lunes, 23 de enero de 2017

Recordar a _ José Eustasio Rivera

(Rivera, 1888 - Nueva York, 1928) Escritor colombiano autor de la novela La vorágine (1924), considerada un clásico de la literatura hispanoamericana. Hasta la llegada de La vorágine, la literatura colombiana sólo tenía en la María de Jorge Isaacs (1867) una obra de indiscutible altura universal. Rivera logró en esta narración desembarazar la novela nacional del localismo detallista propio del costumbrismo y, con original expresión, supo plasmar a través de la tragedia de Arturo Cova la enconada lucha del hombre con la naturaleza.

José Eustasio Rivera nació en el pequeño pueblo de San Mateo, hoy Rivera (Huila), el 19 de febrero de 1888, en el seno de una familia dedicada a las labores del campo y con aguerridos antepasados huilenses; su padre, don Eustasio Rivera, era hermano de los generales conservadores Pedro, Napoleón y Toribio Rivera, quienes desempeñaron importantes cargos en la administración, el Congreso y el campo educativo. Casado con Catalina Salas, el matrimonio tuvo once hijos.

José Eustasio Rivera
Rivera hizo sus primeros estudios en Neiva, primero en el colegio de Santa Librada y posteriormente en el de San Luis Gonzaga, mostrando tempranamente su inclinación por las letras. Influido por las corrientes románticas y modernistas, ya desde sus primeros poemas reveló su inquietud por la naturaleza. Dice en "Gloria", por ejemplo: "yo llevo el cielo en mí..." o "yo llevo la cascada que en oscura selva se rompe; y he amoldado a mi cráneo la llanura y se ha encerrado en él la cordillera".
A través de su identificación con la geografía nacional, José Eustasio Rivera logró una poesía llena de emoción, sin pertenecer a los movimientos de su época como los Nuevos, ni a la acartonada generación centenarista. Otros de estos poemas escritos entre 1906 y 1909 son "Tocando diana", "En el ara", "Dúo de flautas", "Triste", "Aurora boreal" y "Diva, la virgen muerta". La visión de la naturaleza le sirvió para interpretar y fortalecer su propia personalidad. Pero no se quedaría en la mera descripción del entorno, sino que, tanto en esta primera obra como en poesías posteriores y en su prosa, expresó su sentido trágico de la existencia humana, de lo fugaz y limitado de la vida.
En 1906 viajó a Bogotá para ingresar, becado, en la Escuela Normal. Tres años más tarde se desempeñó como inspector escolar. En los Juegos Florales de Tunja, en los que se conmemoraba el centenario del grito de Independencia, Rivera obtuvo el segundo lugar con poemas de corte épico, muy influidos por la poética de Miguel Antonio Caro: "Oda a España" fue publicada en septiembre de 1910 por El Tropical de Ibagué. Regresó a Bogotá donde, para mantenerse, trabajó en el Ministerio de Gobierno, mientras estudiaba en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional, graduándose en 1917 con la tesis Liquidación de las herencias. De ese entonces data su drama teatral Juan Gil. Pocos meses después de egresado, le fue ofrecida desde Neiva una curul en la Cámara de Representantes, que Rivera aceptó. Pronto, un telegrama del obispo de Garzón, Esteban Rojas, pidiéndole la renuncia "por el bien de la unidad católica", hizo que el escritor exclamara: "Me barrieron de un sotanazo".
El primer contacto de José Eustasio Rivera con los Llanos Orientales tuvo lugar en enero de 1916. El segundo fue en abril de 1918, cuando, en función de su profesión de abogado, viajó en bongó por el río Meta hasta la hacienda Mata de Palma, estadía que duró hasta el mes de febrero de 1920 y durante la que hizo amistad con Luis Franco Zapata, figura clave en la génesis de La vorágine. En 1912 Luis Franco Zapata se había escapado con Alicia Hernández Carranza desde Bogotá, donde ella trabajaba como empleada de una tienda. Juntos llegaron al fondo de la Amazonia, entre Colombia y Venezuela, y se instalaron en las caucherías del Brazo Casiquiare, cerca de Brasil.
En 1918, en Orocué, Luis Franco Zapata le contó todas sus historias a Rivera, desde las más íntimas hasta las de índole social, sin excluir las mitológicas, las de aventuras y las de sangre. "La mayor parte de los personajes de La vorágine (afirma Isaías Peña Gutiérrez) surgieron de los relatos de Luis Franco Zapata, incluidos los nombres, que poco variaron." Cerca de Orocué, Rivera tuvo un segundo ataque de cefalea que se repitió en Sogamoso en 1919 y, de regreso a Orocué, sufrió las fiebres del paludismo, que le curaron Luis Franco y Alicia.
De nuevo en Bogotá, Rivera participó en la tertulia del Olimpito, que solía reunirse en los cafés Windsor o Inglés; asistían jóvenes poetas como Rafael Maya o Luis Rosales, e intelectuales como Luis López de Mesa. Gran amigo de Rivera fue el poeta Miguel Rasch Isla, y simultáneamente con él puso José Eustasio en las librerías su primer libro, Tierra de promisión (1921). Compuesto por 55 sonetos y dividido en tres partes (la selva, las cumbres y el llano), de este poemario dijo Juan Lozano y Lozano al mes siguiente de su publicación: "Son versos perfectos de salvaje realeza. Allí está íntegra, pero idealizada, nuestra pampa aborigen, desfile lujurioso, violento, que se engarza en sonetos espléndidos, como perla en oro".
En marzo de ese mismo año, durante una excursión emprendida con el poeta Alberto Ángel Montoya, cerca de Purificación, Rivera sufrió otro serio ataque, acompañado de convulsiones y delirios; fue atendido por el doctor José María Lombana Barreneche y tras una recuperación de dos meses en Neiva regresó a Bogotá. El 4 de julio, encabezando con Antonio Gómez Restrepo una delegación diplomática, partió hacia Perú y México. Con motivo de la celebración de los centenarios de la independencia de los dos países, Rivera entró en contacto con los escritores Amado Nervo, Manuel Gutiérrez Nájera y Juan de Dios Peza, entre otros. Para El Mundial de Lima, José Eustasio Rivera concedió una polémica entrevista que lo llevó a una fuerte controversia con el gran poeta Eduardo Castillo.
En febrero de 1922 falleció el padre de Rivera, a la edad de 74 años. Nombrado secretario de la comisión limítrofe Colombiano-Venezolana, José Eustasio partió con la comisión en septiembre de 1922, rumbo a Girardot. Siguiendo la ruta río Magdalena abajo, pasaron por Barranquilla y se adentraron por Venezuela; por el Orinoco llegaron hasta Ciudad Bolívar y a Caicara a finales de octubre. La falta de apoyo del gobierno impulsó a Rivera a abandonar la comisión y a proseguir el viaje por su cuenta.
Rivera llegó a San Fernando de Atabapo en diciembre, y en Orocué se encontró con Melitón Escobar, antiguo compañero de comisión, a la que se integró de nuevo y con la que continuó su viaje por Yavita, Maroa y Victorino, en plena selva. Sin mapas, sin ni siquiera medios rudimentarios, trazaron los límites, con la ayuda de los ingenieros suizos que los acompañaban. Según las notas de viaje del doctor venezolano Ramón Ignacio Méndez, "fue en los largos y tediosos días de la permanencia de Yavita que José Eustasio Rivera escribió muchos de los capítulos de La vorágine, y fue allí donde le oí leer algunas páginas de la obra".
En compañía de Melitón Escobar, Rivera decidió salir por el sur, río abajo, para investigar un sinnúmero de atropellos contra ciudadanos colombianos de los que había tenido noticia: la venta de colombianos a caucheros brasileños; las explotaciones feudales de Leonidas Norzagaray Elicechea, deforestador y esclavista que llegó a acuñar su propia moneda; la penetración peruana en el territorio nacional colombiano y los criminales procedimientos de la Casa Arana.
