viernes, 19 de octubre de 2012

LA CASA DE RESFA No 12: Poemas de la vida, Carlos Mario Garcés Toro...


 
LA CASA DE RESFA
 
Poemas de la vida


 

JUSTINIANA LA MADRE DE RESFA

 


Cómo me duele que una hija mía

haya terminado siendo capitana

de una casa de citas

donde todo el mundo viene a orinar.

 

Desde mi juventud en la finca La Amalia, en Venecia,

me consagré a las plegarias, al rosario en las noches,

a la misa diaria y a comulgar con el padre Astete.

 

Por eso cuando me dijeron que la Resfa estaba embarazada

de las dos mellizas (Alicia y Rocío),

mi hijo Ernesto y yo la echamos de la casa.

 

Pero el tiempo que todo lo tasa y todo lo mide,

trajo consigo mi vejez,

debilitando mi voluntad y mi fuerza.

 

Por cuenta de la Resfa,

que un día envalentonada se alzó la falda para enrostrarme su pecado,

gritando que de eso vivíamos,

me trajeron a la casa familiar del barrio Santa María,

de donde una noche de domingo de 1972 me sacarían muerta.

 


 

EL PRESIDENTE DEL SINDICATO DE LA GRAN EMPRESA
 
 
Me perseguían con amenazas de muerte
para que no firmara la convención colectiva
de los trabajadores de la Compañía de Alimentos.
 
Llegaron a tal extremo,
que no contentos con amenazarme por teléfono
y mandarme sufragios,
me enviaron un ramo mortuorio,
y me llamaron para decirme que a mi hijo William
le quedaba muy bonita la camisa de cuadros negros.
 
Aquella noche en la casa de Resfa
me emborraché con los escoltas que me asignó el gobierno
y me fui con Ángela a su cama.
 
En medio de la confusión que me invadía
tomé el revólver que había resguardado en el cajón de la mesa
y lo disparé contra mi sien.
Sentí que la luz, el cuadro de la pared, la cama, la puerta del cuarto,
la respiración, mi yo, mi Ángela, todo me abandonaba.
 
En aquella misma hora,
mientras el manantial de mi sangre se regaba por el piso,
mi mujer y mi hijo pedían por mí,
sin saber que no regresaría.
 
El gerente de la empresa asistió con su comitiva a mi funeral,
y pronunció el discurso de rigor ante mi mujer y mi hijo.
Él, que todo lo dirigió,
es ahora el flamante presidente de la Compañía de Alimentos.
 


 

CARMEN LA GORDA
 
 
¡Vengan a comer!, llamaba Carmen la gorda,
que fue doméstica durante muchos años en la casa.
El eco se escucha todavía en los corredores de la memoria.
 
Dicen que se dormía a Rubén el gato.
Sus grandiosas nalgas,
su caderamen guarachero
de mambo y chachachá
y sus pechos mundiales
perseguían a Rubén el gato por toda la casa.
 
Le gustaba mandarles la mano a los varones.
Les robaba a los clientes y a las muchachas borrachas,
y cuando la sorprendían lloraba como una niña inocente.
 
Con sigilo le pedía a alguien de vez en cuando
que le escribiera una carta
para la madre que cuidaba de su hija
en un pueblito lejano.
 

 

LA ESTRELLA DEL FÚTBOL
 
 
Jamás entré a la casa de Resfa.
La mejor, la más prestigiosa.
Mis amigos seleccionaban a las hembras,
las más bellas, cuatro o cinco.
Yo las esperaba al resguardo del coche,
y las invitábamos a mi chalet
en la autopista norte.
 
En la promiscua noche los hombres les pedíamos,
acuciados por vicios de sensual seducción,
que desnudas se amaran entre ellas.
 
Una a una
las llamaba después
para que de rodillas me lo mamaran.
Jamás quise penetrarlas, ni por el culo,
y a la última de ellas le regalaba mi semen.
Yo sentía lo mismo que sentía
cuando el equipo los miércoles y domingos
anotaba un goooooooooool.
 
Al oído te digo:
que no aparezca en mi biografía
la secreta historia de mis bacanales.

jueves, 18 de octubre de 2012

LA CASA DE RESFA No 11: Poemas de la vida, Carlos Mario Garcés Toro...

LA CASA DE RESFA
 
Poemas de la vida

 


 

A TRAVÉS DE LA PARED

 

 

A ninguna de las muchachas espiábamos tanto como a Gloria.

Tenía la piel de golosina tersa y blanca,

ojos verdeazules como el mar,

ojos de gata marina.

Le gustaba siempre pistonear encima,

y cuando un cliente la medía en deseo,

se movía con él adentro, los ojos entrecerrados,

estrujaba sus pechos con las manos

y lanzaba un largo y pluralizado gemido

con el labio entre los dientes.

Era una bomba de placer.

No necesitábamos ir al teatro Olympia

en busca de La Tongolele, de Margot Serrano,

o María Antonieta Pons.

