sábado, 6 de mayo de 2023

El ensayo: la corona de la inteligencia _ Recopilación y Producción Carlos Mario Garcés Toro

       El ensayo: la corona de la inteligencia

 

Frase de inicio: Las dos llaves del reino: la lectura y la escritura.

        

          ¿Qué es un ensayo literario?

Un ensayo literario es un escrito breve y en prosa, que analiza o reflexiona en torno a un tema libre elegido y abordado por parte del autor. Es considerado uno de los géneros literarios, junto con la narrativa, la poesía y la dramaturgia.

Existen diversos tipos de ensayos que tratan sobre diferentes temas en áreas como la política, la sociedad, la filosofía y las artes. Siempre implican un abordaje subjetivo y personal del autor, aunque riguroso, sobre un tema. Esto significa que un ensayo cuenta con opiniones y argumentaciones del autor, pero sustentadas en la lógica y la información. Su propósito es argumentar en torno al tema elegido.

El ensayo suele ser un texto breve, organizado y que utiliza recursos estilísticos y literarios del idioma para dar fuerza poética y argumentativa a las ideas que desarrolla. Está dirigido a un público amplio, por lo que usa un vocabulario y estilo que busca ser comprendido por todos.

Un ensayo no debe confundirse con una monografía o un documento técnico (como una tesis), porque estos son tipos de textos académicos y, por tanto, más objetivos.

A lo largo de la historia existieron grandes pensadores ensayistas, que hicieron de este género uno de los principales vehículos para el debate de ideas. Algunos de los más reconocidos son Michel de Montaigne (1533-1592), Sir Francis Bacon (1561-1626) y José Ortega y Gasset (1883-1955).

 

¿Cómo hacer un ensayo literario?

El ensayo es un tipo de texto literario, por lo que no cuenta con pasos o elementos determinados e imprescindibles. Sin embargo, debido a que estos textos son ampliamente usados en el ámbito educativo, se suelen enumerar algunos pasos a tener en cuenta para la redacción de un ensayo escolar. Estos son:

Elección del tema. Un ensayo debe abordar un tema o una arista de un tema que interese al autor. No debe ser un tema muy amplio, sino que el escrito debe tratar acerca de una idea o reflexión determinada.

Documentación. Una vez elegido el tema, comienza el proceso de investigación y documentación, es decir, se debe investigar sobre la temática de interés en distintas fuentes. La documentación va a ayudar a tener un panorama más amplio sobre el tema elegido y a conocer lo que otros autores escribieron al respecto.

Preparación. Antes de escribir es importante hacer un esquema de ideas que sirva de guion o esqueleto del ensayo y que plasme el orden en el que se abordará cada idea o argumento.

Redacción. Se procede a escribir usando como base el guion o borrador. Esto implica exponer las ideas lo más claramente posible y en un orden lógico, para que sean comprendidas por el lector. Es importante realizar varias relecturas del texto y aplicar las correcciones necesarias para que el escrito refleje las ideas y opiniones deseadas.

Partes de un ensayo literario

La estructura de un ensayo es sumamente libre, ya que se trata de un tipo de escrito en el que el autor busca argumentar y reflexionar. Sin embargo, a grandes rasgos, el ensayo suele contar con tres partes principales que ayudan al lector a comprender el tema. Estas son:

Introducción. El autor del ensayo expone en los primeros párrafos del escrito el tema sobre el que va a tratar el texto.

Desarrollo. El autor expone sus argumentos y teorías u opiniones sobre el tema elegido. Además, se pueden incluir datos o información que permita al lector comprender más acerca de la cuestión que se está abordando. Esta parte del ensayo suele ser la más larga.

Conclusiones. El autor destaca las ideas principales del ensayo o aquellas ideas que quiere rescatar o que reflejan sus opiniones o conclusiones sobre el tema tratado. Las conclusiones se ubican al final del ensayo y no suelen ser muy extensas.

 

 

Algunos ejemplos de ensayos literarios son:

 

Ensayos de moral y de política (1597), de Francis Bacon.

Una modesta proposición (1729), de Jonathan Swift.

El principio poético (1850), de Edgar Alan Poe.

El poeta Walt Whitman (1887), de José Martí.

Meditaciones del Quijote (1914), de José Ortega y Gasset.

Otra vez la metáfora (1928), de Jorge Luis Borges.

Una habitación propia (1929), de Virginia Woolf.

Elogio de la ociosidad (1935), de Bertrand Russell.

Matar a un elefante (1936), de George Orwell.

La literatura y el derecho a la muerte (1949), de Maurice Blanchot.

La dignidad humana (1976), de Miguel de Unamuno.