Primero desde Manaos (el 18 de julio de 1923) y, después del dilatado regreso por Venezuela entrando por Barranquilla, como representante de la Cámara, Rivera hizo toda clase de denuncias, escribió artículos, organizó una junta de defensa nacional e incluso citó al ministro de Relaciones Exteriores, por su negligencia al enviar una comisión sin los mínimos instrumentos para desarrollar su labor y por el cargo de infidencia al hacer llegar a Norzagaray el informe secreto que Rivera había despachado desde Manaos. Por ley se les reconocieron los sueldos a los miembros de la comisión, pero el ministro fue absuelto, no sin antes reconocer el patriótico procedimiento de Rivera. Sin embargo, por carecer de apoyo partidista, éste no logró lo que en el fondo perseguía: la salvaguardia de la soberanía y el honor nacional. Norzagaray, en cambio, intentó matar en dos ocasiones al escritor.
Desengañado, Rivera volvió a Neiva y, consciente de que su más efectiva arma de denuncia era su pluma, se dedicó a hacer excursiones por el Caquetá para, desde los artículos que publicó en los principales diarios, denunciar las anomalías o, desde el propio terreno, facilitar consejos. Rivera fue el primero en proponer la construcción de la vía Neiva-San Vicente de Caguán, que de haberse realizado hubiera impedido la guerra con el Perú, y que fue finalmente ordenada... 63 años más tarde. La vorágine se terminó de escribir el 21 de abril de 1924, en Neiva. Su lanzamiento al público coincidió con el cumpleaños de la madre del autor, el 25 de noviembre de 1924.
No había visto aún la luz La vorágine cuando Rivera fue llamado a presidir una comisión investigadora sobre irregularidades del aparato burocrático del gobierno. Dos investigaciones sirvieron para mostrar el enorme valor ético y patriótico de Rivera y, en un país con amplios niveles de corrupción, para sepultar las aspiraciones políticas del escritor. Los apuntes que de estas indagaciones extrajo iban a servir de documentación para su segunda novela, que no alcanzó a redactar y que llevaría por título La mancha negra. El 31 de marzo de 1928 partió, como presidente de la delegación colombiana, al Congreso Internacional de Inmigración y Emigración que se celebró en La Habana.
Por cuenta propia viajó a Nueva York, adonde llegó a finales de abril. Residió primero en el hotel Le Marquis y luego en un apartamento en las cercanías del Central Park. En esta ciudad se dedicó a la traducción de La vorágine al inglés, al proyecto de llevarla al cine (nunca realizado) y a su próxima novela, que "habría de aparecer al marcharse al África, porque allí se sentiría más seguro que en su propia tierra", como dijo a José A. Velasco. Los oscuros manejos del representante de la empresa petrolera Standard Oil, el capitán Flanagan, los tratos secretos e irregulares de altos funcionarios del gobierno como Carlos Adolfo Urueta, la indelicada actitud del ex ministro Esteban Jaramillo y hasta los sobornos al consejero espiritual del estadista Dr. Zerda, opuesto a la firma del contrato entre la Standard Oil y el Estado colombiano para la construcción del oleoducto Cartagena-Barrancabermeja, eran parte del explosivo material que Rivera se disponía a manejar, con su pulcritud moral, para su nueva obra.
El 29 de octubre recibió un homenaje en la Universidad de Columbia, dictó conferencias y llegó a rumorearse que sería nombrado cónsul. Pronunció un discurso en el ágape ofrecido al piloto Benjamín Méndez, dos días antes del histórico vuelo entre Nueva York y Bogotá, y luego de la partida del avión Rivera comenzó a sentirse mal. Lo que en un principio el médico creyó que era una gripe y que finalmente jamás logró diagnosticarse (no se permitió la autopsia) fue convirtiéndose en un grave estado que, tras cuatro días en coma, llevó a la muerte a José Eustasio Rivera, a las 12:50 de la invernal tarde del 1 de diciembre de 1928.
El cadáver fue repatriado a bordo de un barco de la United Fruit, llegó a Barranquilla, donde se le rindieron honores, y, remontando el Magdalena, llegó finalmente a Bogotá el 7 de enero de 1929, donde fue velado en el Capitolio Nacional. Más de quince mil personas desfilaron ante él y el 9 de enero fue enterrado en el Cementerio Central, en medio de sentidas despedidas, hermosos discursos y grandes multitudes.
La vorágine
Inspirada en el relato que oyera de labios de Luis Franco Zapata en Orocué, en 1918, sobre el viaje que lo llevó con Alicia Hernández a establecerse en el corazón de la selva (y que en cierto modo el autor había revivido en su viaje con la comisión limítrofe Colombiano-Venezolana), ninguna obra como ésta había logrado reflejar la extensión pavorosa de la selva amazónica, la selva del caucho, a la que el protagonista y narrador, Arturo Cova, se precipita para escapar a sus deberes sociales en compañía de Alicia, una pequeña burguesa arrancada por él de su mundo familiar más por capricho que por pasión. Las vicisitudes afanosas de Arturo Cova y de sus compañeros hacen pensar en los esfuerzos de individuos que obstinadamente, en medio de las arenas movedizas, se agitan para librarse de ellas, y por su mismo esfuerzo se hunden más rápidamente. Y, en efecto, la selva se tragará al fin a los tránsfugas de la sociedad.
Arturo Cova, hombre en apariencia apasionado, violento y amante de la aventura, es en realidad un personaje cuyo núcleo psicológico es el tedio y la abulia provocada por no haber encontrado una auténtica finalidad a la vida, abulia que intenta remediar con la huida y una exacerbación de la voluntad, convirtiéndose aparentemente en un hombre de acción o un aventurero. Todo el relato de Cova es una fuga de sus verdaderos problemas; por eso no es extraño que su culminación sea la desaparición en la selva, tragado por el inmenso cementerio verde, adonde había penetrado empujado por el deseo de vengar la imaginaria traición de Alicia.
"Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica". Así empieza su relato; personaje complejo, cuando cree descubrir el cansancio de su compañera aparecen los celos, el apasionamiento: "Alicia me trataba ya, no sólo con indiferencia, sino con mal disimulado desdén. Desde entonces comencé a apasionarme por ella y hasta me dio por idealizarla".
Arturo Cova quiere ser siempre el triunfador, el actor central. Su compañero, Fidel Franco, lo acusará de ser un desequilibrado tan impulsivo como teatral; en realidad es un solitario que sólo cree en él: "el ideal no se busca, lo lleva uno consigo mismo" afirma; sin embargo, no lo mueve ideal alguno. Actúa sin saber por qué, buscando tan sólo el acto puro, sin finalidad alguna. Por encima de todo está dominado por el cansancio de la vida, que lo arrastra a la aventura sin motivo. Su carácter está lleno de notas contradictorias: ataques histéricos, neurosis, búsqueda del agotamiento y del sufrimiento como un sedante, deseo de violencia y a la vez un sentido innato de la justicia y una compasión enfermiza hacia los débiles.
La prosa de José Eustasio Rivera es poemática y lírica aun en el horror y en la crueldad; el lenguaje lo acompaña en la imaginación desbordada, con su profusión de imágenes de gran fuerza expresiva. El autor ahonda psicológicamente en los caracteres y maneja los elementos con simbolismo evidente y manifiesto. Terrible y desmesurada, llena de misterio y violencia, La vorágine halla su límite artístico en los elementos de carácter documental en que abunda, y su grandeza en la reconstrucción de un mundo en el que la moral cristiana agoniza, mientras se perfilan los esfuerzos que señalan el nacimiento de una nueva moral rigurosamente adaptada a la vida impuesta por la selva a quien se aventura en ella. La obra de Rivera pertenece a la tendencia (hoy común a todas las literaturas hispanoamericanas) que se puede considerar antieuropea en cuanto tiende a destruir los vínculos que durante todo el siglo XIX hicieron de la América latina una oscura provincia de las literaturas europeas, y a crear una tradición exclusiva y típicamente hispanoamericana.
Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rivera_jose_eustasio.htm

