martes, 15 de septiembre de 2026

Claudia Restrepo Ruiz escribe narrativa (novela y cuento) y relatos de corte poético.


Se caracteriza por una literatura profundamente íntima, valiente y de una gran sensibilidad psicológica. Como ella misma lo define, de manera impecable, su escritura nace desde la piel, desde el cuerpo y desde la imperiosa necesidad de buscarle una forma con palabras al temblor de estar vivos, en especial cuando las realidades de la vida, o de la mente, amenazan con deshacernos.

¿Nos saltamos los lunes?

Mañana es martes... ¡Qué alivio! La agenda, de repente, parece más liviana. Sí, hay unas cuantas reuniones, mucho trabajo remoto, algunas videoconferencias, pero nada más.

La corbata quedó sobre el sofá; el abrigo, en el comedor; el celular, sobre la mesa, en modo vibración; y las luces, apagadas todavía mientras llegas y eres tú quien enciende todo. El televisor sigue dormido; la biblioteca, indispuesta; la cocina; censurada y el bar... bueno, el bar, abierto. Un roncito no me caería mal.

Apenas comienza el mes y ya estoy pensando en si voy a lograr cumplir la cuota de ventas. Mayo es bueno, el Día de Madres es comercial. Ahora nos toca la lotería de si se celebra en casa de tus padres o en la de los míos (a mí, la verdad, me da igual). No tuvimos hijos, así que no tengo que comprarte un regalo, pero —como te digo, mi mamacita linda— te tengo acostumbrada a uno cada año. El lío es esconderlo sin que lo descubras primero. Creo que soy malo escondiendo cosas, o tú eres muy buena buscándolas.

Qué bueno que mañana es martes.

Hoy no quiero escuchar debates políticos ni termómetros de violencia. Damos tanta lástima que ni un show de cantantes logra abstraerme de mis cavilaciones contigo.

¿Por qué tardarás?

Es el cuarto ron. Ah, dejé el celular sobre la mesa. Dos llamadas perdidas.

Después de tantos años, aún se me acelera el corazón. Por algún motivo me gusta ser el último en llegar a casa, porque cuando llego antes pienso que te fuiste y me abandonaste para siempre.

—¿Dónde estás?

—En casa de Clara.

—¿Tardas?

—Un poco.

—Cuídate, ¿quieres?

Entonces pienso en todas las cosas malas que podrían pasarte de camino a casa. No sé por qué tengo esa compulsión, pero los lunes se acrecienta.

Necesito sentir que te pierdo menos.

O, al menos, no perderte antes de tiempo.

Me gustan los sábados

Después de una lluvia de nervios, debo confesar que me gustan los sábados. No hay que bailar para recordar cómo se siente hacerlo.

Hay que seguir apostándole a la alegría, escribir, escribir, escribir una y otra vez que siempre se puede. Si tuviera que elegir una carta del tarot para mí hoy, sería el As de Copas. Vamos a celebrar con o sin licor. Una cervecita michelada no está de más o un martini con tres aceitunas.

Vamos a escribir la escena. El pub se llama Encuentro, la barra no es roja, es verde, las botellas están inclinadas en un carrusel, las copas no son de vidrio, son de acrílico —así nadie se corta—, ¿qué hacemos las de aguardiente?

Encendamos las lámparas de araña, ojalá con velas. Espero que me regalen una mesita donde pueda escribir lo que veo. Varias parejas bailan en la pista. Otros aplauden entre canciones.

Nadie se me arrima. Estoy muy concentrada y no tengo más que una soda en mi mano. Hasta que llegas tú y me preguntas qué tanto escribo. Me da pena y por primera vez noto que estoy en el lugar equivocado.

—Disculpe, ¿me habla a mí?

—Sí, a ti, la de las gafas.

¿Y?

—¿Te invito a otra soda? ¿Quieres maní o prefieres pistachos?

«(Maní o pistachos). ¿De dónde saca este tipo que me gustan los pistachos? ¡Ah, es porque es sábado!».

Detente

Así dice una oración potente de protección. Así señalan mis manos frente a tu cercanía. No estoy lista para tanto. Dame tiempo, dame espacio. No quiero ser tuya ni pretendo que seas mío, quizás sí en el pasado, pero en este presente estoy centrada en mí. Detente, mira que te lo pido y por las buenas. No cómo ser por las malas, pero supongo que llamaría a una comisaría de familia y diría que tu mirada me acosa o que tu voz insiste en conversar conmigo. Dime si también yo debo detenerme, si necesitas más de lo que puedo darte, si mis búsquedas truncan tu camino, si debo detenerme en esta cruzada lejos de ti.

