miércoles, 8 de abril de 2026

Albert Camus Discurso en el banquete

 Discurso de Albert Camus en el banquete del Premio Nobel en el Ayuntamiento de Estocolmo, 10 de diciembre de 1957.

(Traducción)

Al recibir la distinción con la que vuestra Academia me ha honrado tan generosamente, mi gratitud ha sido profunda, sobre todo al considerar hasta qué punto esta recompensa ha superado mis méritos personales. Todo hombre, y por razones aún más importantes, todo artista, desea ser reconocido. Yo también. Pero no he podido enterarme de vuestra decisión sin comparar sus repercusiones con lo que realmente soy. Un hombre casi joven, rico solo en dudas y con su obra aún en proceso, acostumbrado a vivir en la soledad del trabajo o en los retiros de la amistad: ¿cómo no sentiría una especie de pánico al oír el decreto que lo transporta de repente, solo y reducido a sí mismo, al centro de una luz cegadora? ¿Y con qué sentimientos podría aceptar este honor en un momento en que otros escritores en Europa, entre ellos los más grandes, están condenados al silencio, e incluso en un momento en que su país natal atraviesa una miseria interminable?

Sentí esa conmoción y esa agitación interior. Para recuperar la paz, en resumen, he tenido que aceptar una fortuna demasiado generosa. Y como no puedo estar a la altura simplemente descansando en mis logros, no he encontrado más apoyo que aquello que me ha sostenido durante toda mi vida, incluso en las circunstancias más adversas: la idea que tengo de mi arte y del papel del escritor. Permítanme, con gratitud y amistad, explicarles, con la mayor sencillez posible, en qué consiste esta idea.

En lo personal, no puedo vivir sin mi arte. Pero nunca lo he antepuesto a todo. Si, por el contrario, lo necesito, es porque es inseparable de mis semejantes y me permite vivir, tal como soy, al mismo nivel que ellos. Es un medio para conmover al mayor número de personas, ofreciéndoles una visión privilegiada de las alegrías y los sufrimientos comunes. Obliga al artista a no aislarse; lo somete a la verdad más humilde y universal. Y a menudo, quien ha elegido la vocación artística por sentirse diferente pronto se da cuenta de que no puede mantener ni su arte ni su singularidad a menos que admita que es como los demás. El artista se fusiona con los demás, a medio camino entre la belleza indispensable y la comunidad de la que no puede separarse. Por eso, los verdaderos artistas no desprecian nada: están obligados a comprender, no a juzgar. Y si tienen que tomar partido en este mundo, tal vez solo puedan ponerse del lado de aquella sociedad en la que, según las grandes palabras de Nietzsche, no gobernará el juez sino el creador, sea este un obrero o un intelectual.

Del mismo modo, el papel del escritor no está exento de difíciles responsabilidades. Por definición, hoy no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia; está al servicio de quienes la sufren. De lo contrario, estará solo y privado de su arte. Ni siquiera los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, lo liberarán de su aislamiento, ni siquiera, y sobre todo, si se une a ellos. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a la humillación en el otro extremo del mundo, basta para sacar al escritor de su exilio, al menos cuando, en medio de los privilegios de la libertad, logra no olvidar ese silencio y transmitirlo para que resuene a través de su arte.

Ninguno de nosotros es lo suficientemente grande para semejante tarea. Pero en cualquier circunstancia de la vida, en la oscuridad o en la fama efímera, bajo el yugo de la tiranía o con la libertad de expresarse por un tiempo, el escritor puede ganarse el corazón de una comunidad viva que lo justifique, con la única condición de que acepte, hasta el límite de sus capacidades, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio a la verdad y el servicio a la libertad. Dado que su tarea es unir al mayor número posible de personas, su arte no debe transigir con la mentira y la servidumbre que, dondequiera que imperen, engendran soledad. Cualesquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio siempre estará arraigada en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión.

