miércoles, 8 de julio de 2026

La Literatura : Una de las herramientas más poderosas para transformar la cultura, garantizar la convivencia y promover la inclusión social.

La literatura no es solo un reflejo de la sociedad, sino una de las herramientas más poderosas para transformar la cultura, garantizar la convivencia y promover la inclusión social. Cuando leemos, no solo acumulamos palabras; construimos puentes hacia realidades ajenas a la nuestra.

Pueden haber muchas conexiones , estos tres ejes se entrelazan y encuentran su pilar en la literatura:

1. Cultura: Preservación e Interculturalidad

La literatura es el archivo vivo de la memoria colectiva de los pueblos. Permite que las tradiciones, los mitos y las cosmovisiones se mantengan vigentes a lo largo de las generaciones.

  • El puente entre épocas y geografías: Nos permite viajar a comunidades indígenas, afrodescendientes o realidades rurales sin movernos de casa.
  • Diálogo intercultural: Al leer autores de diferentes orígenes, la cultura deja de ser un concepto estático y cerrado, convirtiéndose en un espacio abierto de intercambio y mestizaje de ideas.

2. Convivencia: El Desarrollo de la Empatía

La convivencia pacífica nace de la capacidad de reconocer al otro como un igual, y ahí es donde la literatura actúa como un "gimnasio emocional".

  • Ponernos en los zapatos del otro: Al seguir la narrativa de un personaje, experimentamos sus miedos, sus dolores y sus alegrías. Este ejercicio reduce los prejuicios y la xenofobia.
  • Resolución de conflictos: Las novelas y relatos suelen plantear dilemas morales y humanos. Ver cómo los personajes resuelven (o complican) sus conflictos nos ayudan a reflexionar sobre la tolerancia, el perdón y el respeto en la vida real.

3. Inclusión Social: Dar Voz a lo Invisible

Históricamente, muchos colectivos han sido marginados o silenciados. La literatura inclusiva busca reparar esa brecha dando protagonismo a las historias que la sociedad civil a veces ignora.

  • Visibilización: Historias sobre personas con discapacidad, minorías étnicas, la comunidad LGTBIQ+, inmigrantes o personas en situaciones de vulnerabilidad socioeconómica.
  • Representación: Para que haya inclusión verdadera, las personas necesitan verse reflejadas en los libros de manera digna y compleja, no como estereotipos. Sentirse representado en la literatura es un acto de validación humana y ciudadana.

"La literatura no te hace mejor persona de forma automática, pero sí te impide la ignorancia feliz de creer que tu realidad es la única que existe."

@jaime_pepo

miércoles, 1 de julio de 2026

Leer a Jorge Luis Borges vale la pena por varias razones...

 

Incluso si no suele gustarte la literatura clásica:

  • Te hace pensar de otra manera. Sus cuentos exploran preguntas sobre el tiempo, la memoria, la identidad, los sueños y el infinito. Más que ofrecer respuestas, invitan a reflexionar.
  • Escribe con gran precisión. Aunque sus ideas son complejas, su estilo suele ser claro y conciso. Muchos de sus relatos son sorprendentemente breves.
  • Influyó en escritores de todo el mundo. Su obra marcó profundamente la literatura contemporánea y ha inspirado a novelistas, filósofos y cineastas.
  • Combina realidad e imaginación. En cuentos como Ficciones o El Aleph, crea mundos donde bibliotecas infinitas, laberintos y libros imaginarios sirven para explorar ideas filosóficas.
  • Cada lectura revela algo nuevo. Sus textos admiten múltiples interpretaciones, por lo que es común descubrir detalles distintos al releerlos.

Si nunca has leído a Borges, una buena forma de empezar es con cuentos como:

  • La biblioteca de Babel
  • El sur
  • La casa de Asterión
  • El jardín de senderos que se bifurcan

 La biblioteca de Babel La obra plantea un universo fantástico y filosófico en forma de una biblioteca infinita, compuesta por infinitas galerías hexagonales que contienen todas las combinaciones posibles de letras y símbolos, El sur el relato narra la historia de Juan Dahlmann, un bibliotecario que, tras sufrir un grave accidente, emprende un viaje hacia la llanura de la Pampa argentina , La casa de Asterión es una brillante reinterpretación del clásico mito griego del Minotauro, contada desde la perspectiva del propio monstruo y El jardín de senderos que se bifurcan  La historia, una obra maestra de la literatura universal, narra la misión de un espía chino al servicio de Alemania en plena Primera Guerra Mundial y revela el misterio de un laberinto infinito de realidades paralelas.

