba también de esas conversaciones, discusiones y proyectos en los que la literatura seguía siendo la estrella.
Luego Lucho, Rachel y sus dos hijos se fueron a Lima, a Nueva York, a Suiza. Desde entonces nos vimos menos y poco a poco dejamos de escribirnos. Pero la amistad y el cariño estuvieron siempre allí y, por supuesto, los recuerdos. Las espaciadas veces que nos veíamos, a veces con años de por medio, la comunicación, los sobrentendidos, las bromas, eran las de siempre. En una de aquellas veces, acababa de leer su primer libro en italiano y estaba feliz: se abría frente a él un universo de nuevas lecturas.
Ahora, las personas que asisten a la ceremonia se van levantando y se acercan al cajón y lo tocan con respeto. Algunas pocas se persignan. Un señor con el que trabaja Daniel en el Odeón dice que nunca conoció a Lucho pero, por lo que ha oído, entiende que era admirable y quiere dejar sentado su homenaje. Tengo la impresión de que todas las personas que asisten son francesas y que soy el único peruano. Cuando éramos jóvenes, era yo el que hablaba de “romper con el Perú”; al final, fue Lucho el que rompió, por lo menos físicamente. Porque en sus ensayos y relatos la presencia de lo peruano y los peruanos resulta obsesiva. Pero hace treinta años que no volvió a pisar Lima y las razones que me daba para eso nunca me convencieron del todo.
Sobrellevó su enfermedad con extraordinaria elegancia. Yo me acuerdo, hace años, cuando empezaba esa larguísima agonía de tratamientos sin fin, lo difícil que era sacarle algo al respecto. Respondía con dos o tres frases y cambiaba de tema, generalmente el libro que acababa de terminar o el que estaba empezando. Aquello que escribió Borges –“Muchas cosas he leído y pocas he vivido”– lo definía a él mejor incluso que su autor. Era también dificilísimo arrancarle algo sobre lo que había escrito, estaba escribiendo o pensaba escribir. Tenía un pudor extremo y se negaba a convertir lo íntimo y entrañable en tema de conversación, como si ésta banalizara lo importante. Por eso, creo, casi nunca hablamos de sus ensayos y relatos, que he leído y releído muchas veces. Estoy convencido de que era un espléndido escritor, pero secreto, de lectores tan lúcidos y sensibles como él mismo, que llegó a depurar la lengua y volverla tan limpia, exacta y transparente como la de los autores que más admiraba, como el soñoliento Henry James (te estoy provocando, Lucho, ahora que no me puedes responder). Por eso nunca será “popular”, pero tendrá siempre lectores. Era un excelente traductor: a De Quincey, por ejemplo, es preferible leerlo en su versión española que en inglés, donde a menudo la prosa se enreda y oscurece, una prosa que Loayza adelgazó y volvió esbelta y clara.
La música de Bach ha cesado y el funcionario del Père-Lachaise que hace de maestro de ceremonias explica, con mucho tacto, que ésta ha terminado y que tenemos que dejar la sala, donde, me imagino, se celebrará ahora un nuevo funeral. El nuestro ha sido pulcro y discreto, como le hubiera gustado al “borgiano de Petit Thouars”. Abrazo a Rachel, a Daniel, a las dos nietas de Lucho que acabo de conocer y que ya hablan un español que siguen perfeccionando, nada menos que en Salamanca. Salgo y, aunque todavía hace frío, ha despuntado el sol. En el taxi al aeropuerto de Orly, sin hacer ruido, hago lo que he estado evitando hacer toda la mañana: me pongo a llorar.
Fuente: https://larepublica.pe/domingo/1220005-recuerdo-de-luis-loayza

domingo, 8 de abril de 2018

Esa extraña idea generalizada acerca de la inferioridad de las mujeres _ John Wilson Osorio


ESA EXTRAÑA IDEA GENERALIZADA ACERCA DE LA INFERIORIDAD DE LAS MUJERES

Por: John Wilson Osorio*
Para Norita, mujer superior.
