domingo, 19 de noviembre de 2017

León Mojica: un poeta injustamente desconocido

El poeta León Mojica

Dario RodriguezLa marginalidad y la decadencia que muchos ven en la vida del poeta boyacense  acabaron por opacar una obra prolífica que se sale de los moldes de lo tradicional y que se caracteriza por su irreverencia y lucidez.

Darío Rodríguez*


Artista menospreciado

La leyenda de León Mojica es más  más o menos bien conocida: es el artista maldito segregado por una sociedad conservadora que se escandaliza ante la autodestrucción. La mitología y el anecdotario marginal han opacado un poco la otra cara de la moneda, que tiene menos luz y acaba por ser casi desconocida: la de la obra.
Como ocurrió con la fama de Francisco de Quevedo y Villegas, el cortesano gracioso que siempre tenía un retruécano a flor de labios y de quien se han referido anécdotas escatológicas a la par o a pesar de su labor literaria, la celebridad penumbrosa de León Mojica satisface al lector elemental y no es suficiente para establecer conexiones con sus textos.
Esto ocurre sobre todo con su poesía, publicada a veces al desgaire o según vaivenes institucionales que en vez de haber forjado lectores atentos los fue eliminando por culpa de indecorosas ediciones o por una deficiente distribución de sus libros. 
También sucede con sus trabajos narrativos, dramatúrgicos o panfletarios, perdidos o difuminados en mil manos a lo largo de casi cincuenta años.
Este no sería un asunto problemático si Mojica fuera tan solo el habitante de las calles y el noctámbulo cultor del desborde que muchos han querido ver. La cuestión se agrava cuando, tras una lectura sopesada de ‘Cantos de la noche’, ‘Vuelo de cenizas’, ‘Por el sendero del poema’, ‘Desatornillando nostalgias’, amén de algunas antiguas muestras del rudimentario pasquín ‘El Látigo’, lo que el lector encuentra es una voz que marca la transición de un concepto formal, engolado, de lo poético a un entendimiento más amplio y más fecundo no solo del ser poeta sino de la construcción poética misma.
A tal constatación se suma el interés de Mojica por revisar las tradiciones raizales de la literatura colombiana, desde los mitos aborígenes hasta los rezagos de la posmodernidad en nuestro entorno.
Es en su obra escrita donde León Mojica ha encontrado un modo de amalgamar sus otras manifestaciones artísticas con sus convicciones políticas, de modo que la creación poética es un tamiz por donde entran estas preocupaciones o le sirve como motor para emprenderlas mejor. En Mojica la poesía es un catalizador no solo de una voz –como en todo artífice literario auténtico– sino de variadas experiencias vinculadas con el análisis sociológico, con las artes escénicas, con el cine o con la plástica. De hecho, merece mención su labor como tejedor que durante casi treinta años ha incorporado en su trabajo artístico.