Durante más de veinte años de una historia insensata, irremediablemente perdido como todos los hombres de mi generación en las convulsiones del tiempo, me ha sostenido una sola cosa: la sensación oculta de que escribir hoy era un honor porque esta actividad era un compromiso, y un compromiso que no se limitaba a escribir. Específicamente, dadas mis capacidades y mi estado de ánimo, era un compromiso para sobrellevar, junto con todos aquellos que vivían la misma historia, la miseria y la esperanza que compartíamos. Estos hombres, que nacieron al comienzo de la Primera Guerra Mundial, que tenían veinte años cuando Hitler llegó al poder y comenzaron los primeros juicios revolucionarios, que luego se enfrentaron, como culminación de su formación, a la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, el mundo de los campos de concentración, una Europa de tortura y prisiones; estos hombres deben hoy criar a sus hijos y crear sus obras en un mundo amenazado por la destrucción nuclear. Nadie, creo, puede pedirles que sean optimistas. Y creo incluso que deberíamos comprender —sin dejar de combatirlo— el error de quienes, cegados por la desesperación, han reivindicado su derecho a la deshonra y se han precipitado al nihilismo de la época. Pero lo cierto es que la mayoría de nosotros, en mi país y en Europa, hemos rechazado este nihilismo y nos hemos embarcado en la búsqueda de la legitimidad. Han tenido que forjar un arte de vivir en tiempos de catástrofe para renacer y luchar abiertamente contra el instinto de muerte que impera en nuestra historia.

Cada generación, sin duda, se siente llamada a reformar el mundo. La mía sabe que no lo reformará, pero su tarea es quizás aún mayor: impedir que el mundo se autodestruya. Heredera de una historia corrupta, donde se mezclan revoluciones fallidas, tecnología descontrolada, dioses muertos e ideologías desgastadas, donde poderes mediocres pueden destruirlo todo pero ya no saben convencer, donde la inteligencia se ha degradado hasta convertirse en sierva del odio y la opresión, esta generación, partiendo de sus propias negaciones, ha tenido que restablecer, tanto interna como externamente, algo de aquello que constituye la dignidad de la vida y la muerte. En un mundo amenazado por la desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores corren el riesgo de establecer para siempre el reino de la muerte, sabe que debe, en una carrera frenética contra el reloj, restaurar entre las naciones una paz que no sea servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres el Arca de la Alianza. No es seguro que esta generación logre alguna vez esta inmensa tarea, pero ya se está alzando en todo el mundo para afrontar el doble desafío de la verdad y la libertad y, si es necesario, sabe morir por ellas sin odio. Dondequiera que se encuentre, merece ser reconocida y alentada, especialmente cuando se sacrifica. En cualquier caso, seguro de su total aprobación, es a esta generación a quien quisiera transmitir el honor que me acaban de otorgar.

Al mismo tiempo, tras haber esbozado la nobleza del oficio de escritor, debería haberlo situado en el lugar que le corresponde. No tiene más pretensiones que las que comparte con sus compañeros de armas: vulnerable pero obstinado, injusto pero apasionado por la justicia, realizando su trabajo sin vergüenza ni orgullo a la vista de todos, sin dejar de estar dividido entre el dolor y la belleza, y dedicado finalmente a extraer de su doble existencia las creaciones que obstinadamente intenta erigir en el destructivo devenir de la historia. ¿Quién, después de todo esto, puede esperar de él soluciones completas y una moral elevada? La verdad es misteriosa, esquiva, siempre por conquistar. La libertad es peligrosa, tan difícil de sobrellevar como embriagadora. Debemos marchar hacia estas dos metas, dolorosamente pero con determinación, seguros de antemano de nuestros fracasos en un camino tan largo. ¿Qué escritor se atrevería, en conciencia, a erigirse en predicador de la virtud? Por mi parte, debo declarar una vez más que no soy de ese tipo. Jamás he podido renunciar a la luz, al placer de ser y a la libertad en la que crecí. Pero si bien esta nostalgia explica muchos de mis errores y defectos, sin duda me ha ayudado a comprender mejor mi oficio. Me sigue ayudando a apoyar incondicionalmente a todos esos hombres silenciosos que sostienen la vida que les fue asignada en el mundo solo a través del recuerdo del retorno de una felicidad breve y libre.

Así, reducido a lo que realmente soy, a mis limitaciones y deudas, así como a mi difícil credo, me siento más libre, al concluir, para comentar la magnitud y la generosidad del honor que me acaban de conceder, más libre también para decirles que lo recibiría como un homenaje a todos aquellos que, participando en la misma lucha, no han recibido ningún privilegio, sino que, por el contrario, han conocido la miseria y la persecución. Me queda agradecerles de todo corazón y hacerles públicamente, como muestra personal de mi gratitud, la misma y antigua promesa de fidelidad que todo verdadero artista se repite en silencio cada día.