Los humanos difícilmente nos reconocemos entre nosotros. Toca en cada época y geografía pelear y debatir acerca de la noción de igualdad, respeto y tolerancia para con los de la misma especie. Expertos en el arte atávico y primario de segregar, hemos inventado todo tipo de exclusiones: por color de piel (racismo); por creencias religiosas y políticas; por nacionalidad (xenofobia); por elección de objeto sexual de deseo (homofobia, por ejemplo); por asuntos económicos; por especie (consideramos de menos a los animales no humanos y a las plantas); y por género. Y quedan faltando en este listado. De todas las exclusiones la más contraria al sentido común es esta última: considerar inferiores a las mujeres que a la par que los machos han recorrido juntos la deriva y la aventura de la existencia. Uno podría en principio tratar de entender las razones evolutivas y antropocéntricas por las cuales los animales humanos consideramos de otro costal a ballenas, colibríes, chimpancés y leones. Pero no es claro entender una concepción donde a las mujeres se les de un tratamiento de menosprecio.
El reconocimiento cuasi automático al menos a los de la misma especie es algo en lo cual los seres humanos todavía tenemos cuentas pendientes. Es extraño que nos cueste tanto reconocernos en nuestra condición de humanos, en nuestra especie compartida, e igual en nuestras semejanzas. Quizás de los asuntos más difíciles para los seres humanos es reconocer a los semejantes en cuanto tales. Un ejemplo histórico es ilustrador al respecto: cuando los navegantes, aventureros y descubridores europeos llegaron al continente americano (hace quinientos veinte y punta de años) dudaron mucho en reconocer a los nativos pobladores como seres humanos. Tuvieron que interceder directrices legales y religiosas que obligaran a los hombres europeos a reconocer que los habitantes de América eran también parte de la humanidad. A su vez los aborígenes tampoco reconocieron a los europeos como seres partícipes de la propia especie. Al respecto es muy diciente cómo el conquistador Hernán Cortés al percatarse de que los hombres originarios de
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*Historiador. Especialista en Educación. Magíster en Administración. Jefe del Departamento de Humanidades de la Universidad CES. Coordinador de la Maestría en Bioética de la Universidad CES.
la población azteca consideraban al caballo y al jinete europeos como una sola entidad, les prohibió a sus ejércitos apearse del cuadrúpedo en presencia de los indígenas; esto como factor de preponderancia militar.
Nada más distante a un ser humano como otro ser humano. Y no pareciéramos aprender. El pueblo judío asesinado, masacrado, mutilado, hostigado y vejado en la Segunda Guerra Mundial (para no mencionar hacia atrás la persecución constante a que ha sido sometido) no tiene escrúpulos a la hora de darle dosis parecidas al pueblo palestino, entre otros. E igual situación podríamos enunciar cambiando apenas los nombres de diferentes nacionalidades de la tierra.
“Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” (“Lobo es el hombre para el hombre, y no hombre, cuando desconoce quién es el otro”) dijo el pensador latino Plauto y remachó el filósofo inglés Thomas Hobbes. Podríamos hacer una variación corta con matiz de género: “Lobo es el hombre para la mujer.” En efecto: pareciera que en todos los calendarios y espacios las mujeres tuviesen que ser consideradas como en condiciones deficitarias frente a los varones. Existe una especie de universal en las culturas, una impronta por la cual a las mujeres se les considera venidas a menos, de inferior condición, con espíritu servil, de rango pequeño. Y esto es igual en Dinamarca que en Cundinamarca.
En efecto: para probar que ocurre una sensación o sentimiento parecido hacia las mujeres voy a poner el siguiente ejemplo: suponga que esta noche regresan a casa una pareja de esposos en Copenhague. Ambos tienen un nivel educativo de doctorado, trabajan en dos empresas multinacionales diferentes y ganan el mismo alto salario. Pregunta: ¿quién de los dos servirá la cena, fregará los platos, cambiará el pañal del bebé, planchará la ropa del otro día y quizás barrerá o trapeará la sala del apartamento? Un lector bien listo podrá contestar que la empleada doméstica y no la esposa. Ahí está la respuesta: una empleada doméstica. No se dice que el esposo ni un empleado doméstico. O lo hace ella o su sustituta: la empleada: una mujer. Donde quiera que haya servidumbre casera en el mundo contemporáneo (para no hablar del pasado) tal labor recae sobre las mujeres. Esto ocurre en países con avances en democracia de género, como los escandinavos, pero que se comportan muy similar a como si estuvieran en el norte o en el sur de la capital del departamento de Cundinamarca.