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe (1982), de Octavio Paz.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa conceptual del ensayo 6

 

 

 

 

 

                                FROILÁN MONTOYA MAZO

 

 

Gloria, la hija del poeta

Julio Flórez

 

La vida se compone de sorpresas. Y a propósito tengo para referir la siguiente que conmovió mi espíritu hondamente: Mi oficina, en esta ciudad de leyendas está situada en la ciudad amurallada, precisamente dentro del “corralito de piedra” de don Daniel Lemaitre. Y una tarde, cuando las luces del crepúsculo comenzaban a decorar el paisaje, este soberbio paisaje de mar y tierra y que sólo en la Ciudad Heroica puede contemplarse, llegó hasta una mujer bastante cargada de años en solicitud de una ayuda económica. Mi primera impresión fue la de que se trataba de una mujer, de esas muchas que existen, dedicada al “buen negocio” de la mendicidad.

Cuando hablaba observaba que por allá, de no dónde brotaba algo distinto; que en su rostro había un no qué nostálgico y que de sus ojos algo fulgía que llamaba la atención. Esto me obligó a interrogarla. A preguntarle por su nombre y procedencia, y fue cuando de sopetón llegó lo inesperado, la sorpresa más grande: “Soy hija de Julio Flórez y me llamo Gloria”.

¡Gloria! ¡exclamé para mis adentros, la hija de Julio Flórez solicitando ayuda económica, es decir, mendigando centavos, no puede ser! Más así era. Por mi mente pasó como un fogonazo el recuerdo del poeta de Usiacurí en aquellas postales que lo demostraban apuesto, con sus mostachos como los de un mosquetero. Al fin y al cabo, en la poesía esto fue Julio Flórez: un mosquetero. En el género romántico no tuvo par, y nuestro Parnaso le debe bastante a su estro magnífico. Muchos de sus versos corren traducidos a diferentes idiomas gracias a lo cual el nombre de Colombia ha volado de boca en boca a través de sus estrofas.

Contertulio de la Gruta Simbólica que por tantos años tuvo vigencia en la capital del país, ha sido quizás con Enrique Álvarez Henao los que mejor recuerdo han dejado. Sus versos podrán sentirse opacados frente a otras tendencias poéticas, pero el triunfo de éstas es apenas transitorio. Mientras haya luna, novias, madres, nubes, mar y firmamento salpicado de estrellas y arreboles, supervivirá lo romántico. De manera que en Julio Flórez hay un real personero de esta escuela y figurará al lado de los inmortales.

Gloria, pues, ha sido una mujer infortunada. Su esposo cuenta ella

misma, murió en Cali víctima de la violencia política. Desde entonces, sin rumbo fijo, se mueve de una parte a otra. Y la ansiedad de vivir, y el recuerdo de su padre le imprimen fortaleza. Pero no hay derecho, cuando tanto se dilapida en lo suntuario que una reliquia, por ser hija de quien fue venero de inspiración y gloria de las letras ande por los vericuetos de una fatal encrucijada del destino.

Refieren quienes la conocieron en sus buenos años, que esta mujer era bella, y que en ella el poeta cifró todas sus complacencias. No soñó jamás que un producto de su sangre, se viera un día, mientras que él duerme el sueño eterno en el pueblito costero que escogió para pasar sus últimos días, Usiacurí, se viera recorriendo caminos en demanda de ayuda. No imaginó que aquellos versos que compuso a la madre, le vinieran de perlas a su hija Gloria:

Ves esta vieja escuálida y horrible?

Pues oye, aunque parézcate imposible,

fue la mujer más bella entre las bellas.

El clavel envidió sus labios rojos,

y ante la luz de sus divinos ojos

parpadearon el sol y las estrellas”.

 

 

 

 

ARTURO ESCOBAR URIBE

 

                                     Vargas Vila

y su obra literaria

 

(Capítulo de El divino Vargas Vila)

 

Numerosa, cual la de ningún otro escritor americano, salvo don José Toribio Medina, escritor chileno quien llegó a la centena de libros publicados, es la obra de José María Vargas Vila, el cual, según nuestro censo sobre ella, deja 112 volúmenes; 108 publicados, 4 obras inéditas y sus memorias, estas últimas, según Carlos García Prada, en poder del Gobierno mejicano, sin que se sepa el porqué de ello.

Es por esto, por lo que encontramos muy natural, la envidia de algunos escritores colombianos y como consecuencia de ella, la campaña de silencio que en torno al escritor se ha hecho en su suelo natal. ¿Y cómo, no? pues si los dómines de la literatura colombiana, ninguno de ellos llega a las dos docenas de libros publicados y cuando pasan de la primera docena, comienzan los “recalentados” o “refritos”, es decir a repetirse lastimosamente sin poder volver a escribir nada nuevo, dedicándose a hacer colchas de retazos de sus mismos libros.