Antes del discurso, B. Karlgren, miembro de la Real Academia de Ciencias , se dirigió al escritor francés: «Señor Camus: como estudioso de la historia y la literatura, me dirijo a usted en primer lugar. No tengo la ambición ni la audacia de pronunciarme sobre el carácter o la importancia de su obra; críticos más competentes que yo ya han arrojado suficiente luz sobre ella. Pero permítame asegurarle que nos llena de profunda satisfacción el hecho de que estemos presenciando la novena entrega del Premio Nobel de Literatura a un francés. Particularmente en nuestra época, con su tendencia a dirigir la atención intelectual, la admiración y la imitación hacia aquellas naciones que, en virtud de sus enormes recursos materiales, se han convertido en protagonistas, subsiste, no obstante, en Suecia y en otros lugares, una élite suficientemente amplia que no olvida, sino que siempre es consciente de que en la cultura occidental el espíritu francés ha desempeñado durante siglos un papel preponderante y de liderazgo, y continúa haciéndolo.» En sus escritos encontramos manifestados en alto grado la claridad y la lucidez, la perspicacia y la sutileza, el arte inimitable inherente a su lenguaje literario, todo lo cual admiramos y apreciamos profundamente. Le saludamos como un verdadero representante de ese maravilloso espíritu francés.


Fuente: https://www.nobelprize.org/prizes/literature/1957/camus/speech/

miércoles, 1 de abril de 2026

La soledad de América Latina: discurso de Gabriel García Márquez

 

La soledad de América Latina: discurso de Gabriel García Márquez en la recepción del Premio Nobel de Literatura

Palabras pronunciadas por el escritor colombiano en Estocolmo, Suecia, el 8 de diciembre de 1982, dos días antes de la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura.

Ilustración fundación Gabo
Diseño de ilustración Fundación Gabo / Julio Villadiego
Por:
Centro Gabo

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.


Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. El Dorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de las fuentes de la Eterna Juventud, el mítico Álvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros, y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana encargada de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santa Anna, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general Gabriel García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso, ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto, 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en la Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la cuidad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central: Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos la cifra proporcional sería de un millón 600 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 12 % por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina tendría una población más numerosa que la de Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual este colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado, si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos hará sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental. No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de un cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre estos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Fuente: https://centrogabo.org/gabo/gabo-habla/la-soledad-de-america-latina-discurso-de-gabriel-garcia-marquez-en-la-recepcion-d



Recordando : Entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez (1982)


 

miércoles, 4 de marzo de 2026

Álvaro Mutis, padre de Maqroll el Gaviero

 

El escritor colombiano Álvaro Mutis (Bogotá, 1923 – Ciudad de México, 2013). /WMagazín

Álvaro Mutis, padre de Maqroll el Gaviero, el autor que exploró la incertidumbre más allá del horizonte

Una literatura que funde poesía y prosa para hablar de la errancia existencial

En la línea del horizonte donde se juntan poesía y prosa y el silencio con el ruido de la incertidumbre del ser humano contemporáneo vive la escritura de Álvaro Mutis (1923-2013).

 El poeta, narrador, cronista y ensayista colombiano, que nació el 25 de agosto de 1923, en Bogotá, es uno de los escritores latinoamericanos más importantes del siglo XX y padre de uno de los personajes más entrañables: Maqroll el Gaviero. 


Ese marinero errante que condensa el presente en movimiento de tal manera que su amigo Gabriel García Márquez dijo que “Maqroll somos todos”.

Porque Maqroll es el hombre que ve más allá del horizonte. Un testigo del tiempo y del destino que una vez conoce la gente se queda para siempre con él. A través de Maqroll, Mutis revela el mundo del hombre contemporáneo.

La mirada de oteador de vida acompañó al escritor hasta en sus últimos versos:

“Pienso a veces que ha llegado la hora de callar / Dejar a un lado las palabras / las pobres palabras usadas / hasta sus últimas cuerdas / vejadas una y otra vez…”.

Un poeta poco conocido en sus inicios que se dedicó a la novela cumplidos los 63 años. Es el padre de Maqroll el Gaviero, nacido de su poesía en 1953, pero moldeado por Mutis durante sus días en la cárcel mexicana de Lecumberri; hasta que un cuarto de siglo después echó a andar en sus novelas teniendo al mar como su mundo. Lo hizo de manera vigorosa en su travesía marinera por los rincones del mundo.

