El título de «El Gaviero», no hace alusión al personaje del escritor colombiano Álvaro Mutis, «Maqroll el Gaviero», viejo marino, extraño y errabundo «alter ego» del poeta. El nombre se origina en un término usado en la marina, la gavia, que etimológicamente proviene a su vez de gaviota. Es la parte más alta de un barco, en donde se aposta un hombre que otea, aguza y escudriña el horizonte. Una metáfora, si se quiere. Contacto: elgavieroperiodicoliterario@gmail.com
viernes, 12 de enero de 2024
lunes, 5 de junio de 2023
LA CRÓNICA: UN GÉNERO HÍBRIDO_ CMGT
LA CRÓNICA: UN GÉNERO HÍBRIDO
Consejos para un joven que quiere ser
cronista
Alberto Salcedo Ramos
Si no eres porfiado, olvídalo. Te dirán que no hay espacio, ni
dinero, ni lectores. En vez de perder tiempo quejándote, pon el trasero
en la silla como proponía Balzac. Y cuando empieces a trabajar
escucha el consejo de Katherine Anne Porter: no te enredes en
asuntos ajenos a tu vocación. A un narrador lo único que debe
importarle es contar la historia.
Una historia buena y bien contada posiblemente le interesará a
algún editor. Pero nadie te lo garantiza. En caso de que no la
publiquen, al menos te quedará una crónica terminada. Guárdala
como un tesoro: podría motivarte a hacer otra. Si dejas de escribir
cuando los editores te cierran las puertas, tal vez mereces que te las
cierren.
Aunque tengas un trabajo de tiempo completo en un periódico o
manejes un camión de carga, debes escribir. Ninguna excusa es
válida. Si solo atiendes los llamados del estómago, ¿para qué
seguimos hablando?
Cree en los temas que te impulsen a escribir. Ya lo dijo Mailer:
cuando un tema atrape tu atención no lo sometas a la duda.
Puedes escribir sobre lo que quieras: un asaltante de caminos, las
enaguas de tu abuela, el escolta del presidente, la caspa de Tarzán, lo
triste, lo folclórico, lo trágico, el frío, el calor, la levadura del pan
francés o la máquina de afeitar de Einstein. Pero por favor no aburras
al lector. Escribir crónicas es narrar, narrar es seducir. Los buenos
contadores de historias convierten el verbo narrar en sinónimo de
encoñar. Son como don Vito Corleone: le hacen al lector una oferta
que no puede rechazar.
Confieso que me producen alergia las historias que lo reducen
todo al blanco y al negro. Desconfío de las moralejas y por eso no leo
fábulas, o las abandono a tiempo para que el lobo viva tranquilo
después de comerse a Caperucita Roja y el dueño de la gallina de los
huevos de oro pueda sacrificarla sin remordimientos.
Algunos pretenden escribir mientras bailan una cumbiamba o
asisten a un partido de fútbol. Pero el trabajo es una cosa y el recreo
otra. Concéntrate en tu oficio. Si no le dedicas al texto toda tu
atención, posiblemente el lector tampoco lo hará.
LA RELACIÓN ENTRE LA CRÓNICA Y LA POESÍA
(Tomado de Antología de la crónica actual de Darío Jaramillo Agudelo)
La mención de Frank Báez, escritor dominicano, permite conectar con
las relaciones entre crónica y poesía. Lo primero: es alta la carga
poética de muchos de los textos de la nueva narrativa periodística. Así
también los procedimientos de la poesía narrativa y de la crónica, que
pueden ser análogos, como el frecuente uso de la enumeración. En
fin, hay poemas que son crónicas, como el que sigue, del mismo
Frank Báez:
QUITA SUEÑO
Perder una pierna trabajando
De operario en una zona franca
Duele menos que cuando los gringos
Te donan una prótesis de plástico
Que te pondrás para emborracharte en los colmados
Y que apoyarás con fuerza en la acera
Al retornar a casa
Temeroso de que los perros del barrio
Puedan morderla y arrancártela
Con respecto al matrimonio o, mejor, unión libre entre crónica y
poesía, el cuento es viejo y hay momentos en la historia del
periodismo narrativo durante los cuales la mejor producción ha
provenido de los poetas. Baste recordar nombres como Rubén Darío,
José Martí, Manuel Gutiérrez Nájera, Julián del Casal, Amado Nervo,
Herrera y Ressig y tantos otros poetas modernistas.
Sin embargo, mientras las crónicas de los modernistas alcanzaron
a ver su propia declinación sin llegar al cenit, la crónica del siglo
veintiuno, en plena expansión, no teme incorporar el instinto poético
en sus ingredientes como en Rock Down, de Leila Guerriero sobre un
grupo de rock dirigido por un chico, un poeta con síndrome de Down,
Miguel Tomasín: «Miguel dice que Dios es una cámara oculta. O un
pájaro mixto. Y le preguntamos cómo es el pájaro mixto, y Miguel
dice que es el Dios de Dios. Y cómo es, Miguel, le preguntamos.
“Mitad camuflado y mitad láser”, te contesta. O le preguntás qué hay
en la Luna. Respuesta de Miguel: un tornillo y un casete de
chamamé».
Poesía como lo que ocurre en Casa blanca, la prisión mixta de
Villavicencio, Colombia: «Allí viven 1.268 hombres y 82 mujeres
separados por un muro reforzado con varillas de acero sin resquicios
para mirarse, excepto en un tramo de doce metros donde la pared se
interrumpe y da paso a una reja metálica de cinco metros de alto. A
ese corredor al aire libre, por donde pasan las internas cuando son
llevadas a otros sitios de la cárcel, se le conoce como el paso del
amor. Decenas de presos han logrado conseguir novia en ese breve
momento, cuando las mujeres caminan sin permiso para detenerse».
Esas visiones bastan para encender el amor entre varias parejas que se
han encontrado allí. Lo cuenta José Alejandro Castaño en La cárcel
del amor, dejando que la poesía brote por sí sola de la historia.
Hay ocasiones, también, en que el poema hace suyo un tema
típico de la crónica, los terremotos, los desastres naturales. Escribió
Frank Báez:
SÁBADO 23 DE ENERO DE 2010, HAITÍ
Vi en la tele un hombre que buscaba
A su familia entre los escombros de un edificio.
Llevaba más de una semana cavando.
(Había perdido las uñas)
Movía de un lado a otro los desechos en vano.
Los vecinos repetían que descansara,
Que comiera, que bebiera agua.
Pero el hombre seguía cavando boca abajo
En la oscuridad como un topo.
Alguien me dijo en un bar que escribiera
Un poema sobre el terremoto en Haití.
¿Para qué? La historia lo ha probado:
La poesía no puede arrebatarle bebés a la muerte.
Ni un hueso. Ni siquiera un zapato.
ÉLMER EL CALEÑO, EL MEJOR JUGADOR DE
FÚTBOL
Carlos Mario Garcés Toro
Eran las tres de la tarde de aquel domingo de cielo vacío, sin
nubes, azul y caluroso que Elmer el Caleño y algunos de nosotros
jamás olvidaríamos. Aquella tarde Se jugaba la final de fútbol en la
cancha de El Rodeo, el eterno clásico entre Independiente de Campo
Amor (de uniforme rojo) y el Estrella Roja de Cristo Rey (de
uniforme blanco y una estrella roja en el costado). Las barras se
hallaban apostadas a lo largo de las gradas construidas en forma de
terraza sobre la falda de la montaña, detrás de la cual se erigiría, años
después, el Parque Cementerio Campos de Paz (que sepultó nuestros
juegos y recuerdos de infancia) y la calle que desembocaría en la
carrera 80.
Las barras animaban a sus equipos con cantos, pancartas,
trompetas, tamboras, tapas de olla, pitos, sonajeros hechos con tapitas
de gaseosa o de cerveza y machacadas con martillo o con piedra;
silbidos, ovaciones y aplausos en medio de las risas y alegrías que se
conjugaban con aquella espléndida tarde.
El árbitro dio inicio el partido. Desde un comienzo el
Independiente puso las condiciones dentro del terreno de juego, con
unos cambios de costado en los que los marcadores de punta se
sumaban a los delanteros, que con jugadas preparadas tiraban el
centro, buscando siempre a su goleador, el Mono Avendaño, que, ante
un parpadeo de la Roña y Óscar el Zarco, cogió la pelota de media
vuelta y la clavó a un costado donde no pudo llegar el Gato Contreras,
portero de El Estrella Roja. El marcador se puso 1-0 a favor de El
Independiente. La hinchada de Campo Amor celebraba furibunda.