La obra de Mojica

Chiquinquirá
Chiquinquirá
León Mojica pertenece a la generación que renovó la literatura en Boyacá.
Un puñado de escritores como Guillermo Velásquez Forero, Maribel García Morales, Nana Rodríguez o Carlos Castillo Quintero decidió establecer sus búsquedas sin apartarse de estas regiones. Gestaron las sendas para una poesía que no transaba con las formalidades hispánicas al uso, escribieron una narrativa osada y se plantearon la posibilidad de nombrar nuestras realidades sacudiéndose los estereotipos pétreos del departamento, las alegorías rurales, primitivistas o patrióticas. Fueron los herederos naturales del camino trazado por Enrique Medina Flórez y Fabio Ocampo López, pensadores y poetas que inauguran la moderna literatura boyacense.
León Mojica pertenece a la generación que renovó la literatura en Boyacá. 
Mojica está en medio de dos vertientes: la académica, plagada de valores tradicionales, y la que se permeó de vanguardias, de contemporaneidad. Por eso su ubicación en nuestra literatura es inquietante e incómoda. Y es mejor que sea así pues ni los textos ni su propio autor permitirían clasificaciones apresuradas.
Lo mismo escribe poemas como el famoso ‘Ña pajiza’ o ‘Mestizos’, de clara entonación indígena, que esos torrenciales libelos cercanos a la crónica y a la sátira poética como ‘Aquella determinación’ o ‘Limitadísimos anuncios’. Va del poema amoroso con (maligno) hálito piedracielista en ‘Te busco’ a una especie de ansiosa oda conversacional en ‘Federico García Lorca’. Versátil y prófugo de registro en registro escrito.
La formación y el peregrinaje que lo condujeron a la poesía escrita podrían explicar esta especie de nomadismo. Cuando empezó los estudios en la mítica Universidad Nacional de Colombia de los años sesenta (mitos de los cuales, dicho sea de paso, Mojica abjura) venía ya imbuido de los estudios clásicos y de cuño español del bachillerato. Logró combinar sus múltiples y en ocasiones riesgosos trabajos para el INCORA y para la militancia de izquierdas con labores pictóricas, escénicas, cinematográficas, radiales.
Así, su poesía es testimonio y conjugación de variados compromisos estéticos, políticos e investigativos, el cauce único donde puede entenderse una extensa parábola vital que tocó todas las puertas y husmeó en todos los tinglados.
Solo a través de este tamiz poético puede leerse el conjunto de textos para el periódico tunjano El Diario, redactados a principios del siglo XXI bajo el título de ‘Tinto Oscuro’. Como casi siempre sucede con León Mojica, el origen de esas prosas periodísticas está signado por eventos polémicos.
Para darle visibilidad pública, y más que todo para que no lo asesinaran, los redactores del informativo le dieron la posibilidad de una columna de opinión. Por ese entonces Mojica sobrevivía a una cruda etapa de marginación y excesos. Noche a noche, durante semanas enteras, fueron asesinadas muchas personas que compartían la condición callejera del poeta. Se temía que lo mataran, así que El Diario decidió acogerlo, protegerlo y brindarle un lugar desde el cual comentar la actualidad.
Más que columnas prototípicas, los breves artículos de ‘Tinto Oscuro’ son ensayos donde la historia juega un papel preponderante. Analizándolos con perspicacia, Mojica intenta ubicar los hechos noticiosos en lugares específicos de un devenir complejo: el de la cultura occidental. Lo llamativo de estas prosas es que no se hallan desligadas del propósito poético de su autor. Sin apuros y con cierta malicia lectora podrían ser también poemas por su entonación, su prosodia angustiada, trepidante.
Allí, entre las atrocidades del primer gobierno de Álvaro Uribe, las promesas incumplidas de la Revolución Francesa o la sarna de los políticos de siempre anida la beligerancia, la actitud contestataria que caracterizó a la juventud de los sesenta y que el propio León Mojica cataloga en un poema como la “breve historia de los días aquellos cuando lo que se decía era lo contrario”.

Superviviente

La poética de Mojica es oral. A quien quisiera oírlo le contaba hace más de dos décadas su afán de hermanar la poesía con el tejido, con la urdimbre, ese propósito entre místico y maquinal de armar en versos los acontecimientos.
Su poesía es testimonio y conjugación de variados compromisos estéticos, políticos e investigativos.
Ahora que es un superviviente incluso de su propia leyenda, asegura que a la trama y al urdir se debe añadir el desatornillar, ir quitando los cierres y desarmando lo que se atraviese por el camino, sean recuerdos o dificultades inminentes. Dentro de tal dinámica se configura su obra completa, un despatarrado y lúcido tramar y desatornillar.
León Mojica, testigo del fervor revolucionario y de la debacle de las izquierdas, sesudo y perverso observador de su tiempo, transeúnte de la ciudad que lo satanizó por vivir como ha querido, involuntario poeta docto extraviado en una sociedad que lo lee a distancia prudencial, maestro de la generación de escritores que lo sucedió y que asumió en calidad de insignia sus epigramas (“la poesía como puñalada al cielo”), malogrado profeta que ha enseñado a ver las tradiciones con el ojo del sable, vuelve ahora dispuesto a discutir y a desordenar lo que se ha creído correcto e impoluto.
Vuelve con la valentía de quien rehúye del ícono que le han levantado, cuestionando mediante una poesía incendiaria y afligida todo aquello que incluso los jóvenes han aprendido a aceptar obedientes. Se le ajustan las palabras de Antonio Gramsci: “Seríamos unos plañideros e irresponsables si permitimos pasivamente que se establezcan y asienten los hechos ya establecidos, justificando a priori su necesidad”.