Irrumpió con tal fuerza y nitidez que, en tan solo diez años, entre 1986 y 1996, protagonizó siete novelas: La nieve del almirante, Ilona llega con la lluvia, Un bel morir, La última escala del ‘Tramp Steamer’, Amirbar, Abdul Bashur, soñador de navíos, y Tríptico de mar y tierra. Esas siete obras se reúnen en los dos volúmenes: Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (Alfaguara), a las que se añade su poesía en Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía reunida (1947-2003) (Lumen).

Obtuvo varios premios como el Miguel de Cervantes (2001), el Príncipe de Asturias de las Letras y el Reina Sofía de Poesía (ambos en 1997) y el Médicis a la mejor novela extranjera en Francia (La nieve del almirante, 1988).

Una vocación que desafía al destino

Cuando Álvaro Mutis tenía dos años se fue con su familia a vivir a Bélgica, por las funciones diplomáticas de su padre. Pero, con su madre, solía visitar con frecuencia la finca cafetera de sus abuelos maternos donde pasaba largas vacaciones. Ese era su paraíso, en los Andes colombianos, en una tierra caliente llamada Coello-Cocora, en medio de bosques y arroyos y ríos. Esos viajes lo llevaron a cruzar varias veces el mar entre Europa y América. Cuando Mutis tenía nueve años su padre falleció. Entonces, su madre regresó a Colombia y se hizo cargo de la finca cafetera donde el futuro escritor vivió su adolescencia y entró en la adultez.

En 1941 se casó, tuvo tres hijos. Al año siguiente empezó a trabajar como periodista. En 1948 publicó su primer poemario, La balanza, con tan mala suerte que, al día siguiente de estar en las librerías de Bogotá, el libro se hizo ceniza. El 9 de abril se produjo el magnicidio del candidato a la presidencia Jorge Eliécer Gaitán y las revueltas e incendios convirtieron la ciudad en un caos. Fue el inicio del periodo conocido como La violencia, cuyas consecuencias aún vive Colombia.

En la orilla del aquel abismo que empezó a bordear su país, Álvaro Mutis no desistió en su vocación poética. En 1953 publicó Los elementos del desastre, donde ya aparece Maqroll el Gaviero.

En 1956, con 33 años, se fue a vivir a Ciudad de México tras ser acusado de malversación de fondos por destinar dineros de la empresa donde trabajaba para apoyar actividades culturales o a escritores necesitados. En 1959 fue detenido y llevado a la prisión de Lecumberri donde estuvo un año y medio.

Un tiempo oscuro que Álvaro Mutis iluminó para sí al considerar que fue una especie de escuela para conocer mejor la vida y al ser humano. La experiencia la plasmó en 1960 en Diario de Lecumberri. Es “su libro más intenso, auténtico y conmovedor”, dijo Héctor Abad Faciolince, cuando murió Mutis en 2013, en un artículo que publiqué, en el diario español El País, preguntando a varios escritores por qué hay que leer a Álvaro Mutis.

Con todas esas experiencias, desde sus idas y venidas por mar para estar en la tierra caliente, hasta las adversidades que le cerraban el horizonte, como la orfandad paterna cuando tenía nueve años, la desaparición de su debut poético entre el fuego y la violencia y sus días en la cárcel, es como la obra poética y narrativa de Álvaro Mutis se convierte en un mapa de sus estados del alma y de la sociedad.

Irrumpe Maqroll el Gaviero

Un cuarto de siglo después de aquella experiencia penitenciaria, y ya con 63 años y jubilado, Álvaro Mutis se reencontró con su marinero errante que reclamó la forma de una prosa arrolladora. Quiere contar los secretos de su ser, silencios, soledades, amores, adversidades, dichas, dolores, esperas, miradas, olvidos, recuerdos… No pelea con la vida, solo es notario de su fluir con una voz transparente, libre y serena.

Es un estar en el mundo descrito por el propio Maqroll como “una fervorosa vocación de felicidad constantemente traicionada, a diario desviada y desembocando siempre en la necesidad de míseros fracasos”.

Maqroll el Gaviero otea, detecta y muestra la ruina que habita en el esplendor.

