domingo, 15 de julio de 2018

Mario Escobar Velásquez, un escritor ciruela ...




Un jugo de ciruela
Ese día hacía un calor intenso (no sé si endiablado, porque he sabido de diablos que son fríos) y Bolombolo, el real y el inventado y adulterado por León de Greiff (hay mucho aguardiente en ese Relato de Ramón Antigua), ardía a la orilla del Cauca. Lo que se tocaba estaba hirviendo, las mujeres parecían más anchas, las ventanas y las puertas estaban dilatadas y, a través de los vidrios, el sol entraba golpeando de knock-out. Y no sé de dónde veníamos, si de Jardín o Jericó, de Hispania o de Tarso. ¿De dónde viene uno cuando hace un calor enfurecido?, no se sabe.  El caso es que Mario Escobar Velásquez detuvo su jeep Lada (creo que era un Lada) frente a una tienda. Y yo que venía detrás en otro carro (un Fiat 147 que Reinaldo Spitaletta me dijo que debía fotografiar para que los de la Fábrica de automóviles de Turín supieran a dónde llegaban sus carros y así, quizás, nos dieran uno nuevo), frené. Y como ya Mario estaba afuera y nos hacía señas, nos bajamos.
-Los invito a jugo de ciruelas- nos dijo. Y si nos hubiera dicho que voláramos, lo habríamos hecho. El calor estaba repleto de diablitos calientes, que son peores que los mosquitos y los chismes. 
Ese día, conocí el jugo de ciruela. De esa ciruela nuestra que, si está madura, es tan grande como un dátil, tiene la cáscara blanda y una capa delgada de pulpa dulce, a veces acuosa, que envuelve una semilla recia. Esas ciruelas las había comido una por una, sacándolas de un paquete de papel. Nunca en jugo.
¿Cuántas ciruelas se necesitan para un vaso?, no lo sé. Solo sé que la ciruela de estas tierras es más semilla que pulpa, y que esa semilla es dura, a veces suelta fibra como la del mango, aunque más dura y molesta cuando se mete entre los dientes. Y si hacen jugo con ella, quizá cociéndolas hasta que ya solo queda la semilla o tajándolas con un cuchillo de filo fino, al lado de la olla o de la licuadora deben quedar montañas de semillas, algunas secas para que los perros se entretengan con ellas. Eso he pensado siempre y quizá esté errado. Lo importante es que bebí el jugo y me supo a algo. El calor no me dejó percibir más. 
De Mario Escobar Velásquez recuerdo el jugo de ciruelas al que invitó en Bolombolo. También su biblioteca en estantes de hierro y aluminio que tenía en su casa, en Manrique. Y sus sarcasmos y cinismos, que salían por entre su risa de boca grande. Con los días, leyendo algunos de sus libros (los que más me gustan son los que narran animales), supe que era un escritor ciruela, maduro, dulce por fuera y duro por dentro. De los animales dijo: “son como uno, solo que no hablan como nosotros y entonces los matamos”. Prefería dos libros: Servidumbre humana y Diez grandes novelas y sus autores, ambos de William Somerset Maugham.
Un escritor con territorio
Maestro, finquero fracasado, negociante a medias, editor de revistas, compilador de cuentos antioqueños, se asoció con Reinaldo Spitaletta para escribir un libro sobre las putas (Vida puta, puta vida), que salió “putiado” debido a las bajas ventas. Los que publicó en su vida también, porque a pesar de haberse ganado el premio de literatura de la revista Vivencias, las editoriales grandes le hicieron el quite. No fue a reírles, no fue a pedirles, no buscó padrinos, no tuvo críticos de revista. Lo que más sufrió fue envidias ajenas, que es el caldo que más se toma entre los intelectuales que, sin leer las obras de los autores locales, los desprecian. Debe ser un vicio, una perversión, alguna aberración. Miedo.