Transcurría el minuto treinta del primer tiempo, y en jugada similar,
el Mono Avendaño se levantó con plasticidad en medio de los dos
defensores y con un fuerte cabezazo puso el marcador dos a cero. La
hinchada de Cristo Rey parecía muerta en su silencio.
Hasta que apareció la magia, el lirismo y la genialidad de la
Tata, Valadez y Élmer el Caleño. La Tata se llevó a la defensa del
Independiente para un costado, dejando libre las marcas; luego hizo
un amague, saliendo por entre dos defensas y bombeó el centro;
Elmer el Caleño le calculó la caída sobre su muslo derecho, la pelota
se levantó, el defensa salió a ejercer presión, el Caleño, con la punta
del guayo derecho, le hizo un sombrerito, el balón se levantó y rebotó
en el punto penal, el Caleño dejó atrás al defensor, el portero salió a
achicar; le efectuó, de igual forma, un sombrero; el Caleño pasó por
detrás del guardameta, empujando, finalmente, la pelota con su
cabeza dentro del arco. La hinchada de Cristo Rey volvió a revivir, a
celebrar, a cantar.
Transcurridos veinte minutos de la segunda parte y el marcador
continuaba 2-1 a favor de El Independiente. Ambas hinchadas se
mostraban nerviosas. Sin embargo, la de Campo Amor no cejaba de
corear. Pero fue el Caleño que, con una rápida resolución de
inteligencia de espacio y tiempo, puso un balón al vacío detrás de los
defensores, el cual aprovecho Valadez, que se desprendió de sus
marcadores por el centro y quedando frente al portero, lo eludió con
un amague endiablado de cintura, dejándolo tendido en el suelo, y con
un fuerte tiro rastrero acomodó la pelota en un costado, poniendo
cifras iguales al marcador. Esta vez la hinchada de Cristo Rey
coreaba.
Todo apuntaba a que habría empate. Pero a tres minutos de
acabarse el partido, apareció la poesía. El Caleño tomó la pelota en la
mitad de la cancha y con decisión gambeteó a uno, a dos, a tres, a
cuatro jugadores que, regados, quedaban en el campo de juego. El
defensa grandote salió a su encuentro, el Caleño le midió la salida y le
hizo un túnel, y pasó por un lado hasta llegar próximo al área de las
dieciocho, cuando una pierna le cruzó la suya con violencia. El árbitro
pitó la falta. El Independiente formó la barrera. El Caleño pidió
cobrar y puso la pelota sobre un pequeño montículo de tierra. Miraba
la pelota, la barrera, el arquero y la portería. En su cabeza calculaba y
medía algo. Las tribunas estaban enmudecidas.
El tiempo y la respiración parecían haberse detenido allí en la
cancha de El Rodeo. El Caleño tomó distancia. Corrió unos pocos
pasos adelante como en cámara lenta y con el empeine interno de su
pie derecho golpeó la pelota que se levantó por encima de la barrera.
Todos fotografiamos su trayectoria, incluso los de la barrera voltearon
a mirar atrás. Pero el balón llevaba su propio destino. Llevaba veneno.
Entró golpeando el ángulo que forma el paral con el travesaño, dando
primero un rebote en el piso y entrando después con fuerza en el arco.
Aquello fue la locura. La emoción estaba en su punto más alto. Los
hinchas de Cristo Rey se abrazaban, gritaban y algunos hasta lloraban.
Terminado el partido, todos corríamos a saludar a los jugadores.
El más asediado era Élmer el Caleño. Yo también quería tocarlo. Yo
tenía ocho años. Veía al Caleño como a un héroe, lo veía como a una
estrella. Sé que algunos de nosotros habríamos de recordar muchos
años después aquel domingo, aquella final de fútbol en la cancha de
El Rodeo sur en Guayabal.
Al Caleño, in memoriam.
EL SABOR DE LA MUERTE
Juan Villoro
El terremoto de 8.8 que devastó Chile el 27 de febrero fue tan
potente que modificó el eje de rotación de la tierra. El día se redujo en
1.26 microsegundos.
Desde la Estación Espacial Internacional el astronauta japonés
Soichi Noguchi fotografió la tragedia y mandó un mensaje: “Rezamos
por ustedes”.
Los mexicanos tenemos un sismógrafo en el alma, al menos los
que sobrevivimos al terremoto de 1985 en el DF. Si una lámpara se
mueve, nos refugiamos en el quicio de una puerta. Esta intuición
sirvió de poco el 27 de febrero. A las 3:34 de la madrugada, una
sacudida me despertó en Santiago. Dormía en un séptimo piso; traté
de ponerme en pie y caí al suelo. Fue ahí donde desperté. Hasta ese
momento creía que me encontraba en mi casa y quería ir al cuarto de
mi hija. Sentí alivio al recordar que ella estaba lejos.
Durante dos minutos eternos el temblor tiró botellas, libros y la
televisión. El edificio se cimbró y pude oír las grietas en las paredes.
Pensé que nos desplomaríamos. Alguien gritó el nombre de su pareja
ausente y buscó una mano invisible en los pliegues de la sábana.
Otros
hablaron a sus casas para contar segundo a segundo lo que estaba
pasando. Imaginé el dolor que causaría esa noticia, pero también que
mi familia dormía, con felicidad merecida. Me iba del mundo en una
cama que no era la mía, pero ellos estaban a salvo. La angustia y la
calma me parecieron lo mismo. Algo cayó del techo y sentí en la boca
un regusto acre. Era polvo, el sabor de la muerte.
Mientras más duraba el temblor, menos oportunidades teníamos
de
salir de ahí. Los muebles se cubrieron de yeso. Una naranja rodó
como
animada por energía propia.
Cuando el movimiento cesó, sobrevino una sensación de
irrealidad. Me puse de pie, con el mareo de un marinero en tierra. No
era normal estar vivo. El alma no regresaba al cuerpo.
Los gritos que el edificio había sofocado con sus crujidos se
volvieron audibles. Abrí la puerta y vi una nube espesa. Pensé que se
trataba de humo y que el edificio se incendiaba. Era polvo. Sentí un
ardor en la garganta.
Volví al cuarto, abrí la caja fuerte donde estaban mis
documentos, tomé mi computador y perdí un tiempo precioso
atándome los zapatos con doble nudo. Los obsesivos morimos así.
En la escalera se compartían exclamaciones de asombro y
espanto. Ya abajo, una conducta tribal nos hizo reunirnos por países.
Los mexicanos repasamos cataclismos y supusimos que la ciudad
estaría devastada. La acera de enfrente era un bloque de sombras,
escuchamos
ladridos distantes, los coches de los trasnochadores tocaban el claxon,
había cristales en el suelo, pero la fachada de nuestro edificio
permanecía intacta.
En la explanada frente al hotel, se alzaba la réplica de una estatua
de la Isla de Pascua. Era la efigie de un moái, jerarca que durante su
mandato habrá visto maremotos. Se convirtió en nuestra figura
tutelar. Supimos esto cuando se fue la luz y dejamos de verlo. Por
suerte, el apagón duró poco. La piedra donde los ojos parecen hechos
por el tiempo regresó de las sombras. No estábamos solos.
Otra señal de tranquilidad vino del reino animal. Un perro se
echó a dormir en medio de nosotros. Mientras no despertara, todo
estaría bien.
Alguien quiso regresar al edificio por sus “pantalones de la
suerte”. La superstición era la ciencia del momento. Nuestras ideas, si
se les podíallamar así, no seguían un curso común. El editor Daniel
Goldin, que estaba en muletas por un accidente previo, me propuso
recorrer el edificio para ver si había daños estructurales. “¡Tú estás
cojo y yo soy tonto!”, exclamé. De nada servía que buscáramos lo que
no podíamos encontrar, como un ciego y un sordo dibujados por
Goya.
Poco a poco, la realidad recuperó nitidez. Me sorprendió que
tanta gente usara piyama. Pensaba que se trataba de una prenda en
desuso. Ungrupo de voluntarios volvimos al hotel por pantuflas. No
podíamos
revisar la estructura, pero podíamos evitar que se enfriaran los pies.