En su poema Deseo escribe:

Hay que inventar una nueva soledad para el deseo. Una vasta soledad de delgadas orillas
en donde se extienda a sus anchas el ronco sonido del deseo. Abramos de nuevo todas las
venas del placer. Que salten los altos surtidores no importa hacia dónde.
Nada se ha hecho aún. Cuando teníamos algo andado, alguien se detuvo en el camino para ordenar sus vestiduras y todos se detuvieron tras él. Sigamos la marcha. Hay cauces secos
en donde pueden viajar aún aguas magníficas.
Recordad las bestias de que hablábamos. Ellas pueden ayudarnos antes de que sea tarde
y torne la charanga a enturbiar el cielo con su música estridente.

Una poesía que, según William Ospina, en el prólogo de Summa de Maqroll el Gaviero, «acumula plurales impresiones del mundo, nos sumerge en un estado de observación perpleja de esas realidades poderosas e incontrolables, y finalmente nos entrega la evidencia de que esas cosas solo es posible verlas porque están en quien las ve».

El poeta español José Ramón Ripoll va al origen que lo toca todo, como recordó en aquel artículo de El País donde varios autores dijeron por qué hay que leer a Álvaro Mutis:

Leer su poesía supone hoy inyectarnos de esa fuerza renovadora que se debate entre contrarios y nos impulsa a vivir entre los bordes, en el límite, en la frontera de lo pactado y establecido. Mutis es un escritor absolutamente distinto a los demás, que se ve venir desde su primer poema, La creciente, donde un río eterno arrastra belleza y podredumbre, la alegría de los carboneros y el hediondo barro que nos inunda. Ahí está ya todo Mutis. Y hay que andar por el borde para no caerse”.

La voz de Maqroll estaba en el origen, desde aquellos primeros versos donde siempre vive la finca de Coello: “al amanecer crece el río, retumban en el alba los enormes troncos que vienen del páramo«.

Su amigo Gabriel García Márquez le expresó su admiración cuando Mutis cumplió 60 años al afirmar:

La obra completa de Álvaro Mutis, su vida misma, son las de un vidente que sabe a ciencia cierta que nunca volveremos a encontrar el paraíso perdido. Es decir: Maqroll no es solo él, como con tanta facilidad se dice. Maqroll somos todos”.

Y ese mundo literario de Álvaro Mutis resplandece en su último poema:

Pienso a veces que ha llegado la hora de callar
Dejar a un lado las palabras
las pobres palabras usadas hasta sus últimas cuerdas
vejadas una y otra vez
hasta haber perdido
el más leve signo
de su original intención
Pienso a veces que ha llegado la hora de callar
pero el silencio sería entonces
un premio desmedido
una gracia inefable
que no creo haber ganado todavía.

  • Álvaro MutisEmpresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero (Alfaguara) y Summa de Maqroll el Gaviero. Poesía reunida (1947-2003) (Lumen).

Fuente: https://wmagazin.com/relatos/alvaro-mutis-padre-de-maqroll-el-gaviero-el-escritor-que-exploro-la-incertidumbre-del-ser-humano-contemporaneo/

miércoles, 19 de noviembre de 2025

Murió el poeta antioqueño Robinson Quintero, una voz esencial de la cultura colombiana

 Así lo confirmó el escritor Jaime Fernández Molano, quien informó que el autor de La poesía es un viaje falleció este 23 de octubre en El Carmen de Viboral, tras una afección repentina que lo mantuvo hospitalizado de urgencia.


El poeta, ensayista y periodista Róbinson Quintero Ossa falleció el jueves 23 de octubre en El Carmen de Viboral, tras sufrir una afección repentina en su casa. 

La noticia fue confirmada por el escritor Jaime Fernández Molano, quien relató que el autor fue hospitalizado de urgencia, pero no logró superar el cuadro médico posterior a una cirugía que se le practicó.


Nacido en Caramanta, Antioquia, en 1959, fue una de las voces más sólidas y discretas de la poesía colombiana contemporánea. Licenciado en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Externado de Colombia, dedicó su vida a la literatura desde múltiples frentes: la escritura, la docencia y la investigación.

Autor de títulos emblemáticos como De viaje (1994), Hay que cantar (1998), La poesía es un viaje (2004) y El poeta es quien más tiene que hacer al levantarse (2008), Quintero exploró con sobriedad la cotidianidad, la infancia y los oficios humanos desde una mirada íntima y contemplativa. Su poesía, como señaló el periodista Jaime Darío Zapata, “no es explosiva ni grandilocuente, sino que arropa una tradición más silenciosa y anclada en las imágenes claras y la pureza idiomática”.