Préstame un poco de distancia. Regálame el silencio de vivir sin ti. Quiero aprender mil cosas nuevas, perderme en otros ojos, escuchar otras voces. Necesito perder costumbres, anidar sueños en despierto, vivir con una sana vulgaridad. Quiero ser capaz de desnudar mis miedos, de fusionar angustias en una bola de plastilina amarilla para cambiar.

Dime que me detenga, que mis palabras no hablen de ti tácitamente, que no mencionar tu nombre no te hace menos real o cercano. Permíteme alzar mis manos y rechazarte porque hasta ahora lo único que había hecho en mi vida era convidarte. Ya no estoy segura. Necesito saber si cuento con la protección que necesito.

Nos vivimos

¿Qué ocurriría sí...? Estoy de manos entrelazadas. Busco en un fragmento del recuerdo uno que sea tuyo. Me dejo tentar por un abrazo, un beso o nuestra imagen en el espejo. Recuerdo tu estatura, un poco menor a la mía, tu rostro ajado, tu boca precisa. Recuerdo las fotografías que querías tomarme y mi negativa para que todo fuera solo una imagen en el recuerdo, un recurso al cual volver cuando todo terminara.

Recuerdo las seis, el parque aquel, la música y las cervezas; también, el semáforo donde solía pasar por ti. No olvido el primer beso que me robaste ni los subsiguientes.

Conservo un regalo que me diste y no los uso por temor a cargarte conmigo más de lo que ya lo hago. Tu voz hace eco en salones que ya no frecuento. Las librerías contienen estantes que me observan con tus ojos. Hay fusiles en los silencios posteriores a una despedida que nunca se dio.

Mi perro me observa y me pregunta de quién estoy hablando y no puedo contarle porque solo te vio una vez y hace mucho mucho tiempo. Estoy distraída con la evocación, con el espejo, con mi cabello largo de entonces, con la lencería que compraba para ti.

Tuve suerte de conversar contigo porque de eso se trataba todo, de una larga y profunda conversación. Un punto y coma nos separa. Cada uno continuó el camino que traía consigo. Jamás se mencionó la palabra amor y nunca fue necesaria. En la complicidad de pequeños cuartos de motel quedaron aprisionados los secretos que compartimos.

¿Qué ocurriría nuestra clandestinidad no hubiera sido el confite que nos mantenía unidos? No tendría mis brazos entrelazados, resignados a haberte perdido, pero alegre de saber que nos vivimos.

Defiéndeme de

Arrástrame si es necesario. Invoca a mis ancestros. No permitas que caiga de nuevo. Señala un horizonte pleno. Completa mis incongruencias con sabores nuevos. Atora mis ganas de perder la cabeza debajo de un sombrero.

Tu música para evitar mi declive. Dales aire a estos pulmones viejos. Conviértete en mi gastado inhalador. No permitas que sucumba en mí. Dime que el ave que llevo en el dedo corazón no se volará como tú quisiste.

que intentaste protegerme de mis delirios. que buscaste la manera de zafarte de ellos hasta que fui insoportable y cruel. Sé que nada de lo que diga cambiará mi destino; que no tendré defensa, que no habrá abogado que venga a salvarme, que mis manos terminaran bajo esposas para que no pueda dañarme ni a mí ni a nadie.

Sé, también, que mis manos son las únicas testigos de mis confrontaciones con el teclado. Que ellas saben lo que mi inconsciente ignora o deja pasar por alto. Una boca, unos ojos, una fotografía, de lejos... una voz.

En un mundo tan interconectado duele el silencio cuando se está tan cerca de un mensaje o una llamada. La larga distancia viaja de las manos a un corazón.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Ocaso de un malandro _ JGVS

 

Ocaso de un malandro

Juan Guillermo Valderrama Santamaría

La primera vez que vi su estampa fue fugaz, a la distancia. Lo bajaban esposado de una patrulla verde. Dos guardianes y dos policías lo traían en custodia al velorio de su abuela. Lo metieron en su casa y desapareció. Horas más tarde salieron de idéntica manera rumbo a La Ladera. La calle estaba desierta, pero ventanas y cortinas resguardaban, mínimo, un chismoso detrás.

Su reaparición fue unos años más tarde. Ese día, como casi todos los días, estábamos sentados en El Huequito, jugando a ser adolescentes y a enamorar a toda aquella que se atreviera a caminar por aquella acera, rumbo al colegio, a misa, a la tienda, a su casa o a ninguna parte.