Puede que en épocas anteriores al nacimiento de la agricultura, en el período que los antropólogos llaman de caza y recolección, fuesen necesarios los trabajos especializados por género. Quizás allá podría entenderse que las hembras humanas se ocuparan de las labores domésticas, de las huertas, de cuidar los niños, los enfermos y los viejos. Y que de ahí derivara la especialización femenina por una serie de trabajos que ellas han sabido históricamente hacer muy bien. ¿Pero ahora…? Los roles de género pudieron haber resultado eficientes en términos de supervivencia y economía en momentos anteriores… ¿pero tienen hoy razón de permanecer?
Por supuesto que no se trata de llegar al cinismo ciego de desconocer que la anatomía corporal de hombres y de mujeres es distinta. Y no se defenderá que los cien metros planos deban correrlos por igual en la misma competencia. Sabido es que los varones no se embarazan ni menstrúan ni tienen las caderas anchas de las mujeres. Pero de no negar las diferencias anatomo-fisiológicas a validar que por tener cuerpos distintos deban las mujeres ocuparse de lo hogareño y los hombres de lo público, ya media una gran diferencia. Algo pasa cuando en los 193 países miembros de la Organización de Naciones Unidas el porcentaje abrumador de hombres que los gobiernan no se condice con las mismas posiciones escasas ocupadas por mujeres: apenas un insignificante 12 por ciento. ¿Será que la sobre especialización históricamente ocurrida en lo doméstico es una traba para que las mujeres incursionen en lo público? ¿Será que hacer muy bien las labores en cierto nicho impide hacerlas igualmente bien en otro escenario? A su vez: ¿será que el eficiente cazador recolector, el hombre exitoso de la calle, no puede atender con idoneidad las labores hogareñas? ¿Será que el pasado castiga y los roles moldeados en los esfuerzos de la sobrevivencia humana en épocas anteriores es imposible sacudirlos?
El rol femenino hogareño (con la amplitud de tareas que en las casas suelen ejecutarse) es en sí mismo condición necesaria para la existencia de los roles exteriores, de los trabajos públicos y del afuera que realizan los hombres. Sabido es que el cazador recolector puede ir a hacer sus tareas siempre y cuando en el espacio de lo doméstico haya quien se responsabilice de todos los asuntos que allá deben realizarse. En sí mismo es un reduccionismo en contra de las mujeres suponer como monolíticos de una sola pieza la miscelánea de tareas que se ejecutan dentro de una casa. Sin el trabajo doméstico no podría existir el resto. Esto, tan universal y extendido, no es suficientemente claro.
Existe una cierta tendencia masiva a subvalorar y menospreciar el trabajo de las mujeres en las casas. Menospreciar es eso: darle menos precio. Tan poco precio que por regla general se trata de no remunerarlo, de no considerarlo objeto de salario, de no calificar para pensión de vejez. Apenas recientemente algunas progresistas legislaciones en pocos países del mundo están empezando a considerar lo que debería ser obvio: que es un trabajo a carta cabal, sin el cual se afectan distintos órdenes sociales si dejara de realizarse.
¡Pareciera de un feminismo recalcitrante lo que viene a continuación, pero no! Pero no está de más decir que si fuese al contrario y los varones fueran los que llevasen siglos realizando la mar de las veces el trabajo doméstico éste sería considerado una profesión noble y hasta liberal. Igual a lo que ocurre con la posición muy generalizada en contra del aborto. También se ha dicho que si el embarazo fueran los hombres quienes los llevasen en su panza, el aborto sería casi considerado un sacramento o una institución respetable y arraigada.
A veces pareciera ser ya una contra tendencia políticamente correcta ir lanza en ristre contra las bien intencionadas causas de lo femenino tildándolas con la mote descalificadora de asunto feminista. Como si en los reclamos de los grupos feministas no hubiese verdaderas llamadas de atención acerca de lo relegada que ha estado su condición en tantos terrenos de la cultura y la sociedad.
Es extraño que el trabajo doméstico de las mujeres en las casas sea productivamente invisible. Cuando sin la hechura de éste la producción oficial y hegemónicamente “verdadera” no podría darse. Cualquier científico, profesor universitario, inventor, cura, ingeniero o trabajador en la rama que sea, puede dedicarse a lo suyo si las sábanas de la cama están limpias tanto como los baños y la cocina; y si la mesa en las noches se encuentra servida y las camisas en las mañanas están a punto para ser usadas.