jueves, 19 de enero de 2017

Discurso Premio Nobel de Literatura, 1996 _ Wislawa Szymborska:

Se dice que en un discurso lo más difícil es siempre la primera frase... Pues ya la dije... Pero presiento que las que siguen van a ser igualmente difíciles, la tercera, la sexta, la décima, hasta la última, ya que debo hablar sobre poesía. Muy raras veces me he expresado acerca de este tema, casi nunca, y siempre con la convicción de que no lo hago muy bien. Por eso mi discurso no va a ser demasiado largo. Toda imperfección resulta más fácil de aguantar si se sirve en pequeñas dosis.

El poeta contemporáneo es escéptico y desconfía incluso -o más bien principalmente- de sí mismo. Con desgano confiesa públicamente que es poeta -como si se tratara de algo vergonzoso. En estos tiempos bulliciosos es más fácil que admitamos los vicios propios, con tal de causar efectos fuertes; mucho más difícil es reconocer las virtudes, ya que están escondidas más profundamente, y hasta uno mismo no cree tanto en ellas. En las encuestas o en los encuentros con amigos ocasionales, cuando el poeta se ve forzado a definir su profesión, acude al término genérico ``escritor'' o al de alguna otra profesión que adicionalmente ejerza. El empleado público o los eventuales compañeros de viaje reciben con cierta perplejidad e inquietud la noticia de que están tratando con un poeta. Sospecho que los filósofos también producen semejante inquietud. No obstante, ellos se encuentran en mejor situación, ya que generalmente pueden adornar su profesión con algún grado académico. Profesor de Filosofía -ya suena mucho más serio.

No existen profesores de poesía, lo que haría suponer que esta actividad requiere de estudios especializados, exámenes presentados en fechas precisas, disertaciones teóricas rematadas con bibliografía y notas y, finalmente, los diplomas recibidos con solemnidad. Todo esto, a su vez, significaría que para graduarse de poeta no bastarían las hojas de papel, aun cuando estuvieran llenas de excelentes versos, sino que se necesitaría, sobre todo, un papel con sello y firma. Recordemos que justamente ésta fue la razón por la que condenaron al destierro a Josef Brodsky, orgullo de la poesía rusa, quien más tarde fue galardonado con el Premio Nobel. A Brodsky se le clasificó como ``parásito'', por no contar con un certificado oficial que le permitiera ser poeta... Hace un par de años tuve el honor y la alegría de conocerlo en persona. Me di cuenta de que solamente a él, entre todos los poetas que he conocido, le gustaba llamarse a sí mismo ``poeta''; pronunciaba esta palabra sin conflictos internos y hasta con cierta desafiante desenvoltura. Pienso que se debía al recuerdo de las violentas humillaciones que sufrió en su juventud.

En países más dichosos, donde la dignidad humana no es transgredida tan fácilmente, los poetas, obviamente, quieren ser publicados, leídos y entendidos, pero ya no hacen nada o casi nada en su vida cotidiana para destacar entre la gente. Sin embargo, hace poco, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba escandalizar con su ropa extravagante y con un comportamiento excéntrico. Aquellos no eran más que espectáculos para el público, ya que siempre tenía que llegar el momento en que el poeta cerraba la puerta, se quitaba toda esa parafernalia: capas y oropeles, y se detenía en el silencio, en espera de sí mismo frente a una hoja de papel en blanco, que en el fondo es lo único que importa.

Hay algo que resulta muy característico. Continuamente se filman películas biográficas sobre grandes científicos y artistas. La tarea de los directores más ambiciosos es mostrar en forma verosímil el proceso creativo que condujo a importantes descubrimientos científicos o a la creación de grandes obras de arte. Se puede, con aceptables resultados, mostrar el trabajo de algunos científicos: laboratorios, instrumentos diversos y aparatos puestos en marcha logran por unos momentos mantener la atención de los espectadores.

Además, resultan muy dramáticas las escenas de suspenso, cuando un experimento repetido miles de veces logró dar finalmente, merced a una mínima modificación, con el resultado tan esperado. Espectaculares pueden ser las películas sobre pintores, ya que es posible reconstruir todas las fases de creación de un cuadro -desde la primera raya hasta la última pincelada. Las películas sobre los compositores se llenan con su música: desde los primeros compases, que el creador escucha en su interior, hasta la obra madura ya terminada y repartida entre varios instrumentos. Todo sigue siendo muy ingenuo y no dice nada sobre el extraño estado de ánimo que se conoce comúnmente como inspiración, pero por lo menos hay algo para ver y oír.

El peor de los casos es el de los poetas. Su trabajo resulta irremediablemente poco fotogénico. Uno permanece sentado a la mesa o acostado en un sofá, con la vista inmóvil, fija en un punto de la pared o en el techo; de vez en cuando escribe siete versos, de los cuales, después que transcurre un cuarto de hora, va a quitar uno y de nuevo pasa una hora en la que no ocurrirá nada_ ¿Qué clase de espectador podría soportar una cosa semejante?

