viernes, 11 de enero de 2013

EL ELOGIO DE LA DIFICULTAD ...


Por: Estanislao Zuleta.

La pobreza y la impotencia de la imaginación nunca se manifiestan de una manera tan clara como cuando se trata de imaginar la felicidad. Entonces comenzamos a inventar paraísos, islas afortunadas, países de Cucaña. Una vida sin riesgos, sin lucha, sin búsqueda de superación y sin muerte. Y por lo tanto también sin carencias y sin deseo: un océano de mermelada sagrada, una eternidad de aburrición. Metas afortunadamente inalcanzables, paraísos afortunadamente inexistentes.


Todas estas fantasías serían inocentes e inocuas, si no fuera porque constituyen el modelo de nuestros propósitos y de nuestros anhelos en la vida práctica.

Aquí mismo, en los proyectos de la existencia cotidiana, más acá del reino de las mentiras eternas, introducimos también el ideal tonto de la seguridad garantizada, de las reconciliaciones totales, de las soluciones definitivas. Puede decirse que nuestro problema no consiste ni principalmente en que no seamos capaces de conquistar lo que nos proponemos, sino en aquello que nos proponemos; que nuestra desgracia no está tanto en la frustración de nuestros deseos, como en la forma misma de desear.


Deseamos mal. En lugar de desear una relación humana inquietante, compleja y perdible, que estimule nuestra capacidad de luchar y nos obligue a cambiar, deseamos un idilio sin sombras y sin peligros, un nido de amor y por lo tanto, en última instancia un retorno al huevo. En vez de desear una sociedad en la que sea realizable y necesario trabajar arduamente para hacer efectivas nuestras posibilidades, deseamos un mundo de satisfacción, una monstruosa salacuna de abundancia pasivamente recibida. En lugar de desear una filosofía llena de incógnitas y preguntas abiertas, queremos poseer una doctrina global, capaz de dar cuenta de todo, revelada por espíritus que nunca han existido o por caudillos que desgraciadamente sí han existido.


El otro, el enemigo
Adán y sobre todo Eva, tienen el mérito original de habernos liberado del paraíso, nuestro pecado es que anhelamos regresar a él.

Desconfiemos de las mañanas radiantes en las que se inicia un reino milenario. Son muy conocidos en la historia, desde la antigüedad hasta hoy, los horrores a los que pueden y suelen entregarse los partidos provistos de una verdad y de una meta absolutas, las iglesias cuyos miembros han sido alcanzados por la gracia -por la desgracia- de alguna revelación. El estudio de la vida social y de la vida personal nos enseña cuán próximos se encuentran una de otro la idealización y el terror. La idealización del fin, de la meta y el terror de los medios que procurarán su conquista.

Quienes de esta manera tratan de someter la realidad al ideal, entran inevitablemente en una concepción paranoide de la verdad; en un sistema de pensamiento tal, que los que se atrevieran a objetar algo quedan inmediatamente sometidos a la interpretación totalitaria: sus argumentos no son argumentos, sino solamente síntomas de una naturaleza dañada o bien máscaras de malignos propósitos.

En lugar de discutir un razonamiento se le reduce a un juicio de pertenencia al otro –y el otro es, en este sistema, sinónimo de enemigo-, o se procede a un juicio de intenciones. Y este sistema se desarrolla peligrosamente hasta el punto en que ya no solamente rechaza toda oposición, sino también toda diferencia: el que no está conmigo está contra mí, y el que no está completamente conmigo, no está conmigo. Así como hay, según Kant, un verdadero abismo de la Razón que consiste en la petición de un fundamento último e incondicionado de todas las cosas, así también hay un verdadero abismo de la Acción, que consiste en la exigencia de una entrega total a la causa absoluta y concibe toda duda y toda crítica como traición o como agresión.

Ahora sabemos por una amarga experiencia, que este abismo de la acción, con sus guerras santas y sus orgías de fraternidad no es una característica exlusiva de ciertas épocas del pasado o de civilizaciones atrasadas en el desarrollo científico y técnico; que puede funcionar muy bien y desplegar todos sus efectos sin abolir una gran capacidad de inventiva y una eficacia macabra. Sabemos que ningún origen filosóficamente elevado o supuestamente divino inmuniza una doctrina contra el riesgo de caer en la interpretación propia de la lógica paranoide que afirma un discurso particular - todos lo son - como la designación misma de la realidad y los otros como ceguera o mentira.