El Huequito era uno de los puntos de encuentro más queridos por nosotros, puesto que nos brindaba todo aquello que necesitábamos a esa edad: alcahuetería, paisaje, descanso, cobijo, arraigo, trinchera y cama cuando era necesaria. Todos los que en él convergíamos vivíamos a no más de tres cuadras. Además, a un par de casas quedaba la tienda del viejo don Ignacio, proveedor de lo que más necesitábamos por aquellos días: bolis para calmar la sed después de los picaos de fútbol, cerveza y cigarros cuando queríamos sentirnos grandes. Era para nosotros un sagrado recinto, una especie de confesionario, tanto así que el que quisiera fumarse algo diferente a un cigarro tenía que retirarse a la esquina. Lo que menos nos interesaba era banderear el parche y que don Aristóbulo, el dueño de la casa, nos prohibiera estar allí. Hay sitios que marcan tu vida para siempre y ese fue uno de ellos. Y tuvo nombre propio: El Huequito.

Era un lugar sencillo, un enorme triángulo dejado por el espacio de unas escalas que conducían a un segundo piso. En él podíamos sentarnos cómodamente cuatro jóvenes, mientras conversábamos con otros tantos que, de pie o sentados en el murito del antejardín de dicha casa, completaban la barra. Era una especie de sala, pero en la acera, que por poltronas lucía adobes y cemento. El que se paraba perdía su adobe y, sin chistar, debía esperar de nuevo su oportunidad. ¡Cuál de todos más pobre! Tanto así que, yo, por poseer unos botines PRO-Keds de cuero blanco, era el ricachón de la barra. Así que al parsimonioso del Chorli se le ocurrió la magnífica idea de bautizarme Tío Rico. Y así me quedé por varios años.

Desde allí podíamos mirar al tiempo transitar ante nuestros ojos al barrio, a la gente y a los buses de Campo Valdés. Pasaba el pasado en bastones y en despeinados borrachos. El presente pasaba en minifalditas de yines, y faldas cuadriculadas de uniformes, que deseaban ser minifalditas. Y el futuro pasaba, por cantidades, en preñadas barrigas de señoras y no tan señoras. Y pasaba muchas veces yo, agarrado de la mano de Dora, o de Danger, mi perro.

Después llegó Caliche y lo profanó con marihuana y pepas, y a don Aristóbulo no le quedó otro recurso que ponerle una reja con candado y clausurarlo para siempre. Fuimos desplazados. Debimos migrar hacia la esquina, pero ya no fue lo mismo. Daba rabia y tristeza ver El Huequito entre rejas, mientras Caliche gozaba de su libertad.

Caliche fue un malandro de vieja guardia, un visitante acérrimo del Perro Negro, en Guayaquil, el mal llamado camaján, un Pedro Navaja criollo. Más de la mitad de su vida la pasó, de trasteo en trasteo, recluido en diferentes cárceles del departamento, entre internados, inspecciones, preventorios y penitenciarías. Su última temporada la vivió en La Ladera hasta 1976, año en que fue clausurada, para luego terminar su condena en Bellavista, donde le tocó estrenar patio quinto, camarote, colchón, pulgas, chinches, garrapatas y carranchil. Creo que nadie en el barrio quería que él saliera, ni su familia. Si alguien comentaba que pronto le darían su boleta de libertad, la gente le ponía una tranca más a sus puertas y le echaba una santiguada más a su familia. «Pobres los Bomberos, ya van a soltar a Caliche», decían. ¡Y lo soltaron!

Era hijo adoptivo de los Bomberos, nombre dado a su familia por los vecinos, ya que el padre era el jefe del Cuerpo de Bomberos, el comandante Efraín Betancur, quien muchas veces llegaba en una de las máquinas a su casa y era el asombro de la cuadra, en especial de los niños, a los cuales dejaba subir en ella y tocar su dorada campana. Si bien los rasgos de sus adoptantes eran anglos y distanciaban mucho de los africanizados de Caliche, su madre lo llamaba mi Mono; y su padre, Carlitos, a pesar de que pasaba de los treinta y cinco.

Creo que su menuda figura no lograba el metro con cincuenta. Su enorme cabeza de huevo de chocolate resplandecía debido a su calvicie prematura; no era negro, para definirlo mejor: era café. Sus achinados ojos permanecían siempre irritados por el consumo compulsivo de la yesca, como con cariño llamaba a su cannabis, denigraba del cigarrillo. A pesar de ser canero viejo, no se marcó tatuajes. Su camisa de florida seda, desabotonada casi hasta el ombligo, trataba de hacer juego con el pantalón naranja de bota ancha y los mocasines blancos de suela de caucho. Jamás usaba bluyín, tampoco se calzó medias y mucho menos lució correa. Su bisutería constaba de un amuleto de bala de fusil en forma de cruz, colgado al cuello. Su posesión más presumida era una esclava con las alas de la FAC (Fuerza Aérea Colombiana). En su mano izquierda llevaba un cadavérico anillo con ojos verdes y, escondida en la pretina, cargaba una Stainless Champion americana, que hacía juego con la candela Colibrí en su relojera. Además, llevaba en la mano derecha el loro marca Sanyo de cuatro tacos, que solo dejaba en su casa si salía a laburar.

