miércoles, 22 de julio de 2026

Hoy amaneció lloviendo.

 Hoy amaneció lloviendo.

La casa todavía estaba
envuelta en ese silencio suave, que sólo conocen las mañanas de lluvia.
La cafetera comenzó a cantar en la cocina.
Las plantas del jardín brillaban cubiertas de pequeñas gotas
como si alguien hubiera pasado la noche
colgándoles diminutos espejos.
Y yo, con la taza tibia entre las manos, sentí que estaba entrando en uno de esos días que no tienen prisa por llegar a ninguna parte…

Fue entonces cuando aparecieron.
No los vi.
Pero allí estaban.
Los reconocí por la forma en que el alma se acomoda
cuando ciertas compañías llegan.
*García Márquez* se sentó junto a las bugambilias
y convirtió la niebla de la mañana, en algo parecido a un hechizo.

*Benedetti* caminó despacio por la cocina,
dejando palabras sencillas sobre la mesa, como quien deja pan recién horneado.

*Cortázar* abrió una ventana invisible
y permitió que entraran todos los mundos posibles.

Y *Sabines* Sabines se quedó observando la lluvia.
Sin decir nada.
Porque hay silencios que también escriben poesía.

Más tarde llegaron los pintores.
*Monet* se entretuvo contemplando el jardín mojado.
Parecía feliz viendo cómo la luz cambiaba de color
sobre los pétalos empapados.

*Van Gogh* se robó un pedazo de cielo gris
y lo llenó de movimiento.
Hasta las nubes parecían respirar.

*Frida* apareció entre las macetas.
Firme.
Hermosa.
Indomable.
Como esas flores que siguen creciendo, aunque el viento intente doblarlas.

Y mientras el día avanzaba,
la música comenzó a recorrer los pasillos.

*Serrat* acomodó recuerdos sobre las repisas.

*Silvio* llenó los rincones de preguntas.

Y *Sabina* Sabina convirtió la lluvia en una vieja historia, que daba gusto escuchar otra vez.

Entonces comprendí algo, que tal vez la riqueza de una vida no se mide por lo que poseemos.

Tal vez se mide por todas las bellezas que hemos permitido entrar.
Los libros que nos cambiaron.
Las canciones que nos rescataron.
Los cuadros que nos enseñaron a mirar.

Las palabras que llegaron justo cuando más las necesitábamos.
Porque después de tantos años, todos ellos viven aquí.

En mis gestos.
En mi forma de contemplar una flor.
En la manera en que observo el cielo.
En la costumbre de emocionarme todavía,
cuando la lluvia toca las ventanas.

Y mientras terminaba mi café, entendí que nunca he estado solo.
Llevo una pequeña biblioteca en el alma.
Un museo entero en la memoria.
Y una colección de canciones, haciendo guardia junto al corazón.

Qué maravilla,
llegar a cierta edad
y descubrir que la vida,
además de años,
también nos regala compañías invisibles.


Esa que aparece en las mañanas lluviosas,
se sienta a nuestro lado,
y nos recuerda,
sin decir una sola palabra,
todo lo hermoso que hemos vivido…!

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