He mencionado la inspiración. A la pregunta de qué cosa es, suponiendo que algo sea, los poetas contemporáneos responden de modo evasivo. Y no porque nunca hayan sentido los beneficios de este impulso interior, más bien se debe a otra causa: no es fácil explicar a los demás algo que ni siquiera se comprende bien.

Yo misma he evadido el asunto cuando me lo han preguntado. Y contesto lo siguiente: la inspiración no es privilegio exclusivo de los poetas ni de los artistas en general. Hay, hubo, habrá siempre un número de personas en quienes de vez en cuando se despierta la inspiración. A este grupo pertenecen los que escogen su trabajo y lo cumplen con amor e imaginación. Hay médicos así, hay maestros, hay también jardineros y centenares de oficios más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin, a condición de que sepan encontrar en él nuevos desafíos cada vez. Sin importar los esfuerzos y fracasos, su inquietud no desfallece. De cada problema resuelto surge un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo ``no lo sé''.

La gente así es bastante escasa. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja porque necesita conseguir los medios de subsistencia, trabaja porque no le queda de otra. No fueron ellos quienes por pasión escogieron su trabajo, son las circunstancias de la vida las que escogen por ellos. El trabajo mal querido, el trabajo que aburre, es respetado únicamente porque no resulta accesible para todos, y está situación constituye una de las más penosas desgracias humanas. No se vislumbra que los siglos venideros traigan un cambio feliz al respecto.

Así pues, tengo derecho a decir que aunque le estoy escamoteando a los poetas el monopolio de la inspiración, de cualquier manera los coloco en un grupo reducido de elegidos por la suerte.

En este punto pueden surgir ciertas dudas en los oyentes, si consideran que a los diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos que luchan por el poder con ayuda de un par de consignas gritadas en tono muy alto, también les gusta su trabajo y también lo llevan a cabo celosamente. Cierto, pero ellos sí ``saben''. Saben, y lo que saben una sola vez les basta para siempre. Ya no tienen curiosidad por saber más, puesto que podría debilitarse su fuerza de argumentación. De modo que cualquier tipo de saber del que no surgen preguntas muy pronto fenece, pierde la temperatura propicia para la vida. En casos extremos, como es bien conocido en la historia antigua y contemporánea, puede resultar mortalmente amenazador para las sociedades.

Por lo anterior, estimo altamente estas dos pequeñas palabras: ``no sé''. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho ``no sé'', las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho ``no sé'', probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida. Pero siguió repitiéndose ``no sé'' y justo estas palabras la trajeron dos veces a Estocolmo, donde se otorgan los premios Nobel a personas de espíritu inquieto y en búsqueda constante.

También el poeta, si es un verdadero poeta, tiene que repetirse perpetuamente ``no sé''. Con cada verso intenta responder, pero en el momento en que pone el punto final, le asaltan las dudas y empieza a advertir que su respuesta es temporal y en ningún caso satisfactoria. Entonces prueba otra vez y otra vez, para que a las sucesivas muestras de su insatisfacción consigo mismo los historiadores de la literatura las sujeten con un clip enorme para denominarlas ``La Obra''.

A veces fantaseo con situaciones inverosímiles. Me imagino, por ejemplo, en mi osadía, que tengo la oportunidad platicar con Eclesiastés, autor de un lamento estremecedor sobre la vanidad de todas las empresas humanas. Me habría inclinado muy hondamente ante él, ya que es -por lo menos para mí- uno de los poetas más importantes. Pero luego lo habría cogido de la mano: ``Nada hay nuevo bajo el sol'', has escrito, Eclesiastés. Sin embargo, Tú mismo has nacido nuevo bajo el sol. Y el poema que has creado también es nuevo bajo el sol, ya que antes de Ti nadie lo había escrito. Y nuevos bajo el sol son tus lectores, puesto que los que vivieron antes que Tú no te podían leer. Y el ciprés, en cuya sombra te sentaste, no crece aquí desde el principio del mundo. Le dio origen otro ciprés, semejante al tuyo, pero no en todo igual. Y además te quisiera preguntar, Eclesiastés, ¿qué desearías escribir, ahora, de nuevo bajo el sol? ¿Algo con qué completar tus ideas, o tal vez tienes la tentación de negar algunas de ellas? En tu poema anterior concebiste también la alegría, y ¿qué hay del hecho de que resulte ser tan pasajera? ¿Tal vez sobre ella va a tratar tu nuevo poema bajo el sol? ¿Tienes ya algunos apuntes o primeros esbozos? Pues no dirás ``ya he escrito todo, no tengo nada que añadir''. Esto no lo puede decir ningún poeta, y mucho menos uno tan grande como Tú.

El mundo, a pesar de cualquier cosa que podamos pensar sobre él, espantados por su inmensidad y nuestra impotencia ante él, amargados por su indiferencia frente a los sufrimientos particulares de la gente, de los animales y tal vez de las plantas -ya que ¿de dónde proviene la certeza de que las plantas están libres de sufrimientos?-; a pesar de cualquier cosa que pensemos sobre sus espacios atravesados por la radiación de las estrellas, alrededor de las cuales se empieza a descubrir algunos planetas -¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe-; a pesar de cualquier cosa que pensáramos sobre este teatro inmenso, para el cual tenemos un billete de entrada pero su vigencia es ridículamente corta, limitada por dos fechas decisivas; a pesar de no sé qué cosa más que pudiéramos pensar sobre este mundo: es asombroso.

Pero en la expresión ``asombroso'' se esconde una trampa lógica. Nos causa asombro lo que sobresale de la norma conocida y comúnmente aceptada, de una obviedad a la cual estamos acostumbrados. Pues bien, un mundo así, obvio, no existe. Nuestro asombro es autónomo y no procede de ninguna comparación de ningún tipo.

De acuerdo, en el habla cotidiana, la cual no recapacita sobre cada palabra, usamos expresiones como ``la vida común'', ``los acontecimientos comunes''... Sin embargo, en la lengua de la poesía, donde se pesa cada palabra, ya nada es común. Ninguna piedra y ninguna nube sobre esa piedra. Ningún día y ninguna noche que le suceda. Y sobre todo, ninguna existencia particular en este mundo.

Todo indica que los poetas tendrán siempre mucho trabajo.

Fuente:http://sergiomansilla.com/revista/aula/lecturas/articulo_95.shtml 

lunes, 2 de enero de 2017

Recordar _ Jorge Zalamea

(Santafé de Bogotá, 1905 - 1969) Escritor, ensayista, poeta y diplomático colombiano. Realizó sus estudios en el Gimnasio Moderno y en la Escuela Militar, después de lo cual, formó parte del grupo Los Nuevos, que buscaba renovar la literatura y la política colombianas. Unido a una compañía de comediantes, viajó por Centroamérica durante los años 1926 1927, y luego pasó a España, Francia e Inglaterra.