Para Caliche todo era un ritual: creía en brujas, por eso decía usar los calzoncillos al revés para evitar un hechizo. Se persignaba con la izquierda antes y después de salir de su casa y mantenía una ramita de ruda en su oreja, que recalcaba debía ser regalada para que funcionara y así atraer amores, suerte y fortuna. Una tarde, mientras armaba su bareto en la esquina, pasó un ventarrón y le tiró al piso toda la materia prima que, molida y espulgada, reposaba en el cuero. Él, con reclamo, miró a los cielos, hizo una cruz con sus dos índices y gritó:

—¡Loca inrresponsable!, unas veces venís disfrazada de escoba y otras de duende. Soltame, no te metás con mi yesca ni con mi familia. ¡Va de retro, Satanás!

Por ningún motivo, desde que lo conocí, le quedó mal al gran Hernán Caro al mediodía de los domingos en Una hora en Buenos Aires; ni mucho menos a las 2:00 p. m. a Orlando Patiño en Radio Visión en Una hora con la Sonora. Aunque era mal bailador, bailaba mientras caminaba, tratando de seguirle el ritmo a su doña Celia, don Daniel, don Bienvenido, don Bobby… y su adorada Toña la Negra. Y era tanto su amor platónico por «la reina del montuno», que toda mujer que despertara sus matanceros piropos la llamaba susurrante:

—¡Psst! ¡Psst! ¡Psst! Cómo estás de linda… ¡Leída!

Cuando salió de La Ladera le tocó entrar quedando de último. El barrio ya era otro, pero él seguía siendo el mismo: un simple malandro cuesta abajo, especializado en oficios de rateros: jalar waches Orient, Cornavin y Seyco, estilógrafos Parker y Paper Mate, además de aretes, cadenas, anillos, bolsos y esculcar a uno que otro borrachito. Oficios que, mientras estuvo enrejado, pasaron de moda. A sus camaradas ya los habían matado: al Chepe, al Dorian, al Teco, al Quema Montes, al Lunar de Puta. Y otros pocos continuaban encanados. Ahora los caciques eran los Prisco, la Arboleda, los Muchachos, el Arete y el Patrón de Patrones. Hasta las palabras cambiaron: los llaves ya eran parceros; las boletas, banderas; y los faltones, gonorreas. Igualmente, se le habían terminado sus años de gloria a los carniceros, chupachupas y a las Champion, para darle paso a los tres ocho, miniuzis y changones. Y ya no se mercaba en el Morro, la plaza era en la Arboleda.

Así que a Caliche ahora se lo veía solo, parado en la tienda de Patecumbia, a veces con una cebada en su mano izquierda, y en la otra el Sanyo y la Champion, de la que afirmaba no se le acababan las balas, y que por eso era por lo que no le gustaban las armas de fuego. Su dosis personal casi siempre la cargaba en la cabeza. Con petulancia afirmaba:

—Por mucho que te requisen los tombos, en la bezaca no la encuentran.

Por varios meses estuvo juicioso, o al menos robaba en otros barrios, en otras cantinas, en otras buses, a otros taxistas, a otros borrachos. Se la tenían sentenciada los Muchachos de la Arboleda: «Que a la próxima cagada le daban piso». Es más, ya le habían pegado una pela por meter un cantinazo en el Maipú.

Y, de pronto, Caliche comenzó a revolverle basuco a su mariguano, y la cosa, y los cosos, comenzaron a salírsele de las manos. Al vender su amuleto fue como si firmara su partida de defunción. Después salió de la esclava. El Sanyo lo enrocó por cinco baserolos y llegó al colmo de los colmos de jugar y perder, a la veinticuatro, su herramienta de trabajo: la Champion.

Se robaba todo lo que estuviera a su alcance y a todos. A veces se le veía por los techos vecinos a su casa robándose las tejas, la ropa de los tendederos, las jaulas con los sinsontes, turpiales o canarios, los gatos finos, los criollos, bombillas del alumbrado público, matas y materos, retrovisores, repuestos de carros, bicicletas mal parqueadas, los cables de cobre de los teléfonos, las tapas de los contadores, los fusibles y breakers de la luz, y hasta las canecas de basura. Y de su casa se vio salir corriendo con la plancha aún botando vapor, y a su madre detrás, gritándole:

¡Mi Mono, no me dejés sin con qué plancharle los uniformes del viejo!