Borges no es un autor que se lea solo por entretenimiento; su obra propone una forma distinta de mirar el lenguaje, la realidad y el conocimiento. Por eso sigue siendo uno de los escritores más influyentes de la literatura en español y una referencia importante en la literatura universal.

Recordar.

El color preferido de Jorge Luis Borges era el amarillo .  A  medida que avanzaba su ceguera, fue perdiendo la capacidad de percibir el rojo, el azul y el verde, convirtiéndose el amarillo en la única tonalidad que le acompañaba.

 El poeta asociaba este color con el oro y los crepúsculos.

Su fascinación por este tono abarcaba toda su vida; desde su infancia solía quedarse observando el pelaje dorado de los tigres en el zoológico, una imagen que inmortalizó en sus poemas y ensayos.

@jaime_pepo


martes, 23 de junio de 2026

El Gaviero (Periódico Literario de Medellín)

Es un proyecto cultural independiente que nació con el propósito de descentralizar la literatura, rescatar la memoria histórica local y ofrecer una plataforma de difusión para autores emergentes y consagrados de la región. 


Su nombre evoca la figura del "gaviero" —el vigía de los barcos, inmortalizado también en la literatura por Álvaro Mutis con su personaje Maqroll el Gaviero—, simbolizando la acción de mirar más allá del horizonte cultural convencional.

martes, 16 de junio de 2026

EL GAVIERO – Periódico Literario

 EL GAVIERO – Periódico Literario

Medellín – Colombia

Desde la Literatura, el Arte, la Poesía, la Educación, el Teatro, la Música, la Caricatura, el Cine, la Historia y todas las expresiones del pensamiento y la creación humana, El Gaviero invita a observar el horizonte cultural con mirada crítica, sensible y libre.

Como el gaviero que, desde lo más alto de la nave, escudriña los mares y anuncia nuevos rumbos, este periódico busca descubrir voces, ideas, memorias y sueños que enriquecen nuestra sociedad.

Porque la cultura es un viaje compartido, una travesía de búsqueda y descubrimiento.

TODOS SOMOS GAVIEROS.
Observamos. Reflexionamos. Creamos. Compartimos. Navegamos hacia nuevos horizontes.

miércoles, 20 de mayo de 2026

El despertar, un poema de Alejandra Pizarnik...

 El despertar 

a León Ostrov 

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay mounstros
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Còmo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo


miércoles, 29 de abril de 2026

Álvaro Mutis: el encanto inagotable de un prestidigitador...

 «Maqroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice.

Maqroll somos todos»: GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

Álvaro Mutis solía decirles a sus amigos que el día en que se jubilara iba a escribir por fin la gran novela de Maqroll el Gaviero, ese personaje desastrado y marginal, estoico y lúcido, que lo acompañaba en su poesía desde los veintidós años. Todos pensaban, entre tequila y tequila, que esa promesa era una más de sus ocurrencias geniales, y se echaban a reír mientras él los seguía deslumbrando con alguna de sus historias prodigiosas, quizás la de Pandolfo Petrucci, tirano de Siena, quien se subía al monte Amiato y hacía que sus esclavos cortaran piedras gigantes para luego lanzarlas al vacío y ver si un pobre desdichado iba pasando por allí y alguna le caía encima para carcajearse, así de cruel es el destino.

Mutis tenía eso: el encanto inagotable de un prestidigitador y sus anécdotas históricas o personales lo volvían de inmediato, donde estuviera, el alma de la fiesta, el dueño de todas las miradas, porque además era apuesto y culto y su risa se oía al otro lado de la Tierra. Pero siempre decía lo mismo, como pensando en voz alta: «Cuando me jubile, carajo, dejo salir a Maqroll».

Lo cierto es que un par de años antes de su ansiada jubilación, y después de una vida entera dedicada a los más variados y estrambóticos oficios, desde el de locutor de radio hasta el de vendedor de películas en medio mundo, Mutis se sentó y escribió la que sería la primera entrega de la saga novelesca sobre Maqroll el Gaviero, publicada en 1986 con el título de La Nieve del Almirante, el mismo de un poema en prosa, con clarísimas intenciones narrativas, que estaba en Caravansary, su hermoso poemario de 1981.

Hay quienes han señalado, obvio, la filiación entre ese poema y la novela, como si en el primero estuviera la semilla inconsciente y latente de la segunda. Y así es: en el texto de 1981, Maqroll malvive (sobrevive, como siempre) en lo más alto de la cordillera. Allí regenta una tienda que se llama La Nieve del Almirante y repara sus heridas mientras ve pasar los camiones que suben y bajan por el Alto de La Línea, aunque eso no esté dicho, pero el paisaje sí es ese, como el de casi toda su literatura: la «tierra caliente», el ardoroso clima de la zona cafetera colombiana que se concentra en la bruma del páramo para desembocar luego, como un río desatado entre cámbulos y guaduas y piedras monumentales, en el Valle del Cauca.