Además de poeta, fue un investigador literario minucioso. En 2010 compiló Colombia en la poesía colombiana: los poemas cuentan la historia, ganador del Premio Literaturas del Bicentenario del Ministerio de Cultura, y fue coautor de Historia de la poesía colombiana junto a Luis Germán Sierra. Su trabajo como periodista cultural se plasmó en libros como 13 entrevistas a 13 poemas colombianos (2008) y El país imaginado (2012), donde logró acercar la poesía al lenguaje del periodismo con rigor y sensibilidad.

Durante décadas, Quintero impulsó espacios de formación y difusión poética. Dirigió talleres para la Casa de Poesía Silva, el Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM) y la Red de Bibliotecas de Comfenalco; coordinó la IX Escuela Internacional de Poesía del Festival Internacional de Poesía de Medellín, y fue colaborador habitual de revistas como Puerta de combateUlrikaLuna de LocosSibila y La otra. En los últimos años, se dedicó a su proyecto La máquina de cantar, una “carpa ambulante” de juegos literarios con la que combinaba poesía, música y pedagogía.

Su muerte deja un vacío en la generación de poetas que, desde los años ochenta, renovaron la voz lírica colombiana con una escritura más sobria, reflexiva y cercana a la experiencia humana, pues fue, en esencia, un autor de la palabra honesta, de versos sin estridencias pero de profundidad constante.


“La poesía no tiene horario,
se escribe no cuando uno quiere
sino cuando ella —la poesía— quiere”.

Fuente:https://www.elcolombiano.com/cultura/literatura/muerte-poeta-robinson-quintero-antioquia-JG30278573

martes, 4 de noviembre de 2025

Ciro Mendía Y el Poema de Ciro de Medellín ( Jaime Jaramillo Escobar )

 



Ciro Mendía
Información
NombreCiro Mendía
Fecha de nacimiento1892
NacionalidadColombiana
OcupaciónPoeta, Dramaturgo
País de nacimientoRepública de Colombia
Ciudad de nacimientoCaldas
País de fallecimientoColombia
Ciudad de fallecimientoLa Ceja
Fecha de fallecimiento04/10/1979
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Biografía

Poeta y dramaturgo antioqueño (Caldas, 1892 - La Ceja, 1979). Su nombre de pila era Carlos Edmundo Mejía Ángel. Nació en la pobreza más completa, porque su padre, el hombre más inteligente del pueblo, se fue contra la corriente fanática predicando ideas liberales. Por su lenguaje, ambientes, temas y personajes, Mendía es considerado uno de los iniciadores del teatro regionalista colombiano, en auge durante los años veinte. Los estrenos de sus obras registraban hasta siete llenos consecutivos, lo cual era un verdadero acontecimiento en la Medellín de la época. La prensa lo elogiaba como el Tomás Carrasquilla de la escena. De la comedia costumbrista que escribió en un comienzo, la dramaturgia de Mendía evolucionó luego hacia temáticas citadinas, que recreaban los conflictos de los campesinos en su adaptación a lo urbano.


En 1955, con Prometea desencadenada, inspirada en Seis personajes en busca de autor, de Luigi Pirandello, incursionó en las técnicas del teatro moderno. Mendía llegó a publicar más de trece libros de poesía (“Qué te parece Narizón que me gustan más tus comedias que tus versos”, le decía su amigo Tomás Carrasquilla). Buena parte de su poesía inicial revela la influencia de Friedrich Nietzsche, leído fervientemente en Antioquia a comienzos de siglo. Sus poemas El hombre libre y Juan Rebeldía, evocan el deseo de emancipación espiritual que se lee en las predicaciones de Zaratustra. Así lo entendió Baldomero Sanín Cano, quien habló de Mendía como el caudillo eternamente joven de los inconformes.

Algunas obras

Irrevocablemente crítico, Mendía se sirvió de la sátira para referirse a todos los personajes de la sociedad, al cura, al político, incluso a sí mismo: “Era contradictorio, absurdo, aciago/y comulgó con ruedas de molino/ Su animal favorito fue el pollino/ y su santo dilecto era San Trago”. Fue colaborador de las revistas El Artista y Colombia, y del periódico El Espectador. Entre la extensa bibliografía de este autor figuran: Sor miseria (1919), En torno a la poesía popular (1926), El libro sin nombre (1929), Escuadrilla de poemas (1938), Farol sin calle (1957), Caballito de siete colores (1968), Fin de fiesta (1972), Teatro completo (1986) y La golondrina de cristal (1992). Murió ciego, en la más absoluta pobreza, como había nacido. Jaime Jaramillo Escobar escribió un poema recriminando a ese Medellín pedestre que permitió la miseria terminal de Ciro Mendía.