Y, de pronto, los Muchachos llegaron a la conclusión de que Caliche era una escoria para la sociedad y, por ende, para el barrio. Se congregaron en un cónclave (o una «misa», como llamaban a sus consejos de seguridad) y pusieron a consideración un referéndum que constaba únicamente de dos preguntas: ¿Destierro o piso?, para dictaminar, por votación democrática entre sus socios, lo que se debía hacer con el acusado.

Los votantes eran traquetos, sicarios, caleteros, jaladores, campaneros, cocineros, secuestradores, vacunadores y extorsionistas. Para infortunio de Caliche: manos levantadas por destierro, cero. Manos levantadas por votos en blanco, cero. Manos levantadas por piso, nueve. Así que nueve tiros le metieron. Eran demócratas y ecuánimes. Un tiro por mano.

miércoles, 12 de agosto de 2026

miércoles, 5 de agosto de 2026

María, mi cucha protectora / Emiro

Las calles del Medellín del alma mía están atestadas de carros y motos.

El peatón desprevenido se encuentra en cada esquina una gruta dedicada a una advocación a María, quien se ganó un puesto preferencial en este nuevo Medellín.

A veces en una sola cuadra encuentras varias, hechas de yeso, cemento, acrílico u otros materiales resistentes a la intemperie, desafiando los estragos del sol del viento de las lluvias entre tantos otros vejámenes.

Improvisa o instalan las grutas a María las aceras, en los balcones, a la entrada de algunos edificios, en los paraderos de buses, en los parques.

Rodeadas de jardines, luces, veladoras, algunas alojadas entre vitrinas.
Algunas bajo llave o con candado y algunos con clave.
Muchas enrejadas las intitulo María Madre Nuestra La Enrejada.
También la puedo aclamar María, Nuestra Señora La Prisionera.

Bien pintadas, unos techos que reflejan esmero, gratitud y profunda admiración.

Hay grutas que tienen bancas alrededor para la comodidad de los devotos en momentos de ocasional oración.

A veces los chicos amantes y tributantes de la loca alegría [de la que alucinaba al poeta Barba Jacob] inician su viaje fantasmagórico bajo su protección.

He creído como caminante que Ellas también le entran a la movida.

En el sector de la Esperanza Castilla, al lado de la Escuela República de Cuba erigen a Nuestra Señora La Parcerita de don Pacho Posada.


Ante la escasez de niños cerraron la Escuela Elisa Arango de Cock, allí a su entrada hay una gruta en medio de frondosas palmeras que guardia la entrada a la escuela abandonada. He querido tomarles fotografías para levantar un álbum único en su temática, pero a veces el combo es muy muy numeroso y no sé cómo enfrentar una asamblea de parceros.


Los milenials no me recuerdan a este vecino que en los años ochenta quien instaló a su madrecita al frente de su zapatería, le cultivaba, a los lados, matas de plátano y yuca, con begonias, anturios y otras plantas de ornato, le colocaba veladoras y  espantaba los perros que orinaban su pedestal.

Creía que Ella le protegía su casa construida sobre una quebrada que en invierno
Le abnegaba la sala y lo hacía cambiar de muebles.

Viendo las fotografías de los primeros años del barrio había una María, blanqueada alguna vez con cal al lado de la casucha que los Cock le autorizaron como sede al primer comité cívico del barrio [luego se conocerán legalmente como Juntas de Acción Comunal]
Algunos vecinos que participaron en los debates con la Consejería presidencial para Medellín en torno al primer Núcleo de Vida Ciudadana comprendieron que era necesario respetar ese altar improvisado y desvalido y antes de las inauguraciones oficiales erigen una gruta nueva, al lado del Jardín Infantil Rosita, en ese primer parque lineal donde instalan además mesas de cemento para jugar ajedrez, domino o parques, canchas, pasamanos y otros juegos gimnásticos para el cultivo de hábitos saludables.

Continuaron las eternas jornadas de recolección de basuras y siembra de árboles.
Hoy los árboles galanes y pomposos nos regalan majestuosamente unas encantadoras sombras para las placenteras siestas de los habitantes en situación de calle.

Cuarenta años después las instancias oficiales han mejorado las condiciones ambientales, muy a pesar de siguen pululando los basureros, allí, donde los vecinos levantan una nueva gruta. Ahora he visto advocaciones al Sagrado Corazón de Jesús, al Santo Apóstol San Judas Tadeo, a la Santísima Trinidad.