La arquitectura chilena es una forma del milagro. Solo esto
explica que en Santiago los daños hayan sido menores. Aunque
algunos edificios fueron desalojados y otros tendrán que ser
demolidos (inmuebles posteriores a 1990, cuando las leyes de
supervisión se hicieron menos estrictas), lo cierto es que la resistencia
del paisaje urbano fue asombrosa. Un terremoto es una radiografía de
la honestidad arquitectónica. En 1985, el terremoto de la Ciudad de
México demostró que la especulación inmobiliaria y la amañada
construcción de edificios públicos eran más dañinas que los grados
Richter. “Con usura no hay casa de buena piedra”, escribió Ezra
Pound.
Llama la atención que en un país con tanta sapiencia antisísmica
el
aeropuerto padeciera graves lastimaduras. El cierre de vuelos
contribuyó al aftershock. Nuestra vida se había detenido y no
sabíamos
cuándo comenzaría nuestra sobrevida. Estábamos en el limbo o en un
episodio de Lost.
El discurso de los noticieros se caracterizó por el tremendismo y
la
dispersión: desgracias aisladas, sin articulación de conjunto. Las
imágenes de derrumbes eran relevadas por escenas de pillaje. No
había
evaluaciones ni sentido de la consecuencia. Unos tipos fueron
sorprendidos robando un televisor de pantalla plana extragrande.
Obviamente no se trataba de un objeto de primera necesidad. ¿Era un
caso aislado?, ¿el crimen organizado se apoderaba de
electrodomésticos? Los rumores sustituyeron las noticias. Se
mencionó
a un pueblo que temía ser invadido por otro. El relato fragmentario de
los medios mostraba rencillas de tribus y repetía las declaraciones de
una gobernadora que pedía que el ejército usara sus armas.
Algunos amigos chilenos creen que además de la morbosa
búsqueda de ráting, los noticieros pretenden crear un clima de
confrontación antes de que Michelle Bachelet abandone el poder. El
sismo llegó como un último desafío para la presidenta, que tiene 80%
de aprobación, y como una amarga encomienda para su sucesor, el
empresario Piñera, que había prometido expansión y desarrollo al
estilo Disney World y ahora tendrá que proceder con el cuidado de los
restauradores y anticuarios. Si el ejército comete un error en los días
de toque de queda, o si se produce una confrontación, la sucesión
presidencial sería menos tersa, se podrían hacer acusaciones sobre el
origen de la violencia y se regresaría al divisionismo y la crispación
que durante años dominaron a la sociedad chilena. Las réplicas más
fuertes del sismo ocurrirán en la política chilena.
En Santiago, la suspensión de vuelos y la ocasional falta de
teléfonos, internet, suministro de electricidad y agua fueron las señas
visibles de la catástrofe. Esto nos dejó la sensación de estar en un
reality show al revés. Nuestra vida parecía transcurrir en la realidad
controlada de un estudio de televisión mientras las cámaras retrataban
una realidad
salvaje al sur de Chile. Los supermercados asaltados eran el rostro
dramático de un país donde la gente tenía hambre y las filas para
cargar gasolina en los barrios ricos de Santiago eran su rostro
hipocondríaco.
El terremoto de 8.8 grados ha sido el segundo más fuerte en la
historia de Chile. La isla Robinson Crusoe naufragó como el
personaje que le dio su nombre. El tsunami dejó miles de
desaparecidos y sepultados en el lodo. Hasta el momento hay unos
800 muertos. Los rescatistas chilenos que estuvieron en Haití
comentan que será mucho más difícil sacar cuerpos de construcciones
de concreto, encapsulados en el lodo endurecido después del tsunami.
Fui a Santiago para participar en el Congreso Iberoamericano de
Literatura Infantil y Juvenil organizado por la editorial SM. Hablamos
de ogros y hadas, magos y titiriteros, ilusiones extremas y la forma de
convertirlas en historias. Esa realidad paralela cristaliza en el lema de
los hermanos Grimm: “Entonces, cuando desear todavía era útil”. La
literatura infantil practica la utilidad del deseo.
El edificio donde sesionamos, la Antigua Academia de Bellas
Artes, fue uno de los más dañados de la ciudad. Sus señoriales
escaleras
quedaron reducidas a escombros. En la mañana del 27 nuestro único
deseo era el de Ulises: volver a casa.
Colombia, Brasil y Perú mandaron aviones especiales para
rescatar a sus compatriotas. Los españoles salieron en vuelos
comerciales, con el apoyo de su embajada.
Los mexicanos sabíamos que no íbamos a ganar el Mundial pero
ignorábamos que seríamos los últimos en salir de Chile. Aguardamos
con ardiente paciencia el vuelo no comercial que prometió la
embajada.
En vano. Como el sismo acortó el día, nuestra burocracia no tiene
tiempo para nada. Finalmente, la editorial SM nos consiguió plazas en
un vuelo comercial.
Aún hay mucha gente atrapada en la zona de Concepción. Como
tantas veces, los periodistas han llegado al desastre antes que las
personas que deben aliviarlo, y como siempre, los más afectados son
los que habían padecido antes el cataclismo de la pobreza.
Dos días después del terremoto fui a una casa en las afueras de
Santiago, con piscina y jardines, uno de esos espacios
latinoamericanos
que muestran que Miami puede estar donde sea. Había que hacer un
esfuerzo para recordar que el escenario pertenecía al país arrasado por
el terremoto.
En su duplicidad, la cifra 8.8 adquiere carga simbólica: los
gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que
somos y lo que podemos dejar de ser. Una falla invisible decide el
juego, nuestra
residencia en la Tierra.
Un fin de semana con Pablo Escobar _ Juan José Hoyos
Era un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la
humedad de la brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa,
situada en el centro de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de
color verde oscuro se movían con el viento. De pronto, cuando la luz del
sol empezó a desvanecerse, centenares de aves blancas comenzaron a
llegar volando por el cielo azul, y caminando por la tierra oscura, y una
tras otra, se fueron posando sobre las ramas de los árboles como
obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos minutos, los
árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos,
parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y
repentina en aquel paisaje del trópico.
Sentado en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves
que se recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la
hacienda, Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos
jamás habían oído hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la
aparición de su nombre en las listas de aspirantes al Congreso por el
Partido Liberal desató una dura controversia en las filas del Nuevo
Liberalismo, movimiento dirigido entonces por Luis Carlos Galán
Sarmiento.
—A usted le puede parecer muy fácil —dijo Pablo Escobar, contemplando
las aves posadas en silencio sobre las ramas de los árboles. Luego agregó
mirando el paisaje, como si fuera el mismo dios—: No se imagina lo
verraco que fue subir esos animales todos los días hasta los árboles para
que se acostumbraran a dormir así. Necesité más de cien trabajadores para
hacer eso… Nos demoramos varias semanas.
Pablo Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación
nacional según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco
pasado de kilos pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de
pelo negro y manos grandes con las que había manejado docenas de autos
cuando junto con su primo, Gustavo Gaviria, competía en las carreras del
autódromo de Tocancipá y de la Plaza Mayorista de Medellín.
—Todo el mundo piensa que uso camisas de seda extranjeras y zapatos
italianos, pero yo sólo me visto con ropa colombiana —dijo mostrando la
marca de los zapatos.
Se tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa
y luego agregó:
—Yo no sé qué es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron
que había salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco,
dizque era la revista People… o Forbes. Decían que yo era uno de los diez
multimillonarios más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores
y también a mis amigos diez millones de pesos por esa revista y ya han
pasado dos semanas y hasta ahora nadie me la ha traído… La gente habla
mucha mierda.
Pablo Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma
seguridad con la que en compañía de su primo se montó en una
motocicleta y se fue a comprar tierras por la carretera entre Medellín y
Puerto Triunfo, cuando aún estaba en construcción la autopista Medellín-
Bogotá. Después de comprar la enorme propiedad, situada entre Doradal y
Puerto Triunfo, casi a orillas del río Magdalena, empezó a plantar en sus
tierras centenares de árboles, construyó decenas de lagos y pobló el valle
del río con miles de conejos comprados en las llanuras de Córdoba y
traídos hasta la hacienda en helicópteros. Los campesinos, aterrados,
dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos porque a un viejo se
le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos antioqueños habían
descubierto que la sangre de estos animales curaba el cáncer. Escobar
mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda para mostrarle lo
que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en libertad. Ahora
había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del Magdalena.
