martes, 15 de septiembre de 2026

Claudia Restrepo Ruiz escribe narrativa (novela y cuento) y relatos de corte poético.


Se caracteriza por una literatura profundamente íntima, valiente y de una gran sensibilidad psicológica. Como ella misma lo define, de manera impecable, su escritura nace desde la piel, desde el cuerpo y desde la imperiosa necesidad de buscarle una forma con palabras al temblor de estar vivos, en especial cuando las realidades de la vida, o de la mente, amenazan con deshacernos.

¿Nos saltamos los lunes?

Mañana es martes... ¡Qué alivio! La agenda, de repente, parece más liviana. Sí, hay unas cuantas reuniones, mucho trabajo remoto, algunas videoconferencias, pero nada más.

La corbata quedó sobre el sofá; el abrigo, en el comedor; el celular, sobre la mesa, en modo vibración; y las luces, apagadas todavía mientras llegas y eres tú quien enciende todo. El televisor sigue dormido; la biblioteca, indispuesta; la cocina; censurada y el bar... bueno, el bar, abierto. Un roncito no me caería mal.

Apenas comienza el mes y ya estoy pensando en si voy a lograr cumplir la cuota de ventas. Mayo es bueno, el Día de Madres es comercial. Ahora nos toca la lotería de si se celebra en casa de tus padres o en la de los míos (a mí, la verdad, me da igual). No tuvimos hijos, así que no tengo que comprarte un regalo, pero —como te digo, mi mamacita linda— te tengo acostumbrada a uno cada año. El lío es esconderlo sin que lo descubras primero. Creo que soy malo escondiendo cosas, o tú eres muy buena buscándolas.

Qué bueno que mañana es martes.

Hoy no quiero escuchar debates políticos ni termómetros de violencia. Damos tanta lástima que ni un show de cantantes logra abstraerme de mis cavilaciones contigo.

¿Por qué tardarás?

Es el cuarto ron. Ah, dejé el celular sobre la mesa. Dos llamadas perdidas.

Después de tantos años, aún se me acelera el corazón. Por algún motivo me gusta ser el último en llegar a casa, porque cuando llego antes pienso que te fuiste y me abandonaste para siempre.

—¿Dónde estás?

—En casa de Clara.

—¿Tardas?

—Un poco.

—Cuídate, ¿quieres?

Entonces pienso en todas las cosas malas que podrían pasarte de camino a casa. No sé por qué tengo esa compulsión, pero los lunes se acrecienta.

Necesito sentir que te pierdo menos.

O, al menos, no perderte antes de tiempo.

Me gustan los sábados

Después de una lluvia de nervios, debo confesar que me gustan los sábados. No hay que bailar para recordar cómo se siente hacerlo.

Hay que seguir apostándole a la alegría, escribir, escribir, escribir una y otra vez que siempre se puede. Si tuviera que elegir una carta del tarot para mí hoy, sería el As de Copas. Vamos a celebrar con o sin licor. Una cervecita michelada no está de más o un martini con tres aceitunas.

Vamos a escribir la escena. El pub se llama Encuentro, la barra no es roja, es verde, las botellas están inclinadas en un carrusel, las copas no son de vidrio, son de acrílico —así nadie se corta—, ¿qué hacemos las de aguardiente?

Encendamos las lámparas de araña, ojalá con velas. Espero que me regalen una mesita donde pueda escribir lo que veo. Varias parejas bailan en la pista. Otros aplauden entre canciones.

Nadie se me arrima. Estoy muy concentrada y no tengo más que una soda en mi mano. Hasta que llegas tú y me preguntas qué tanto escribo. Me da pena y por primera vez noto que estoy en el lugar equivocado.

—Disculpe, ¿me habla a mí?

—Sí, a ti, la de las gafas.

¿Y?

—¿Te invito a otra soda? ¿Quieres maní o prefieres pistachos?

«(Maní o pistachos). ¿De dónde saca este tipo que me gustan los pistachos? ¡Ah, es porque es sábado!».