El atractivo terrible que poseen las formaciones colectivas que se embriagan con la promesa de una comunidad humana no problemática, basada en una palabra infalible, consiste en que suprimen la indecisión y la duda, la necesidad de pensar por si mismo, otorgan a sus miembros una identidad exaltada por participación, separan un interior bueno - el grupo - y un exterior amenazador.


Ausencia de respeto.
Así como se ahorra sin duda la angustia, se distribuye mágicamente la ambivalencia en un amor por lo propio y un odio por lo extraño y se produce la más grande simplificación de la vida, la más espantosa facilidad. Y cuando digo facilidad, no ignoro ni olvido que precisamente este tipo de formaciones colectivas se caracterizan por una inaudita capacidad de entrega y sacrificios; que sus miembros aceptan y desean el heroísmo, cuando no aspiran a la palma del martirio.

Facilidad, sin embargo, porque lo que el hombre teme por encima de todo no es la muerte y el sufrimiento, en los que tantas veces se refugia, sino la angustia que genera la necesidad de ponerse en cuestión, de combinar el entusiasmo y la crítica, el amor y el respeto.

Un síntoma inequívoco de la dominación de las ideologías proféticas y de los grupos que las generan o que someten a su lógica doctrinas que les fueron extrañas en su origen, es el descrédito en que cae el concepto de respeto. No se quiere saber nada del respeto, ni de la reciprocidad, ni de la vigencia de normas universales. Estos valores aparecen más bien como males menores propios de un resignado escepticismo, como signos de que se ha abdicado a las más caras esperanzas. Porque el respeto y las normas sólo adquieren vigencia allí donde el amor, el entusiasmo, la entrega total a la gran misión, ya no pueden aspirar a determinar las relaciones humanas. Y como el respeto es siempre el respeto a la diferencia, sólo puede afirmarse allí donde ya no se cree que la diferencia pueda disolverse en una comunidad exaltada, transparente y espontánea, o en una fusión amorosa.


No se puede respetar el pensamiento del otro, tomarlo seriamente en consideración, someterlo a sus consecuencias, ejercer sobre él una crítica, válida también en principio para el pensamiento propio, cuando se habla desde la verdad misma, cuando creemos que la verdad habla por nuestra boca; porque entonces el pensamiento del otro sólo puede ser error o mala fe; y el hecho mismo de su diferencia con nuestra verdad es prueba contundente de su falsedad, sin que se requiera ninguna otra.

Nuestro saber es el mapa de la realidad y toda línea que se separe de él solo puede ser imaginaria o algo peor: voluntariamente torcida por inconfesables intereses.
Desde la concepción apocalíptica de la historia, las normas y las leyes de cualquier tipo son vistas como algo demasiado abstracto y mezquino frente a la gran tarea de realizar el ideal y de encarnar la Promesa; y por lo tanto, sólo se reclaman y se valoran cuando ya no se cree en la misión incondicionada.

Pero lo que ocurre cuando sobreviene la gran desidealización, no es generalmente que se aprenda a valorar positivamente lo que tan alegremente se había desechado o estimado sólo negativamente; lo que se produce entonces, casi siempre, es una verdadera ola de pesimismo, escepticismo y realismo cínico. Se olvida entonces que la crítica a una sociedad injusta, basada en la explotación y en la dominación de clase, era fundamentalmente correcta y que el combate por una organización social racional e igualitaria sigue siendo necesaria y urgente. A la desidealización sucede el arribismo individualista, que además piensa que ha superado toda moral por el sólo hecho de que ha abandonado toda esperanza de una vida cualitativamente superior.


Esencialismo y Circunstacialismo.
Lo más difícil, lo más importante, lo más necesario, lo que de todos modos hay que intentar, es conservar la voluntad de luchar por una sociedad diferente sin caer en la interpretación paranoide de la lucha. Lo difícil, pero también lo esencial es valorar positivamente el respeto y la diferencia, no como un mal menor y un hecho inevitable, sino como lo que enriquece la vida e impulsa la creación y el pensamiento, como aquello sin lo cual una imaginaria comunidad de los justos cantaría el eterno hosana del aburrimiento satisfecho.

Hay que poner un gran signo de interrogación sobre el valor de lo fácil; no solamente sobre sus consecuencias, sino sobre la cosa misma, sobre la predilección por todo aquello que no exige de nosotros ninguna superación, ni nos pone en cuestión, ni nos obliga a desplegar nuestras posibilidades.