Igual que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de
trabajadores para plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas
las carreteras de la hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían
de un lugar a otro de forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente
la construcción de un gran zoológico con animales traídos de todo el
mundo.
Él mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con
canguros de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India,
jirafas e hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados
Unidos, vacas de las tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú.
Los animales alcanzaron a ser más de 200. Cuando el Instituto
Colombiano Agropecuario (ICA) se los decomisaba, por no tener licencia
sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los remates. Allí los compraba de
nuevo y los llevaba de regreso a la finca en menos de una semana.
Durante varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de
domesticar todas las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a
los árboles por las tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los
demás animales, tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por
ejemplo, a un canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde
Miami, en un avión, a un delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas
de agua y amarrado con sábanas para evitar que se hiciera daño tratando
de soltarse. Luego, lo liberó en un lago de una hacienda situada entre
Nápoles y el Río Claro.
En esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido
elegido para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal
que lideraba el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del
candidato presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La
justicia sólo había proferido contra él una vieja orden de captura que
reposaba sin ningún efecto jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por
todo esto era fácil obtener una entrevista con él. Escobar se codeaba de tú
a tú con todos los políticos de entonces y hasta había sido invitado a
España por el presidente electo de ese país, Felipe González. En ese viaje
lo acompañaron varios parlamentarios colombianos de los dos partidos. La
policía española recibió informaciones de infiltrados en el mundo de la
droga según las cuales el principal capo del narcotráfico colombiano se
hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este motivo, fuerzas
especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a varios asustados
congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado temprano.
Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados minuciosamente
junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba champaña
con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial
adonde los había invitado Felipe González.
La entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón,
columnista del periódico El Tiempo y en esa época director de la edición
dominical. La conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín
que tenía un programa muy popular y que había empezado a trabajar con
Escobar como jefe de prensa. El locutor organizó un almuerzo en el hotel
Amarú, que entonces era propiedad del primo de Escobar, Gustavo
Gaviria. Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas breves
declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis
Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del
Nuevo Liberalismo durante una manifestación en el Parque de Berrío. En
su discurso, Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el
narcotráfico. Todo esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas. Luego
anunció su candidatura a la Cámara de Representantes por las listas del
Movimiento de Renovación Liberal que dirigía el parlamentario Jairo
Ortega Ramírez, uno de los lugartenientes más respetados de Santofimio
en Antioquia y de López Michelsen en el país. Escobar resultó electo
después de una singular campaña en la que sembró árboles por todos los
barrios populares de Medellín y construyó e iluminó decenas de canchas
polideportivas en los barrios pobres. Además, prometió públicamente a la
gente que vivía en los tugurios del basurero de Moravia construir más de
200 casas para que en el futuro pudieran tener una vivienda digna.
Después del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de
prensa, Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles,
en Puerto Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas
de Escobar me llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en
la población de San Luis, adonde yo tenía que viajar para acompañar al
entonces gobernador de Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la
inauguración de la escuela Juan José Hoyos, que lleva ese nombre en
memoria de mi abuelo, un maestro de escuela del oriente de Antioquia.
—¿Cómo hago para encontrarlos si yo no los conozco? —les pregunté a
los guardaespaldas de Escobar.
—Tranquilo que nosotros lo encontramos a usted…
Yo, por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la
amabilidad con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía
que todos sus empleados temblaban de miedo cuando él les daba una
orden.
Llegué a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el
gobernador pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta,
muy asustado, de que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad,
había desaparecido. Abandoné el acto y en uno de los corredores de la
escuela encontré a un hombre moreno y de apariencia dura cargando a mi
hijo. El hombre me miró con una sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie
tuvo que explicarme que era uno de los guardaespaldas de Pablo Escobar.
De inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían
llegado por nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un
pequeño Fiat 147 que los hombres de Escobar miraron con desprecio.
Ellos subieron a una camioneta Toyota de cuatro puertas, con excepción
del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo que quería acompañarnos en
mi carro para que no nos fuéramos a embolatar.
Cuando encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la
camioneta Toyota con esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de
que estaba temblando. El hombre con cara de asesino trató de serenarme.
—Tranquilo, hermano, que usted va con gente bien…
En seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un
teléfono satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en
Colombia ni siquiera se conocían los teléfonos celulares!
—Aló, patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo ok. Estamos llegando en
media hora.
Cuando cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el
valle del Río Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo
retrovisor cómo mi hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar
mejor los nervios le propuse al hombre de la cara de asesino que
paráramos en algún lado y nos tomáramos una copa de aguardiente.
—Hágale usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a
aguardiente al patrón, me manda a matar.
Nos detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé
solo del carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el
guardaespaldas me esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron
los guardaespaldas que venían detrás, en la camioneta Toyota.
Llegamos a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la
tarde. La primera cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba
empotrada en un muro de concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que
siempre habla, decía que ésa era la avioneta del primer kilo de cocaína que
Escobar había logrado meter a los Estados Unidos. Después me
impresionaron los árboles alineados en perfecto orden a lado y lado de una
carretera pavimentada y sin un solo hueco. Empezamos a ver los
hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían libres
por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la
ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas. A medida que nos
adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por
guardianes. En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita
de su puño y letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de
inmediato como obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las
últimas había un carro viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un
Dodge de los años treinta y estaba completamente perforado por las balas.
—¿De quién es ese carro? —le pregunté al hombre con cara de asesino.
—Lo compró el patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.
Después de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno
de cacatúas negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en
todos los continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la
hacienda. Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos.
Martha abrió la maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos
dos días de acuerdo con la invitación de Escobar.
Lo primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora
montada sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más
adelante había un toro mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba
reparando. En la piscina, dos hombres se bañaban. Uno de ellos estaba un
poco entrado en años. Por los uniformes y las insignias que habían dejado
al borde de la piscina me di cuenta de que eran dos coroneles del ejército.
En ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad
fría, pero llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual
trabajaba. Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su
cuerpo y en su voz aparentaba tener aproximadamente unos 33 años.
Me invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde
los coroneles seguían disfrutando de su baño.
Junto a la mesa donde empezamos a hablar había un traganíquel marca
Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La que más le gustaba a
Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la dedicaba a su
esposa, María Victoria Henao. Ella estaba sentada en otra mesa, a dos
metros de la nuestra, acompañada sólo por mujeres. Entonces me di cuenta
de que todos los hombres y las mujeres estábamos sentados aparte los unos
de los otros.
Por los corredores de la casa, un niño de gafas pedaleaba a toda velocidad
en su triciclo. Era Juan Pablo, el hijo de Escobar. De vez en cuando, una
que otra garza blanca llegaba sin miedo hasta el borde de la piscina a
tomar agua con su largo pico. En la mitad de la piscina había una Venus de
mármol. En un estadero cubierto que podía verse desde la piscina había 3
o 4 mesas de billar cubiertas con paños verdes. Varios pavos chillaban
junto a la puerta del bar donde un mesero joven vestido de blanco
preparaba los primeros cocteles de la noche.
Desde donde estábamos también se divisaba un comedor enorme de unos
20 o 25 puestos. Los pájaros saltaban sobre la mesa comiéndose las
migajas de pan que la gente había dejado sobre los manteles.
Mirando desde la piscina, las únicas partes visibles de la casa eran el
comedor, los corredores y los salones de juego. A un costado del comedor
había un gran cuarto de refrigeración donde se guardaban las provisiones
para los habitantes de la hacienda. El resto estaba detrás: dos pisos
aislados del área social de la piscina, donde se hallaban las habitaciones.
El cuarto de Escobar, totalmente separado del resto de la casa, estaba en el
segundo piso, en el ala derecha. Los demás cuartos estaban en el ala
izquierda. La casa no era excesivamente lujosa. Parecía expresamente
construida para las necesidades de Escobar: afuera, alrededor de la piscina,
espacios generosos para atender a los invitados. Adentro, silencio e
intimidad para su familia y para la gente que quisiera recogerse a
descansar.
De pronto se hizo el milagro del que ya hablé: las aves empezaron a subir
a los árboles y un resplandor blanco iluminó la casa y sus alrededores.
El primer tema que tratamos esa tarde tenía que ver con política y me
reveló de inmediato la agudeza de la mente de Pablo Escobar:
—Ese güevón de Carlos Lehder la está cagando con el tal Movimiento
Latino… Cree que se puede hacer política con arrogancia.
Mientras hablábamos, Pablo Escobar no fumaba ni bebía ningún licor.