Varían en Tamaños y los más diversos lugares: al pie de una quebrada. En el barrio Pedregal, en el parque pequeño titulado Isolda Echavarría Misas han colocado dos grutas a la misma advocación para que compitan con tres basureros. Así no hay erario público que aguante y, María guarda un silencio ejemplar: no sé si así incurro en una herejía si las llamo María, Nuestra Señora Guardiana de Nuestros desechos.

He visto, en los entornos a "Nuestra Señora La Madona", anexos unos avisos de ortografía muy peculiar cuyos contenidos van desde veladas advertencias hasta abiertas e insoslayables amenazas.
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Mira Pacho, tu herencia se ha multiplicado como una plaga a lo largo y ancho de las comunas de los barrios populares y el Valle de Aburrá.

Algunos historiadores cuentan que a la vera del camino donde caían los cuerpos de los muertos de algún evento de los tantos que se repiten, sus dolientes sitúan una cruz con el nombre del occiso.

Ahora, Dios lo bendiga, es el lema para saludar y despedirse entre pares que acostumbran entre los combos, quienes entre un marihuano y otro, concertan las bacas para la construcción de una nueva gruta:

Enchapadas en estuco o con baldosa de la mejor calidad, con instalaciones eléctricas que conectan desde el poste más cercano, las cubren con vidrios a prueba de balas fortuitas, les colocan alcancías y otras efigies convirtiéndola la gruta
En un altar al aire libre.

En la esquina de la calle 95 con la carrera 73 hay una gruta cuya urna de vidrio transparente da cuenta de la gratitud de un negociante que se ganó un quinto de la lotería.

Bien barrido su alrededor, cuyo altar al aire libre invita a orar o al menos a echarnos la bendición al paso de ene rutas de buses y taxis y motos ya no hay paso para peatones ni ciclo vías pero María se ganó un puesto preferencial en este nuevo Medellín,
Ave María bendita seas, decime el número que voy a poner en el sorteo del día
María, Santa madre de la Buena Suerte.

Hoy diez y seis de julio les colocan flores frescas y los conductores de buses, taxis, camiones, entre otros como los marines, los soldados de todos los rangos los caballeros de la Virgen y el Santo Sepulcro los desfiles de las legiones de María les invocan un acto de consagración a María reina de los apóstoles y los que empujan esa cotidiana viva de obreros y carboneros del siglo veintiuno quienes hacen bendecir los escapularios y los denarios que llevan al cuello o entre los bolsillos, María se ganó un puesto preferencial en este nuevo Medellín.

A veces, las acompañan con avisos, poco comedidos, en contra de los que tiran las basuras
que no sacan a tiempo del paso del carro recolector, quienes deberán ofrendar, iluso creo yo, algún aporte para su mantenimiento.

María, con su presencia y silencio están embelleciendo el entorno que los vecindarios irresponsables no alcanzan.

En mis próximas caminatas recogeré los nuevos nombres advocacionales.

Algunas abuelas las llaman "Nuestra Señora de la alcahuetería" pues a veces creen que Ella bendice y protege a los pillos que fuman sus vainas y las ponen a escuchar sus músicas, sus partidos de fútbol y arreglar sus cuentas.

Ahora, para la promoción del presupuesto participativo que estimulan desde la alcaldía todos los vecinos quieren volver a escribir la historia del barrio.

María se ganó un puesto preferencial en este nuevo capítulo.

Cuando inauguraron el Metro de Medellín, cada estación contaba con una honrosa advocación pictórica de las manos de nuestros artistas plásticos.

Medellín, la ciudad donde rogamos porque nos vaya bien en la vuelta, asuntos de una infame farándula llevadas a las letras y al cine con profundo sabor temático para instituir otras directrices anómicas

Donde el más fuerte lleva la palabra o la impone, María te ganaste un puesto preferencial en este nuevo Medellín, del pecho de estos nuevos cabecillas cuelga uno de tus escapularios.

Bueno en los recorridos veo muchas a lo largo y ancho de la ciudad.
Desde niño, en la Parroquia del Señor de las Misericordias en el corazón de los barrios Manrique Central, Campo Valdés, San Martín, carrera 49 entre calles 67 y 68, donde concluye la calle Lovaina.


- Tía ¿qué pasa? Y mi tía Otilia, la filósofa de lo cotidiano me contestaba:
- Mijo hoy es la fiesta de la Virgen del Carmen.


Cuando estuve en Manrique Oriental en el sector de El Raizal, al lado de la Cancha de fútbol La Arenilla, con un nacimiento de agua convertido en lavadero de carros con una Ceiba centenaria bajo cuya sombre vi la gruta más bien cuidada de todos estos tiempos. Sin lugar a dudas María, Nuestra Señora del Carmen era y es la reina indiscutible.