Mutis decía que esa era la fuente secreta de toda su obra: el recuerdo y la nostalgia de su infancia en la hacienda cafetera de Coello que su familia tenía en el Tolima. Allí conoció el paraíso, un paraíso perdido y recobrado luego en su poesía. Ese olor, ese clima, ese mundo, decía, eran el venero del que manaba su literatura. Por eso buena parte de las aventuras y desventuras de Maqroll tienen ese paisaje inequívoco y no siempre explícito; desde el principio, desde sus primeros y visionarios poemas, el entorno es siempre el mismo: el trópico como un destino abrasador e implacable, el tiempo que se disuelve y se funde en la vegetación corrosiva y malsana, los elementos del desastre.

La Nieve del Almirante, el poema de 1981, no es la excepción: el Gaviero arrastra en su pierna derecha una herida purulenta y atroz que lo hace cojear. Así camina, con su pasado a cuestas. Lo que vemos de él es ese instante, esa imagen, en eso consiste la poesía, que nos revela la sucesión interminable de proezas fallidas y conmovedoras empresas y tribulaciones de Maqroll, no en vano Octavio Paz lo consideró, desde muy pronto, un héroe romántico. Siempre al borde del abismo, siempre empeñado en lo imposible, que se justifica solo por eso, ahí está su valor y su grandeza, jamás por los resultados obtenidos o esperados.

Está muy claro que en toda la poesía de Mutis, protagonizada en su gran mayoría por Maqroll el Gaviero, lo que había era un relato épico y una novela que durante décadas, hasta 1986, se fue anunciando solo en destellos y fulgores, fragmentos apenas que sin embargo contenían la totalidad de ese universo que solo se iba a completar y a esclarecer con la saga que inauguran La Nieve del Almirante Ilona llega con la lluvia.

Pero lo más impresionante, lo más estremecedor, es que eso ya estaba en «La oración de Maqroll», el primer poema en el que Álvaro Mutis invoca a su héroe y nos lo presenta en 1948, en La balanza, ese libro juvenil escrito a cuatro manos con Carlos Patiño Rosselli y del cual decían sus autores que había sido el libro más exitoso de la historia de Occidente, pues su primera y única edición se agotó en menos de dos horas, por incineración. La balanza, en efecto, fue publicado el 9 de abril de 1948 por la editorial Prag, cuyos talleres ardieron esa tarde que el pueblo bogotano, enloquecido y borracho, salió a vengar la muerte de su caudillo, Jorge Eliécer Gaitán. Y allí, en ese poema, en esa plegaria clarividente, Maqroll ya es el que sería para toda la vida hasta su muerte en los esteros:


Con tu barba de asirio y tus callosas manos, preside ¡Oh, fecundísimo! la bendición de las piscinas públicas y el subsecuente baño de los adolescentes sin pecado.

¡Oh Señor! recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento.

Recuerda Señor que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro.

Amén.


Álvaro Mutis y la portada de “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero I”, una de las más recientes antologías de su obra publicadas en Colombia con el sello editorial Alfaguara.
Álvaro Mutis y la portada de “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero I”, una de las más recientes antologías de su obra publicadas en Colombia con el sello editorial Alfaguara.
Foto: AFP y Cortesía

Luego, en los siguientes libros de poesía, en Los elementos del desastre, en Los trabajos perdidos y la Reseña de los Hospitales de Ultramar, en Caravansary y Los Emisarios ––qué títulos, por favor––, la figura del Gaviero se irá definiendo cada vez más y su visión del mundo irá poblando y colonizando, de manera casi absoluta, la obra de un poeta cuya voz y cuyo estilo serán cada vez más decantados, más ricos, más exuberantes y a la vez más escépticos y esenciales. ¿Quién es ese personaje tan extraño y enigmático, tan sabio y universal? ¿Quién es Maqroll, de dónde surge?

Su autor solía decir, cuando se lo preguntaban, que era su coartada perfecta para poder destilar en sus poemas todas esas verdades teñidas de experiencia y de distancia, lo uno por lo otro. También en eso consiste la poesía. Mutis tenía veintidós años cuando Maqroll se le apareció por primera vez y fue como un milagro porque gracias a él pudo expresar lo que en su boca habría sido inconcebible para un joven de esa edad. Entonces le puso a su personaje un nombre que aspiraba, como el de la Kodak, según sus propias palabras, a que sonara igual en todas las lenguas: Maqroll el Gaviero, un vidente, un navegante atracado en tierra firme y comprometido siempre en las empresas más absurdas y febriles, las cuales asume con absoluta seriedad, con la resignación y la solemnidad del que sabe que la vida se honra y se justifica en esos rituales y esas ceremonias que nada tienen que ver con las quimeras de la Modernidad: el éxito, la riqueza, la fama, la superación personal.

