viernes, 11 de marzo de 2016

¿Realmente comprendo?



El maestro sen dice Bokuju: "Nos vestimos, comemos."

Pero el hombre no puede comprender...

Una cosa tan simple, es difícil de comprender.

La gente puede comprender las cosas complicadas, pero no puede comprender las cosas simples. Porque una cosa complicada puede ser dividida, analizada, planteada racionalmente, pero ¿qué se puede hacer con una cosa simple?

No puedes analizarla, no puedes dividirla en partes, no puedes diseccionarla; no hay nada que diseccionar. Es demasiado simple. Y como es tan simple tú no la entiendes.

Bokuju dice: "Tú no puedes comprender, porque la mente nunca comprende."

La mente es la no-comprensión por antonomasia; la mente es la propia raíz de la ignorancia.

¿Por qué no puede comprender la mente?

Porque la mente es solo una pequeña parte de tu ser, y la parte no puede comprender, solo el Todo puede comprender.

Recuerda esto siempre: solo tu ser entero puede comprender algo, ninguna parte puede. Ni tu cabeza, ni tu corazón, ni tus manos, ni tus piernas, pueden comprender: solo tu ser entero.

La comprensión es del total, la confusión es de la parte.

La parte siempre malinterpreta, porque la parte interna aparenta ser el Todo; ese es el problema.

Cuando te quedas dormido, ¿dónde está tu mente?... El cuerpo continúa sin ella.

El cuerpo digiere la comida; no necesita la mente. Te podrían quitar todo el cerebro y tu cuerpo continuaría. El cuerpo seguirá digiriendo la comida, creciendo, expulsando fuera las cosas muertas...

El cuerpo tiene su propia sabiduría, no se preocupa por la mente.

¿Te has fijado alguna vez en que la mente está jugando a ser el gran conocedor, sin tener la más ligera sospecha de que todo lo que es importante en el cuerpo funciona sin ella?

Tú comes. El cuerpo no pregunta a la mente cómo digerir la comida; y se trata de un proceso muy complicado. No es fácil transformar la comida en sangre, pero el cuerpo la transforma y sigue funcionando. Es un proceso muy complicado porque hay miles de elementos implicados.

El cuerpo libera, en las proporciones correctas, los líquidos necesarios para digerir la comida. Luego absorbe todo lo que el cuerpo necesita y deja lo que no necesita, lo excreta.

Cada segundo, miles de células están muriendo en el cuerpo; el cuerpo se deshace de ellas a través de la corriente sanguínea. Se necesitan hormonas, vitaminas, y millones de cosas, y el cuerpo las encuentra en la atmósfera.

Cuando el cuerpo necesita más oxígeno, inspira más profundamente. Cuando el cuerpo no lo necesita, relaja la respiración. Todo sigue; la mente es tan solo una parte de todo este mecanismo.

Los animales existen sin la mente, los árboles existen, y existen maravillosamente.

Bokuju está diciendo que la comprensión viene del Todo.

Tú simplemente come, no intentes comprender.

Tú simplemente muévete, camina, ama, duerme, come, báñate. Sé total. Deja que las cosas ocurran. Simplemente sé. Y no intentes comprender, porque el propio esfuerzo al intentarlo, el propio esfuerzo por entender, está creando el problema. Te está dividiendo. No crees el problema; simplemente sé.

Osho

jueves, 3 de marzo de 2016

Literatura como política y política como literatura. Entrevista al escritor Patricio Pron

'No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles', editado por Literatura Random House