¿La obra de Vargas Vila es toda uniforme y buena? No, imposible sería. Un escritor tan polifacético y tan prolífico como fue éste, dejó mucho ripio, como es natural, pero dejó una OBRA monumental e inigualable por el número. En cuanto a la calidad, no toda es buena, cómo ya lo dijimos, pero de ella se salva un 50%, que ya es mucho decir.

Claro es que en este aserto no estarán de acuerdo quienes juzgan a Vargas Vila sin haberlo leído y a través de las consejas del pulpito o de los juicios de sus envidiosos. Por- que hay que confesarlo: se miente, más que se lee a este escritor. La mayoría de los juicios prevenidos que hemos oído y hasta leído acerca de él, son a priori, sin conocer, no ya en su totalidad, que ni siquiera en un veinte por ciento su obra, y entonces, o le ignoran pasándole por alto, o le juzgan despectivamente sin conocerlo a fondo. Estos juicios son secuencias de lo que dijo el P. J. M. Ruano en su Resumen histórico-crítico de la literatura colombiana y en su flamante Preceptiva literaria, que como es texto oficial de enseñanza, muchos de sus “críticos” no han pasado de esos conceptos erróneos e interesados, y no solamente interesados y equívocos, sino procaces y llenos de odio. Las aves negras, El camino del triunfo, La conquista de Bizancio, La demencia de Job, etc., no se podían quedar sin respuesta y ella fue el insulto.

Algunos aducen, (de memoria también y sin haberlo leído) que las novelas de Vargas Vila son sobre temas foráneos, de un erotismo sin límites y de un bajo sensualismo. Pero resulta que no todas son foráneas, ni todas son sensuales, ni todas son eróticas, ni todas “ellas están al servicio de un mórbido mal gusto”, como dice el R. P. Ruano.

Novelas de tema colombiano y buenas son:  Aura o las violetas, sus cuentos Emma, Lo irreparable y algunos incluidos en su libro Copos de Espuma, Flor de fango, que tanta polvareda levantó, no es más que la historia de una maestra de escuela de un pueblo cualquiera del departamento de Cundinamarca, tragedia que diariamente se repite, pero que la hipocresía oculta y el fanatismo calla, para no ofender la moral... ¡LA MORAL!; Los parias es otra novela de tema colombiano, de la guerra civil del 85; El camino del triunfo es una novela punzante, de temática nacional, sobre los in- ternados de los colegios de religiosos. Su continuación La conquista de Bizancio, de la cual dijo su autor que era “la más fuerte, si no la más bella de mis novelas de combate”, también es de tema netamente colombiano, y en cuanto a Alba roja, dedicada a Antonio José Restrepo, que produjo el consiguiente alboroto y de la cual vamos a transcribir unos párrafos cualesquiera, para que se vea el porqué de ello:

 

“La bruma pluviosa de un crepúsculo invernal en- volvía la estancia en opacidades siniestras.

            “Los cortinajes rojos, las molduras doradas, los espejos inmensos, los grandes floreros donde se morían rosas lívidas, todo se hundía en penumbras desoladas.

            “Sentado en un gran sillón; envuelto en inmensos abrigos; las manos, de histórica fealdad, manos tentaculares, de pulpo, hechas para oprimir las carnes y los pueblos, caídas sobre las piernas flacas y angulosas; los párpados entrecerrados sobre las grandes pupilas azules, única cosa bella que se conservaba en aquella ruina humana, como dos ventanas góticas donde cantara el sol, en el muro de un templo derruido; la barba blanca, asquerosa, inculta, cubierta por extraños pedículos, escapados a su piel sarnosa, apoyada sobre el pecho hundido y cavernoso; la horrible boca descomunal, contraída en un gesto de infinita laxitud y de tristeza, Herodes meditaba.

 

“¡Era el sueño de Satán!

“¡Sueño de Judas!

“¡Era el rebelde vencedor, roto por su victoria; el traidor expirando bajo el peso de su traición! Tarpeya muriendo ahogada, bajo los escudos de los bárbaros...

            “Aquella alma tiritaba, desnuda ante su propia conciencia, más leprosa que Job, más miserable, en el estercolero de sus sueños.

            “¡Ay. gemía la pérdida de las alas y de la luz!