Jorge Zalamea
A su regreso a Colombia ocupó algunos cargos públicos bajo el gobierno de Alfonso López Pumarejo tales como, secretario del ministerio de Educación, director de la comisión de Cultura Aldeana, secretario general de la Presidencia de la República. En el campo diplomático realizó funciones de embajador en México e Italia y, en calidad de secretario del Consejo Mundial de la Paz, recorrió entre 1952 y 1959 Europa, Medio Oriente y la India. Ganó en Cuba el premio Casa de las Américas (1965) con su obra La poesía ignorada y olvidada, y en 1968 recibió el Premio Lenin de la Paz.
Jorge Zalamea es considerado como el escritor más polémico de su época. Tuvo una interpretación muy característica de la cultura y del quehacer del intelectual, según la cual, las cuestiones fundamentales de la cultura no se cierran en el orden ideal y superior del espíritu, sino que son de índole social y están ligadas íntimamente a los asuntos materiales, como la tenencia de la tierra, el trabajo, la propiedad privada.
La cultura, según él, no consiste en especulaciones filosóficas traducidas del alemán, sino en garantizar autonomía económica a los ciudadanos, hacerlos responsables de su vida y propiedad y darles ocasión de que se gobiernen a sí mismos como hombres libres. Porque "un pueblo económicamente enfermo no puede producir cultura". Creía indispensable la creación de una literatura más afín con el gusto de las masas, y se esforzó por rescatar el contacto perdido entre el escritor y el pueblo.
En su producción literaria se pueden distinguir obras poéticas como La metamorfosis de su Excelencia (1949, poema de temática política, en donde imagina el drama de un dictador que toma conciencia de su crueldad); El gran Burudún-Burundá ha muerto (1952, otro poema sobre la tiranía, quizás el más apreciado de toda su obra); El sueño de las escalinatas (concebido inicialmente a orillas del Ganges, en la India, en 1957, pero que vio la luz definitiva en 1964; en él la miseria del pueblo se enfrenta al colonialismo imperialista en contra del cual se entabla un proceso).
Entre las varias obras de teatro escritas por él son dignas de mención algunas como El regreso de Eva (1927), El rapto de las Sabinas (1941), Pastoral (1941), El hostal de Belén (1941). Su producción ensayística comprende títulos como La vida maravillosa de los libros (1941), Minerva en la rueca (1949) o Nueve artistas colombianos. Escribió además Introducción al arte prehistórico e Infancia y adolescencia de un joven aprendiz de escritor (1963, obra de carácter autobiográfico).
En 1975 se editaron algunos de sus poemas inéditos bajo el título Cantos y, en 1978, el Instituto Colombiano de Cultura recopiló en la obra Literatura, política y arte buena parte de su obra. Otro aspecto fundamental de Jorge Zalamea fue su faceta como traductor. Especial interés reviste la traducción del poeta y diplomático francés -nacido en Guadalupe- Saint-John Perse, de la que se ha dicho que incluso el propio autor, conocedor también del castellano, declaró que en algunos pasajes la traducción de Zalamea superaba la calidad poética de los originales. También tradujo a Dimitri S. Merejhkovski, Jean Paul Sartre, T. S. Eliot, Paul Valery y William Faulkner.
Fuente:http://www.biografiasyvidas.com/biografia/z/zalamea.htm 

domingo, 4 de diciembre de 2016

Que maestra es la muerte cuando pasa! _ Gerardo S.

Cordial saludo.
Compartimos este texto que nos llegó de  Gerardo Sánchez, vía email a elgavieroperiodcioliterario@gmail.com

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Con profundo respeto y mágico dolor, en archivo adjunto les comparto mis anotaciones sobre una gran lección!

Gerardo S.

Que maestra es la muerte cuando pasa!


Hay señales individuales que nos llegan desde el universo todos los días y hay señales colectivas como la gran tragedia de los hermanos Chapecoenses en nuestro suelo, que para decir de una vez , es una trágica señal de aprendizaje colectiva,  que en lo social para todos los del Si y los del No y en especial para nosotros los futbolistas y dentro de ellos los verdes , los rojos, los azules y los amarillos etc,etc !.


Para algunos es una verdad que el futbol es una gran maquinaria de distracción mundial de consumo, que nos encierra y nos avasalla. Aunque en medio del alborozo y el llanto,  según sean los resultados de nuestro equipo, desbordamos esas pasiones ilimitadamente. Nadie para,  la fuerza de una afición narcotizada que ondeando bandera ,  en el sin sentido de la euforia efímera, que termina con el pitazo final de un partido de futbol, destruyendo una ciudad, y dejando cada vez más lejos la cultura ancestral ya lejana de recordar, esa insufladora  de principios queridos para vivir en armónica celebración por la vida. Cada vez esa fuerza indomable de las aficiones revienta más y más cabezales,  y pareciera que se acrecentara  burbujeante el odio entre las barras, para salir abruptamente después de los partidos   a terminar por destruir todo a su paso sin importar ni respetar  humanidad alguna, por el solo hecho de un golazo de James o de Falcao, que más dá, o porque el árbitro hijueputa se le robo un gol a Yepes etc, etc! Algo drástico tiene que hacerse para parar estas manifestaciones guerreristas entre todos los aficionados al futbol!


Del mismo modo en el tema social, cuando venimos los Colombianos de más de 100 años en guerra y no tenemos ni idea que es la paz, no la conocemos ni la conocieron nuestros padres, pues se ocurren algunas preguntas como : Será posible llegar a alguna parte si no sabemos para dónde vamos? Será posible conseguir ese estado cuando las coordenadas de cada uno son  distintas? Será que como en la famosa historia bíblica de la torre de babel,  de la misma manera nos encontramos todos cada vez más confundidos y lo peor que cada ser humano lo vemos tratando de imponer su verdad y su ego al frente de cada sustentación,  a veces atestada de venganza  y menosprecio por la verdad del otro? Y esto lo asevero cuando en este tema de la paz todos decimos tener la razón porque nuestra buena intención es alcanzarla? Y entonces porque estamos peleando?  Porque ese odio si al fin todos estamos buscando la paz? Muy sencillo, porque cada uno la entiende y la pide desde ópticas y sentires diferentes, estamos trabados, locos, narcotizados también como en el futbol!


Entonces lo de las señales colectivas, lo de la desaparición trágica de 71 personas,  71 hermanos ahora si! (no enemigos, ni contrincantes), nos compete directamente a nosotros,  como pueblo embelesado y dormido, con el narcótico nefasto de una pócima letal,  que cada campeonato nos entrega,  en vísperas de la navidad, dueña del ruido,  la pólvora, el vicio y el desenfreno! Es la cultura de la guerra, y de la escandalosa algarabía de una falsa y pírrica felicidad, que se termina con la noche.