Los meses de julio cunden los fuegos pirotécnicos, la estridencia de unos pitazos que aspiran llegar al cielo así heredemos unas sorderas seculares.

En uno de los extremos del barrio Antioquia lindando con el barrio Belén Fátima, en las paredes de un empresa que da a la calle 66B, sino estoy mal, hay un altar al aire libre, con una mesa de altar que en la semana se usa para todo tipo de juegos de azar.
María se ganó un puesto preferencial en este nuevo Medellín.

Yo quería escribir de nuevo una versión del avemaría en Parlache cuando vi un habitante de calle mientras encendía una vela, al percibir mi presencia, me dijo, mientras se bendecía, Aquí visitando mi Cucha protectora, parce.


Emiro Álvarez 
Primera versión: noviembre de 2025.
Segunda versión julio de 2026.


miércoles, 22 de julio de 2026

Hoy amaneció lloviendo.

 Hoy amaneció lloviendo.

La casa todavía estaba
envuelta en ese silencio suave, que sólo conocen las mañanas de lluvia.
La cafetera comenzó a cantar en la cocina.
Las plantas del jardín brillaban cubiertas de pequeñas gotas
como si alguien hubiera pasado la noche
colgándoles diminutos espejos.
Y yo, con la taza tibia entre las manos, sentí que estaba entrando en uno de esos días que no tienen prisa por llegar a ninguna parte…

Fue entonces cuando aparecieron.
No los vi.
Pero allí estaban.
Los reconocí por la forma en que el alma se acomoda
cuando ciertas compañías llegan.
*García Márquez* se sentó junto a las bugambilias
y convirtió la niebla de la mañana, en algo parecido a un hechizo.

*Benedetti* caminó despacio por la cocina,
dejando palabras sencillas sobre la mesa, como quien deja pan recién horneado.

*Cortázar* abrió una ventana invisible
y permitió que entraran todos los mundos posibles.

Y *Sabines* Sabines se quedó observando la lluvia.
Sin decir nada.
Porque hay silencios que también escriben poesía.

Más tarde llegaron los pintores.
*Monet* se entretuvo contemplando el jardín mojado.
Parecía feliz viendo cómo la luz cambiaba de color
sobre los pétalos empapados.

*Van Gogh* se robó un pedazo de cielo gris
y lo llenó de movimiento.
Hasta las nubes parecían respirar.

*Frida* apareció entre las macetas.
Firme.
Hermosa.
Indomable.
Como esas flores que siguen creciendo, aunque el viento intente doblarlas.

Y mientras el día avanzaba,
la música comenzó a recorrer los pasillos.

*Serrat* acomodó recuerdos sobre las repisas.

*Silvio* llenó los rincones de preguntas.

Y *Sabina* Sabina convirtió la lluvia en una vieja historia, que daba gusto escuchar otra vez.

Entonces comprendí algo, que tal vez la riqueza de una vida no se mide por lo que poseemos.

Tal vez se mide por todas las bellezas que hemos permitido entrar.
Los libros que nos cambiaron.
Las canciones que nos rescataron.
Los cuadros que nos enseñaron a mirar.

Las palabras que llegaron justo cuando más las necesitábamos.
Porque después de tantos años, todos ellos viven aquí.

En mis gestos.
En mi forma de contemplar una flor.
En la manera en que observo el cielo.
En la costumbre de emocionarme todavía,
cuando la lluvia toca las ventanas.

Y mientras terminaba mi café, entendí que nunca he estado solo.
Llevo una pequeña biblioteca en el alma.
Un museo entero en la memoria.
Y una colección de canciones, haciendo guardia junto al corazón.

Qué maravilla,
llegar a cierta edad
y descubrir que la vida,
además de años,
también nos regala compañías invisibles.


Esa que aparece en las mañanas lluviosas,
se sienta a nuestro lado,
y nos recuerda,
sin decir una sola palabra,
todo lo hermoso que hemos vivido…!

miércoles, 8 de julio de 2026

La Literatura : Una de las herramientas más poderosas para transformar la cultura, garantizar la convivencia y promover la inclusión social.

La literatura no es solo un reflejo de la sociedad, sino una de las herramientas más poderosas para transformar la cultura, garantizar la convivencia y promover la inclusión social. Cuando leemos, no solo acumulamos palabras; construimos puentes hacia realidades ajenas a la nuestra.

Pueden haber muchas conexiones , estos tres ejes se entrelazan y encuentran su pilar en la literatura:

1. Cultura: Preservación e Interculturalidad

La literatura es el archivo vivo de la memoria colectiva de los pueblos. Permite que las tradiciones, los mitos y las cosmovisiones se mantengan vigentes a lo largo de las generaciones.