John Jairo Galán

Fuente:https://enciclopedia.banrepcultural.org/index.php?title=Ciro_Mend%C3%ADa


CIRO DE MEDELLÍN

Cuando le conocí,

El maestro Ciro Mendía estaba completamente ciego,

Y se veía obligado a depender de personas que le robaban a cambio de la más mínima caridad.

El maestro Ciro Mendía, que había escrito tan jocundos versos,

Estaba en ese año de 1978 sin un plato en qué comer,

Pero tampoco tenía qué comer ni comía.

Tomaba aguardiente a pico de botella con cáscaras blancas de limón,

Y se arrastraba hasta el andén para rogar a algún transeúnte apresurado

Que le tomara al dictado los versos que había compuesto durante el día de insomnio,

Pero nadie tenía tiempo para ocuparse de semejante cosa,

Y el poeta repetía sus versos hasta que se le olvidaban.

Le habían hecho completamente a un lado por sus ideas “de izquierda”,

Que nunca supo lo que hacía su derecha,

Porque la mano izquierda es analfabeta.

En ese Medellín pedestre que frente al mundo tiene una sola pregunta: “¿Cuánto vale?”

Y una sola respuesta: “¿Cuánto me rebaja?”,

Ciro Mendía tenía el orgullo y la dignidad y la nobleza de la vieja raza,

Y en la práctica había dejado de ser antioqueño, pues nunca me preguntó “¿Cuánto le debo por su abrazo?”, “¿Cuánto me paga por el mío?”

–“Aquí tiene un abrazo gratis, le deseo suerte, caballero, y le encimo esta mano huesuda que ya no me sirve para nada”.

Cuando le dieron el “Hacha de Antioquia”,

(esa hachita dorada, un bibelot),

Él la recibió y permaneció en silencio.

Cuando todos los visitantes se fueron me dijo:

–“¡Tantos rayos que caen, y no caerme uno a mí!”

Ya estaba muy triste y muy flaco el maestro Ciro Mendía cuando le conocí.

El gobierno local le había retirado la modesta pensión que le permitía sobrevivir, porque también estaba muy viejo,

Y sólo la fábrica de licores le mandaba botellas de aguardiente.

No se resignaba el altivo maestro Ciro Mendía, no se resignaba sin embargo,

Y en la nobleza de su rostro, en sus finas manos, en el ademán caballeroso, en sus elegantes palabras,

El poeta trataba de alzarse de sus cenizas, y en un esfuerzo sobrehumano trataba a cada rato de volar.

Pero ya sus huesos estaban muy tristes y todos quebrados desde la muerte de Vladimiro,

Y no era cuestión de buena voluntad ni de fuerza de ánimo,

Sino un simple problema de gravedad.

Con Vladimiro su hijo y con el Espíritu Santo, “esa paloma estúpida”,

Que sin embargo representa la inteligencia como propiedad de la materia,

Se encuentra en el reino de las chicharras y el cagajón,

Que los mulos ponen gratis, pero los antioqueños lo recogen para venderlo por libras de 400 gramos.

El maestro Ciro Mendía, honor de su raza y de su pueblo,

Me habla desde sus versos con entereza, con amor, con ternura y con ese humor a la antioqueña que tanto hace reír al diablo.

No me habla desde su estatua, porque en Medellín no hay ninguna estatua de Ciro Mendía, ni maldita la falta que hace.

Si hubiera sido un poeta antiguo, hubiese tenido su estatua de mármol,

Del epicúreo mármol de Paros.

Pero a pesar de ser antioqueño no tenía depósito de ahorros, ni propiedad raíz, ni era socio de nada, ni estaba autorizado a portar tarjeta de crédito,

Es decir, no era nadie,

Pues en esta tierra donde cada poeta se considera el mejor del mundo,

Él apenas se atrevía a ser el mejor de su calle.

Quedó con la fama de no ser un poeta serio, porque no creía en nada,

Pero de todos modos nos dejó esa risa maliciosa, socarrona, comprensiva,

Que desborda inteligencia, bondad, aceptación y perdón.

Jaime Jaramillo Escobar ( X 504 )