Fuente: https://www.razonpublica.com/index.php/cultura/10677-le%C3%B3n-mojica-un-poeta-injustamente-desconocido.html?utm_source=MadMimi&utm_medium=email&utm_content=Petro%2C+entre+l%C3%ADos+judiciales+y+aspiraciones+presidenciales&utm_campaign=20171114_m142625974_As%C3%AD+construye+Vargas+su+camino+a+la+Casa+de+Nari%C3%B1o&utm_term=Dar_C3_ADo+Rodr_C3_ADguez

lunes, 6 de noviembre de 2017

Kazuo Ishiguro, Premio Nobel de Literatura 2017...

El escritor, británico nacido en Japón, es autor de novelas como 'Los restos del día'...


El escritor Kazuo Ishiguro posa en el patio del "Royal Academy of Arts" en Picadilly, Londres, Reino Unido. En vídeo, perfil de Ishiguro. CARMEN VALIÑO / VÍDEO: EPV


“En un tiempo en que impera la incertidumbre sobre los valores del mundo, sus líderes y su seguridad”, el escritor británico Kazuo Ishiguro, galardonado este jueves con el Premio Nobel de Literatura 2017, espera que el hecho de que alguien como él reciba este “magnífico honor” contribuya a “alentar, aunque sea de una manera pequeña, las fuerzas de la benevolencia y la paz”.


El autor de Los restos del día (1989) ha recibido este jueves en Londres a un grupo de periodistas, presa aún del asombro. “Estaba sentado en mi cocina, escribiendo unos mails y preparándome para una comida temprana, cuando me llamó mi agente y me dijo que creía que estaban anunciando que me habían dado el Nobel. Pero en estos tiempos de noticias falsas, no me lo creí hasta que llamó la BBC. Qué quieren, soy un tipo chapado a la antigua”, ha reconocido el autor de 62 años. “Nunca me creí un candidato. Pensaba que era algo que le pasaba a los autores viejos, y esto me ha hecho comprender que ya lo soy. Ha sido una sorpresa genuina. De haberlo imaginado, me habría lavado al menos el pelo, y no habría venido directamente de la cocina a hablar con ustedes”.
El Nobel para Ishiguro constituye una sorpresa, en la medida en que su nombre no figuraba en las quinielas. Es el segundo escritor en lengua inglesa consecutivo que consigue el Nobel, después de Bob Dylan el año pasado. Pero el reconocimiento a Ishiguro será sin duda menos controvertido y, también, menos osado, al tratarse de un autor de amplio reconocimiento que cuenta ya con prestigiosos galardones como el Booker.
La Academia sueca llevaba dos años estirando las fronteras de la literatura al premiar a Dylan, un compositor, y a Svetlana Alexiévich, una periodista. Con Ishiguro, regresa al cauce convencional de la mano de un novelista al que, además, la exitosa adaptación al cine de dos de sus novelas (Lo que queda del día y Nunca me abandones, en sus títulos en la pantalla) le ha permitido llegar a un público masivo.
El jurado ha destacado “sus novelas de gran fuerza emocional que han descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”. Ya desde su primera novela, Pálida luz en las colinas (1982), la prosa de Ishiguro ha explorado los conflictos entre la experiencia y la memoria. Tema que resulta aún más evidente en Los restos del día (1989), su tercera novela, que ganó el premio Booker y en cuya adaptación cinematográfica Anthony Hopkins interpretó al mayordomo que sirve a un aristócrata inglés en los años previos a la Segunda Guerra Mundial. “En mi carrera he mirado a individuos que sufren enfrentándose a los recuerdos de su pasado, algo aplicable también a las comunidades y a las naciones. Como autor, una de las cosas que me fascinan es determinar cuándo es mejor recordar y cuándo es mejor olvidar”, ha explicado este jueves en Londres.
Nacido el 8 de noviembre de 1954 en Nagasaki (Japón), Kazuo Ishiguro se trasladó a los cinco años con su familia a Surrey, Inglaterra, donde a su padre le ofrecieron un trabajo como oceanógrafo. Su puerta de entrada a la lectura fueron las aventuras del muy británico Sherlock Holmes, que leía de niño en la biblioteca local. Estudió literatura inglesa y filosofía en la universidad de Kent. Después cursó el prestigioso posgrado de escritura creativa de la universidad de East Anglia, donde tuvo de profesores a Malcolm Bradbury y Angela Carter.
Escritor audaz y meticuloso, es autor de siete novelas, que escribe en inglés, todas publicadas en español por Anagrama. La última, El gigante enterrado, explora también, en esta ocasión desde el género fantástico, cómo la memoria se relaciona con el olvido, la historia con el presente y la ficción con la realidad. También ha firmado libros de relatos y guiones de cine y televisión. Admirador de Dylan, su predecesor en la lista de los Nobel, toca la guitarra y ha escrito letras para el cantante de jazz Stacey Kent.
Fuente: https://elpais.com/cultura/2017/10/05/actualidad/1507187608_482902.html