Lo mejor de Maqroll, lo más bello y perdurable, es su concepción del mundo, su ética, emparentada hasta lo más profundo, claro, con la de su autor, quien a lo largo de la vida, y conforme iba madurando, fue adjudicándole a su inolvidable personaje muchas de sus peripecias y aventuras, al punto de que no era fácil saber bien qué de aquello le había pasado de verdad a cuál de los dos.

En ese sentido, el Gaviero es una invención en el significado latino de la palabra, porque invenire quiere decir, en esa lengua, descubrir, desentrañar. Mutis fue el amanuense, el demiurgo de un ser que era a la vez su interlocutor y su reflejo, su compañero de viaje, su sombra y el intérprete más certero de su forma de pensar. Y viceversa, por eso él mismo decía: «No hay nada de Maqroll que no sea mío».

Pero en el plano simbólico el solo oficio del Gaviero ya dice mucho de su destino y de su suerte: la gavia es la vela del palo mayor de una nave, hasta allí sube el gaviero a observar el horizonte y a intuir el curso de los vientos. Es lo mismo que hace el poeta, de ahí que «gavia» también significara, en el siglo XVIII, como lo escribió don Esteban de Terreros en su Diccionario castellano, Madrid, Imprenta de la Viuda de Ibarra, MDCCLXXXVII, «jaula de palo en que se encierra a un loco». Esa es la percepción que tienen los demás de Maqroll: que es un demente, un sujeto por fuera del mundo. En realidad es un hombre decoroso y digno que vive según sus reglas y su código de honor; un descreído, ya dije, de todas las mentiras de la Modernidad.

Mutis también era así: reaccionario, monárquico, legitimista. Y hablaba muy en serio cuando decía que el último episodio político que le importaba de verdad en la historia era la caída de Constantinopla a manos de los infieles en 1453. Se declaraba gibelino sin ningún pudor, es decir partidario de los emperadores germánicos en su lucha contra el papado. Maqroll es igual: un ser intemporal que llega a los aserraderos del Tolima o del Quindío en pos de un negocio que de antemano sabe perdido y catastrófico, y en el bolsillo lleva las Memorias de ultratumba, de Chateaubriand, o las Memorias de Jean-François Paul de Gondi, el Cardenal de Retz.

Su obsesión, quizás la de ambos, Mutis y Maqroll, es entender las razones que llevaron a esa guerra inútil entre los borgoñones y los armagnacs en la Francia del siglo XV. Los dos saben que la Tierra es el exilio por naturaleza del ser humano: el lugar de la expulsión del paraíso. Tienen un consuelo y un refugio, la amistad. La certeza de que todo en este mundo es vano y el valor de nadie está determinado por los prejuicios de la sociedad ni por lo material y lo tangible, por eso una de las máximas de Maqroll es la de no juzgar jamás a nadie, nunca, por nada. O así lo dice en su desbocada letanía de la «Visita del Gaviero», un poema aparecido en Los Emisarios, en 1984: «Saber que nadie escucha a nadie. Nadie sabe nada de nadie.

Es muy probable que esa premisa moral, tan bella, la reafirmara Álvaro Mutis en su experiencia en la cárcel de Lecumberri, donde pasó encerrado quince meses de su vida, casi recién llegado a México entre 1958 y 1959, «por un delito del que disfrutamos muchos escritores y artistas y que sólo él pagó», como escribió Gabriel García Márquez, su amigo del alma. Allí, en su crujía, el poeta colombiano fue testigo y partícipe de una de las tragedias humanas más desgarradoras que pueda haber, en medio de la cual asistió también a la irrupción inesperada y sobrecogedora de valores como la solidaridad, la nobleza, la ternura, la bondad, tanto más conmovedores cuanto más se hacían evidentes y dolorosos el contexto y la naturaleza, la desgracia de quienes los encarnaban y compartían.