Detente

Así dice una oración potente de protección. Así señalan mis manos frente a tu cercanía. No estoy lista para tanto. Dame tiempo, dame espacio. No quiero ser tuya ni pretendo que seas mío, quizás sí en el pasado, pero en este presente estoy centrada en mí. Detente, mira que te lo pido y por las buenas. No cómo ser por las malas, pero supongo que llamaría a una comisaría de familia y diría que tu mirada me acosa o que tu voz insiste en conversar conmigo. Dime si también yo debo detenerme, si necesitas más de lo que puedo darte, si mis búsquedas truncan tu camino, si debo detenerme en esta cruzada lejos de ti.

Préstame un poco de distancia. Regálame el silencio de vivir sin ti. Quiero aprender mil cosas nuevas, perderme en otros ojos, escuchar otras voces. Necesito perder costumbres, anidar sueños en despierto, vivir con una sana vulgaridad. Quiero ser capaz de desnudar mis miedos, de fusionar angustias en una bola de plastilina amarilla para cambiar.

Dime que me detenga, que mis palabras no hablen de ti tácitamente, que no mencionar tu nombre no te hace menos real o cercano. Permíteme alzar mis manos y rechazarte porque hasta ahora lo único que había hecho en mi vida era convidarte. Ya no estoy segura. Necesito saber si cuento con la protección que necesito.

Nos vivimos

¿Qué ocurriría sí...? Estoy de manos entrelazadas. Busco en un fragmento del recuerdo uno que sea tuyo. Me dejo tentar por un abrazo, un beso o nuestra imagen en el espejo. Recuerdo tu estatura, un poco menor a la mía, tu rostro ajado, tu boca precisa. Recuerdo las fotografías que querías tomarme y mi negativa para que todo fuera solo una imagen en el recuerdo, un recurso al cual volver cuando todo terminara.

Recuerdo las seis, el parque aquel, la música y las cervezas; también, el semáforo donde solía pasar por ti. No olvido el primer beso que me robaste ni los subsiguientes.

Conservo un regalo que me diste y no los uso por temor a cargarte conmigo más de lo que ya lo hago. Tu voz hace eco en salones que ya no frecuento. Las librerías contienen estantes que me observan con tus ojos. Hay fusiles en los silencios posteriores a una despedida que nunca se dio.

Mi perro me observa y me pregunta de quién estoy hablando y no puedo contarle porque solo te vio una vez y hace mucho mucho tiempo. Estoy distraída con la evocación, con el espejo, con mi cabello largo de entonces, con la lencería que compraba para ti.

Tuve suerte de conversar contigo porque de eso se trataba todo, de una larga y profunda conversación. Un punto y coma nos separa. Cada uno continuó el camino que traía consigo. Jamás se mencionó la palabra amor y nunca fue necesaria. En la complicidad de pequeños cuartos de motel quedaron aprisionados los secretos que compartimos.

¿Qué ocurriría nuestra clandestinidad no hubiera sido el confite que nos mantenía unidos? No tendría mis brazos entrelazados, resignados a haberte perdido, pero alegre de saber que nos vivimos.

Defiéndeme de

Arrástrame si es necesario. Invoca a mis ancestros. No permitas que caiga de nuevo. Señala un horizonte pleno. Completa mis incongruencias con sabores nuevos. Atora mis ganas de perder la cabeza debajo de un sombrero.

Tu música para evitar mi declive. Dales aire a estos pulmones viejos. Conviértete en mi gastado inhalador. No permitas que sucumba en mí. Dime que el ave que llevo en el dedo corazón no se volará como tú quisiste.

que intentaste protegerme de mis delirios. que buscaste la manera de zafarte de ellos hasta que fui insoportable y cruel. Sé que nada de lo que diga cambiará mi destino; que no tendré defensa, que no habrá abogado que venga a salvarme, que mis manos terminaran bajo esposas para que no pueda dañarme ni a mí ni a nadie.

Sé, también, que mis manos son las únicas testigos de mis confrontaciones con el teclado. Que ellas saben lo que mi inconsciente ignora o deja pasar por alto. Una boca, unos ojos, una fotografía, de lejos... una voz.

En un mundo tan interconectado duele el silencio cuando se está tan cerca de un mensaje o una llamada. La larga distancia viaja de las manos a un corazón.