miércoles, 14 de octubre de 2026

El milagro de la iguana _ Faber Cuervo

Faber Cuervo

Corría el año 1995. Ese 30 de noviembre se inauguraba el Metro de Medellín, un histórico acontecimiento que enorgullecía a esta ciudad por ser la primera en implementarlo en Colombia. Lucía Arévalo, oriunda de Medellín, acordó con su esposo no acompañarlo al congreso de cierre del año de la empresa en que éste trabajaba, para poder dirigirse con sus hijos a conocer y montar en el Metro, por ahí derecho quedarse disfrutando la navidad con sus parientes residentes en la ciudad que ya no es de la eterna primavera.

Vivían en Manizales, fría capital del departamento de Caldas, encaramada en las faldas de una montaña, a seis horas en carro de Medellín. Lucía y sus cuatro niños partieron a las siete de la mañana en la camioneta nueva que la empresa acababa de entregar a su esposo. Puestos delanteros y traseros ocupados, el baúl lleno de maletas, los chicos bañaditos, estrenando ropa, felices.

El día estaba fresco, el piso seco, el sol asomando su diadema naranja. La camioneta devoró kilómetros sin parar; en escasas tres horas se acercó a La Pintada, un caluroso puerto a orillas del río Cauca en el departamento de Antioquia. Avanzaban por un asfalto aprisionado entre el caudaloso río a la derecha y una montaña de rocas a la izquierda. Lucía amaba y disfrutaba la velocidad que su pie imprimía al pedal. Su mirada oscilaba entre el horizonte hipnotizante de la carretera y sus críos asombrados con la carrera desbocada de árboles, ranchos y laderas infértiles en dirección contraria al carro.

Sandra, once años, iba a su lado con el cinturón de seguridad ajustado en su pecho, abrazaba una muñeca. La alegría resplandecía en el rostro angelical de la chiquilla. En la banca trasera, dos niñas y un niño no alcanzaban con sus pies el piso del carro y apenas rozaban con sus cabecitas los vidrios de las ventanillas.

Fausto, siete años, recostado en el cojín junto a la ventanilla derecha. Lo mismo Ángela, cinco años, en la ventanilla izquierda. Salomé, tres años, se perdía detrás de las sillas delanteras. Lucía tuvo que buscarla a través del espejo retrovisor descuidando la atención sobre la vía. Al volver la vista a la recta que estaba transitando alcanzó a ver a lo lejos un animal rastrero de largo cuerpo que empezaba a atravesar la carretera saliendo de la margen del río.

Lucía mantuvo el pie sobre el acelerador con igual intensidad. Confiaba en el control de las distancias. Al acercarse vio que era un reptil de grueso tronco y larga cola con movimientos muy lentos. Los colores verdes azulados y aguas marinas brillaban hermosamente en su lomo. Lucía fue encandilada por esas fluorescencias lo cual la distrajo de tal modo que no alcanzó a calcular el tiempo de despeje de la vía por parte del animal. Timoneó hacia el otro carril justo cuando el reptil empezó a invadirlo. El auto se le fue encima, Lucía gritó:

—¡Una iguana!






Antes de aplastarla, se paró en el freno. El carro se fue contra la montaña de rocas, se devolvió dando vueltas sobre el pavimento, entró a la berma y se precipitó hacia el río. Un árbol vigoroso cargado de follaje lo atajó en el momento en que sus llantas voladoras volvieron a tocar tierra.

Lucía permaneció imperturbable en su silla de conducción. Sandra, a su lado, lloraba aterrorizada apretando la muñeca. Los finos cinturones no las dejaron expulsar. Ambas estaban ilesas, ni un solo rasguño. El techo del carro se había desprendido. Lucía vio que sus otros hijos no estaban a pesar de que las puertas seguían cerradas con seguro. Al ver el agujero en el techo comprendió que fueron arrojados durante las locas volteretas del vehículo.

Lucía se apeó. Subió rápidamente a la carretera. Antes de la berma encontró a Salomé sentada sobre el prado junto a unas flores a las que miraba callada. Tampoco tenía herida alguna.

—¡Mami! ¿Qué payó? —Fue el recibimiento de la niña al ver a su madre.

Lucía no contestó. Viendo que su hija estaba sana y en un lugar seguro se desplazó hacia la elevación de rocas mientras gritaba:

—¡Fausto! ¡Ángela!

Solo contestó el eco de su voz rebotando en la pared pedregosa. Su corazón aceleró los latidos como una batidora a plena máquina. Se devolvió hacia la orilla donde había dejado a Salomé, luego caminó por la berma observando el cauce del río; a los pocos pasos vio a Fausto tratando de escalar el declive agarrándose del tronco de un árbol.

—¡Fausto! ¿Estás bien?

—Salí volando. El carro me botó por el techo, me recibió una rama de este árbol —dijo el chico señalando un brazo repleto de hojas.

—¿Y Ángela? ¿La has visto?

—No ma.

Lucía salió de nuevo hacia la carretera. Sus movimientos eran ágiles, seguros, conscientes, no perdía la calma. El tropiezo del viaje no desfiguró ni un ápice su rostro de facciones juveniles graciosas. Se regresó por la berma tratando de aclarar el pensamiento.

—Mi niña … ¿dónde estás?

Un hombre descendió cojeando de un automóvil detenido pocos metros detrás. Se acercó con dificultad a la angustiada madre.

—Señora, casi la choco por detrás. Vi volar niños que cayeron en distintas direcciones. Por mis condiciones no pude ayudar.

—¿Vio a Ángela?

—Todos rodaron hacia la orilla del río.