El generalizado calificativo de sexo débil para referirse a las mujeres tiene sus consecuencias. Las palabras pueden mentir pero siempre nombran e instauran efectos de nacimiento: efectos de realidad. Las palabras no se dicen al garete en el aire. El nombrar dice algo y al nombrar algo se quiere decir. No se dice sexo débil para referirse a los machos humanos, sí a las hembras. Considerar débil a la mitad de la población humana de entrada manifiesta un exabrupto. Y las consecuencias de esa consideración tienen lamentables efectos: el machismo extendido en buena parte del orbe bebe en esa fuente. Los efectos de la debilidad achacada injustamente sobre las mujeres no siempre son los mejores. De otro lado esa supuesta debilidad falta ser probada. ¿Debilidad frente a qué o comparada con quién?
Deducir, suponer, imponer y conceptualizar una debilidad a partir de diferencias anatómicas, con base en el dimorfismo sexual[1], tiene mucho o casi todo de inconsistente. Al igual que asignar roles o infundir ciertas especialidades laborales de acuerdo a los cuerpos, acusa un pensamiento reducido y mecanicista. Cuerpos evolutiva y naturalmente distintos no significan cultural y socialmente fragmentados y excluidos.
Dice mucho de lo desequilibradas y tensas que están las relaciones entre hombres y mujeres el que en muchos lugares cada vez se imponga más la segregación de medios de transporte exclusivos para ellas con el fin de protegerlas de violencias sofisticadas o primarias: taxis, buses y vagones de metro de color rosa de uso exclusivo para la mitad de los seres que constituyen la especie humana no es un avance civilista sino la confirmación de una derrota: es legalizar y admitir la incapacidad que tenemos para relacionarnos con las mujeres desde un lugar que no sea el del macho agresor.
Señal de involución ética sería tener que pensar en un mañana en bares y restaurantes exclusivos para mujeres, aviones, aceras, calles y parques para ellas. Para poder defenderlas de la agresividad y violencia con que no pocas veces suelen tratarlas los varones que se consideran superiores. Lo cual genera reminiscencias al racismo cerrero de los Estados Unidos de mitad del siglo XX cuando no podían entrar a los mismos bares ni autobuses hombres de piel blanca y hombres de piel negra. Es urgente una ley de cuotas[2] en el ámbito de la especie humana mediante el cual se entienda que las mujeres son aproximadamente el 50% de toda la población existente y que al menos por esta contundencia numérica (ya que no por razones legales, éticas o filosóficas) ellas deberían ser tenidas en cuenta con los mismos derechos, reconocimientos y consideraciones con que cuenta la otra mitad. Es urgente incluir a las mujeres en el ámbito de la especie humana.
Ni siquiera en materia tan piadosa y llena de bondad, como las religiones supuestamente, la mujer sale bien librada. Existe al menos una milenaria y multitudinaria iglesia bien conocida que al sol de hoy no acepta mujeres como sacerdotes. Y no existe una diosa tan potente y renombrada como su contraparte masculino. También en asuntos de religiosidad y de fe, el machismo es imperante.
En suma: el machismo campea por todos lados. Esto es así en el siglo XXI. Debería producirnos vergüenza. Pero no: no la produce. Hemos naturalizado esta situación.


[1] El dimorfismo sexual puede definirse como las variaciones en la fisonomía externa (tamaño, forma y hasta coloración) entre machos y hembras de una misma especie.
[2] Como Ley de cuotas se conoce en Colombia a la ley 581 de 2000 por medio de la cual se dispone que el 30 por ciento de los altos cargos públicos deben ser ejercidos por mujeres. Dicha ley reglamenta la participación de la mujer en los niveles de decisión de las diferentes ramas del poder público en los niveles nacional, departamental y municipal. El incumplimiento de tal ley constituye causal de mala conducta sancionada hasta con 30 días de suspensión en el ejercicio del cargo y destitución en caso de persistencia. El acceso a los cargos se hace por medio de ternas en las cuales, como mínimo, debe haber una mujer.



EL PRESENTE TEXTO FUE PUBLICADO EN LA REVISTA DE LA FACULTAD DE DERECHO DE LA UNIVERSIDAD CES EN DICIEMBRE DE 2015. Y PUEDE LEERSE TAMBIÉN EN: http://revistas.ces.edu.co/index.php/derecho/issue/archive