Como yo insistí en que la entrevista no era para hablar de política pasamos
a otro tema, el de la hacienda.
—Las haciendas… —me corrigió—. Porque son como cuatro…
De ellas, por supuesto la niña mimada era Nápoles. Allí tenía el zoológico,
el ganado, los aviones, el helicóptero y una impresionante colección de
carros antiguos que había ido comprando a lo largo de su vida. Cuando
visitamos el garaje donde los guardaba vi también varios autos deportivos
cubiertos con lonas y unas 50 o 60 motos nuevas. Aproveché el tema de
los autos para preguntarle por el carro de Bonnie and Clyde.
—Eso es pura mierda que habla la gente. Ése es un carro viejo que me
conseguí en una chatarrería en Medellín. Otros dicen que era de Al
Capone…
—¿Y los tiros?
—Yo mismo se los pegué con una subametralladora.
Cuando cayó la noche, Pablo Escobar me dio un paseo por toda la finca
manejando un campero Nissan descubierto. Me dijo que su lugar preferido
era un bosque nativo que él no había dejado tocar de ningún trabajador.
Me contó cómo había arborizado planta por planta toda la hacienda. Me
mostró unas esculturas enormes, de concreto, en las que trabajaba un
artista amigo. Pensaban hacer dos enormes dinosaurios cerca de uno de los
lagos. Me llevó también al lago de los hipopótamos y me mostró un letrero
lleno de humor negro que él mismo había mandado a pintar. Ya no
recuerdo la frase pero hablaba de la pasividad y de la peligrosidad de estos
animales. También me mostró desde afuera una plaza de toros recién
terminada.
Ya muy entrada la noche, Pablo Escobar me invitó a conocer un proyecto
hotelero que según él iba a transformar la región de Puerto Triunfo. Era un
pequeño pueblo blanco de estilo californiano, situado cerca de la hacienda,
junto al poblado de Doradal. Para abandonar la hacienda, Escobar llamó a
uno de sus guardaespaldas y le pidió que nos acompañara. Volví a sentir
miedo: el elegido había sido el hombre con la cara de asesino.
Llegamos a la aldea de Doradal cuando iban a ser las nueve de la noche.
Nos sentamos en el bar y pedimos una botella de aguardiente. El
guardaespaldas con la cara de asesino miró a su patrón con asombro. Él
nos sirvió el primer trago. En ese momento descubrí que a unos metros
había una mesa en la que dos viejos amigos míos conversaban con un par
de mujeres hermosas. Uno de ellos me descubrió mirándolas y entonces
gritó:
—¿Qué estás haciendo por aquí?
Yo fui a saludarlos. Los dos vivían en Bogotá y por la alegría que
reflejaban en sus caras pensé enseguida que andaban volados de sus
mujeres. Cuando regresé a la mesa, Pablo Escobar me preguntó quiénes
eran mis amigos. Yo le dije:
—Son periodistas.
Él propuso que juntáramos las mesas. Quería hacer política. Tenía que
hablar con los periodistas. Entonces empezó una de las conversaciones
más memorables que yo he tenido en la vida.
Pablo Escobar habló de su proyecto de erradicar los tugurios del basurero
de Moravia, en Medellín, y construir un barrio sencillo, pero decente, para
los tugurianos. Después se enfrascó en un montón de recuerdos
personales: su paso por el Liceo de la Universidad de Antioquia, donde se
robaba las calificaciones de los escritorios de los profesores para que
ninguno de sus amigos perdiera la materias. Habló de su primer discurso
durante una huelga. Fue en el teatro al aire libre de la Universidad de
Antioquia.
El guardaespaldas con la cara de asesino se animó a recordar la misma
época, cuando los dos eran estudiantes revolucionarios, antiimperialistas,
antigobiernistas… Más adelante Pablo Escobar volvió a hablar de política.
Dijo que estaba tratando de conformar un movimiento popular y ecológico
que iba a cambiar la forma de hacer las campañas electorales en Antioquia
y en el país.
Cuando la botella iba por la mitad yo me atreví a poner sobre el tapete el
tema vedado: el asunto de las drogas. Pablo Escobar ni siquiera se inmutó
y empezó a contarnos en forma animada cómo hacía su gente para
contrabandear cocaína hacia los Estados Unidos de América.
En esa parte de la conversación donde, por supuesto, no hubo grabadoras
ni libretas de apuntes, Pablo Escobar se puso a dibujar sobre un papel el
radio de acción del radar de un avión Awac de los que empleaba la DEA
para detectar los vuelos ilegales que entraban a la Florida procedentes de
Colombia.
—Las rutas de esos aviones —dijo, refiriéndose a los Awac— también
tienen precio… Ya hemos comprado varias. Pero lo mejor es entrar a la
Florida un domingo o un día de fiesta, cuando el cielo está repleto de
aviones. Así no lo puede detectar a uno ni el hijueputa…
El tema de la conversación nos emocionó a todos. Entonces le dije a Pablo
Escobar que yo quería escribir esa historia y también escribir la historia de
cómo había empezado el problema del narcotráfico en Colombia.
—Pero hay que escribirla como hacen los periodistas gringos, contando las
cosas con pelos y señales —dijo él con tono enérgico—. Porque si usted la
va a contar como la cuentan los periodistas colombianos, no vale la pena.
Aquí los periodistas no son sino lagartos y lambones. Lo que hace que
estoy en el Congreso, los redactores políticos no se me arriman sino a
preguntarme pendejadas con una grabadora en la mano y a pedirme plata..
Yo insistí en el tema. Le dije que quería escribir un libro como Honrarás a
tu padre, de Gay Talese, un bello reportaje sobre una familia de la mafia
italiana en Estados Unidos. Insistí en que quería contar cómo había
empezado la historia de la mafia en Medellín.
—Entonces vas a tener que contar la historia de Ramón Cachaco y de
todos esos asaltantes de bancos de los años sesenta. Ellos fueron los
primeros pistoleros. Muchos de ellos trabajaron para don Alfredo Gómez
López, el hombre del Marlboro. A don Alfredo también tenés que
entrevistarlo antes de que se te muera. Él vive ahora en Cartagena. Yo te
doy una carta de recomendación para él. La mujer de Ramón Cachaco
todavía vive en Medellín. Pero para hablar de Ramón Cachaco hay que
contar que asaltaba bancos él solo, a punta de pistola, y que siempre usaba
vestidos de paño verde y zapatos blancos, y que le gustaba montar en
carros Ford y Chrysler de rines cromados.
Cuando evocó al bandido, Escobar recordó un asalto en el que se escapó
de la policía armando un bochinche espectacular, tirando billetes a diestra
y siniestra por las calles.
A partir de ese momento la conversación se volvió mucho más abierta y
más animada y en la medida en que Pablo Escobar veía que no estábamos
tomando notas, se sentía cada vez más tranquilo. Por eso contó muchas
cosas más que todavía no se pueden publicar en ningún periódico.
Mientras tanto, el guardaespaldas con la cara de asesino daba cuenta de la
botella de alcohol. Nosotros lo secundábamos a un ritmo un poco más
lento. A las dos de la mañana ya todos estábamos borrachos y
entusiasmados, pero el más borracho de todos era el guardaespaldas, que
se había dormido encima de una mesa. Pablo Escobar y yo lo cogimos de
los brazos y lo montamos al carro. Afortunadamente, el hombre era
delgado. Escobar encendió el campero y el tipo se derrumbó sobre la
banca de atrás.
Cuando íbamos por el camino, Pablo Escobar dijo algo que me dejó
helado:
—Escribí el libro. Salite del periódico. Yo te doy una beca.
Llegamos a la hacienda Nápoles casi a las tres de la madrugada. La casa
estaba en silencio. Había ranas por todos los rincones. Juan Sebastián, mi
hijo, todavía estaba levantado y trataba de capturar una viva. Casi no logro
convencerlo de que se fuera a dormir.
Escobar y yo llevamos al guardaespaldas hasta la cama. Antes de cerrar la
puerta le quité los zapatos.
Al día siguiente, muy temprano, la casa volvió a animarse. En el
aeropuerto de la hacienda se oían aterrizar y despegar los aviones. Por los
preparativos en la cocina parecía que los invitados de ese día eran muchos
y muy importantes.