Hay que observar con cuanta desgraciada frecuencia nos otorgamos a nosotros mismos, en la vida personal y colectiva, la triste facilidad de ejercer lo que llamaré una no reciprocidad lógica; es decir el empleo de un método explicativo completamente diferente cuando se trata de dar cuenta de los problemas, los fracasos y los errores propios y los del otro cuando es adversario o cuando disputamos con él.

En el caso del otro aplicamos el esencialismo: lo que ha hecho, lo que le ha pasado es una manifestación de su ser más profundo; en nuestro caso aplicamos el circunstancialismo, de manera que aún los mismos fenómenos se explican por las circunstancias adversas, por alguna desgraciada coyuntura. El es así; yo me vi obligado. El cosechó lo que había sembrado; yo no pude evitar este resultado. El Discurso del otro no es más que un síntoma de sus particularidades, de su raza, de su sexo, de su neurosis, de sus intereses egoístas; el mío es una simple constatación de los hechos y una deducción lógica de sus consecuencias. Preferiríamos que nuestra causa se juzgue por los propósitos y la adversaria por los resultados.

Y cuando de este modo nos empeñamos en ejercer esa no reciprocidad lógica que es siempre una doble falsificación, no sólo irrespetamos al otro, sino también a nosotros mismos, puesto que nos negamos a pensar efectivamente el proceso que estamos viviendo.

La difícil tarea de aplicar un mismo método explicativo y crítico a nuestra posición y a la opuesta no significa desde luego que consideremos equivalentes las doctrinas, las metas y los intereses de las personas, los partidos, las clases y las naciones en conflicto. Significa por el contrario que tenemos suficiente confianza en la superioridad de la causa que defendemos, como para estar seguros de que no necesita, ni le conviene esa doble falsificación con la cual, en verdad, podría defenderse cualquier cosa.

La voz de Fausto.
En el carnaval de miseria y derroche propio del capitalismo tardío se oyen, a la vez lejanas y urgentes, las voces de Goethe y Marx que nos convocaron a un trabajo creador, difícil, capaz de situar al individuo concreto a la altura de las conquistas de la humanidad.

Dostoievski, nos enseñó a mirar hasta donde van las tentaciones de tener una fácil relación interhumana: van no solo en el sentido de buscar el poder, ya que si no se puede lograr una amistad respetuosa en una empresa común se produce lo que Bahro llama intereses compensatorios: la búsqueda de amos, el deseo de ser vasallos, el anhelo de encontrar a alguien que nos libere de una vez por todas del cuidado de que nuestra vida tenga un sentido. Dostoievski entendió, hace más de un siglo, que la dificultad de nuestra liberación procede de nuestro amor a las cadenas. Amamos las cadenas, los amos, las seguridades porque nos evitan la angustia de la razón.

Pero en medio del pesimismo de nuestra época se sigue desarrollando el pensamiento histórico, el sicoanálisis, la antropología, el marxismo, el arte y la literatura. En medio del pesimismo de nuestra época surge la lucha de los proletarios que ya saben que un trabajo insensato no se paga con nada, ni con automóviles ni con televisores; surge la rebelión magnífica de las mujeres que no aceptan una situación de inferioridad a cambio de halagos y protecciones; surge la insurrección desesperada de los jóvenes que no pueden aceptar el destino que se les ha fabricado.


Este enfoque nuevo nos permite decir como Fausto:

“También esta noche, Tierra, permaneciste firme.
Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor.
Y alientas otra vez en mí la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia”. 

jueves, 10 de enero de 2013

Quiero ser Gato... Juan José Botero





Si Dios dijera:
 Ven acá, Juancho.
 dime que quieres...
 ¿Quieres acaso
ser mucha cosa?
 o No ser algo?
 Quieres ser bueno?
 Quieres ser malo?
 Ser demonio?
 o Ser santo?
 ¿Quieres ser sabio,
 o Ser un tonto
de largo a largo?
 sin luz de genio,
 ¿Sin un centavo?

Quieres ser ave,
 águila o gallo,
 jilguero, mirla,
 torcaz o pato?
 Un lagartijo,
o un feo sapo,
 o algún cuadrúpedo...,
 Como el caballo?
 Quieres ser perro,
 Quieres ser asno.
 Quieres ser tigre,
 Quieres ser gato?



¡OH, Dios del cielo¡
Dios bueno y santo
 (le interrumpiera
 entusiasmado):
 Si acaso quieres
 servirme en algo;
 si de este pobre
 te has acordado;
 yo quiero hablarte
 claro muy claro.