 

 

 

 

DETONANTE PARA LA PRODUCCIÓN

NARRATIVA O POÉTICA

 

 

FIGURA LITERARIA

 

LA PROSOPOPEYA

 

La prosopopeya o personificación es una figura que consiste en atribuirle el don de la palabra a plantas, animales o a objetos inanimados como una silla, un cuadro, un libro, etc.

 

MONÓLOGO DE LA URRACA

Carlos Mario Garcés Toro

 

                                        Parada una urraca

                                        en la rama de un abeto

                                        pensaba y se decía:

                                        -Vida buena la mía

                                        que no tengo que pensar

                                        en que comeré mañana

                                        como si lo hace el de la granja

                                        que agitado acumula

                                        y en su ancha cama se ahoga

                                        por no encontrar llenura

                                        su apetito voraz,

                                        y sin acordarse que un día

                                        vendrá la parca

                                        y sin decirle nada

                                        se lo llevará.

 

 

 

 

Fábula

Álvaro Cataño Jiménez

 

Ya no soporto esta duda existencial, le dijo el cuaderno al lápiz.

¿Por cuál razón dices esto? Le contestó el lápiz.

Todo mundo me raya cuando quiere, sin pedir permiso...

No debes angustiarte, replicó el lápiz. A mí me usan y me recortan hasta que mi grafito se termina.

Pienso que debemos estar alegres, porque cada uno coopera para que con nosotros se puedan escribir bellas historias de aprendizaje, desde matemáticas hasta hermosos poemas, acotó el lápiz.

Tienes razón, dijo el cuaderno, al final prestamos un servicio para el conocimiento.

 

Recopilación y Producción

Carlos Mario Garcés Toro

bitacoraazul@hotmail.com

Proapedagogica@gmail.com


lunes, 13 de marzo de 2023

ANTOLOGÍA: GLORIA POSADA

 GLORIA POSADA (Medellín, Colombia 1967). Es artista, escritora y antropóloga. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés y árabe. Asimismo, han sido divulgados en diferentes periódicos, revistas y antologías, entre ellas es significativa la Antología de la Poesía Latinoamericana del siglo XXI. El turno y la transición, compilada por Julio Ortega y publicada por Siglo XXI editores en 2001.

En 1992 ganó el Premio Nacional de Poesía Joven del Instituto Colombiano de Cultura con el libro Oficio divino, publicado por esa institución. En 1991 obtuvo el segundo premio en el Concurso Nacional de Poesía Carlos Castro Saavedra realizado por la Alianza Colombo Francesa en Medellín, al igual que la Beca para Creadores Jóvenes de Colcultura. En 1990 fue finalista del Premio Nacional de Poesía Eduardo Cote Lamus con el libro Vosotras, editado en 1993 por la Colección Autores Antioqueños de la Gobernación de Antioquia.

En 2000 Ojo Editorial de Medellín publicó La cicatriz del nacimiento. Con el libro Naturalezas obtuvo en 2002 Mención Honorífica en el Premio Hispanoamericano de Poesía Casa de las Américas (Habana, Cuba). En ése mismo año ganó la Beca de Creación Individual del Ministerio de Cultura de Colombia en el área de Poesía con el proyecto Lugares. En 2004 le fue otorgada la residencia artística Colombia-México, del Ministerio de Cultura de Colombia y el FONCA/CONALCULTA de México. En 2006 Ediciones Sin Nombre en México publicó el libro Naturalezas. Y finalmente, en los últimos años la Universidad Veracruzana editó en México en 2013 Bajo el cielo. Antología poética 2011-1985 y Del Centro Editores Madrid y el Proyecto Transatlántico de Brown University, dirigido por Julio Ortega, publicaron en 2017 Aire en luz. Muestra de poesía 2016-1985.


Labores

Árboles son mesas
en manos del carpintero
Barro es pared por el albañil

Lámparas iluminan todas las noches
el camino

No construí mi casa
No cosí mi ropa
No diseñé mi cama

Todo lo mío es ajeno


Nuestra casa

El cielo es abismo
donde la Tierra no nos deja caer

El río nos expulsa a superficies
porque aún no podrá ser nuestro lecho

Buscamos sombras que cubran
pero son errantes como el sol

¿Dónde quedarnos?

En arenas deseamos agua
Perdidos en glaciares añoramos calor
Bosque ni selva
dan abrigo

Ciudad es ruta
donde no se encuentra llegada
o salida

¿Nos protegerán muros de piedra
suelos de asfalto
ladrillos que ocultan intemperie?