No derrames tus lágrimas por nadie que viva en estas calles (Literatura Random House, 2016), Patricio Pron nos habla de literatura y política a través de una novela que mueve en círculos en la que el presente se mira en el pasado y éste pervive en el presente. A partir de un Congreso de Escritores Fascitas Europeos que iba a celebrarse en abril de 1945, el recuerdo de algunos de sus supervivientes en 1978 y la resonancia de todo aquello durante unas protestas en 2014 en Milán, Pron reflexiona, con sentido del humor, pero de manera más que pertinente hoy en día, sobre la relación entre literatura y política, sobre la legitimación de la violencia como camino para la lucha y sobre cómo nos relacionamos con los textos y sus autores, entre otros temas en una espléndida novela escrita, además, con un estilo literario que contraviene unos tiempos de pereza.
P
La novela está marcada por cuatro fechas muy significativas, sobre todo en el contexto italiano. Al final de la novela el narrador habla del futuro del personaje, está narrado como desde el futuro y, por tanto, se ve 2014 como una fecha pasada y, por tanto, relevante a nivel histórico. Como el comienzo de un cambio.
R.-
Esto es en virtud de que, si bien es una novela que puede ser leída tan solo por los hechos que narra, creo que también habla, y principalmente, del presente, y de algunas de las preguntas que nos hacemos alrededor de algunos temas, no sólo de los vínculos entre arte y política, también sobre otros, porque la novela apunta en diferentes direcciones. Que esas preguntas sean similares a las que se hicieron los futuristas en su época o los activistas políticos en los setenta, y que sean las de la nueva izquierda europea, pone de manifiesto que nos movemos en círculos. Que la Historia no es progresiva o lineal y una novela que quiere contarlo tampoco podía serlo. Que el pasado no ha terminado por completo y es tarea de quienes pretendemos decir un par de cosas pertinentes sobre el presente remontarnos a ese pasado para abordarlo mejor.
P
Tengo la impresión de que la novela es circular, pero no cerrada, que la historia gira sobre sí mismo, que va y viene, de ahí que cada generación en la novela se plantee temas parecidos, en marcos algo similares pero de épocas diferentes.
R.-
Una de las influencias más importantes a la hora de escribir el libro fue uno cuya relación con la novela puede parecer atrabiliaria. Es un libro sobre la percepción del espacio de los ciegos que leí en la biblioteca de la residencia para artistas de Civitella Ranieri, en Perugia, y que en gran medida es parte de la biblioteca privada de Mark Strand. Un viejo libro en el que un puñado de neurocientífcos, se había preguntado cómo perciben el espacio los ciegos y habían puesto a varios de diferentes edades a dibujar objetos. Y lo hacían de forma secuencial a partir del tacto, no de manera simultánea, sino consecutiva. Los dibujos presentaban cada cara del objeto de manera consecutiva, un conjunto que era la suma de cada cara. Y pensaba mucho de eso cuando escribía el libro, en el que en un principio pensé que solo abordaría el congreso científico y el diccionario que cierra la novela, pero comprendí que siendo la lectura también una actividad consecutiva y no simultánea era necesario recurrir a otros procedimientos para contar una cosa que para mí también conformaba un objeto que existía en un espacio hipotético, pero que existía; y era sencillamente un objeto poliédrico, en el que cada una de sus caras podría ser comprendida de manera individual, pero para una total comprensión debían de ser abordadas todas las caras. Había sido más fácil, incluso para el lector, explicar que lo que sucedía en el pasado volvería a suceder en el futuro, pero me pareció más interesante invitar al lector a un juego más complejo, y por tanto interesante, a través del cual se mostraran todas esas caras.
P
Un abuelo, el padre y el hijo enfrentados a la legitimidad de la violencia política en tres momentos diferentes. De alguna manera, esta novela entronca con El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia.
R.-