Yo me senté junto a la piscina y me puse a mirar cómo el técnico traído de
Bogotá acababa de reparar el toro mecánico. Sabía por la esposa de Pablo
Escobar que él no se iba a levantar antes de la una o las dos de la tarde.
—Él siempre se acuesta tarde y se levanta tarde.
El primero que llegó a Nápoles ese día fue el senador Alberto Santofimio
Botero. Media hora después llegaron en su orden los congresistas Ernesto
Lucena Quevedo, Jorge Tadeo Lozano y Jairo Ortega Ramírez. No
reconocí a ninguno de los otros, pero había visto sus fotos en la prensa.
Todos se sentaron a tomar whisky bajo unos parasoles en los alrededores
de la piscina.
Pablo Escobar no salió a recibirlos sino hasta las dos de la tarde. Cuando
se acercó a la mesa donde los congresistas conversaban y bebían en forma
animada, todos sin excepción se levantaron como si fuera el 20 de julio y
el presidente de la república acabara de hacer su entrada al Salón Elíptico
del Capitolio Nacional.
Una hora después, una caravana de carros partía de Nápoles hacia una de
las fincas de Escobar situada cerca del Río Claro. La casa era una cabaña
de troncos construida alrededor de un lago donde el delfín que él había
mandado traer desde Miami lloraba y daba vueltas asomándose de vez en
cuando a mirar la concurrencia que lo observaba como si fuera un animal
del otro mundo.
Después de una corta visita a la finca del delfín, la caravana de carros se
dirigió hacia otra finca situada sobre la margen izquierda del Río Claro.
Era otra cabaña de madera escondida en medio de un bosque tupido. Los
trabajadores de Pablo Escobar iban y venían por la casa y sus alrededores
preparando un fogón donde se iba a asar media res para todos los
invitados. De pronto, uno de los guardaespaldas de Escobar bajó por el río
manejando un extraño bote que parecía un caballo de agua dulce. El
aparato tenía casco de acero y estaba impulsado por una hélice de avión
Twin Otter instalada en la cola. El aire que desplazaba la hélice impulsaba
el bote por el agua, por los pantanos, por la tierra, como si no existiera
para él ningún obstáculo que lograra detenerlo.
—Esto es para atravesar los Everglades y todos esos otros putos pantanos
de la Florida —me dijo en voz baja uno de los trabajadores de Escobar
cuando notó mi curiosidad por el aparato.
Pablo Escobar ordenó que el bote se arrimara a la orilla y se montó en él
como un jinete avezado. Uno de sus hombres le cubrió las orejas con unos
tapones de corcho para que el ruido del motor de la hélice no lo
ensordeciera. Los congresistas fueron invitados a abordar el aparato. Ellos
lo hicieron en orden: primero Santofimio, después Lucena y por último
Jairo Ortega. Tadeo Lozano se quedó en la orilla. Apenas me vio
observándolos desde la orilla, Escobar me hizo señas con la mano para que
les tomara una foto. Yo disparé mi cámara, entre sumiso y regocijado. Los
congresistas se asustaron cuando vieron la cámara. Pablo Escobar les dio
un paseo por el río. Cuando regresaron, llamó aparte a Alberto Santofimio
Botero y le dijo:
—Venga, doctor, le presento a un amigo. Él es periodista de El Tiempo.
Santofimio me dio la mano a regañadientes, tragando saliva y sin mirarme
a la cara.
—¿Y usted qué está haciendo por aquí, hombre? —me preguntó con un
gesto de disgusto.
Yo le contesté:
—Lo mismo que usted, doctor…
A renglón seguido Pablo Escobar tomó en sus brazos a mi hijo Juan
Sebastián e insistió en que les tomara una foto. El asado terminó poco
después de las cinco de la tarde. Me despedí de Escobar y de su
guardaespaldas con cara de asesino y regresé directamente a Medellín sin
volver a la hacienda Nápoles, donde los aviones iban a recoger a los
congresistas y al resto de los invitados.
Al día siguiente fui a la oficina del periódico y llamé por teléfono a
Enrique Santos Calderón.
—¿Cómo le fue? —me preguntó.
—Muy bien —le contesté entusiasmado. En forma breve le conté algunos
episodios de la historia. Él se rió cuando escuchó ciertos pasajes . Después
me dijo:
—Yo creo que podríamos publicar el reportaje el próximo domingo.
Esa misma tarde la revista Semana empezó a circular con un reportaje
sobre Pablo Escobar titulado “Un Robin Hood paisa”. La nota era
producto de la ofensiva de relaciones públicas que habían comenzado a
desplegar los hombres de Escobar y destacaba las cualidades humanas y
filantrópicas del nuevo congresista antioqueño elegido en las listas del
Movimiento de Renovación Liberal. El escritor del texto decía, poco más
o poco menos, que los pobres de Medellín por fin habían encontrado su
redentor.
Al día siguiente toda la prensa del país se fue en contra de Semana. Un día
después, en su editorial, Hernando Santos, en el periódico El Tiempo,
recriminó a Semana en términos muy duros y dijo que reportajes como ése
sólo contribuían a glorificar a los capos del narcotráfico.
Al mediodía recibí una llamada urgente de Enrique Santos Calderón.
—Olvídate del reportaje con Pablo Escobar… ¡Y te pido por favor que
jamás le vayas a mencionar este asunto a mi papá!
Mi reportaje nunca fue publicado y quedó convertido en unas cuantas
notas apuntadas en una libreta que luego perdí. Las fotos de los
congresistas quedaron muy bien. Yo las guardé celosamente durante varios
años.
Mientras tanto en el país las cosas de la política se volvieron cada vez más
sórdidas debido al dinero que entraba a montones a las arcas de los
partidos por cuenta de los traficantes de drogas. Durante el gobierno de
Belisario Betancur, la situación se tornó más tensa cuando el ministro de
Justicia Rodrigo Lara Bonilla decidió enfrentarse públicamente con
Escobar, luego de ser acusado de recibir dinero de la mafia. Un tiempo
después, Lara Bonilla fue asesinado y un juez de la república dictó auto de
detención contra Pablo Escobar y otros capos del narcotráfico por su
posible participación en el asesinato del ministro.
Desde entonces, Escobar desapareció de la vida pública. Aunque lo intenté
varias veces, con la idea de que me contara unas cuantas historias más, no
pude volver a verlo. Luego vinieron la pelea con el cartel de Cali, las
bombas, los asesinatos de policías y toda esa larga historia de terror que
rodeó a Escobar por el resto de su vida, hasta el día en que fue acribillado
a balazos por un comando del Cuerpo Élite de la Policía Nacional, el 2 de
diciembre de 1993, un día después de su cumpleaños.
lunes, 22 de mayo de 2023
La crónica: Un espejo retrovisor_ CMGT
CERRARON LA TIENDA
DE LA ESQUINA
C.M.G.T.
Después de más de cincuenta años de
servicio cerraron la tienda de la esquina de don Jorge «El Canoso», quien la
había abierto en los albores de la década del cincuenta, una vez llegado a la
ciudad y al barrio, huyendo de la violencia en Támesis, un pueblo del Suroeste
de Antioquia.
De niños íbamos allí a comprar los
confites de menta y aguardiente, a echarle a escondidas una moneda al piano y
escuchar la música bailable que se escuchaba en toda la esquina y que algunos
tarareaban y bailaban con encanto y alegría. Allí nos mandaban a comprar la
leche y los panes frescos para el desayuno antes de marchar a la escuela en
aquellas mañanas trinadas de pájaros.
En los diciembres la tienda vestía sus
cuatro entradas con cadenetas y bolas de colores que repetían el eco de sus
visos en las paredes, palmeras y aserrín en el piso; se hacía natilla y
buñuelos, se mataba marrano con la cuota que ponían los clientes; no faltaba la
pólvora, los globos y los regalos para los niños, ¡cómo olvidar la espada verde
de plástico de mi héroe favorito que me dieron en la noche de navidad!
En las paredes colgaban fotos a blanco y
negro de personajes que no conocía, pero que poco a poco, y en la medida que
iba creciendo, supe que se trataba de Carlos Gardel (¿quién como él para
entonar El día que me quieras?), Charlie Chaplin sonriendo con una flor en la
mano, «el loco» Omar Orestes Corbata en cuclillas y con las manos apoyadas en
un balón y la Marilyn con el vestido levantado que a más de uno hizo suspirar y
a algunas señoras hipocritonas santiguar.