Etéreo

Metamorfosis del cuerpo en vuelo
tiempo transfigurado
donde muere o nace el día
leve como aire en luz

Alas son verbo
destellos de color
ecos en instantes
sin horas
Estrellas fugaces

Misterio
es quietud de flor
polen y néctar
roce de pétalos
búsqueda en amanecer
extinción en ocaso

Colibrí
corazón de fuego
latido entre árboles y cielo


Paisaje

Montaña era selva
Hoy es derrumbe
bajo los pies


Separación

En el sueño
¿qué buscamos
o nos abandona?

Acaso
otro aire
agua
fuego
son un paisaje
en nuestro cuerpo

Despertar es caer
Nos levantamos
con heridas que no sangran
hacemos del vestido otra piel

Un lugar en el olvido
siempre nos espera
¿Cómo llegamos a esta tierra
de vigilia?

Fuente : https://altervoxmedia.com/2023/02/02/antologia-gloria-posada/

miércoles, 25 de enero de 2023

Los muchachos que se atrevieron a dejar sus celulares _ Juan José Hoyos

 La historia empieza en los escalones de una biblioteca de Nueva York. Allí se reúnen cada semana unos doce adolescentes que participan de un rito muy particular. Hacen parte de un club. Y buscan liberarse de la dependencia de sus teléfonos celulares y de las redes sociales. Dicen que quieren aprender a usar sus cerebros.

“Estamos aquí todos los domingos, llueva o truene, incluso si cae nieve” le dice uno de ellos al periodista que los acompaña. Cuando han llegado todos, caminan hacia un parque, mientras esconden sus teléfonos. Muchos usan iPhone. Otros prefieren marcas y modelos más sencillos o antiguos. Pero la marca o el modelo de los aparatos no son para ellos motivo de ostentación. Todo lo contrario.

Habitualmente, buscan una pequeña colina alejada de la gente. Entonces empieza el ritual. “Algunos dibujan en cuadernos. Otros pintan con acuarelas. Con los ojos cerrados, uno se sienta a escuchar el viento. Muchos leen. Citan como héroes a escritores libertarios como Hunter S. Thompson y Jack Kerouac, y les gustan las obras que condenan los males que acarrea la tecnología” cuenta el periodista.

Lola Shub, una estudiante de último año de bachillerato, se muestra feliz de haber dejado de usar un teléfono inteligente. “Cuando conseguí mi teléfono tonto con tapa, las cosas cambiaron instantáneamente”, dice. “Empecé a usar mi cerebro. Me hizo observarme como persona. También he estado tratando de escribir un libro. Llevo como 12 páginas”.

La fundadora del club es Logan Lane, una chica de 17 años. Ella dice que durante el confinamiento de la pandemia su apego a las redes sociales se volvió preocupante para ella: “Me consumió por completo”. Para vencer su adicción, borró Instagram, que era la red que más usaba, pero eso no fue suficiente. Entonces decidió guardar su teléfono en una caja.

Logan cuenta que entonces sintió por primera vez lo distinta que era la vida sin un iPhone. “Leía novelas en el parque. Admiraba los grafitis cuando viajaba en metro y conocí a otros muchachos que me enseñaron a pintar con aerosol en los patios de estacionamiento de los trenes de carga”.

Sus padres valoraron su transformación, pero insistieron en que llevara un teléfono de los sencillos, con tapa, para poder comunicarse con ella. Sin embargo, el sueño de Logan es no tener ningún teléfono. “Mis padres son tan adictos a ellos...” dice al periodista. “Mi mamá entró en Twitter y Twitter se apoderó de ella”.

El club fue fundado en el 2021 y lleva el nombre de Ned Ludd, un obrero inglés del siglo XVIII que se volvió famoso por destrozar un telar mecánico para hacerles comprender a sus compañeros los peligros de la automatización y la industrialización. Hoy, el club tiene unos 25 socios.

Apenas acaba la reunión, los muchachos se van por un camino solitario, sin luces, y hablan de poesía, de música y de los males de Tik Tok.

Alex Vadukul, el periodista de 33 años que escribe la crónica, publicada en The New York Times, es uno de los jóvenes reporteros heredero de la tradición narrativa de los grandes periodistas del Times, como Gay Talese, a quien llama “su padre”.

Alex termina su relato contando cómo una estudiante señala el cielo y dice: “Miren. Estamos en cuarto creciente. Eso significa que la Luna se hará más grande...” Luego describe por última vez a los muchachos: “Caminando por la oscuridad, la única luz que brillaba en sus rostros era la de la Luna”.


https://www.elcolombiano.com/opinion/columnistas/los-muchachos-que-se-atrevieron-a-dejar-sus-celulares-CG20157757

miércoles, 11 de enero de 2023

Apartes de algunos libros guardados en el cajón del nochero _ CMGToro

El Gaviero Periódico Literario N. 20

A Pelé _In memorian-.