La vida en el «Palacio Negro» de Lecumberri fue para Mutis como estar en una de las novelas de su adorado Charles Dickens, y las enseñanzas que extrajo de ella se quedaron para siempre en su obra y en su alma. No es gratuito que fuera en la cárcel donde escribió su primera gran pieza narrativa, un cuento que se llama «La muerte del estratega» y que es una absoluta obra maestra, uno de los relatos más bellos de nuestra lengua. En él, un estratega bizantino del Thema de Lycandos, Alar el Ilirio, descubre que nada es más importante que el amor. Ni la fe, ni la gloria, ni el poder, nada. Pero el suyo es un amor fugaz y fatal, condenado desde el principio al fracaso y a la muerte; y sin embargo en él está la redención, la justificación de la vida. Alar el Ilirio es una especie de Maqroll en el Imperio Romano de Oriente: un héroe romántico que vive a contrapelo de la historia; un derrotado, esa es su victoria, como en el caso del Gaviero.

La desesperanza, se ha dicho muchas veces, y es cierto, es la clave para entender la obra de Álvaro Mutis. Sobre ese tema, con el pretexto de la novela Victory, de Joseph Conrad, escribió una conferencia brillante que dio en la Casa del Lago de la UNAM en 1965; ahí está toda su poética, su filosofía. Pero la desesperanza no es el pesimismo ni el desánimo, no es la renuncia a la vida ni es la amargura. No. La desesperanza es la certeza de que «el hombre es un problema sin solución humana», como escribió Nicolás Gómez Dávila, uno de los mejores amigos y mentores de Mutis y un escritor al que idolatraba, del cual también extrajo el último epígrafe que abre su novela Un bel morir, de 1989: «Todo hombre vive su vida como un animal acosado.

Mutis decía que esa era la fuente secreta de toda su obra: el recuerdo y la nostalgia de su infancia en la hacienda cafetera de Coello que su familia tenía en el Tolima.
Mutis decía que esa era la fuente secreta de toda su obra: el recuerdo y la nostalgia de su infancia en la hacienda cafetera de Coello que su familia tenía en el Tolima.
Foto: Archivo El Espectador

Eso es lo que caracteriza y define a Maqroll tanto en los libros de poemas como en las novelas: su profundo escepticismo y su compasión, su acatamiento del destino como un hecho irreversible y al mismo tiempo risible, su desprecio por el triunfo y la victoria como una de las grandes trampas de la condición humana. Pero el Gaviero ––y su autor era un gran lector de Julio Verne–– es el personaje central de un relato de aventuras en prosa y en verso: su vida es no solo un reproche y una crítica al mundo moderno sino también un intento permanente por sabotearlo desde la acción. La de Maqroll es una épica de la derrota, una declaración de principios que va mucho más allá de la contemplación y la quietud.

Y ahí sí está muy claro el tránsito que Álvaro Mutis oficia entre sus poemarios y sus novelas (y nótese bien que no hablo del tránsito entre su poesía y su narrativa: en su obra esa frontera no existe o carece por completo de sentido, esa es la gracia) porque con cada nuevo libro, antes de La Nieve del Almirante, en 1986, la vida del Gaviero va revelándose más y lo que la constituye no son solo sus imprecaciones, sus imágenes, sus letanías sino ahora también sus proezas y sus empresas y tribulaciones. Ya en la Reseña de los Hospitales de Ultramar los poemas en prosa nos muestran a Maqroll dedicado de lleno a sus delirantes y hermosos y ociosos oficios; ya allí se dice de él:

Derivaba el Gaviero un cierto consuelo de su trato con las gentes. Vertía sobre sus oyentes la melancolía de sus largos viajes y la nostalgia de los lugares que eran caros a su memoria y de los que destilaba la razón de su vida. Pero fue en el Hospital del Río en donde aprendió a gustar de la soledad y a rescatar en ella la única, la imperecedera substancia de sus días. Fue en el río donde vino a aficionarse a las largas horas de solitario soñador, de sumergido pesquisidor de un cierto hilo de claridad que manaba de su vigilia sin compañía ni testigos.

Pero en Caravansary y en Los Emisarios, conviviendo con bellísimas reflexiones históricas o personales como la del funeral del Duque de Viana o la del gorrión que entra al Mexuar de la Alhambra, Maqroll el Gaviero es ya, con toda claridad, un personaje de novela. En sus apariciones en esos libros está anunciado lo que vendrá a partir de 1986 con La Nieve del Almirante. Baste leer, por ejemplo, ese poema en prosa que se llama «El cañón de Aracuriare»: ahí hay un relato perfecto, casi un cuento, en el que el Gaviero se ha escapado de la poesía, aunque siempre la arrastra consigo, la lleva impregnada en sus llagas y estigmas, y va al acecho de la narrativa. Mutis es apenas el notario de ese prodigio; su dichoso y resignado oficiante:

El Gaviero viajó allí para entregar unos instrumentos y balanzas y una alcuza de mercurio encargados por un par de gambusinos con los que había tenido trato en un puerto petrolero de la costa. Al llegar se enteró que sus clientes habían fallecido hacía varias semanas. Un alma piadosa los enterró a la entrada del cañón. Una tabla carcomida tenía escritos sus nombres en improbable ortografía que el Gaviero apenas pudo descifrar. Penetró en el cañón y se fue internando por entre playones en cuya lisa superficie aparecían de vez en cuando el esqueleto de un ave o los restos de una almadía arrastrada por la corriente desde algún lejano caserío valle arriba.