Esto era en pantalla real.

 

Mirando a través de la pared,

alegremente nos masturbábamos,

si quiere saber quiénes,

Willian, Hugo, Héctor y yo.

 


 

LA RUBIECITA
 
 
Yo era la más joven en la casa de Resfa.
Tenía trece años.
Cuando llegaba la policía,
nada más de visita, sólo por saludar,
me escabullía por la puerta falsa.
No faltó el cliente con el que me marchara.
 
Una noche no regresé.
Me violaron y mutilaron,
y mi cadáver apareció disperso
en un paraje del norte.
A los que me hicieron esto,
un tal Willy, un Alex y un Michael,
los mataron después.
 
En el Cementerio Universal
los cuatro estamos enterrados
sin una laja, sin una cruz.
La cruz se la llevó el diablo.

 

TAMBAR EL CONDUCTOR

 

 

Yo fui por cuarenta años el chofer de la casa de Resfa.

Me decían marinero por la pinta de aguerrido lobo de mar,

y por el uniforme blanco y la visera negra.

También me llamaban Nabal, Chepe o Pescado,

un nombre para cada quién.

Estacionaba el auto frente a la casa,

un Ford blanco que reunía todos mis afectos,

y esperaba tranquilamente las órdenes.

A las muchachas adormecidas o ebrias,

sin alas para volar en la noche,

las conducía a su casa amorosamente

mientras la luna resbalaba blanca, plena,

por el vidrio del parabrisas.

 

Entre el amor y el odio pasaron cuarenta años.

Yo las quise a todas. No todas me quisieron.

Algunas decían que me gustaba hablar mal de las mujeres,

pero sólo hacía la clase de bromas propias del lugar,

sin propósito de ofender, únicamente por diversión.

 

La que más me gustaba era Marta Caballo,

una hembrota grande y acuerpada

que se me montaba encima

y hacía girar el mundo

con sólo mover una palanca.

 

Yo que llegué a ser uno más de la casa,

en tantos años de esmerado servicio,

vine a morir a los setenta y cinco,

decían que todavía enamorado de doña Resfa.

 


 

RUBÉN EL GATO
 
 
Lo llamaban El Gato por sus ojos amarillos.
Era voluntarioso y guapo al comienzo.
 
Fue el quinto o sexto marido de la dueña.
 
Se conocieron una noche en el negocio.
 
Él la maltrataba a ella y a sus hijos.
A pesar de todo ella intentó suicidarse por su amor.
 
Hasta la noche en que Humberto se vengó con treinta y ocho puñaladas.
 
El cuchillo y la sangre le midieron el coraje y la voluntad.
 
Con la merma del valor ya no volvió a ser el mismo.
Sin embargo continuó viniendo a la casa,
 
envejeciendo como un amigo.
 
Se encargaba de las diligencias del negocio.
 
A su muerte ella lo lloró sinceramente,
 
y depositó la urna en Campos de Paz.

miércoles, 17 de octubre de 2012

LA CASA DE RESFA No 10: Poemas de la vida, Carlos Mario Garcés Toro...

 
LA CASA DE RESFA
 
Poemas de la vida

 

EL CURA Y SU SOBRINO
 
 
Volvían todos los sábados a las dos de la tarde.
Siempre venían de viaje,
y reservaban una habitación con vista al jardín posterior.
 
Los muchachos íbamos a gatearlos
por un agujero disimulado en la pared.
El cura le hacía la fellatio a su sobrino
y después se lo metía por el culo.
Dos veces lo hacían en la tarde.
El muchacho era el primero
en levantarse, bañarse y vestirse.
El cura le entregaba unos billetes
y lo besaba largamente en la boca.
Después salían del cuarto muy serios
y cruzaban el patio hablando de teología.
DARÍO PATILLAS

 
 

Yo era un mágico para el dinero.

Proveía de nieve a las mujeres de la casa,

hasta que mataron a Danilo, mi patrón.

 

Después el tiempo se ensañó conmigo,

y terminé recogiendo desperdicios

en las calles con un costal.

 

Cuando pasaba por la heladería La Montaña,

frente al parqueadero de autos,

recordaba con amargura las ya lejanas fiestas

en que matábamos marrano

y repartíamos mercados a los pobres.

 

En la pared de la oficina del centro de operaciones

seguía entronizado el gran óleo donde el patrón y yo

vestidos de etiqueta fumábamos habanos.

 


 

MYRIAM LA VIRGEN
 
 
Me llamaban Myriam la Virgen
por mi belleza clara y mi larga cabellera, rubia y sedosa,
que bajaba como una cascada hasta la cintura.
Manos amigas se detuvieron a jugar con ella,
en lentas tardes y lentas madrugadas.
 
Tuve un hijo, a quien llamé Wilson como su padre.
Me vi obligada a entregarlo en manos de la casa
cuando la enfermedad empezó a oscurecer mis ojos
y dispersaba mis cabellos sobre la almohada.
 