 A Pelé _In memorian-. 


La promesa


Faber Cuervo


El estadio parecía un descomunal platillo volador con más de 200.000 pasajeros a bordo. Las apuestas auguraban su despegue hacia un cielo de gloria al finalizar el último partido de la Copa del Mundo. Nadie dudaba que El Maracaná celebraría el primer título de la verde amarela; para festejar por anticipado los cariocas adelantaron el tradicional carnaval de Río. Cientos de palomas liberadas en el campo de juego remaron el aire festivo, las paredes de la ciudad gritaban con grafitis lo que millones de nativos esperaban: ¡Brasil campeao!


 Los jugadores italianos, victoriosos en el último Mundial, declararon que estaban listos para entregar la Copa a los brasileños. Su superioridad técnica, además de jugar en casa, daban la razón a los azurri y a quienes consideraban apenas un trámite la realización del último juego. A la escuadra canarinha le bastaba empatar con Uruguay para ser el campeón.


A 200 kilómetros de Río, en el pueblo de Tres Corazones –Estado de Minas Gerais-, Joao Ramos do Nascimento, exjugador de fútbol, salió de su casa para llamar a Edson, su pequeño hijo, quien jugaba con una pelota de trapo en la calle. 


- Entra que ya empieza la final entre Brasil y Uruguay- ordenó al pequeño. 

- Quiero jugar –se resistió el niño.

- Vamos a ganar y bailaremos toda la noche- insistió su padre.


A regañadientes, el chico se unió a su papá, su tío Jorge y varios amigos para escuchar la narración del partido a través de un viejo radio. Los locutores se quejaban porque un Brasil dominante demoraba en reventar el balón contra las piolas del arco rival. Dondinho, como cariñosamente llamaban al padre de Edson, aducía que faltaba transportar y golpear el balón con ambas piernas, mientras el tío Jorge rememoraba los goles de fantasía que su hermano anotaba como centro delantero en el Bauru Atlético Clube de primera división. Edson veía vaciar las cervezas agazapado tras un sillón de mimbre, en sus bracitos iba y venía un balón desinflado. 

Terminado el primer tiempo, el cielo de Rio se tiñó de colores y humos al cruzarse globos y cohetes. En las favelas, los vecinos, envueltos en banderines y pancartas, clamaban por la aparición del gol. Para el segundo tiempo, los jugadores de la verde amarela  apuraron presionados por la torcida hasta que hicieron un gol faltando quince minutos para finalizar el juego. El estadio se levantó en oleadas de euforia, semejaba una nave prendiendo motores con sus ocupantes abrazados en un solo cuerpo. Sin embargo, el platillo que parecía despegar, detuvo el impulso cuando Schiaffino anotó para Uruguay; Brasil con el empate seguía siendo campeón, pero olvidaban que Uruguay venía de ganar el futbol en los Olímpicos de 1924 y 1928 y no había perdido hasta ese día ningún match. Cuando faltaban nueve minutos para la sentencia del pito, Alcides Gihggia, camiseta 7 de la albiceleste, disparó rasante hacia la cueva anhelada y el balón logró besar sus entrañas a pesar de la estirada del portero Barboza. 1 X 2 final.


Del cielo empezaron a caer palomas muertas al predio donde acababa de librarse un combate de gladiadores en pantaloneta. Seguidamente, se desató un remolino de viento en la ciudad que terminó de arruinar los preparativos de la apoteósica celebración. Como zombies, los espectadores se desparramaron por las calles, muchos de ellos se desmayaron o entraron en histeria. Entre disfraces y basuras –residuos del carnaval-, se arrastraban los borrachos y se alimentaban los perros y los gallinazos.  El que fuera hasta hace poco un vigoroso platillo rumbo a la gloria apagó intempestivamente sus motores; parecía que la deslumbrante mole de medio millón de sacos de cemento del recién construido Maracaná hubiera dado a tierra. También, el país entero, con sus veredas y sertones, se fundía como si la misma energía eléctrica sintiera el desaliento. Los árboles de la selva amazónica lloraron la derrota inesperada y una zamba recién compuesta, “Brasileños victoriosos”, debió enmudecer en las emisoras. La frustración escrutaba con ojos vidriosos a los supuestos culpables; hinchas enfurecidos quisieron despedazar al técnico Vicente Feola, otros retrasaron durante diez días la salida del equipo uruguayo, asediando el hotel donde se alojaba.


Dondinho y sus amigos lloraron como niños. El pequeño Edson abrazó a su padre y le dijo para consolarlo:


- No llore, papá. Yo voy a traerle la Copa que hoy perdimos.