miércoles, 6 de septiembre de 2017

Recordando a William Shakespeare.

MACBETH

Fragmento

¿Es una daga esto que veo
ante mí con la empuñadura
hacia mi mano? Ven,
déjame tomarte. No te tengo, y aún así te
estoy viendo. Visión fatal, ¿acaso no eres tan
perceptible al tacto como a la vista? ¿O no eres
más que una daga del sueño, una falsa invención
producto de la mente febril? Te veo, de forma tan
palpable como ésta que ahora desenvaino. Tú me
señalaste el camino a seguir y qué instrumento habría
de usar. Son mis ojos la burla de los otros sentidos o por
sí solos valen más que todo el resto. Te veo, y en tu hoja
y tu mango hay gotas de sangre que antes no estaban. No,
no hay tal cosa: es el sangriento crimen que así habla a mis
ojos. Ahora en una mitad del mundo la Naturaleza simula estar
muerta y los sueños infames ultrajan al durmiente, la hechicería
rinde culto a la Pálida Hécate y el homicidio, custodiado por el lobo,
su centinela, cuyo aullido es su alerta, avanza con el andar sigiloso
de un Tarquino hacia su víctima, moviéndose como un fantasma.
Tierra firme y sólida, silencia mis pasos donde quiera que vayan, no sea
que tus piedras denuncien mi paradero y arrebaten al tiempo el presente
horror que ahora le cabe. Y mientras yo amenazo, él vive: las palabras
enfrían con su aliento el calor de los actos.
(Suena una campana).
Voy, y está hecho; la campana me invita. No la oigas, Duncan. Es un tañido que
te llama al cielo o al infierno.


WILLIAM SHAKESPEARE
Pocos como Shakespeare han develado el alma humana con todas sus vivencias y pasiones antagónicas. Shakespeare ha sido todos los hombres. Shakespeare ha vivido todas las vidas humanas, las mismas que plasmó en sus comedias y tragedias que se estructuran desde la poesía y la música verbal; cumplida su labor (quizá sospechaba que había llegado al punto más alto de su arte) regresó a Stratford su pueblo natal, con apenas cincuenta años de edad; cuentan sus biógrafos que dejó de escribir y se dedicó al negocio de propiedad raíz y a préstamos de dinero en usura. Murió sin saber que era uno de los más grandes escritores, sino el mejor, de todos los tiempos.