Por eso es por lo que hay que volver a la filiación obvia entre el poema «La Nieve del Almirante» y la novela del mismo título; allí está todo. En 1981, en el poema, vemos a Maqroll con su herida supurante y acompañado por una extraña mujer, la típica mujer de la tierra caliente, como le dijo Mutis a Eduardo García Aguilar en una entrevista. En 1986, en la novela, esa mujer es Flor Estevez y la aventura del Gaviero consiste en remontar el río Xurandó mientras va escribiendo un diario, el cual encuentra Álvaro Mutis, el autor y personaje, en una librería de viejo en el Barrio Gótico de Barcelona. En realidad lo que Mutis encuentra es un libro sobre la muerte del Duque de Orleans, pero allí, agazapado entre sus pliegues, está el diario. Esa es la primera entrega de la saga; la primera salida novelada, por fin, de Maqroll el Gaviero. De ahí se desgajaron, en cascada, los siete libros de la serie: una impresionante hazaña literaria que hoy vuelve a las manos de los lectores, por suerte.

Así la exaltó García Márquez en 1993: «Siempre pensé que la lentitud de su creación era causada por sus oficios tiránicos. Pensé además que estaba agravada por el desastre de su caligrafía, que parece hecha con pluma de ganso, y por el ganso mismo, y cuyos trazos de vampiro harían aullar de pavor a los mastines en la niebla de Transilvania. Él me dijo cuando se lo dije, hace muchos años, que tan pronto como se jubilara de sus galeras iba a ponerse al día con sus libros. Que haya sido así, y que haya saltado sin paracaídas de sus aviones eternos a la tierra firme de una gloria abundante y merecida, es uno de los grandes milagros de nuestras letras: ocho libros en seis años…».

La gran literatura es una forma particular y única de ver el mundo, de nombrarlo. Los grandes escritores no son sino eso: una voz irremplazable, una entonación que es la que nos seduce y maravilla, nos inquieta, nos hace seguirla por todos los recodos que va abriendo, la ruta luminosa de un estilo, unos temas, unas obsesiones. Quizás no haya un logro estético y artístico más grande que ese, crear un mundo, dotarlo de un protagonista que trasciende la voluntad de su creador y, en el caso concreto de la literatura, se vuelve una presencia tan consistente y poderosa que acompaña a los lectores como si fuera un gran amigo o un miembro de su casa, a veces incluso más que los que sí lo son de verdad. Pocos autores lograron ese milagro, Álvaro Mutis lo hizo con Maqroll el Gaviero. Y al hacerlo honró a sus maestros: a Conrad, a Valery Larbaud, a don Miguel de Cervantes Saavedra. No creo que se le pueda pedir más a un escritor, no se me ocurre mayor gloria que esa.

Por mi parte puedo decir que haberme encontrado con la obra de Álvaro Mutis fue una de las cosas más felices e importantes que me ocurrieron en la vida; su influencia es una de las razones por las que quise hacerme escritor. Su voz y su poesía, su lucidez, su humor, su altivez, su sabiduría, me acompañan todos los días bajo la especie de un verso, una frase, una anécdota, el recuerdo de su generosidad sin sombras ni reparos. También Maqroll el Gaviero va conmigo: basta invocarlo para reencontrarme con él, con Abdul Bashur y su ojo perdido que era el de don Ernesto Volkening, con Jamil vestido como rey mago en Pollensa. Esta edición de las novelas del maestro conmemora el primer centenario de su nacimiento; me llena de orgullo y de emoción poder vincular mi nombre, para siempre, al de una celebración tan merecida y tan feliz.

Buen viento y buena mar: «Duerme el guerrero, solo sus armas velan…».

Juan Esteban Constaín, Bogotá, 2023


* Se publica por cortesía de Penguin Random House Grupo Editorial. Este texto es el Prólogo del libro “Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero I”.





miércoles, 8 de abril de 2026

Albert Camus Discurso en el banquete

 Discurso de Albert Camus en el banquete del Premio Nobel en el Ayuntamiento de Estocolmo, 10 de diciembre de 1957.