Contempló la ancha sonrisa de su hijo, el único ser allí que no lucía angustiado. Pero el dolor que lo aturdía no le permitió descifrar lo que acababa de escuchar. El niño salió a jugar otro partido con sus amigos. Si algo le preocupaba eran los botines que su papá no podía comprarle. Celeste, su madre, le rogó para que entrara a comer, pero el chico no paraba de sudar su cara brillante como betún, corría tras una bola de trapo, gritaba, se asemejaba a un mecanismo elástico al saltar, reía sonoramente cuando anotaba un gol. Las madres de los otros chicos también llamaron inútilmente, esa noche terrible se conformaron con sus esposos dentro de sus hogares, aunque fuera rumiando la resaca. 

Dondinho volvió a su puesto de aseador en un hospital; con su sueldo y las ayudas del suegro -un vendedor de leña-, prosiguió la crianza de tres hijos. Edson, el mayor, tiraba los cuadernos en cualquier rincón de la casa al llegar del colegio, luego se volcaba a hacer malabares con la pelota secundado por su padre quien le enseñaba la técnica que había aprendido en los clubes profesionales. También se escapaba del salón de clase para internarse en las veredas donde cogía cogollos arrojados por los árboles; hacía la treinta y una con ellos hasta desflecarlos, luego los pateaba apuntando a un blanco que podía ser la horqueta de una rama o el hueco de un barranco. Mientras esto hacía, el pequeño exclamaba “les voy a marcar a todos, será diferente”. 


Dodinho descubrió una tarde las andanzas de su hijo al seguirlo hasta un bosque. Se escondió tras unas quaresmeiras, cambiando la voz dijo:


- ¡Sigue entrenando así! ¡Vas a ser el rey!


El niño se asustó, echó a correr por la ribera de un río y regresó a su casa. 

Muy pronto, Edson driblaba a los adultos del barrio igual a su padre quien fintaba todo el equipo contrario y después convertía el gol. “Mi papá es mi héroe, marcó cinco goles de cabeza durante un partido, y eso será difícil de igualar”, solía decir. El niño mostraba con orgullo las fotos de Dondinho con la camiseta número 9 en todos los equipos donde jugó; una lesión en los ligamentos había acabado con su carrera deportiva, por lo que el pequeño deseaba obtener lo que su padre no pudo alcanzar. 


Dondinho había superado las decepciones deportivas, pero sobrevinieron las carencias domésticas. Edson se vio obligado a ofrecerse como lustrabotas para ayudar en los gastos de la casa; poco después, ingresó a una estación de gasolina de la que se retiró para aprender talabartería y engancharse en una fábrica de zapatos. No duraba en los puestos de trabajo, en ellos convertía cualquier utensilio en una bola para practicar el futbol. Desde los sudores infantiles, amistándose con la pelota, se habían activado todos los tejidos, los incipientes músculos, los inacabados huesos, los jóvenes tendones y articulaciones, en una anatomía favorecida con la elasticidad de un felino; en los pies de ese chico alegre se empezó a fraguar una danza esférica que atrajo la mirada del fichador Waldemar de Brito, el mismo que convenció a doña Celeste para que su hijo renunciara al trabajo y se fuera a jugar al Santos FC de Sao Paulo. 


Transcurrieron ocho años desde que los cimientos del país fueron sacudidos por el terremoto de haber perdido el título en casa. Hacía cuatro años, otra verde amarela integrada por estrellas del fútbol fue eliminada antes de las finales por un sorprendente conjunto húngaro. Brasil, otra vez, volvió a llorar. Mientras tanto, los ojos de Feola, el director que había perdido en el maracanazo, no le perdían el rastro a un niño que empezaba a hechizar a la torcida con sus voleas, chalacas, amagues, precisos cabezazos y ejecución de tiros libres. No tardó en convocarlo a la selección Brasil en los preparativos para el Mundial de Suecia. 

Edson continuaba domando el balón como a una mascota, éste lo seguía por donde aquél emprendiera carrera, lo arrastraba como si los taches de sus botines tuvieran magnetismo para el cuero. El escurridizo morocho confundía las defensas que terminaban en el piso recriminándose entre sí al ver que una sombra parda se escabullía y anotaba tranquilamente el gol. Ni un manglar de guayos lo podía detener, siempre avanzaba resuelto y veloz como una pantera hacia el arco contrario, amagando con cintura y piernas, dejando regados a los rivales hasta que dirigía el balón donde jamás lo esperaba el portero. Se hacía pases de asistencia hasta con la cabeza para él mismo anotar. Pateaba con el empeine, el tobillo, con la punta del botín, con cachetada, con la rodilla. Tan peligroso era en el cobro de los tiros libres –potentes y bien ubicados- como en los disparos sobre la marcha, miraba los huecos donde podía embocar y allí caía el redondo.