Ser, lo que he sido
 no es de mi agrado.
 EI hombre pasa
 tantos trabajos 
 en este valle
de duelo y llanto.
 Si uno es pequeño,
 lo andan pisando;
 y es un estorbo
si acaso es alto;
 ser uno pobre,
malo muy malo:
 Si es uno rico,
 todo es cuidado.
Si feo ellas
no le hacen caso.

Y si bonito,
de uno es esclavo.
Si con las hembras
nos deslindamos,
¡Que desazones
las que pasamos!,
mas si , sucede
todo al contrario
y uno con ellas
se enreda...  ! Diablos!

En fin los hombres
sufrimos tanto
que en esta vida
 todo es trabajo...
 ¡Dios poderoso!
 ¡Dios bueno y santo!
 Yo le dijera
 con mucho acato:
 Si... acaso piensas
 servirme en algo,
 si aliviar quieres
 al pobre Juancho
 dándole un día
 algún descanso,
 no me hagas necio,
 pobre ni rico,
 bueno ni malo,
 bonito o feo,
 corto ni largo
 fiero demonio
 ni humilde santo.
 Sí, no me vuelvas
 águila o gallo,
 jilguero, mirla,
 torcaz o pato.
 ni lagartijo
 ni feo sapo,
 ni tan cuadrúpedo
 como el caballo.
  
¿Sabes, Dios mío,
 por lo que clamo?
 oye y perdona
 mi desacato.
 sin que lo tomes
 a gran pecado
 sin yo sentirlo..
 sin saber cuando,
 así... de pronto,  
 ¡VUELVEME GATO!.
  
Gato quiero ser;
 pero no gato de
 dos patitas
 y de dos manos.
 Gato de pelo
 de uñas y rabo,
 de cuatro patas
 y que haga ¡MIAU!.
  
Quiero ser libre
 no ser esclavo:
 vivir durmiendo
 en los tejados
 andando solo
 siempre robando.
 Sin afanarme
 por el mercado.
 ni por chaquetas,
 ni por calzado,
 ni por muchachas
 ni por Cristico
 ni por el Diablo;
 entrando a solas
 a las cocinas,
 donde hay guisados,
 y en los festines
 y en los saraos,
 comiendo todo
 lo de mi agrado...

De día durmiendo,
de noche andando
y por los zarzos,
y en las despensas,
que es un encanto...
Buenos chorizos,
quesos curados,
jamones, lenguas,
siempre tragando.

Luego de jira,
 salir al campo:
 y si deseo
 me da de pájaros,
 comerme uno
 dos, tres o cuatro
 volviendo alegre
 a mis tejados,
 donde el sol quiebra
 sus tibios rayos;
 y allí, al sonido
 de un dulce piano,
 echando al cuello
 mi fino rabo,
 sin la zozobra
 que afloja el animo,
 irme tendiendo
 de largo alargo,
 tan perezoso
 tan descuidado
 de las miserias
 de un mundo vano.

¿Habrá quién goce
 como los gatos?
 ¿Habrá quien viva
 tan descansado?
 ¿Y habrá quien coma
 tan sin trabajo?
 ¿Y habrá quien duerma
 tan sin cuidado?
 Si esta no es vida...
 mejor no hallo.

¡OH, Dios del cielo!
 Dios bueno y santo:
 Si acaso piensas
 servirme en algo,
 si aliviar quieres
 a este tu Juancho,
 ahora mismo:
 ¡VUELVEME GATO!. 


             Juan José Botero


Juan José Botero, es un escritor colombiano, autor del libro "Lejos del nido" y de los poemas "Quiero ser gato" y "A un tamal" entre los más conocidos.




miércoles, 9 de enero de 2013

¿QUÉ NOS QUEDA DEL NADAÍSMO CINCUENTA AÑOS DESPUÉS? (1958-2008)



“No hay cultura, sólo tradición.
No hay independencia, sólo costumbre”.
Cesar Marineche


Para el año de 1958, Colombia era un país inmerso en una cultura tradicional y un ritmo atrasado en su vivencia, de escasa imaginación y una ignorancia atroz, semiurbano  y parroquial, anclado en el pasado de un orden establecido que multiplicaba individuos de espíritu pasivo, indolentes y cauterizados en su vitalidad, actitud y conciencia, que entraba en la alternancia del poder político durante cada cuatro años, entre liberales y conservadores; acuerdo que se suscribió con un brindis y una sonrisa bajo el reiterado sol de la veraniega ciudad de  Benidorm, España, entre los dirigentes Laureano Gómez del partido Conservador, y Alberto Lleras Camargo del partido Liberal.