(Traducción)

Al recibir la distinción con la que vuestra Academia me ha honrado tan generosamente, mi gratitud ha sido profunda, sobre todo al considerar hasta qué punto esta recompensa ha superado mis méritos personales. Todo hombre, y por razones aún más importantes, todo artista, desea ser reconocido. Yo también. Pero no he podido enterarme de vuestra decisión sin comparar sus repercusiones con lo que realmente soy. Un hombre casi joven, rico solo en dudas y con su obra aún en proceso, acostumbrado a vivir en la soledad del trabajo o en los retiros de la amistad: ¿cómo no sentiría una especie de pánico al oír el decreto que lo transporta de repente, solo y reducido a sí mismo, al centro de una luz cegadora? ¿Y con qué sentimientos podría aceptar este honor en un momento en que otros escritores en Europa, entre ellos los más grandes, están condenados al silencio, e incluso en un momento en que su país natal atraviesa una miseria interminable?

Sentí esa conmoción y esa agitación interior. Para recuperar la paz, en resumen, he tenido que aceptar una fortuna demasiado generosa. Y como no puedo estar a la altura simplemente descansando en mis logros, no he encontrado más apoyo que aquello que me ha sostenido durante toda mi vida, incluso en las circunstancias más adversas: la idea que tengo de mi arte y del papel del escritor. Permítanme, con gratitud y amistad, explicarles, con la mayor sencillez posible, en qué consiste esta idea.

En lo personal, no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he antepuesto a todo. Si, por el contrario, lo necesito, es porque es inseparable de mis semejantes y me permite vivir, tal como soy, al mismo nivel que ellos. Es un medio para conmover al mayor número de personas, ofreciéndoles una visión privilegiada de las alegrías y los sufrimientos comunes. Obliga al artista a no aislarse; lo somete a la verdad más humilde y universal. Y a menudo, quien ha elegido la vocación artística por sentirse diferente pronto se da cuenta de que no puede mantener ni su arte ni su singularidad a menos que admita que es como los demás. El artista se fusiona con los demás, a medio camino entre la belleza indispensable y la comunidad de la que no puede separarse. Por eso, los verdaderos artistas no desprecian nada: están obligados a comprender, no a juzgar. Y si tienen que tomar partido en este mundo, tal vez solo puedan ponerse del lado de aquella sociedad en la que, según las grandes palabras de Nietzsche, no gobernará el juez sino el creador, sea este un obrero o un intelectual.

Del mismo modo, el papel del escritor no está exento de difíciles responsabilidades. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia; está al servicio de quienes la sufren. De lo contrario, estará solo y privado de su arte. Ni siquiera los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, lo liberarán de su aislamiento, ni siquiera, y sobre todo, si se une a ellos. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a la humillación en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su exilio, al menos cuando, en medio de los privilegios de la libertad, logra no olvidar ese silencio y transmitirlo para que resuene a través de su arte.

Ninguno de nosotros es lo suficientemente grande para semejante tarea. Pero en cualquier circunstancia de la vida, en la oscuridad o en la fama efímera, bajo el yugo de la tiranía o con la libertad de expresarse por un tiempo, el escritor puede ganarse el corazón de una comunidad viva que lo justifique, con la única condición de que acepte, hasta el límite de sus capacidades, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad y el servicio a la libertad. Dado que su tarea es unir al mayor número posible de personas, su arte no debe transigir con la mentira y la servidumbre que, dondequiera que imperen, engendran soledad. Cualesquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio siempre estará arraigada en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia insensata, irremediablemente perdido como todos los hombres de mi generación en las convulsiones del tiempo, me ha sostenido una sola cosa: la sensación oculta de que escribir hoy era un honor porque esta actividad era un compromiso, y un compromiso que no se limitaba a escribir. Específicamente, dadas mis capacidades y mi estado de ánimo, era un compromiso para sobrellevar, junto con todos aquellos que vivían la misma historia, la miseria y la esperanza que compartíamos. Estos hombres, que nacieron al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que tenían veinte años cuando Hitler llegó al poder y comenzaron los primeros juicios revolucionarios, que luego se enfrentaron, como culminación de su formación, a la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, el mundo de los campos de concentración, una Europa de tortura y prisiones; estos hombres deben hoy criar a sus hijos y crear sus obras en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Nadie, creo, puede pedirles que sean optimistas. Y creo incluso que deberíamos comprender —sin dejar de combatirlo— el error de quienes, cegados por la desesperación, han reivindicado su derecho a la deshonra y se han precipitado al nihilismo de la época. Pero lo cierto es que la mayoría de nosotros, en mi país y en Europa, hemos rechazado este nihilismo y nos hemos embarcado en la búsqueda de la legitimidad. Han tenido que forjar un arte de vivir en tiempos de catástrofe para renacer y luchar abiertamente contra el instinto de muerte que impera en nuestra historia.