  • El puente entre épocas y geografías: Nos permite viajar a comunidades indígenas, afrodescendientes o realidades rurales sin movernos de casa.
  • Diálogo intercultural: Al leer autores de diferentes orígenes, la cultura deja de ser un concepto estático y cerrado, convirtiéndose en un espacio abierto de intercambio y mestizaje de ideas.

2. Convivencia: El Desarrollo de la Empatía

La convivencia pacífica nace de la capacidad de reconocer al otro como un igual, y ahí es donde la literatura actúa como un "gimnasio emocional".

  • Ponernos en los zapatos del otro: Al seguir la narrativa de un personaje, experimentamos sus miedos, sus dolores y sus alegrías. Este ejercicio reduce los prejuicios y la xenofobia.
  • Resolución de conflictos: Las novelas y relatos suelen plantear dilemas morales y humanos. Ver cómo los personajes resuelven (o complican) sus conflictos nos ayudan a reflexionar sobre la tolerancia, el perdón y el respeto en la vida real.

3. Inclusión Social: Dar Voz a lo Invisible

Históricamente, muchos colectivos han sido marginados o silenciados. La literatura inclusiva busca reparar esa brecha dando protagonismo a las historias que la sociedad civil a veces ignora.

  • Visibilización: Historias sobre personas con discapacidad, minorías étnicas, la comunidad LGTBIQ+, inmigrantes o personas en situaciones de vulnerabilidad socioeconómica.
  • Representación: Para que haya inclusión verdadera, las personas necesitan verse reflejadas en los libros de manera digna y compleja, no como estereotipos. Sentirse representado en la literatura es un acto de validación humana y ciudadana.

"La literatura no te hace mejor persona de forma automática, pero sí te impide la ignorancia feliz de creer que tu realidad es la única que existe."

@jaime_pepo

miércoles, 1 de julio de 2026

Leer a Jorge Luis Borges vale la pena por varias razones...

 

Incluso si no suele gustarte la literatura clásica:

  • Te hace pensar de otra manera. Sus cuentos exploran preguntas sobre el tiempo, la memoria, la identidad, los sueños y el infinito. Más que ofrecer respuestas, invitan a reflexionar.
  • Escribe con gran precisión. Aunque sus ideas son complejas, su estilo suele ser claro y conciso. Muchos de sus relatos son sorprendentemente breves.
  • Influyó en escritores de todo el mundo. Su obra marcó profundamente la literatura contemporánea y ha inspirado a novelistas, filósofos y cineastas.
  • Combina realidad e imaginación. En cuentos como Ficciones o El Aleph, crea mundos donde bibliotecas infinitas, laberintos y libros imaginarios sirven para explorar ideas filosóficas.
  • Cada lectura revela algo nuevo. Sus textos admiten múltiples interpretaciones, por lo que es común descubrir detalles distintos al releerlos.

Si nunca has leído a Borges, una buena forma de empezar es con cuentos como:

  • La biblioteca de Babel
  • El sur
  • La casa de Asterión
  • El jardín de senderos que se bifurcan

 La biblioteca de Babel La obra plantea un universo fantástico y filosófico en forma de una biblioteca infinita, compuesta por infinitas galerías hexagonales que contienen todas las combinaciones posibles de letras y símbolos, El sur el relato narra la historia de Juan Dahlmann, un bibliotecario que, tras sufrir un grave accidente, emprende un viaje hacia la llanura de la Pampa argentina , La casa de Asterión es una brillante reinterpretación del clásico mito griego del Minotauro, contada desde la perspectiva del propio monstruo y El jardín de senderos que se bifurcan  La historia, una obra maestra de la literatura universal, narra la misión de un espía chino al servicio de Alemania en plena Primera Guerra Mundial y revela el misterio de un laberinto infinito de realidades paralelas.

Borges no es un autor que se lea solo por entretenimiento; su obra propone una forma distinta de mirar el lenguaje, la realidad y el conocimiento. Por eso sigue siendo uno de los escritores más influyentes de la literatura en español y una referencia importante en la literatura universal.

Recordar.

El color preferido de Jorge Luis Borges era el amarillo .  A  medida que avanzaba su ceguera, fue perdiendo la capacidad de percibir el rojo, el azul y el verde, convirtiéndose el amarillo en la única tonalidad que le acompañaba.

 El poeta asociaba este color con el oro y los crepúsculos.

Su fascinación por este tono abarcaba toda su vida; desde su infancia solía quedarse observando el pelaje dorado de los tigres en el zoológico, una imagen que inmortalizó en sus poemas y ensayos.

@jaime_pepo