Me marché de la casa
para esconder mi vergüenza,
y vine a trabajar en La última lágrima,
sucio bar de despedidas contra el cementerio de Itagüí.
 
Una noche de tragos, Héctor el hijo de doña Resfa,
apareció con unos amigos para mi pasmo y sorpresa.
Si me hubiera reconocido, lo habría notado en sus ojos.
Pero yo ya estaba desaparecida
en el tiempo, el dolor y el olvido.
 
Gentes caritativas hicieron una colecta pública
para enterrarme en el cementerio,
detrás del muro del bar.
 


 

LUISA LA DE LA FOTO EN EL CIRCO

 

 

Me dijo que me fuera con él,

y así lo hice.

Me convertí en trapecista,

y recorrimos el mundo con el circo.

 

Los artistas de circo

son como los marineros en tierra,

que en cada puerto olvidan

un amor de pasada.

 

Después él desapareció, dejándome colgada del trapecio.

 

Rodé sobre las pistas de varios circos,

cada vez más reducidos,

hasta que fue desapareciendo la fiebre circense.

Parches se les ponían a las carpas raídas,

como parches tenía que ponerle a mi vida.

 

Mi desolación aumentaba

con la tristeza del artista

que mira a las gradas

donde nadie viene.

 

Desaparecieron los aplausos,

la belleza y la ternura que iluminaban los reflectores,

las flores del público enamorado,

la malla de lentejuelas y el delicado maquillaje.

 

En abrumadores momentos de soledad y de olvido

sólo me queda para mi consuelo

esta foto desvaída en la maroma del circo,

de la cual también huyeron los colores.

martes, 16 de octubre de 2012

LA CASA DE RESFA No 9: Poemas de la vida, Carlos Mario Garcés Toro...


 
LA CASA DE RESFA
 
Poemas de la vida

 

MARTA CACHACA
 
 
Nací en Planeta Rica, un pueblo sabanero de la Costa.
Cuando empezaron las habladurías dejé al niño con mi madre,
y me vine a esta ciudad,
donde terminé viviendo en la casa de doña Resfa.
Nadie supo jamás mi verdadero nombre.
Me hice llamar Marta, pero después le agregaron Cachaca,
por mi elegancia y porque caminaba como una ola invadiendo la sala.
 
Cuando quedaba embarazada le enviaba los críos a mi madre.
Sólo después de que nació Daniel
le pagaba a Nena la ropavejera para que me los cuidara.
 
Trabajé más de cuarenta años en la casa,
y al final terminé sirviendo las mesas sin descuidar mi maquillaje,
por lo cual me gané el apodo cariñoso de payasita.
Cada fin de año se escucha en la radio una canción de música parrandera,
en la que el compositor dice que no hubo ningún coño en la cama
como el de Marta Cachaca.
 
Tres de mis hijos que viven en New York
compraron para mí esta casa,
donde vivo con una muchacha de servicio.
 
No sé si me estaré volviendo loca de amor,
porque cada noche
alguno de los muchos hombres con quienes me acosté en la vida
se me presenta desnudo en la penumbra
y vuelve a hacerme el amor.
 


 

IRENE COSITO FEO

 

 

No tuve gracia física,

pero en la cama mi arte se inspiraba.

Ni las más bellas de la casa

tenían tres o cuatro hombres esperándolas en la sala.

 

Mi secreto era natural y sencillo:

una vez con ellos adentro,

mi coño apretaba y les succionaba hasta el alma,

para hacerles olvidar por un instante

las miserias de este mundo.

 


 

LA COSTEÑA
 
 
Nunca me gustó acostarme
con niños ni con muchachos.
Siempre preferí los hombres de temperamento fuerte,
como yo.
Por eso, de entre casa,
sólo me acostaba con Humberto, el hijo mayor de la dueña.
Con él donde quisiera, como quisiera y a la hora que quisiera.
Era inteligente, gracioso, y tenía una espléndida sonrisa.
Cuando nos dieron la noticia de que lo habían matado,
sólo tenía treinta y tres años,
en el bar La Payanca,
sus mujeres lo lloramos en nueve lugares de la noche,
escondiendo la cara entre las manos.
 

 

EL CUARTO HIJO DE DOÑA RESFA

 

 

John Jairo

contaba sólo dieciocho años

cuando su cuerpo comenzó a hincharse por algún mal desconocido.

Creíamos que engordaba por goloso,

no que estuviese enfermo.

Más tarde supimos lo de los riñones.

Para distraernos por momentos

nos íbamos al cine Olympia,

que quedaba frente a la casa con sus luminosos avisos de neón,

donde aprendimos más que en la escuela sobre amores y odios.

Cuando murió lo llevamos al cerro donde jugábamos de niños,

convertido en un parque cementerio

que sepultó nuestros recuerdos de infancia.

Supimos que había muerto sin conocer mujer.