El acuerdo, llamado Frente Nacional, se promovió con la bendición de la iglesia, y con el beneplácito de los falsificadores de democracias, porque las democracias pueden falsificarse y ser seudoparticipativas, seudorepresentativas, como también dictaduras democráticas que se amparan en un ideal bellamente escrito en la constitución, pero que no son consecuentes con un beneficio común y concreto en la práctica. En su mayoría sólo embudos llenos de retóricas palabras, obras no consumadas, mucho menos hechos o acciones democráticas.



Dicho acuerdo, fue además, avalado todo por el ejercito nacional, que un año antes, una junta militar de gobierno había derrocado a Rojas Pinilla: el mismo Rojas Pinilla que el día trece de junio de 1953 había servido de comodín al bipartidismo como tercera fuerza para desviar la atención de la violencia que se cernía sobre el país.



Lo que ellos no midieron ni tuvieron en cuenta, fue que Rojas Pinilla tenía madera, talante de líder para apoltronarse en el poder. Sin embargo, pueden sucederse históricamente varios Golpes de Estado, pero sino se cambian las estructuras, todo continuará igual, todo seguirá igual en dichos bloques de poder y orden, los mismos que han propiciado la sumisión, el control de los pensamientos y emociones a través de la imposición de una cultura tradicional recibida, una política, una economía, una religión, una educación, un arte, un rígido lenguaje (que es el vehículo del pensamiento) y una forma en el contenido del pensar a su manera, lo cual, moldea en el colectivo espíritus pasivos, pero en ciertos sectores de la población crea a su vez, que paradoja, los antagonismos de violencia que generan la intimidación, la usurpación de las tierras, los secuestros, las torturas, los asesinatos, los desplazados, los exiliados, y la rebatiña por el poder económico y político del que se derivan las normas que en última instancia son las que determinan el horizonte por vivir.




Nosotros, colectivamente hablando, somos un país inmaduro, porque históricamente venimos de una forma impuesta, una forma que se expresa en la exterioridad, por eso somos inauténticos, deformes, torcidos, sin identidad social, menos individual.



Incluso lo que la escuela enseña es una exteligencia: leer la exterioridad. No una inteligencia, que etimológicamente significa leer el interior. Es más, si habláramos de Modernidad, Colombia ha entrado en ella desde la materialidad exterior: o r g a n i z a c i ó n  d e l E s t a d o, industrialización del país y asimilación tecnológica.



Más no una Modernidad entendida desde la racionalización como norma trascendental a la solución del conflicto heredado, que derive o permita un porvenir que reemplace al pasado taimado, insensible, hacedor de muerte, una Modernidad, que en términos sociales, o parafraseando al sociólogo Michel Freitag; “racionalice el juicio de la acción asociada a los hombres, en la cual, además el conjunto de las condiciones históricas, espirituales y materiales, permitan pensar en la emancipación unánime de las tradiciones, las doctrinas o ideologías heredadas, y no cuestionadas ni problematizadas por una cultura tradicional impuesta”. O como lo ha expresado Darcy Ribeiro, en una cita deCobo Borda: “Mientras la tradición puede una norma haciéndola parecer la única admisible, la razón tiene que argumentar con soluciones alternativas”.



En otras palabras, el pueblo colombiano no ha entrado en una sensibilidad totalmente moderna o contemporánea, salvo contadas  excepciones en lo individual.



Es precisamente ante ese horizonte cerrado, ante ese panorama cuadrado de esa sociedad, de esa cultura tradicional recibida desde estructuras de poder, orden y mentalidad dominante contra las cuales, entraron de lleno, a cuestionar, a oponerse y desvirtuar sus modos Gonzalo Arango (nacido en 1931, Andes-Antioquia), y un grupo de audaces muchachos, lectores de Kierkegaard, Sartre,Miller, Jean Genet y Fernando González entre otros. Irrumpieron en la escena con su vitalismo, su actitud, su toma de conciencia, porque ante todo eso fue el Nadaísmo: vitalismo, actitud y conciencia para señalar una sociedad constreñidora entre la forma y el contenido, la misma, que le sirve como filtro, sucedáneo y amarre para a adormecer  el  espíritu, el pensamiento y la emoción.