Puede parecer que por abordar unos hechos que no suceden en Argentina estaría emocionalmente más despegado, pero tengo la sensación de que todo es un atajo, en realidad, para hablar de cosas que son muy dolorosas para mí y a las que a veces solo puedo llegar por esos atajos. Quizá es un libro que no habría podido escribir en Argentina, sí en Italia, pero las preocupaciones son las mismas. A la hora de contar de qué forma una generación, posiblemente una de las más generosas y comprometidas del último medio en occidente, eligió la violencia política como vía legítima de transformación social y cómo fue derrotada. También percibí esto al hacer el podcast del libro, con 21 canciones. Fue muy divertido para mí descubrir que los miembros de las brigadas rojas habían escuchado las mismas canciones que escuchaban mis padres. Lo interesante era que mientras lo preparaba leí sobre el descubrimiento de una especie de alijo de una célula de las Brigadas en Milán, un archivo policial. Y había varias casetes con la música que escuchaban y entre ellas estaba Fausto Papetti, esa especie de música sobre sexo rápido en los coches de los setenta y ochenta que no era nada revolucionario. Son extraños los cruces que se producen. 
P
Hay en la novela un elemento cómico, absurdo, sobre todo en los fragmentos de los futuristas, que además de recodar un poco esa locura que fueron las vanguardias, dan un sentido muy particular a la novela, restan gravedad pero a su vez es disonante…
R.-
Me alegra mucho que lo digas, porque los hechos de la novela pueden hacer pensar en una novela trágica, pomposamente trágica, que es por otra parte el tono que suele tomar, sobre todo en España, la presentación de este tipo de hechos. Nos encontramos que la mayoría de los textos que abordan estos temas son pomposos y aburridos. En mi caso no había un deseo claro de alejarme de ese tipo de libros, porque desafortunadamente podría acabar haciendo una novela con ese tono, sino más bien una deriva inevitable si se considera que los futuristas, con las vanguardias, surgieron para romper la literatura, y el arte en general, contra un arte y una literatura tan pomposos como los de nuestros tiempos. La elección de la comicidad de los futuristas, que comenzaron su revolución artística no tomándose en serio o tomándose ridículamente en serio, y que fue además el primer movimiento en presumir en tener un payaso en sus filas, era una comicidad inevitable y era una buena forma de dar cuenta de cómo su patrimonio resultaba pertinente aun hoy, que podía interpelarnos. Además, volvemos a los círculos: períodos de gran creatividad, de apertura, son seguidos de otros de gran conservadurismo y pomposidad.
P
Y luego está la idea de juego, de rompecabezas, casi de whodunit literario en el que, en realidad, al final importa más la partida, los jugadores, que el resultado exacto.
R.-
Bueno, en realidad sí haya una resolución de un misterio, pero no es tanto quién cometió el asesinato sino más bien, por qué a la hora de salvar algo salva los textos y de qué forma deberíamos enfrentarnos a la figura del autor y a aquello que produce. Sí creo que hay un resolución, provisional y abierta a debate, como todas, sobre cómo nos relacionamos con los textos y cómo eventualmente deberíamos relacionarlos con esos textos de autores quienes por su postura política nos parece aberrante.
P
El futurismo intentó crear una estética o un arte de Estado con el fascismo, quizá una de las mayores búsquedas de convertir la política en arte y el arte en política, ¿cómo llegas a pensar en ello como arranque de la novela?
R.-
Entiendo que la distancia es muy difícil de tomas, pero también que es parte de nuestra tarea como lectores juiciosos hacerlo. En el caso de los futuristas, su ausencia en muchos relatos históricos del siglo XX, en los cuales apenas es una nota pie, es fragante, porque fueron los primeros, los que más lejos llegaron en sus intentos de fusionar arte y vida. Y los estuvieron más cerca de conseguirlo. De usar las herramientas del estado para conseguir transformaciones, porque fueron considerados por el régimen fascista como el arte oficial. También en ser los primeros en ser traicionados por sus ideales políticos, ya lo advirtieron en 1923 algunos de ellos, porque eran demasiado revolucionarios como para llegar a ser una estética de estado. Esta contradicción en la que se encontraron, se presentó en todas las vanguardias, y también atraviesa nuestro recuerdo de ellas. Eran revolucionarios en sus técnicas artísticas pero profundamente conservadores en sus opiniones políticas, una contradicción y una paradoja que de ser consecuentes y de tener una lectura por completo moral de su arte nos llevaría a repudiar a casi todas las vanguardias; y sin embargo es enormemente perjudicial y cuestionable si lo que queremos es poner de nuevo los textos u objetos artísticos por delante de los autores, que es por lo menos a mí la manera menos dañina de leer. Toda forma de lectura engendra un tipo de daño, de violencia sobre el texto, porque obliga al texto a decir no exactamente lo que dice sino aquello que nosotros queremos que diga. Pero de todas las violencias, el leerlos en clave moral me aparece la más dañina, y también impide el rescatar a algunos autores que produjeron grandes obras por cuestiones políticas.