Pero la obra de Mario Escobar Velásquez se mantuvo en una pequeña editorial, Thule (de su propio bolsillo, siempre magro), demostrando su maestría de escritor con territorio, lo que implica que leerlo es saber sobre unas tierras, sus gentes y animales, sus árboles y desmesuras; adentrándose ahí para que el mundo sea lo que es y no otra cosa. Un hombre rudo Mario, narrador de Urabá, sus plataneras, los hombres negros y los chilapos, los antioqueños perdidos y los aparecidos, las ciénagas y los ríos, el mar con sus rutas de contrabando, los caños silenciosos, las mujeres resistiendo y D’s por ninguna parte. 
La última fase de la colonización antioqueña fue Urabá, que nunca estuvo sola sino con indios e ingleses delirantes (Leonel Waffer, por ejemplo), alemanes plataneros, gringos filibusteros, negros cimarrones y gentes casi enanas de color diverso provenientes de váyase a saber qué lugares (el infierno podría ser uno), siempre acaloradas y buscadoras impenitentes de sexo (le llegaron a hacer el amor a una mata de plátano, como pasó con Tereso), listos a matarse o a morir sintiendo que al fin les llegaba el descanso. Gentes con miedo y viviendo en él. Y ese Urabá, que siempre fue una niebla que olía a boleja (banano podrido), esto pasó todavía cuando llegaron las bananeras, tuvo al fin un escritor: Mario Escobar Velásquez, que no llegó de sopero sino a meterse ahí, a sentir el calor y mirar con atención los animales, la selva, las talas de árboles para la construcción de potreros, los hombres y los ruidos de la noche, que incluyen quejidos placenteros de mujer. Y que desarrolló con su literatura lo que en palabras de Salvador de Madariaga fue una sentencia: “los hombres no toman posesión de la tierra hasta que la tierra no toma posesión de los hombres”. Ya, en las novelas de Mario, la tierra se apodera de los hombres y, siguiendo al marqués de Sade, la tierra es perversa cuando la tratan como no es. De ahí en adelante, nada que no se sepa.    
Sí, las novelas de un autor son una misma novela, cuando el escritor tiene territorio su narración es cielo y tierra, agua y fuego, demonios y apariciones, y donde hay tierra hay cementerios y bares, casas  que esconden palabras y bocas que tienen adentro mucha historia que, cuando se suelta, abre escondrijos y de ahí, como en un carnaval desbordado, sale la desmesura sin respetar puntos cardinales. Es como cuando hay un incendio, que todo lo que se mueve sale corriendo y saltando, dando gritos y echando chispas.  
Volviendo a la ciruela
Mario Escobar Velásquez fue el escritor de las tierras de Urabá, de las preguntas de Urabá, de los inicios de Urabá. Por eso dijo: “muy caribe está el español que se metió a estas selvas, consiguió india y supo que ya no venía de ninguna parte sino que estaba ahí y ya no tenía más alternativa que vivir la vida donde el cielo era distinto y la tierra estaba por nombrar”. Y, como ese jugo de ciruela al que invitó en una tarde calurienta y desmedida, lo que hay es eso: lo que no se conocía y, probándolo, comienza a ser conocido.  
Era una ciruela Mario, dulce por fuera, recio por dentro. Y su literatura fue recia, dura, sin licencias, para que recordarlo sea dulce, pulpa y cáscara dulce con semilla dura. Alguien tenía que decirlo, y él lo dijo: “lo que pasa es esto, qué le podemos hacer”. Palabras precisas, verdes de selva y plateado de piel de pescado, que a veces tiene la carne amarilla o rosada. Y también negra cuando por ahí pasaron los miedos. Y ya  sin estos o sufriéndolos al escondido, al fin reconocen su obra, después de muerto, después de que estuvo en el alma del monte y los ríos bravos. Estas cosas pasan entre nosotros, donde nos tapamos los ojos hasta que la venda se pudre y entonces tenemos que ver. El verbo tener es un verbo modal, que significa estar obligados a. Como pasa con la buena literatura, con esas historias del bosque hondo, con el griterío de los marimondas, con esos alguienes que vienen con uno y hacen lo que quieren.
Fuente: http://www.elmundo.com/noticia/Mario-Escobar-Velasquez-un-escritor-ciruela/355677