En sus mesas, y mientras el reloj no
paraba de dar vueltas, hablábamos de triunfos y fracasos, de fútbol y de
amores, contábamos el número de los que se iban muriendo. En esas mesas
lloramos el asesinato de Cocho y Kiko dos de nuestros mejores amigos; de
«Chacho» el más galán de la cuadra que se las dormía a todas (no se le escapó
ni la hija de Pacho el, «duro» del barrio), del Flaco «Alza» que era el portero
del equipo y cuando íbamos perdiendo corría a cabecear los tiros de esquina, lo
encontraron muerto en la noche, recostado a un poste, con la botella a un lado,
se fue muriendo despacito y en silencio.
Muchos nos fuimos del barrio, pero yo
seguía yendo un viernes o un sábado en la noche, o los domingos en la mañana a
conversar con los amigos. Don Jorge murió hace dos o tres años. Sus hijos
decidieron, finalmente, cerrar la tienda, que para muchos de nosotros fue
meridiano o estación donde nos cruzamos todos los que vivimos en este barrio.
Cuando cruzo por la esquina y me detengo al pie del local donde funcionó la
tienda y donde hoy levantan un edificio de apartamentos, siento en el aire y en
mi interior, en blanco y gris, una junta ya de recuerdos.
Un fin de semana con Pablo Escobar
Juan José Hoyos
Era
un sábado de enero de 1983 y hacía calor. En el aire se sentía la humedad de la
brisa que venía del río Magdalena. Alrededor de la casa, situada en el centro
de la hacienda, había muchos árboles cuyas hojas de color verde oscuro se
movían con el viento. De pronto, cuando la luz del sol empezó a desvanecerse,
centenares de aves blancas comenzaron a llegar volando por el cielo azul, y
caminando por la tierra oscura, y una tras otra, se fueron posando sobre las
ramas de los árboles como obedeciendo a un designio desconocido. En cosa de unos
minutos, los árboles estaban atestados de aves de plumas blancas. Por momentos,
parecían copos de nieve que habían caído del cielo de forma inverosímil y
repentina en aquel paisaje del trópico.
Sentado
en una mesa, junto a la piscina, mirando el espectáculo de las aves que se
recogían a dormir en los árboles, estaba el dueño de la casa y de la hacienda,
Pablo Escobar Gaviria, un hombre del que los colombianos jamás habían oído
hablar antes de las elecciones de 1982, cuando la aparición de su nombre en las
listas de aspirantes al Congreso por el Partido Liberal desató una dura
controversia en las filas del Nuevo Liberalismo, movimiento dirigido entonces
por Luis Carlos Galán Sarmiento.
—A
usted le puede parecer muy fácil —dijo Pablo Escobar, contemplando las aves
posadas en silencio sobre las ramas de los árboles. Luego agregó mirando el
paisaje, como si fuera el mismo dios—: No se imagina lo verraco que fue subir
esos animales todos los días hasta los árboles para que se acostumbraran a
dormir así. Necesité más de cien trabajadores para hacer eso… Nos demoramos
varias semanas.
Pablo
Escobar vestía una camisa deportiva muy fina, pero de fabricación nacional
según dijo con orgullo mostrando la marquilla. Estaba un poco pasado de kilos
pero todavía conservaba su silueta de hombre joven, de pelo negro y manos
grandes con las que había manejado docenas de autos cuando junto con su primo,
Gustavo Gaviria, competía en las carreras del autódromo de Tocancipá y de la
Plaza Mayorista de Medellín.
—Todo
el mundo piensa que uso camisas de seda extranjeras y zapatos italianos, pero
yo sólo me visto con ropa colombiana —dijo mostrando la marca de los zapatos.
Se
tomó un trago de soda para la sed porque la tarde seguía muy calurosa y luego
agregó:
—Yo
no sé qué es lo que tiene la gente conmigo. Esta semana me dijeron que había
salido en una revista gringa… Creo que, si no me equivoco, dizque era la
revista People… o Forbes. Decían que yo era uno de los diez multimillonarios
más ricos del mundo. Les ofrecí a todos mis trabajadores y también a mis amigos
diez millones de pesos por esa revista y ya han pasado dos semanas y hasta
ahora nadie me la ha traído… La gente habla mucha mierda.
Pablo
Escobar hablaba con seguridad, pero sin arrogancia. La misma seguridad con la
que en compañía de su primo se montó en una motocicleta y se fue a comprar
tierras por la carretera entre Medellín y Puerto Triunfo, cuando aún estaba en
construcción la autopista Medellín-Bogotá. Después de comprar la enorme
propiedad, situada entre Doradal y Puerto Triunfo, casi a orillas del río
Magdalena, empezó a plantar en sus tierras centenares de árboles, construyó
decenas de lagos y pobló el valle del río con miles de conejos comprados en las
llanuras de Córdoba y traídos hasta la hacienda en helicópteros. Los
campesinos, aterrados, dejaron durante un tiempo de venderle tantos conejos
porque a un viejo se le ocurrió poner a correr el rumor de que unos médicos
antioqueños habían descubierto que la sangre de estos animales curaba el
cáncer. Escobar mandó a un piloto por el viejo y lo trajo hasta la hacienda
para mostrarle lo que hacía con los animales: soltarlos para que crecieran en
libertad. Ahora había conejos hasta en Puerto Boyacá, al otro lado del
Magdalena.
Igual
que con los conejos, Pablo Escobar consiguió un ejército de trabajadores para
plantar palmas y árboles exóticos por el borde de todas las carreteras de la
hacienda. Las carreteras daban vueltas, e iban y venían de un lugar a otro de
forma caprichosa porque ya Escobar tenía en mente la construcción de un gran
zoológico con animales traídos de todo el mundo.
Él
mismo, durante muchos meses, dirigió la tarea de poblar su tierra con canguros
de Australia, dromedarios del Sahara, elefantes de la India, jirafas e
hipopótamos del África, búfalos de las praderas de Estados Unidos, vacas de las
tierras altas de Escocia y llamas y vicuñas del Perú. Los animales alcanzaron a
ser más de 200. Cuando el Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) se los
decomisaba, por no tener licencia sanitaria, Escobar enviaba un amigo a los
remates. Allí los compraba de nuevo y los llevaba de regreso a la finca en
menos de una semana.
Durante
varios años, Pablo Escobar dirigió personalmente las tareas de domesticar todas
las aves, obligándolas con sus trabajadores a treparse a los árboles por las
tardes cuando caía el sol. Cosas parecidas hizo con los demás animales,
tratando de cambiar la naturaleza y hasta sus hábitos. Por ejemplo, a un
canguro le enseñó a jugar fútbol y mandó a traer desde Miami, en un avión, a un
delfín solitario envuelto en bolsas plásticas llenas de agua y amarrado con
sábanas para evitar que se hiciera daño tratando de soltarse. Luego, lo liberó
en un lago de una hacienda situada entre Nápoles y el Río Claro.
En
esa época, Pablo Escobar era representante a la Cámara y había sido elegido
para ese cargo en las listas del Movimiento de Renovación Liberal que lideraba
el senador Alberto Santofimio Botero, seguidor a su vez del candidato
presidencial del Partido Liberal, Alfonso López Michelsen. La justicia sólo había
proferido contra él una vieja orden de captura que reposaba sin ningún efecto
jurídico en un oscuro juzgado de Itagüí. Por todo esto era fácil obtener una
entrevista con él. Escobar se codeaba de tú a tú con todos los políticos de
entonces y hasta había sido invitado a España por el presidente electo de ese
país, Felipe González. En ese viaje lo acompañaron varios parlamentarios
colombianos de los dos partidos. La policía española recibió informaciones de
infiltrados en el mundo de la droga según las cuales el principal capo del
narcotráfico colombiano se hallaba hospedado en un hotel de Madrid. Por este
motivo, fuerzas especiales allanaron el edificio y detuvieron por un rato a
varios asustados congresistas del Partido Conservador, que se habían acostado
temprano. Los senadores, ya vestidos de pijamas, fueron requisados
minuciosamente junto con sus equipajes. Mientras tanto Pablo Escobar tomaba
champaña con varios amigos y periodistas colombianos en la suite presidencial
adonde los había invitado Felipe González.