P
En la literatura española actual, hablando de manera muy general, al igual que en otras manifestaciones artísticas, suele entender como ‘texto político’ aquel que toca un tema entendido como tal, sin embargo, en demasiados casos se olvida que la forma es también, o principalmente, política. De ahí que muchas de esas obras pretendidamente políticas, en realidad, sean muy conservadoras.
R.-
Me alegra que lo digas, porque tengo la misma percepción. Volviendo a lo anterior, le lectura moral nos pone en una especie de contradicción: que aquellos autores cuyas convicciones políticas son más cercanas a las nuestras producen en su mayoría textos conservadores, y, a la inversa, aquellos que repudiamos desde la política o la ética a menudo han escrito texto más relevantes. ¿Qué hacer con esto? ¿Cómo leer esos textos? ¿Cómo no dejar que nos manipulen incluso aquellos que desearíamos que nos manipulasen? O mejor aún cómo producir una literatura verdaderamente relevante y que contribuya a nuestras causas, sean las que sean, sin caer en formas que perjudican a estas causas por su carácter remanente o parasitario. Desafortunadamente, algunos autores cuyas opiniones o convicciones son más afines a mí, en España, hacen una literatura parasitaria de la que se hizo en el XIX. Tanto en la adhesión y en la innovación a cierto ideario estético en España veo un profundo conservadurismo. También en virtud de que cuando se produce esa innovación no es más que algo epigonal de los procedimientos de la literatura norteamericana posmoderna de los setenta y ochenta. Entonces, la pregunta no es tanto cómo condenar a esos autores, no es mi intención hacerlo, pero sí como producir una literatura que sea cuestionadora y rompedora y no epigonal o parasitaria. La pregunta se puede responder de varias maneras, en mi caso ha sido con este libro. Concierne a los lectores establecer si me respuesta es correcta o útil. Pero es relevante en tanto a que nos muestra si realmente pensamos la literatura como política. Para mí solo hay una literatura política relevante, y es si es cuestionadora de un puñado de valores que son hegemónicos en el ámbito literario y que en realidad son proyecciones de valores e instituciones que exceden el terreno literario que concierne a lo pilares de la sociedad: la familia, la propiedad, el individualismo, etc. Creo que ahí hay una tarea pendiente en parte porque gran parte de los escritores hispanoparlantes que podrían hacerlo, no lo hacen. Una literatura que se pretende política, que lo que hace es asentar los valores literarios/sociales, no es política salvo que pensemos, evidentemente, que su politización es conservadora.
P
La literatura, el arte en general, cada vez parece más alejada de la política, me refiero a que tenga realmente un papel en ella más allá de proclamas.
R.-
Me da la impresión de que toda la literatura de relevancia viene a decir que nuestro modo de vida es tan solo un conjunto de decisiones que hemos tomado, o que han tomado quienes nos ha precedido. Por lo que si estamos descontentos por el estado de las cosas, por sus injusticias, tenemos que concebir nuevas formas de vida para liberarnos de esas imposiciones. Desafortunadamente, gran parte de la narrativa, no solo actual, ha sucedido en todas las épocas, contribuye a un asentamiento de una forma de vida y no a su cuestionamiento. Es más cómodo para los autores, y para muchos de sus lectores, y sobre todo para las instituciones que median entre ambas esferas. En ese ámbito se juega todo lo que me interesa de la literatura: la voluntad de transformación, de establecer un diálogo no solo sobre lo que es sino también sobre lo que puede ser, el cuestionamiento de algunas instituciones, algunas de ellas aparentemente incuestionables, como la propiedad de los textos. En la novela aparece esta idea, ¿a quién pertenecen los textos? Me parece muy pertinente e interesante plantear esta cuestión, si los textos pertenecen a quien los produce o a quien los lee. Aunque los escritores no tenemos las respuestas. Pero creo que es nuestro deber el plantearlo. 