ROMEO Y JULIETA
Fragmento

Romeo
¿Cómo el amor con la vista vendada puede ver
el camino que nos lleva? ¿Hoy, dónde comeremos?
¡Ah! ¿Una gresca hubo aquí? No respondas. Lo
comprendo. Hay que hacer mucho por el odio
aquí y hay mucho más que hacer por el amor.
¿Por qué el amor que riñe? ¿El odio que ama?
¡Y de la nada todo fue creado! ¡Vanidad seria!
¡Levedad pesada! ¡Informe caos de agradables
formas! ¡Pluma de plomo! ¡Humo que ilumina!
¡Salud enferma! ¡Fuego congelado!
Así el amor quebranta nuestras vidas.
Siento el pecho pesado con mis penas. ¿Tú
quieres aumentarlas con las tuyas? Mi dolor
es tan grande que tu afecto me hace daño. El
amor es una nube hecha por el vapor de los
suspiros. Si se evapora brilla como el fuego
en los ojos que aman, si se ataca hacen un
mar de lágrimas de amor. ¿Qué más es el
amor? Una locura benigna, una amargura
sofocante, una dulzura que te da consuelo.

S
O
N
E
T
O

Qué contiene el cerebro y qué escribe la tinta
que no te haya expresado mi alma fiel? ¿O qué cosa
queda aún por decir, qué más hay que hacer ver
que declare mi amor a tu mérito amado?
Nada, dulce muchacho; pero igual que oraciones
debo todos los días decir siempre lo mismo;
porque es nuevo lo viejo, tú eres mío, yo tuyo,
como cuando bendije ya hace tiempo tu nombre.
Nuestro amor, que es eterno como amor juvenil,
no le teme ni al polvo ni a la ofensa del tiempo,
no permite que exista ni una arruga fatal:
estará a su servicio la vejez como un paje.
Veo amor tal cual fue, en su origen, en donde
la apariencia y el tiempo quieren darlo por muerto.

domingo, 13 de agosto de 2017

Gonzalo Arango la pena y la gloria __Jotamario Arbeláez

“ Toda ciudad es Gomorra, porque para sobre vivir en ella, hay que prostituir a Dios”. G.A



Muerto y sepultado, descendió a los infiernos el 25 de septiembre de 1976, varones ilustres y piadosos, esos mismos que se ofendieron por su afán desacralizador, comentaron en sus páginas fúnebres que debieran canonizarlo. En verdad fue lo más parecido a un santo por su cara de palo, sus bendiciones a la vida, su renunciamiento a las pompas y los faroles y sus actos fallidos pero sinceros en aras de la salvación del mundo. Para la hora de su muerte había apagado en su corazón la brasa
satánica y predicaba un raro c a t e c i s m o d e a s c e s i s y desprendimiento.


Me parece hoy sentir a Gonzalo Arango haciendo crujir sus huesos en su campo de aterrizaje, porque su amigo el poeta Jota Mario insiste en exponer sus cueros al sol de la eternidad, publicando esos textos perdidos que tanto conmovieron en su momento los pálidos corazones de su generación.


Porque fue toda una generación la que este nuevo flautista de Hamelin atrajo hacia el camino que no
conduce a ninguna parte, y aún no acabamos de llegar.


Si Gonzalo Arango en vez de pensador hubiera sido asesino como  Barba Azul, ladrón como Genet,
traficante de armas como Rimbaud, para no hablar de otros delitos no por atroces menos impunes, no habría dado con su saco de huesos en la cárcel en tres ocasiones, para enfrentarse a las terribles torturas físico patológicas que se dan en nuestras guandocas, la sociedad medellinenses y la apatía nacional permitieron que nuestro profeta se fuera de bruces contra la sordidez del hampa criolla en purgación de penas, por el delito múltiple de haber concebido, redactado, firmado l a c ó n i c a m e n t e p o r L O S N A D A I S T A S , i m p r e s o e n mimeógrafo y distribuido en una sesión académica, un manifiesto cargado en contra de la solemnidad vociferante de whisky con agua
bendita de los escritores católicos del sacro Lar, en la por entonces ciudad de la eterna primavera y no del  verano sangriento. Menos mal que la voz vibrante de Alberto Zalamea en un editorial de la revista Semana y las gestiones de abogado de Alberto Aguirre lo salvaron a tiempo de ser pasado por las armas de los atorrantes, aunque no alcanzaron a impedir que fuera despojado de la pana de su
chaqueta.