 Así lo señalaba Gonzalo Arango en el primer manifiesto del grupo, publicado en 1958, en una imprenta de Medellín: “El Nadaísmo, en un concepto muy limitado, es una revolución en la forma y en el contenido del orden espiritual imperante en Colombia.


Para la juventud es un estado (...) consciente contra los estados pasivos del espíritu y la cultura”. En otras palabras, El Nadaísmo fue un cuestionamiento y una oposición a la cultura tradicional recibida, fue un oponerse a las estructuras o bloques de poder y orden, que se han impuesto y se han sucedido en aparente cambio: se había expulsado al opresor español, pero sus mismas estructuras, se habían implantado desde la naciente República en 1810, las cuales no difieren, ni de las estructuras coloniales ni de las actuales o ¿en qué difiere aquella época republicana del Frente Nacional de 1958, o de esta primera  década del siglo XXI, continuadora en su historia sangrienta? Se le podrá cambiar el decorado, el rótulo, “la guasca” si es necesario; se le podrá adicionar la modernidad material, la era del deporte, el cuerpo y el consumismo desmedido, el simbolismo que degeneró en moda y adorno; pero su trasfondo continuará prácticamente en el mismo punto: espíritus pasivos, indolentes y cauterizados en su pensamiento y emoción (en el fondo carentes de culpa, culpa que sobreviene por la forma y el contenido impuestos desde siempre).



Entonces a la pregunta, ¿qué nos queda del Nadaísmo cincuenta años después?
Podemos responder que en la línea de la literatura quedan Los Poemas de la Ofensa y algunos textos más de Jaime Jaramillo Escobar, Vana Stanza de Amilcar Osorio, algunos textos de Gonzalo Arango, de Darío Lemos, de Alberto Escobar Ángel, de Eduardo Escobar, de Jotamario Arbeláez y Jaime Espinel, no sabemos si de Elmo Valencia y Humberto Navarro.


De la otra línea volitiva no queda nada, nada, porque el Nadaísmo fue ante todo un Despierten, Despierten. Un vitalismo, una actitud, una toma de conciencia, y eso hoy entre nosotros escasea, es materia y espíritu digno, insobornable y costoso.




Por eso del Nadaísmo no queda Nada, Nada, Nada...
COMITÉ EDITORIAL

sábado, 5 de enero de 2013

Editorial del Gaviero Periódico Literario No 1


Romper las ataduras
espaciales y temporales,
para mirar más allá
de este momento deshumanizado
que sólo admite como real y como válido
los fines que busca el congreso del mundo:
crear un individuo que produzca
bienes materiales,
no uno que produzca
bienes del intelecto;
que sea un objeto cauterizado
que no comprende lo que vive,
y no un sujeto sensible
que evidencia comprensión de los fenómenos;
que sea un ser que toque
lo mecánico,
no un ser que toque
lo vivo;
un ente
materialista,
no un hombre
espiritual;
un amador del sustantivo,
no uno del verbo y el adjetivo;
un antibelleza, un antiverdad, un antiimaginación,
un antiideales, un antiarte, un antiamar.
En un mundo donde la palabra se violenta, se envilece y se destruye,
pero no una palabra que armonice, que conmueva y sea visionaria;
en un mundo de imágenes pródigas de sensiblería,
pero no de imágenes apoyadas en profundas ideas y emotividad;
en un mundo donde se informa mucho,
pero se comprende bien poco;
en un mundo perfectamente técnico,
pero perfectamente estupidizado.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

SURLAY FARLAY...


El fenómeno Rimbaut, quizá se ha repetido hasta el cansancio en nuestras letras. Sin embargo, el caso de Surlay, es el de los más auténticos. Entre los diecisiete y los veintitrés años escribió “A la espera de Nayan,” un libro, digno de quien ha vivido hasta la suficiencia y está ávido de vida “He cometido todos los pecados que he podido./recogiendo piedras/ asecho las cruces que amojonan los caminos: un hombre estuvo acá muriendo,” Utilizando una expresión del niño francés, este poeta tiene siempre los sentidos alterados, la suya es una poesía pegada a su vida como suceso importante, con ella se nutre y de ella depende.


Fino, cuidado, musical. Continuador, quizá sin proponérselo, de una tradición poética.


Dejamos al lector, sin más adjetivos, a solas con este aprendiz de brujo.
Mario Sánchez