Fuente. http://www.elplural.com/2016/03/03/literatura-como-pol%C3%ADtica-y-pol%C3%ADtica-como-literatura-entrevista-al-escritor-patricio-pron

lunes, 22 de febrero de 2016

10 frases para recordar la mordaz lucidez de Umberto Eco

Umberto EcoImage copyrightReuters
Image captionUmberto Eco era el máximo intelectual italiano.
Umberto Eco era tan famoso por su creación intelectual como por sus lúcidas y polémicas declaraciones mediáticas.
Tras el fallecimiento este viernes a los 84 años del autor de libros como El nombre de la rosa y El péndulo deFoucault, BBC Mundo recopila un decálogo de frases suyas sobre distintos temas.

1. Sobre los libros

"Los libros no están hechos para que uno crea en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa". El nombre de la rosa.

2. Sobre los padres

"Creo que aquello en lo que nos convertimos depende de lo que nuestros padres nos enseñan en pequeños momentos, cuando no están intentando enseñarnos. Estamos hechos de pequeños fragmentos de sabiduría". El péndulo de Foucault.

3. Sobre Dios

Eco internetImage copyrightGetty
Image captionPara Eco, internet permitió "la invasión de los imbéciles".
"Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no quiere decir que creen en nada: creen en todo".

4. Sobre el amor

"El amor es más sabio que la sabiduría".El nombre de la rosa.

5. Sobre los héroes

"El verdadero héroe es héroe por error. Sueña con ser un cobarde honesto como todo el mundo".

6. Sobre los villanos

"Los monstruos existen porque son parte de un plan divino y en las horribles características de esos mismos monstruos se revela el poder del creador". El nombre de la rosa.

Image copyrightGetty
Image captionEco no tenía una buena opinión de las redes sociales.

7. Sobre la poesía

"Todos los poetas escriben mala poesía. Los malos poetas la publican, los buenos poetas la queman".

8. Sobre el periodismo

"No son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que hace las noticias y saber juntar cuatro noticias distintas significa proponerle al lector una quinta noticia". Número cero.

9. Sobre internet

"Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Entonces eran rápidamente silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un Premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles". Eco al diario La Stampa.

10. Sobre la corrupción

"Hoy, cuando afloran los nombres de corruptos o defraudadores y se sabe más, a la gente no le importa nada y solo van a la cárcel los ladrones de pollos albaneses". Eco a la Agencia Efe.
Fuente: http://www.bbc.com/mundo/noticias/2016/02/160219_cultura_umberto_eco_frases_ap

lunes, 15 de febrero de 2016

Frases de Hermann Hesse

La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero.

Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.


Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.


Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.


La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.



Biografía Hermann Hesse
Hijo de un pastor protestante, Hermann Hesse nació en Calw (Selva Negra), donde pasó su infancia y los primeros años escolares, hasta 1889.
En 1891 ingresó en el seminario de Maulbronn, que abandonó al año siguiente, dejando constar siempre su rechazo a la educación formal.
En 1892, con quince años, Hesse intenta suicidarse, quedando tras esto a cargo de un teólogo y pasando posteriormente por una institución de salud mental.
Completó sus estudios básicos en 1893 y comenzó a trabajar en diversos oficios, primero como mecánico y luego en una librería de Tubingen, especializada en teología, filología y leyes.
En 1903 viajó a Italia y en 1911 a la India.
Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918),Hermann Hesse, de convicciones profundamente pacifistas, se trasladó a Montagnola (Suiza), país donde obtendría la ciudadanía años después, en 1921.
Sus opiniones en contra del nazismo le valieron su inclusión en la lista negra nazi en 1943.
En 1946 obtuvo el premio Nobel de Literatura.
La obra de Hermann Hesse es en gran parte confesión de su interior, el intento de superar sus crisis personales.
Intenta armonizar los valores éticos y estéticos, la sabiduría del Oriente y la del Occidente, con un lenguaje sencillo, fluido y musical y gran capacidad de expresar los más diversos matices del sentimiento.
Desde su muerte, la influencia de Hermann Hesse creció de una manera incomparable en el mundo.

Fuente: http://www.frasesypensamientos.com.ar/autor/hermann-hesse.html

jueves, 14 de enero de 2016

Biografía de José Martí

Nació en La Habana, cuando aún Cuba estaba bajo el dominio español, el 28 de enero de 1853. Era hijo de don Marino Martí y Navarro y de doña Leonor Pérez y Cabrera. Fue llamado José Julián.


José Martí
En 1865 ingresó en la Escuela Superior Municipal y luego al Colegio de San Carlos. En 1869 se lo condenó a prisión por seis años, por haber publicado escritos considerados sediciosos (en ellos llamó traidor a un compañero de estudios que se había alistado como voluntario en el Ejército de España). 


El destierro a España fue el resultado de la conmutación de la pena. 

En ese país estudió en las Universidades de Madrid y Zaragoza, culminando sus estudios en Derecho y Filosofía y Letras. Data de esa época "El Presidio Político en Cuba", donde el gobierno español fue objeto de sus críticas por su crueldad y rudeza.

Luego de volver a Cuba, y ser otra vez desterrado a España, se casó en 1877 con Carmen de Zayas Bazán que lo convirtió en padre de Ismael, inspirador de muchos de sus versos.

Se trasladó a Nueva York (Estados Unidos) en 1880 y allí escribió en algunos periódicos, como "The Sun" y la revista "The Tour". Posteriormente escribió para el diario "La Nación", de Buenos Aires (Argentina). Fue Cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay, pero su corazón lo obligó a luchar por la liberación de su patria, y fundó el Comité Revolucionario.