Nadie pararía esto pareciera! Pero llegó la muerte y nos visitó con su azarosa guadaña de tristeza y llanto. Entonces surge una pregunta desde adentro, de mi interno, ¿Será que solo la muerte cuando se aparece, nos pone a reconsiderar sobre la vida? Y que cuando llega, va convirtiendo ese gran dolor en algo mágico,  como es lo de  sentir  la expansión del amor entre hermanos y el abrazo solidario nos embarga y se acaba la infernal competencia,  madre de la división y de la guerra? Será por eso que no me gusta para nada la palabra “división del futbol Colombiano”? El enemigo en la cancha? Es un partido a muerte? O el balazo, o cañonazo del cobrador? O lo fusiló de un zapatazo? Tiro de esquina, área de candela, ley de ventaja, pena máxima etc, que es esto? No es el lenguaje viperino que es la misma apología de la guerra, de la pelea a muerte? Basta oír a un grupo de comentaristas radiales, “maestros  todos”,  invitando a la batalla entre los equipos y la afición manipulada,  con los preámbulos fatales y grotescos de un acontecimiento mortal, tal como los del coliseo romano en tiempos de Nerón.


Y en el país, agobiado por la desazón política que producen las eternas peleas entre los del NO (ó de la guerra),  y los del SI (ó de la paz), que se baten en tenaz lucha politiquera,  como hambrientos coyotes pegados de la hilacha, en cada lado de los Acuerdos de la Habana;  en los campos como siempre,  siguen cayendo atravesados por balas invisibles pero letales,  los pobres campesinos, representantes del olvido, de la escasez y la injusticia Colombiana!


Pero tenía que llegar y llegó la dolorosa lección! Este dramático momento de aprendizaje colectivo , el que hemos vivido con esta tragedia, en la que nuestros hermanos de Brasil y Bolivia, jóvenes que vinieron  a dejar el corazón en la cancha lo sembraron al morir en nuestras verdes montañas, y como refulgentes rayos de luz, de conciencia, nos enlazan con sus cuerpos en una danza solidaria y mágica, donde la expresión amorosa de todos los habitantes de esta villa deportiva se despierta para confundirse entre las lágrimas de los que han partido y el llanto dulce de una nueva familia suramericana que renace, con tanta fuerza, con tanta gana que nos sentimos todos ya, como hijos de la tierra sin fronteras, como una nueva familia expandida y grande!


Tuvimos que sentir la muerte dentro del alma nuestra,  para reaccionar y frenar ese descarrilado tren de la euforia sin sentido,  que nos está matando el alma colectiva! Gracias pueblo hermano de Chapeco, nunca te olvidaremos, por la valiosa semilla de paz que acabas de sembrar en nuestro suelo latinoamericano! La necesitamos tanto, tanto! No solo en el deporte para que no sea más un brutal campo de batalla, sino en toda Latinoamérica para dejar que entre nuestra paz esquiva y anhelada! Este abrazo agridulce que hoy nos damos, partió nuestra historia de divisiones y distancias, transformándolo en una sola camiseta, con la que ojalá mañana podamos vivir como jugando en la cancha de hermandad maravillosa de la tierra!!
Con profundo respeto y mágico dolor


G.S.

2 dic /16, Medellín

martes, 15 de noviembre de 2016

Fernando Cuartas Acosta

 


 
Mi nombre es Fernando Cuartas Acosta. Nacido, si tal condición puede ser inscrita como el lugar donde se recorrieron las primeras calles y se tuvieron los primeros amores, en el municipio de Bello. Hace unas cuatro décadas y unos tres suspiros más. De una familia con siete hermanos una madre educadora y un padre, que ya salió para otra dimensión distinta a esta tierra, que era la cordialidad y las relaciones humanas con todo el vecindario. De ahí la lúdica, las trenzas comunicativas, el deseo de vivenciar los barrios, una poética de calles y laberínticas expresiones de ciudad.

He vivido25años con un proyecto editorial y revista llamada PUNTO SEGUIDO, al lado de John Sossa y su grupo de colaboradores. Miembro fundador de publicación y del trabajo divulgativo LABERINTO LUNARIO, de la Universidad Nacional. Cofundaddor del colectivo LUNA POPEMA ENCUENTRO, de la Universidad Nacional. Colaborador con grupos de cuenteros, con el taller de poesía TALLER DE LUNA, de la Universidad Nacional. Ha publicado en el Diario del Caribe, en el suplemento del Colombiano, en Vanguardia Liberal. Textos aparecen en la antología de POETAS EN ABRIL, de Luz Eugenia Sierra. La revista DUNGANON publico un plaquet con textos de Jonn Sossa, Jesús Rubén Pasos, Carlos Bedoya, Raúl Henao y Fernando Cuartas, dicha revista es de Suecia.

En la revista francesa OJO DE AGUIJON, aparece una antología de poemas. (Revista francesa 1989)
Asesor cultural y actuante con comunidades en proyectos de literatura infantil y juvenil.Con la casa de la cultura de Bello, con la casa de la cultura de Abejorral, Supía, Jardín, Santo Domingo, entre otras.
Proyectos lúdicos con el Jardín Botánico, con Barbosa, con Comunidades barriales, que ha permitido un buen recorrido de ciudad.

Trabaja actualmente en la Fonoteca de la Universidad Nacional, y desde hace varias décadas se desempeña dentro de la Biblioteca de dicha Universidad. Mantiene un programa radial (TALLER DE LUNA) en la emisora U.N. Radio.

fuente:http://www.viztaz.com.co/litera/autores/bc/cuartasaco.html

lunes, 7 de noviembre de 2016

Yo me muero después de que lo maten_ Jarameo Jairo Arango Mesa

Réquiem aeternam dona ei Domine. Et lux perpetua luceat ei. Requiescat in pace.

Yo me muero después de que lo maten.

Dijo el abuelo y se sentó en la mecedora de mimbre, cruzó sus piernas y en ellas colocó sus manos, giró su cabeza hacia a la derecha y, su sombrero negro se ladeó levemente; tenía emboquillado un tabaquillo “114” y en sus ojos ocultaba una tristeza insondable que colgó en el silencio de aquel instante. Aquella imagen, la de un hombre bondadoso de manos recias y fuertes, que en los días de guarda, siempre llevaba zapatillas negras charoladas, sombrero negro, un pantalón negro y una camisa blanca de cuello y puños almidonados, se quedó incrustada en lo mas profundos de mi memoria.

Ese día, día de diciembre, un domingo de verano, a las dos de la tarde me acuerdo muy bien, por el canto desentonado del cucú de la sala, de  cómo exploré con mis manos de niña su bolsillo derecho y allí encontré los dulces, él siempre los traía después de ir y venir del servicio religioso, yo era entonces su niña guapa: si estaba trabajando con caliza yo le pasaba el recipiente con el agua, si  clavaba  yo sostenía la caja de clavos, si recorría la madera con sus dientes de metal, yo recogía el aserrín y si estaba midiendo yo le pasaba la escuadra, el metro o el nivel.