Cada generación, sin duda, se siente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo reformará, pero su tarea es quizás aún mayor: impedir que el mundo se autodestruya. Heredera de una historia corrupta, donde se mezclan revoluciones fallidas, tecnología descontrolada, dioses muertos e ideologías desgastadas, donde poderes mediocres pueden destruirlo todo pero ya no saben convencer, donde la inteligencia se ha degradado hasta convertirse en sierva del odio y la opresión, esta generación, partiendo de sus propias negaciones, ha tenido que restablecer, tanto interna como externamente, algo de aquello que constituye la dignidad de la vida y la muerte. En un mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores corren el riesgo de establecer para siempre el reino de la muerte, sabe que debe, en una carrera frenética contra el reloj, restaurar entre las naciones una paz que no sea servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres el Arca de la Alianza. No es seguro que esta generación logre alguna vez esta inmensa tarea, pero ya se está alzando en todo el mundo para afrontar el doble desafío de la verdad y la libertad y, si es necesario, sabe morir por ellas sin odio. Dondequiera que se encuentre, merece ser reconocida y alentada, especialmente cuando se sacrifica. En cualquier caso, seguro de su total aprobación, es a esta generación a quien quisiera transmitir el honor que me acaban de otorgar.

Al mismo tiempo, tras haber esbozado la nobleza del oficio de escritor, debería haberlo situado en el lugar que le corresponde. No tiene más pretensiones que las que comparte con sus compañeros de armas: vulnerable pero obstinado, injusto pero apasionado por la justicia, realizando su trabajo sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, sin dejar de estar dividido entre el dolor y la belleza, y dedicado finalmente a extraer de su doble existencia las creaciones que obstinadamente intenta erigir en el destructivo devenir de la historia. ¿Quién, después de todo esto, puede esperar de él soluciones completas y una moral elevada? La verdad es misteriosa, esquiva, siempre por conquistar. La libertad es peligrosa, tan difícil de sobrellevar como embriagadora. Debemos marchar hacia estas dos metas, dolorosamente pero con determinación, seguros de antemano de nuestros fracasos en un camino tan largo. ¿Qué escritor se atrevería, en conciencia, a erigirse en predicador de la virtud? Por mi parte, debo declarar una vez más que no soy de ese tipo. Jamás he podido renunciar a la luz, al placer de ser y a la libertad en la que crecí. Pero si bien esta nostalgia explica muchos de mis errores y defectos, sin duda me ha ayudado a comprender mejor mi oficio. Me sigue ayudando a apoyar incondicionalmente a todos esos hombres silenciosos que sostienen la vida que les fue asignada en el mundo solo a través del recuerdo del retorno de una felicidad breve y libre.

Así, reducido a lo que realmente soy, a mis limitaciones y deudas, así como a mi difícil credo, me siento más libre, al concluir, para comentar la magnitud y la generosidad del honor que me acaban de conceder, más libre también para decirles que lo recibiría como un homenaje a todos aquellos que, participando en la misma lucha, no han recibido ningún privilegio, sino que, por el contrario, han conocido la miseria y la persecución. Me queda agradecerles de todo corazón y hacerles públicamente, como muestra personal de mi gratitud, la misma y antigua promesa de fidelidad que todo verdadero artista se repite en silencio cada día.



Antes del discurso, B. Karlgren, miembro de la Real Academia de Ciencias , se dirigió al escritor francés: «Señor Camus: como estudioso de la historia y la literatura, me dirijo a usted en primer lugar. No tengo la ambición ni la audacia de pronunciarme sobre el carácter o la importancia de su obra; críticos más competentes que yo ya han arrojado suficiente luz sobre ella. Pero permítame asegurarle que nos llena de profunda satisfacción el hecho de que estemos presenciando la novena entrega del Premio Nobel de Literatura a un francés. Particularmente en nuestra época, con su tendencia a dirigir la atención intelectual, la admiración y la imitación hacia aquellas naciones que, en virtud de sus enormes recursos materiales, se han convertido en protagonistas, subsiste, no obstante, en Suecia y en otros lugares, una élite suficientemente amplia que no olvida, sino que siempre es consciente de que en la cultura occidental el espíritu francés ha desempeñado durante siglos un papel preponderante y de liderazgo, y continúa haciéndolo.» En sus escritos encontramos manifestados en alto grado la claridad y la lucidez, la perspicacia y la sutileza, el arte inimitable inherente a su lenguaje literario, todo lo cual admiramos y apreciamos profundamente. Le saludamos como un verdadero representante de ese maravilloso espíritu francés.


Fuente: https://www.nobelprize.org/prizes/literature/1957/camus/speech/