 Junto a los Generales Máximo Gómez y Antonio Macero se embarcó rumbo a Cuba para luchar. Desembarcó en la isla en 1895, y murió en manos de las fuerzas españolas, el 19 de mayo de ese mismo año.

Fue un gran orador y periodista, expositor del modernismo. Innovó en materia de ritmos, acentos y matices, enunciando contenidos críticos sobre la literatura y el arte del momento.

José Martí
Junto a Rubén Darío, (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México) y José Asunción Silva (Colombia), es considerado como iniciador del movimiento modernista hispanoamericano.


Escribió sobre crónicas de viajes, crítica de arte, obras de teatro, como "Patria y Libertad" (drama indio en dos actos), "Abdala" (pieza en ocho escenas escrita a los dieciseis años), "Amor con amor se paga" (un acto). También escribió una novela: "Amor funesto", y numerosas poesías que reunió en varios volúmenes breves: "Ismaelito" (1882), "Versos sencillos" publicada en 1891. Esta podría considerarse su obra más acabada. Poemas como "La rosa blanca" y "La niña de Guatemala", se incluyen en esta Antología. "Versos libres", fue publicado en 1913 por Gonzalo de Quesada de Oróstegui, en el Tomo IX de las Obras Completas.

Se trata de una poesía fuerte y dura, calificada por su propio autor como escrita "no con tinta académica, sino con la propia sangre".

Selecciones de sus poemas fueron publicadas en dos oportunidades, con prólogo y notas de Rubén Darío.


Como periodista introdujo en 1882 técnicas absolutamente modernistas, sinestesias, armonía y metáforas rebuscadas. Creó lo que llamó Max Heriquez, la prosa artística.






Fuente: http://www.poemas-del-alma.com/jose-marti.htm#block-bio

lunes, 11 de enero de 2016

Fernando Soto Aparicio: el fin de la pelea con Dios _Por: Camila Builes

Ochenta y tres años, setenta y dos libros publicados, innumerables obras de teatro, poemas y cuentos. Fernando Soto Aparicio encarna la frase “vivir para escribir”. Hoy, con una enfermedad terminal, el escritor colombiano se despide de la literatura con “Bitácora del agonizante”.



Fernando Soto Aparicio: el fin de la pelea con DiosFernando Soto Aparicio nació en Socha el 11 de octubre de 1933./ Andrés Torres

La casa de Fernando Soto Aparicio está atrapada en un edificio de Suba, Bogotá. A la entrada hay una mesa café con ocho portarretratos: cuatro con fotos de los nietos, dos con fotos de los hijos, los otros dos con fotos de él. En una de las imágenes un niño de por lo menos un año le está agarrando los bigotes. Los ojos de Soto Aparicio están cristalizados, apuntando directamente a los ojos del pequeño; la boca del niño se abre para tragarse la nariz de quien lo carga. La imagen —sin pose alguna— retrata la esencia de los momentos efímeros y a su vez eternos: la felicidad.
—Es uno de mis nietos —dice el escritor, que este año cumple 83 años—. Me gustan las fotos. Me tenés que hablar duro porque no escucho por un oído.
Es alto: el vano de la puerta de la cocina puede medir más de 1,75 cm. Él se tiene que agachar un poco para pasar. La cabeza parece tenerla en la mitad del cuello. Las orejas sobresalen a cada lado. Recuerdo que un día leí que las orejas y la nariz nunca dejan de crecer: parece verdad. Chaleco de lana amarillo, camisa a cuadros azules, jean claro, tenis grises.
Martha, una de sus hijas, intenta ayudarlo a sentarse. Él, con una mirada, le advierte que puede solo. Los ojos de la mujer, debajo de una sombra azul y rímel café, sonríen sin viso de vergüenza.