 La tarde de aquel día no se vio, no la recuerdo, solo se quedaron las primeras horas de la noche cuando el sol se disipó en el horizonte y las sombras se recostaron sobre los tejados de las casas, y las lámparas del alumbrado publico,  difusas y esquivas, empezaron alumbrar poco a poco las calles, los frontones de colores y las paredes blancas de las casas, el silencio acordonaba por aquel entonces las noches del barrio, solo escuchaba mis pensamientos y  las palabras sueltas de mis sueños despiertos, y de vez en cuando, muy lejos, el lamento de una traición en ritmo de milonga, que cuando la escucho, al pasar por cualquiera de las cantinas de mi barrio, me trae este recuerdo que se me ha pegado a la memoria  como una sombra perdida de mi pasado.

Un resplandor.
Una explosión.  
Segundo resplandor.
Segunda explosión.

Fueron dos tiros de máuser, luego, con los años me enteré.

_Mataron a Gabriel _Pronunció con vos seca y grabe el abuelo.

El abuelo estaba en su mecedora de mimbre; entonces, agachó la cabeza sobre su pecho y ocultó el rostro debajo del sombrero negro.

Las tres hermanas, mis tías, en camisones blancos, desmaquilladas y despeinadas, salieron corriendo de la habitación donde se encontraba el gabinete de los espejos, habían escuchado la voz recia del abuelo y se enrumbaron en dirección  a la calle donde sonaron los dos tiros, y detrás de ellas la abuela con su traje blanco, su delantal de cocina y el trapo para secar los platos.

_ Señora, no lo toque_ ordenó un hombre armado

_ Este fue un vicioso de la marihuana y el bazuco- dijo el segundo hombre armado

_ Le llegó el turno señora, estamos en limpieza social_ Concluyó el tercer hombre armado

__ ¿Qué no lo Toque? Acaso es un perro sin familia. Este es mi hijo Gabriel y si lo acaricio, ustedes verán que van hacer con tantos muertos.

Fue tanta la decisión en la voz de la abuela, que los encapuchados armados se encogieron en su silencio mientras se retiraban de aquel lugar.

_ ¡Uno decide lo que va ser en su vida, él no le hacia mal a nadie!_ Les gritó  la abuela con vos fuerte y descompuesta, cargada de dolor.

_ ¡Uno decide lo que va ser con su vida, él no le hacia mal a nadie!_ Gritó de nuevo  la abuela.

Mi tía, la mayor llegó con una sabana blanca y entre las cuatro colocaron en ella el cuerpo sin vida de mi tío Gabriel, luego, empuñaron los cuatro extremos de aquel manto, y empezaron un desfile fúnebre alucinante hacia la casa. Sus figuras se trasformaron en cuerpos sin cabezas, la luz rebotaba solo en  sus vestidos blancos y el tío Gabriel venía con su cara  serena, como si estuviera dormido.

El abuelo, inalterable, seguía en un estado de resignación, inmóvil, todavía con las piernas cruzadas y sus manos amarradas con sus dedos a la rodilla montada, sus zapatos, pantalón y sombrero contrastaban con el blanco impecable de su camisa; me acuerdo muy bien de aquella figura, que con el tiempo se me fue convirtiendo en un cuadro que llegó a simbolizar para mi la entereza y el coraje

_! Hay Gabrielito, tanto que te decía: ¡un día de estos te van a matar! _ aulló la Mayor

_ ¡Uno se muere de lo que le de la gana¡ ¡De lo que le de la gana!_ chilló la menor  con su voz aguda y disonante

_! A uno no se le mata así no mas, culpándolo de malo, cuando no se le  hace mal a nadie ¡_ y a continuación_ ¡Mundo desgraciado este del bien y del mal! _ vociferó la del medio.

Aquel cortejo fúnebre: de sábana blanca, de ropas blancas y de manos salpicadas con la sangre de Gabriel, descendió hacia la casa con un llanto alterado, acompañado de gritos y palabras incoherentes, y de rostros, que con sus gestos entregaban ese dolor que se estremece con la ausencia.

_Mataron a Gabriel_ Dijo la primera sombra

_Mataron al mono _ Exclamo la segunda sombra

__Mataron a Gabrielito_ Grito la beata

__ Escóndase mijo que mataron a ricitos de oro y de pronto empieza otra balacera_ Dijo una madre

_ ¡Mataron a Gabriel! ¡Mataron a Gabriel!  ¡Mataron a Gabriel! _ corearon varias voces como un eco saltando de ventana en ventana y de puerta en puerta.

Muchos escuchaban, se quedaron callados dando oídos a algo que no parecía ser sino un eco enroscado dentro de otro eco y que producía una especie de fárrago de voces, un retumbo escapado y atajado.

Cuando llegaron los de la policía y los de la funeraria, se llevaron a Gabriel para la azotea; a continuación, llegó un ataúd morado con ventanilla de vidrio trasparente, después empezaron a colocar las coronas de flores, con cintas negras y letras amarillas con el nombre de Gabriel Crisóstomo Zapata Iriarte: 1965 -2006. Luego entraron los velones, largos y gruesos, con moños negros, y por ultimo, una imitación de la cruz y el santo sudario, los extremos de aquel manto caían como dos brazos vencidos. A eso de las  nueve de la noche bajaron el cajón y lo colocaron sobre la mesa del comedor que lucia su mejor mantel; entonces concluí que en él estaba Gabriel, y cuando pude encaramarme en un taburete: vi su cara coloreada, sus labios pintados, sus risos monos alisados, sus ojos cerrados con unas pestañas que no eran las suyas y por ultimo vi su cara rolliza, que parecía hinchada, casi no lo reconozco.

Poco a poco fueron llegando, primero los vecinos y luego la familia que venía de los pueblos vecinos: primos, tíos, hermanos, sobrinos  y mucha gente mas que traían las imágenes del recuerdo, en especial aquellas cuando él calzaba los guayos del equipo del barrio; eso fue antes de empezar su cambalache por otra vida sin apuros, con la ayuda de la mariguana, que lo acompañó hasta ese momento donde el hilo de la vida le fue cortado. Fueron veinte años de andar y hablar pausado, siempre con zapatos y pantalones blancos y sus camisas floridas de mangas anchas y desabrochadas en los dos primeros botones. Sus amigos mas cercanos siempre lo llamaron el “Camaján”. Entre la música que más le gustaba había una que se sabía de memoria y que muchas veces tarareaba cuando sus ojos se tornaban rojos, era el tango titulado: “Sangre Maleva”:


“La Boca, Avellaneda, Barracas, Puente Alsina,
el bajo de Belgrano y en el mismo arrabal
fue siempre respetado el zurdo Cruz Medina,
por ser un buen amigo, muy noble y servicial.
Fue hombre entre los hombres, fue taita entre matones,
pasó su vida breve allá en el arrabal
donde se oyó de noche la ronda de botones
y en un café del barrio solloza un bandoneón.” *2


De pronto, una de las auxiliares de la sacristía de la parroquia, empezó a enunciar frases que aún retumban sin sentido en mis oídos.

“_ ¡Ave María purísima! _ la auxiliar

_ ¡Sin pecado concebida! _ el primer coro

_ En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amen_ el segundo coro

_ Este Novenario lo ofrecemos por el eterno descanso del alma de nuestro hermano Gabriel en los brazos del Señor Jesús_ la auxiliar

  _ Por la señal de la santa cruz, de nuestros enemigos... _Todos juntos.