Pero como no hay condena que dure cien años ni escritor que se resista a la tentación de contar su experiencia, el trauma carcelario de Gonzalo que tantas secuelas dejó en su buena memoria, le sirvió para escribir estas en 160 páginas por encargo para el semanario contrapunto, de Jaime Soto. Este defensor de la moral y de la fe pública se echó la bendición, se lavó las manos, pero publicó los catorce capítulos del folletón hasta que a la propia revista le pusieron su tate quieto. Con el producto de su prosa tuvo Gonzalo para comer durante cuatro meses lo que no comió en prisión. Y de paso aprovechó para enjuiciar a Colombia, a sus jueces y carceleros. Ocasión feliz además para escribir algunas de las mejores páginas elegiacas del idioma, como las dedicadas a su padre caminando de
madrugada por las calles sin Dios con una maleta, o aquel las socarronas de  emocionada gratitud hacia el barroso, su defensor eficaz contra los conatos de violación y posterior ejecución de los hermanolos.


En 1972 Jaime Jaramillo Escobar me hizo donación de sus celosos archivos del nadaismo, que el había compuesto y guardado con su proverbial rigor durante los trece años que llevaba el “inventico”
en funcionamiento. Carpetas rotuladas año por año, periódico por periódico y poeta por poeta del movimiento, y naturalmente la obra publicada en prensa y revistas por Gonzalo era la más copiosa.

Con ella preparé la antología de la obra iconoclasta del profeta, publicada por Carlos Lohlé en Buenos Aires hace quince años, y que hoy se vende en Medellín como “Basuco” en la puerta de
una escuela en impecable edición pirata bajo los semáforos. Trataba con este libro  titulado Obra Negra , en momentos en que se nos resbala hacia una literatura y preñada de buenas nuevas, de rescatar para el mundo que iba quedando atrás la parte de la obra que los nadaistas remachados consideramos eficaz de nuestro demoledor amigazo.


Dentro de esas carpetas venían las páginas recortadas con la cfónica íntegra – aunque a decir verdad interrupta por la quiebra editorial- del paso apabullante del profeta por ese infierno que los presos
llamaban la ladera. En otra carpeta aparecía una hoja con el tronco de Gonzalo pintado por Fernando Botero, su  compañero en la universidad de Antioquia y Lovaina, que se había quedado en turno de publicación en la revista Nadaísmo, con el producto de la venta de esa hoja, que días pasados descubrí en la casa de un pintor avaluada en varios millones, pagué tres meses de arrendamiento de una choza en el parque nacional, compré una máquina de escribir igualita a la del profeta, que le envidiaba, dispuse para el alimento y me dediqué de lleno a pasar en blanco la mentada obra negra.


Han pasado 18 años - de los cuales el profeta lleva trece en la eternidad- y aquí estoy otra vez sentado sobre las mismas posaderas, frente a la máquina de escribir original de Gonzalo que terminé por
heredarle, preparando la edición de las Memorias de un presidiario Nadaista, como en aquellos días, los ojos se me llenan de nubes al contemplar en perspectiva a toda esta generación nadaista que la vida se ha ido llevando en los cuernos. 

Ya corneó al profeta, a Amilkar Osorio y a Darío Lemos, y se abren las apuestas a cerca de a quién
apunta la próxima embestida. Que en este libro vea Medellín como escarneció a su profeta. “Medellín, a la que tanto amo, por la que tanto muero”. Y como él, en medio de su amor la maldijo
entre dientes tras las rejas de su alma. Y como no hay rueda ni pena que nos cumplan ni se apaguen, somos ahora testigos del karma urbano. Una ciudad que condena a su poeta a la irrisión, está condenada a su vez a ser pasto de las fieras. Bogotá julio del 90

jueves, 10 de agosto de 2017

Recordando _ Rodrigo Saldarriaga

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Fue irreverente. Culto. Inteligente. Un aristócrata del pensamiento.
Arquitecto. Actor. Dramaturgo. Teatrero ambulante con su propia
compañía durante más de diez años por los pueblos de Colombia.