***
Cuando Fernando Soto Aparicio se dio cuenta de que quería escribir, ya había hecho dos enormes pero pésimas novelas con influencia de Dumas y los mosqueteros. Tenía trece años y ocurrió como una borrasca: primero despacio, con el deseo solamente de leer; luego con una precipitación interna que lo obligó a romper, romperse, fracturarse, escribir. Escribió en sus cuadernos infinidad de poemas retóricos y románticos que para él no valían nada: patéticos y tristes. Los condenó al silencio en una hoguera. Su lirismo era paja, ceniza. De ellos no queda nada, ni el recuerdo. La tempestad había empezado cuatro años antes, a los nueve, cuando leyó Los miserables. Debajo de las cobijas, porque era prohibido. Con una linterna en medio de la madrugada.
—Leí ese libro de Víctor Hugo con esos apasionamientos que se dan en edades muy tempranas. Fue un libro muy difícil de leer en el sentido de que para un muchacho de nueve años toda esa cantidad de personajes, de situaciones y complicaciones eran muy poco entendibles. Yo lo vi como un universo y me perdí en él.
Leyó a Julio Verne con Miguel Strogoff, el correo del zar. Entonces quiso escribir más, escribir siempre. Se sometió a la escritura, una maldición que salva: maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del que es imposible liberarse. Y salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. Se convenció de que escribiría el resto de su vida y que esa labor necesitaba de espiar, hurgar, meterse donde nadie lo quiere.