  _ Señor, Tú nos lo habías dado para que fuera nuestra compañía y nuestro consuelo y ahora lo has llevado a tu lado. Te lo devolvemos sin quejas y aunque nuestros corazones estén desgarrados por el dolor, nos complace aceptar tu santa voluntad. Tú nos lo diste, Tú te lo llevas._ la auxiliar

Amén. _Los dos coros

_Piadoso Jesús, Señor y Dios nuestro concédele a nuestro  hermano Gabriel el perdón de sus pecados y dale el descanso eterno. _la auxiliar.

_Amén.” _los dos coros

Mi tía la del medio, que estaba estudiando en la universidad, siempre me decía que eso del pecado era pura imaginación, que eso eran cuentos de los ricos para someter a los pobres. Y  hoy, con mis años de mujer madura creo entender aquellos reproches.

El abuelo seguía sentado en su silla de mimbre, en silencio y con su sombrero tapándole la cara. Todos se le acercaron y le expresaron un sentido pésame, él no contestó, él fue un hombre de pocas palabras. Las mujeres hicieron una genuflexión ante su presencia de patriarca, se santiguaron y se retiraron en silencio hacia la sala de los rezos.

Yo quería enterarme de todo lo que estaba pasando en la casa, era mi primer  muerto , y no entendía porque las mujeres estaban tristes, si el tío Gabriel tenia cara de contento,  y pensé que él se alegraba por aquella reunión  de tanta gente, que no hacia si no hablar de él; de lo buena gente que era: que servicial, que caritativo, que acomedido, que no le quitaba un peso a nadie, que siempre estaba donde había un enfermo o el dolor ajeno, que cuidaba a lo viejos que se quedaban solos, en fin, tantas cosas se hablaron y hablaron que perdí el hilo de aquel reguero de bondades.

Los hombres se habían retirado a la azotea, algunos recordaban el quiebre de su pie izquierdo para manejar el balón, otros miraban detenidamente el firmamento fumándose su cigarrillo Piel Roja y lanzando fumarolas al viento, otros bebían de una botella de licor y  no logré escuchar las palabras que pronunciaban, entre ellos estaba mi primo Jorge Mesa, que no podía ocultar en su semblante una rabia que le apretaba el rostro y lo hacía lagrimar.

_ ¡Hay Gabrielito la falta que me vas hacer! – exclamo mi tía la mayor, lanzó un suspiro y se desmayó.

Esta si fue la mejor: un _ ¡Huy¡ _en coro y cinco mujeres corriendo a socorrerla antes de que tocara tierra, pero siempre se pegó su batacazo contra el piso. La tomaron de los brazos y la cintura y se la llevaron para la alcoba de los abuelos; con agüita hervida azucarada y emulsión de hierbabuena, la fueron volviendo a la vida. _ ¡Que sobresalto!_  yo creí que los muertos en la familia se nos iban a venir de seguido.

La noche se fue deslizando, traía y llevaba aquel bisbiseo de voces, que como  un zumbo de abejones se fue gastando con las horas que se majaban lentamente. Las mujeres se turnaron, unas a dormir y a rezar las otras. La aurora se fue mostrando en el horizonte, yo me había acostado al lado de mi abuelo, nadie se percató de mi ausencia, yo quería estar a su lado aquella noche, lo raro fue que desde que pronunció la frase _ Mataron a Gabriel_ no quiso hablar con nadie, ni conmigo. El sol entró alborotando el día, entonces repartieron chocolate caliente con pan de leche enroscado; mi tía la de medio le llevó el chocolate caliente al abuelo que no había probado bocado desde el día anterior.

_ Apá… tómese su chocolate que enseguida viene el párroco a celebrar la misa y después nos vamos para el cementerio_ Lo dijo con una voz cariñosa que aún recuerdo

 _ Vea, Apá… despierte para que se bañe y se cambie de ropa_ El abuelo seguía inmóvil, con su sombrero negro tapándole la cara, no contestó, entonces mi tía le levantó el sombrero y lanzo un _ ¡hay!  _que recorrió la casa y toda la calle donde vivíamos, el grito y al suelo… se desmayó. El primero que llegó fue mi primo Jorge Mesa, vio el rostro pálido  del abuelo y comprendió que hacia mucho rato había muerto. Cuando llegaron mis tías y varios de los que participaban del velorio, entonces, el primo tapó nuevamente la cara del abuelo con su sombrero negro.

_   El abuelo esta muerto_ lo dijo lentamente, hincó una de sus rodillas sobre el piso y besó las manos de aquel patriarca que había cumplido con su palabra hasta el día de su muerte _ ¡Yo me muero después de que lo maten! _

El sobresalto fue mayúsculo, las honras fúnebres se prolongaron hasta el día siguiente, la ventanilla del tío, fue sellada, seguramente ya se veía su cuerpo fermentado; entonces, aquel remolino de sucesos  y el ajetreo de los presentes casi se convierte en el acabose. El Tío Gabriel pasó a ser un ser de segundo plano, y arrancaron de nuevo con el sartal de oraciones por el alma del abuelo que era la que quedaba viva y que tenía que rendir cuentas al Eterno, asunto que me confundió y me llevó a creer que todo aquello era un disparate, pues el  abuelo no tenia que rendirle cuentas a nadie, si no se las rindió a ninguno en vida, entonces en el silencio no suenan las palabras, y además el abuelo ya no tenía pensamientos, según decía mi tía la del medio.

El caso fue: dos noches de trasnocho, dos muertos, dos misas, dos rezos y un entierro en dos fosas separadas. Los trajes negros se lucieron en aquellos nueve días dedicados a rezar por el alma de los muertos, aquellas noches se prolongaron cuando se rezaron dos novenas por día, una seguida de la otra, primero por mi tío y después por el abuelo, de acuerdo al orden de los hechos.

Todo fue volviendo a la rutina después del espectáculo de las novenas, de los tintos, de las aguas aromáticas, de los pancitos de leche enroscados y alguno que otro lamento incontrolable.  La única que no dijo ni mu fue la abuela, su silencio, su mirada altiva y firme nos fue acomodando en esta realidad de vivir y morir.

Los días fueron llegando y se fueron marchando, todo se convertía en pasado y el presente fue aflojando las amarras de los acontecimientos que se avecinaban para la familia; el futuro es un sueño decía mi primo, pero yo me pregunto si no tiene que ver mucho con el pasado donde uno se ha formado, apuntalado en un presente lleno de ideas consecuentes con las acciones que uno realiza._ ¡Opa!... _se me fue la mano…

De mi primo y mi tía del medio no se sabe nada  hasta el día de hoy, algunos dicen que están en uno de los grupos alzados en armas o desaparecido por los “Para” o en algunas fosas comunes o perdidos en las profundidades de uno de tantos ríos donde descasan los cuerpos de los desaparecidos.

Jarameo