Director de un buen número de adaptaciones para el teatro. Formador de formadores. Fundador de El Pequeño Teatro. Político. Un levanta ronchas y polvaredas, de urticaria y comezón, al señalarle a la parroquia sus vicios y mojigatería, su godarria y regionalismo rampante.


“A esta época le está haciendo falta un poco de romanticismo…”

“El neoliberalismo resolvió que el ser humano tiene que consumir y punto.Tiene que consumir calzones ya, todo ya. Usted tiene que tener cincuenta camisas, no sé cuántos zapatos, tenis, de no sé qué marca. No, el ser humano no es eso…” Rodrigo Saldarriaga.

lunes, 7 de agosto de 2017

Poema de Héctor Ignacio Rodriguez

Héctor Ignacio Rodríguez, un joven poeta que no se encuentra entre nosotros en lo físico (cosa rara es el morir), pero si nos acompaña desde el esteticismo de su obra (cosa menos rara es la belleza); Héctor Ignacio, desaparecido trágicamente hacia finales de la década del 90, en un deplorable accidente, nos ha legado para la posteridad un valioso libro, de aceptación unánime: “Menos poemas y más besos” (único libro que se conoce del autor), y reeditado por la editorial de la Universidad de Antioquia. En este valioso texto, el poeta, nos ofrece una poesía cargada de verdadera emoción, ternura, malicia, humor, lirismo y claridad...



La Canasta de las Rosas Podridas.
Ésta no es poesía de exportación, querida.
Estas palabras no llevan la marquilla de brillante
ni son mi más pulido canto.
Digamos que sólo quiero hablarte de una traición.


Tú eras la dama, estaba muy claro.
En noches calurosas de cabañas frente al mar
mordimos las almohadas
y ante el fuego del hogar tus nalgas perfectas
sabían brillar como el oro.


Hubo una noche en donde la chimenea de la casa ardió
y no fueron míos los oídos
que escucharon el estallido de ardientes brazas.


Luego en la mañana el primer rayo de luz atravesó los cristales
pero no fueron precisamente mis ojos
los que se maravillaron ante el espectáculo
del sol jugueteando en tu cintura,
ni fueron míos los labios que temblaron
y con sobradas razones sedujiste.


Ahora debo suponer
que el cuerpo glamurosamente expuesto
mañana y tarde a los ojos de tus amigos
no debe ser aspiración
para quien alguna vez fue algo así como tu esposo.
Esa fue vuestra noche, estoy seguro.


Todavía tienes el cetro pero estas nerviosa porque el trono
se mueve.


Sabes que ya no soy quien para aconsejarte
ni mucho menos para pedirte que me traigas su cabeza
sangrante como un gesto de horror sobre la bandeja de plata.


Ahora mientras el pueblo sale a las calles en procesión
tras los santos
yo disuelvo en la ducha la espuma de un mal sueño
y cuando el llamado de las madres a sus hijos
rebote en la calle como una pelota de trapo
yo estaré tendido bajo la fría noche del mundo
arrojando esta lluvia de rosas sobre tu lecho.






domingo, 23 de julio de 2017

“El poema de Doloritas” en Pedro Páramo. Juan Rulfo.

Centenario (1917-2017)


Allá hallarás mi querencia. El lugar
que yo quise, donde los sueños
me enflaquecieron.
Mi pueblo, levantado
sobre la llanura, lleno de árboles
y de hojas, como una alcancía
donde hemos guardado nuestros recuerdos.
Sentirás que uno allí quisiera
vivir para la eternidad.
El amanecer; la mañana;
el medio dia;
Y la noche siempre los mismos
pero con la diferencia del aire.
Allí donde el aire cambia el color
de las cosas;
donde se ventila la vida
como si fuera un puro murmurar;
como si fuera un puro murmullo de la
vida.