—El escritor es una oreja con dos patas. Es el único voyerista autorizado por la sociedad. Es el que mira por el ojo de la chapa, oye lo que no le cuentan y mira lo que no le muestran: ahí está el punto. Ahí está la obra.
***
El comedor y la sala están unidos. Hay dos jarrones con rosas blancas y en el medio de los muebles, encima de una mesita, dos frascos de vidrio con confites. La pared del lado izquierdo, que da con la ventana con vista al parque, parece de galería: cuadros en óleo entre paisajes, bodegones y figuras abstractas dejan sólo pequeñas líneas blancas de separación entre ellos. Todos los cuadros son de uno de sus cinco hijos.
Soto Aparicio está de frente a la ventana. Lo cubre una luz lánguida de invierno. No deslumbra por fuera, sino por dentro. Hay que adivinarle que es escritor. Exteriormente no parece artista, carece de ese ego inflado por benevolencias que usualmente aquejan a los de su profesión. Es un poco triste, pero su tristeza no es violenta. Es serena, apacible, de beatitud. Casi dulce. No lo agitan las tempestades de la pasión, sino de la reflexión. Pero las debe sentir de noche y en la soledad de su cuarto. Solitario por vocación y por oficio. Como un metal noble, brilla escondido. Su apariencia no tiene nada de rara, no deslumbra. En ese sentido, más bien pasaría inadvertido como cualquier maestro, que fue su otro trabajo, el de sobrevivir, con el que pagó el precio de ser escritor.
Son las tres de la tarde. “Marthica, tráeme la vainita de las pastas”, dice con voz ronca desde el sofá. Martha sale de la cocina y se pierde en la oscuridad del pasillo que queda en medio del comedor y la sala. Minutos después trae en la mano derecha un cofre de metal azul, se lo entrega a su papá. Sus manos —las de Soto— duplican el tamaño normal, o eso parece. Saca una pastilla blanca. Se la traga sin agua.
—Yo controlo mis drogas. Tengo que tomarme en el día alrededor de 26 pastillas. Eso lo lleva a uno a una disciplina férrea: a las cuatro es esta, a las dos aquella. No se puede pasar ninguna. Se sigue viviendo hasta que ya no se pueda más. La vida es tan sumamente bella que aun doliéndole todo lo que le duele a uno con este mal, uno la bendice y la quiere cada vez más. Siempre se encuentra un nuevo sentido.
***
Publicó su primera novela en España, en 1960: Los desventurados.
—Cuando la escribí busqué por todas partes quien me la publicara: el Ministerio de Cultura, cualquier universidad, alguna editorial. Nada. Me di cuenta de que estaban haciendo un concurso de novela en España y mandé el manuscrito. Como en esa época era con papel de carbón —una cosa horrible— sólo había hecho una, no tenía copia. Pasaron dos meses y pensé que se había perdido, hasta que me llamaron del correo: tenían una caja para mí. Recuerdo que me entregaron un paquete café, lo abrí y había cuatro ejemplares de la novela. Los olí, los detallé. Había, también, un cheque. Me senté a llorar en el andén; en esas pasó una señora y me dio un dulce. Me lo comí entre sollozos. Fue el mejor dulce que me comí en toda mi vida.
El resto se sabe: que trabajó dos meses en una mina de carbón en el municipio La Chapa para entender cómo vivían los mineros, para ver cómo se creaban los sindicatos, para ser testigo de la rebelión de las ratas, que un día se ganó un premio internacional de novela, en Barcelona; que con ese libro, que nació debajo de la mugre y la peste de la minería, le dieron siete doctorados honoris causa habiendo cursado hasta cuarto de primaria; que aprendió a manejar helicóptero para escribir uno de los personajes de Funerales de América; que vivió dos meses de clausura en un monasterio benedictino en Usme para escribir un libro; que ha escrito más de quinientas mujeres, “todas protagonistas” de su obra; que su rostro se imprimió en la solapa de más de setenta libros, poemas, cuentos y artículos en cantidades. Que es el escritor más fecundo de este país.
***
—A comienzos de febrero me di cuenta. Fue un golpe muy duro. La palabra cáncer tiene algo que lo estremece a uno, un sonido trágico. Es una conmoción interna terrible. Le dio mucho más duro a mi familia: a mis hijos, a mi esposa, a mis hermanos, a los amigos. A ellos les sigue dando mucho más duro que a mí. Yo no lo he tomado por el lado trágico sino con mucha tranquilidad, y trabajar me ayuda muchísimo. No me quedo quieto, no me puedo sentar a esperar que me llegue la muerte, y tampoco salgo a buscarla. Hago lo que puedo para que la vida tenga sentido.
En 2015 Fernando Soto Aparicio fue diagnosticado con cáncer gástrico. Recibió quimioterapia y radioterapia, más tiempo de la última. Ahora han reemplazado ambos tratamientos por inyecciones especiales. Suspendieron lo tenebroso de la quimio, lo doloroso de la radio.
—Dejé un tiempo largo para que la noticia me recorriera por todas partes del cuerpo y el alma, después me fui calmando un poco. Me sentaba en una silla que me regalaron unos compañeros de la universidad, una silla muy cómoda pero completamente negra, y cuando le movía una palanquita y quedaba estirado en esa silla, pensaba que ya estaba dentro de un ataúd. En el barco definitivo. Me tocaba bajarme de la silla para no sentir que estaba en la caja. Ahí fui mirando la gente que pasaba por la calle, los carros, la forma como llegaba la tarde, como se oscurecía… Suspendido en el tiempo.
Todavía se ve así: cauto, desprevenido de las horas —excepto las de las pastillas—, mirando cómo el mundo con su afán se pierde de los detalles, de las señales divinas: el abrir de las flores, el vuelo de las mariposas, las gotas de la lluvia en el asfalto, la luz, momentos simples y magníficos que se disfrutan, casi siempre, en el ocaso de la vida.
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Gonzalo Arango escribió de Soto Aparicio en 1966, para Cromos: “Salvo un colmillo de oro que me pareció muy llamativo por lo feo, en ese rostro no pasa nada. Es el de un hombre normal. Este Fernando Aparicio, tan sereno, tan quieto, tan ausente en su presencia, me dio la impresión de ser como esos postes callejeros que no se ven, que no se notan porque siempre están allí, netos y necesarios, y que para descubrirlos hay que tropezar con ellos, y hasta reventarse las narices contra la solidez de su resistencia. Así lo vi y lo sentí como un poste de electricidad cuya existencia nos descubre un perro cuando hace pipí, pero tan presente a pesar de las miradas que pasan indiferentes. Tan necesario y justificado en su condición de ‘poste’ porque sabe que su misión es estar ahí para transmitir la luz, para comunicar a los hombres”.
Tan necesario y justificado.
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—Siempre se declaró en una constante pelea con Dios. ¿Qué piensa ahora que ha pasado el tiempo, que tiene cáncer?
—Sigo peleando con él. Bueno, no con él, con esa figura que se inventó la Iglesia: un dios castigador y vengativo. El mío está dentro de mi cuerpo, no salgo a la calle si no es con él.

Martha trae un plato con chocolates en forma de bolitas y galletas blancas. Jugo de mora en leche. Soto Aparicio se queda mirando el plato, o el plato se le atraviesa en la mirada: “Coma para que se le quite el frío”.
—¿Habrá algo después de la muerte?
—Tengo la esperanza de que haya un después, porque si se nace para morir, nacer es una idea sangrienta, cruel y estúpida. Si no hay nada después de la muerte la vida sería una burla que no merecemos. 
Fuente: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/fernando-soto-aparicio-el-fin-de-pelea-dios-articulo-609897