La
entrevista con Pablo Escobar la ordenó Enrique Santos Calderón, columnista del
periódico El Tiempo y en esa época director de la edición dominical. La
conseguí con la ayuda de un locutor de radio de Medellín que tenía un programa
muy popular y que había empezado a trabajar con Escobar como jefe de prensa. El
locutor organizó un almuerzo en el hotel Amarú, que entonces era propiedad del
primo de Escobar, Gustavo Gaviria. Durante el almuerzo, Pablo Escobar dio unas
breves declaraciones desmintiendo al candidato del Nuevo Liberalismo, Luis
Carlos Galán, quien lo había expulsado públicamente de las filas del Nuevo
Liberalismo durante una manifestación en el Parque de Berrío. En su discurso,
Galán acusó públicamente a Escobar de tener nexos con el narcotráfico. Todo
esto lo refutó Pablo Escobar ante los periodistas. Luego anunció su candidatura
a la Cámara de Representantes por las listas del Movimiento de Renovación
Liberal que dirigía el parlamentario Jairo Ortega Ramírez, uno de los
lugartenientes más respetados de Santofimio en Antioquia y de López Michelsen
en el país. Escobar resultó electo después de una singular campaña en la que
sembró árboles por todos los barrios populares de Medellín y construyó e
iluminó decenas de canchas polideportivas en los barrios pobres. Además,
prometió públicamente a la gente que vivía en los tugurios del basurero de
Moravia construir más de 200 casas para que en el futuro pudieran tener una
vivienda digna.
Después
del almuerzo, Pablo Escobar me hizo saber a través de su jefe de prensa,
Alfonso Gómez Barrios, que me esperaba en la hacienda Nápoles, en Puerto
Triunfo, durante el próximo fin de semana. Los guardaespaldas de Escobar me
llamaron al día siguiente y me propusieron encontrarnos en la población de San
Luis, adonde yo tenía que viajar para acompañar al entonces gobernador de
Antioquia, Nicanor Restrepo Santamaría, a la inauguración de la escuela Juan
José Hoyos, que lleva ese nombre en memoria de mi abuelo, un maestro de escuela
del oriente de Antioquia.
—¿Cómo
hago para encontrarlos si yo no los conozco? —les pregunté a los guardaespaldas
de Escobar.
—Tranquilo
que nosotros lo encontramos a usted…
Yo,
por supuesto, no estaba tranquilo. Había tenido noticias sobre la amabilidad
con que Escobar atendía a los periodistas, pero también sabía que todos sus
empleados temblaban de miedo cuando él les daba una orden.
Llegué
a San Luis poco después del mediodía del sábado. Mientras el gobernador
pronunciaba su discurso inaugurando la escuela me di cuenta, muy asustado, de
que mi hijo Juan Sebastián, de apenas dos años de edad, había desaparecido.
Abandoné el acto y en uno de los corredores de la escuela encontré a un hombre
moreno y de apariencia dura cargando a mi hijo. El hombre me miró con una
sonrisa. Tenía cara de asesino. Nadie tuvo que explicarme que era uno de los
guardaespaldas de Pablo Escobar.
De
inmediato fui a buscar a Martha, mi esposa, y le dije que ya habían llegado por
nosotros. En menos de un minuto abordamos mi carro, un pequeño Fiat 147 que los
hombres de Escobar miraron con desprecio. Ellos subieron a una camioneta Toyota
de cuatro puertas, con excepción del hombre con la cara de asesino. Él nos dijo
que quería acompañarnos en mi carro para que no nos fuéramos a embolatar.
Cuando
encendí el motor del auto y vi por el espejo retrovisor la camioneta Toyota con
esos tres hombres, todos armados, me di cuenta de que estaba temblando. El
hombre con cara de asesino trató de serenarme.
—Tranquilo,
hermano, que usted va con gente bien…
En
seguida abrió un morral que llevaba sobre sus piernas y sacó un teléfono
satelital… ¡Un teléfono satelital en esos tiempos en los que en Colombia ni
siquiera se conocían los teléfonos celulares!
—Aló,
patrón. Aquí vamos con el hombre. Todo ok. Estamos llegando en media hora.
Cuando
cruzamos el alto de La Josefina y empezamos a descender hacia el valle del Río
Claro me fui tranquilizando poco a poco viendo por el espejo retrovisor cómo mi
hijo jugaba con su madre. Sin embargo, para controlar mejor los nervios le
propuse al hombre de la cara de asesino que paráramos en algún lado y nos
tomáramos una copa de aguardiente.
—Hágale
usted tranquilo, hermano, que yo no puedo. Si le huelo a aguardiente al patrón,
me manda a matar.
Nos
detuvimos un par de minutos en una fonda junto al Río Claro. Yo bajé solo del
carro y me tomé dos tragos. Martha, Juan Sebastián y el guardaespaldas me
esperaron sin decir ni una palabra. Lo mismo hicieron los guardaespaldas que
venían detrás, en la camioneta Toyota.
Llegamos
a la hacienda Nápoles cuando ya iban a ser las cuatro de la tarde. La primera
cosa que me impresionó fue la avioneta que estaba empotrada en un muro de
concreto, en lo alto de la entrada. La gente, que siempre habla, decía que ésa
era la avioneta del primer kilo de cocaína que Escobar había logrado meter a
los Estados Unidos. Después me impresionaron los árboles alineados en perfecto
orden a lado y lado de una carretera pavimentada y sin un solo hueco. Empezamos
a ver los hipopótamos, los elefantes, los canguros y los caballos que corrían
libres por el campo verde. Mi hijo le dio de comer a una jirafa a través de la
ventanilla del auto, con la ayuda del guardaespaldas. A medida que nos
adentrábamos en la hacienda íbamos cruzando puertas custodiadas por guardianes.
En cada puerta, el guardaespaldas mostraba una tarjeta escrita de su puño y
letra por el patrón. Con la tarjeta, las puertas se abrían de inmediato como
obedeciendo a un conjuro mágico. Junto a una de las últimas había un carro
viejo montado en un pedestal. Era un Ford o un Dodge de los años treinta y
estaba completamente perforado por las balas.
—¿De
quién es ese carro? —le pregunté al hombre con cara de asesino.
—Lo
compró el patrón…. Era el carro de Bonnie and Clyde.
Después
de atravesar la última puerta cruzamos un bosque húmedo lleno de cacatúas
negras traídas del África y otros pájaros exóticos cazados en todos los
continentes. Al final estaba la entrada a la casa principal de la hacienda.
Bajé del carro, otra vez asustado, y alcé a mi hijo en brazos. Martha abrió la
maleta del Fiat y bajó el equipaje. Pensábamos quedarnos dos días de acuerdo
con la invitación de Escobar.
Lo
primero que encontré caminando hacia la casa fue una ametralladora montada
sobre un trípode. Me dijeron que era un arma antiaérea. Más adelante había un toro
mecánico que un técnico traído desde Bogotá estaba reparando. En la piscina,
dos hombres se bañaban. Uno de ellos estaba un poco entrado en años. Por los
uniformes y las insignias que habían dejado al borde de la piscina me di cuenta
de que eran dos coroneles del ejército.
En
ese momento apareció Pablo Escobar. Me saludó con una amabilidad fría, pero
llena de respeto por mi oficio y por el periódico para el cual trabajaba.
Estaba recién motilado y lucía un bigote corto. En su cara, en su cuerpo y en
su voz aparentaba tener aproximadamente unos 33 años.
Me
invitó a sentarme en una de las sillas que bordeaban la piscina donde los
coroneles seguían disfrutando de su baño.
Junto a la mesa donde empezamos a hablar
había un traganíquel marca Wurlitzer, lleno de baladas de Roberto Carlos. La
que más le gustaba a Escobar era “Cama y mesa”. Desde que eran novios, él se la
dedicaba (…).
NOTAS EN LA BITÁCORA
§ Hay que ganarse el
derecho a publicar cosas inútiles.
§ Al escribir perfiles
se juega con la reputación de las personas.
§ Hay que ser
responsables con el personaje de quien se habla. Uno puede ir haciendo daño con
mala o buena onda.
§ El lector es un
infiel y un traidor. Es un enigma.
§ El trabajo se
sintetiza en tomar decisiones éticas en cada línea.
§ El perfil es un texto
de autoayuda.
§ La crónica es
literatura a presión, a vapor, que no es lo mismo que una mala literatura.
§ Hay 4 tipos de
cronistas: el protagonista, el testimonial, el documental y el que diluye su
voz.
§ Los ricos de
Latinoamérica no son parodiables, porque ellos mismos se parodian.
§ La búsqueda es de
temas locales que se universalicen.