—¡No! Mi niña no pudo caer al río.

Una mujer, salida de otro auto más atrás, llegó preguntando:

—Su niña, ¿tenía una blusa rosada?

—¡Ay! ¡Sí! ¡La vio?

—Sí. Dos hombres se la llevaron en una moto…

—¿Moto? ¿Hacia dónde la llevaron?

—Uno de ellos dijo que la llevaban al hospital.

—¿Hospital? ¡Oh no!

Lucía respiró más tranquila. Toda la familia logró sobrevivir al volcamiento. Regresó al sitio donde quedó anclado el carro. Alcanzó a ver varios hombres sacando el equipaje del baúl.

—¿Qué hacen? —Les gritó con furia.

—Estamos ayudando a sacar las maletas, no se preocupe —contestó uno de ellos.

Lucía quedó congelada al ver que los hombres cargaban todas las maletas al hombro y se perdían entre los matorrales al borde del río. Corrió hacia su carro, no dejaron siquiera el bolso donde tenía la totalidad del dinero y sus documentos personales. Sentía que la montaña giraba alrededor de ella, como si el juicio la abandonara y un vacío la empujaba hacia el cauce vertiginoso del Cauca. Ingresó al auto, intentó infructuosamente darle encendido. No solo el techo se había desprendido, también el capó y la puerta del copiloto. Ningún mecanismo pudo ser activado, el timón tampoco respondía.

Se apeó confundida. Se devolvió a la berma, vio a Salomé y a Fausto, sentados sobre el pasto con flores. Notó que el niño tenía la camisa rota impregnada de sangre. Pasó una mano sobre la cabecita rubia del chico, no se quejó. Lo tomó del brazo, avanzó con él hasta el borde de la carretera donde se hallaba Sandra a quien le pidió acompañar a Salomé mientras regresaban. Avanzó en la compañía de Fausto por la carretera, cruzó frente a un lavadero de camiones, ranchos hechos con tablas, hasta llegar a un sector de restaurantes. En medio de ellos, vio una ferretería atendida por una señora cuyo rostro simpático y saludo afable la atrajo. Le contó con detalles lo que acababa de sufrir. En un momento de su narración, Fausto le dijo:

—Ma, dile que por no matar a una iguana casi nos matas a todos.

—¿Una iguana? —preguntó la señora comerciante, ataviada con un delantal de cuero.

—¡Sí! Se atravesó en la carretera. Era tan hermosa, de colores brillantes. Jamás había visto una igual —explicó Lucía sin percatarse que la señora tragó saliva al escuchar su testimonio mientras dirigía apresuradamente la miraba hacia una estantería.

Cuando Lucía concluyó la narración con el robo de las maletas, la señora habló con compasión y dulzura:

—Esa historia solo la puede contar usted. Afortunadamente, nada irreparable aconteció. Voy a poner mi camioneta con conductor a su disposición, él los llevará de vuelta a Manizales para que se recuperen emocional y materialmente. Le prestaré $300 000 para los gastos de hospital y viáticos.

—Señora, usted apenas me conoce, ¿de verdad cuento con esa ayuda? —exclamó Lucía quien no creía lo que estaba ofreciendo.

—Tenga la seguridad. Ya llamo al trabajador que los va a transportar.

La señora traspasó una puerta que daba entrada a una bodega. Entre tanto, Fausto no dejaba de mirar un entrepaño alto atestado de hierros. El niño estaba fascinado con los colores verdes azulados y aguamarinas que fulguraban en el hueco oscuro.

La señora regresó con un hombre de mediana edad, amable y sonriente; lo presentó como el domiciliario del negocio, le dio instrucciones para trasladar a la familia accidentada. Lucía no acababa de asimilar la oportuna y generosa ayuda que recibía. Prometió saldar prontamente la deuda adquirida, finalmente se despidió. Apenas salieron la madre, su hijo y el conductor, la señora ferretera tomó una tabla, la extendió al hueco con los hierros observado con atención por Fausto. No tardó en asomar en el entrepaño la cabeza venerable de una vieja iguana con sus ojos mirones naranjados profundos, una cresta erizada que recorría todo su lomo. El reptil empezó a descender por la tabla, lentamente sacó sus patas cortas y fornidas terminadas en garras, deslizó la cola que demoró en salir, avanzó parsimoniosamente hasta llegar a las manos de la señora quien le dio un beso en su testa ancha; la levantó y depositó en su pecho. La iguana infló su papada colgante, vibraron sus escamas como una hirviente sopa, sacó su lengua fucsia escotada para pasarla sobre la mano cariñosa de la mujer. De pronto, el reptil quedó estático como una porcelana antigua, su cuerpo parecía convertirse en una escultura de bronce y otros metales fundidos en alguna antiquísima metalurgia. La ferretera ya no abrazaba una iguana sino una reliquia, un símbolo sagrado.

—Vida mía, ¿dónde andabas? Pero nada te pasó. Diste con una conductora buena. No vuelvas a cruzar la carretera.

Mimó al reptil con idílica ternura, luego lo depositó en la tabla. La iguana subió por ella a su sesteadero.

Lucía se dirigió con sus hijos hacia el hospital de La Pintada, allí recogió a Ángela quien acababa de ser enyesada para soldar una fractura del fémur. Seguidamente contrató una grúa para transportar la camioneta declarada como pérdida total. De salida para Manizales, al pasar por el lugar donde se volcaron, le pareció ver una iguana grande de relucientes colores atravesando rápidamente la carretera. En ese instante, su hija Sandra le dijo:

—Mami, siquiera no mataste esa iguanita.

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