Obligado a reposar por una lesión, Edson regresó a su casa llevando regalos a su abuelo que ya no podía acarrear leña, a su madre Celeste, a su tío Jorge y los hermanos. Su padre permaneció callado en el sillón de mimbre; Edson se sentó junto a él, lo abrazó y le dijo al oído: “papá, ya viene tu regalo en camino, será el mejor”. Poco después, a pesar de estar incapacitado fue llevado a Suecia para disputar la Copa Mundo de 1958. La verde amarela era una incógnita con jugadores desconocidos, pocas entrevistas y esquivas fotografías. El esfuerzo del cuerpo médico para recuperar la rodilla maltrecha de Edson no logró su participación en los dos primeros partidos en los que Brasil doblegó a Austria 3 X 0 y empató con Inglaterra 0 X 0. En el tercer partido ante la URSS de los talentosos Yashin y Simonian, Edson ayudó con Garrincha, Didí y los goles de Vavá, a vencer 2 X 0. Brasil avanzó a los cuartos de final en los que enfrentó a Gales. Al minuto 11 del segundo tiempo, la sombra parda recibió pase de Didí a espaldas de la portería, bajó la pelota con el pecho a su pie derecho sin dejarla rebotar en el piso, la golpeó sutilmente elevándola frente las costillas del último defensa y luego la impulsó al fondo del arco. Brasil 1 Gales 0.


El último escollo del Scracht antes de enfrentar la final fue la selección francesa a la que derrotó 5 X 2 con tripleta del prodigioso Edson. Los apostadores empezaron a tener en cuenta a Brasil como candidato al título. En la otra banda, Suecia dejaba en el camino a las poderosas escuadras de Hungría, la URSS y Alemania; el choque final sería entre representantes del Viejo y el Nuevo Mundo.


El rey Gustav de Suecia y su corte ocuparon el palco en la sede del último partido, mientras a miles de kilómetros de Estocolmo, en el pueblo de Tres Corazones, Dodihno, el tío Jorge y sus amigos se pegaron al viejo radio para seguir los pormenores del juego. Suecia empezó ganando con un gol a los 4 minutos del primer tiempo, pero, Brasil se adelantó con goles del gambeteador Vavá a los 9 y 32 minutos. En el segundo tiempo, los rubios suecos rindieron sus pretensiones cuando Edson hizo un sombrerito al defensa Gustavsson y luego incrustó en las redes. Zagallo anotó un cuarto gol y Edson repitió con un quinto después de saltar por encima de dos defensas y cabecear el balón. Brasil 5 Suecia 2.


Brasil obtenía por primera vez el título mundial conducido por los pies mágicos de Edson. El rey Gustav entregó la Copa al Scratch y seguidamente cedió su corona a un rey que acababa de nacer, O´Rey du futbol para el mundo, el Rey Pelé. El nuevo astro opacó a los famosos magiares Puskas y Kocsis y a otras celebridades del futbol. La nación volvió a ser el platillo volador de aquella tarde aciaga ocho años atrás, pero esta vez sí despegó. Los nativos reventaron de felicidad en un carnaval espontáneo, volvieron a ser una sola alma enraizada en todos los cuerpos; la zamba “Brasileños victoriosos” pudo cantarse y bailarse en las ciudades y los campos. Las frustraciones se hundieron en el gran río, la selva amazónica reverdeció como si se hubieran adelantado las lluvias y la torcida aclamó a un nuevo héroe, ¡Pelé!


Cuando Edson regresó a la casa, sacó de un lujoso estuche la corona obsequiada por el rey de Suecia. La puso sobre la cabeza de su padre mientras decía:


- Papá, el rey no soy yo… ¡eres tú!

Dondinho lloró de alegría.

miércoles, 21 de diciembre de 2022

María Mercedes Carranza ...


Poetisa y periodista colombiana nacida en Bogotá el 24 de mayo de 1945 y fallecida el 11 de julio de 2003. Hija del poeta y diplomático Eduardo Carranza y de Rosa Coronado, viajó desde temprana edad a Europa en compañía de su padre, donde se establecieron en España y Francia. De esta manera, María Mercedes Carranza tuvo la oportunidad de conocer e interactuar con algunos de los poetas más reconocidos de la época; entre ellos, Panero, Rosales, Ridruejo y Luis Felipe Vivanco. Concluyó sus estudios en la Universidad de los Andes, donde obtuvo una licenciatura en Filosofía y Letras.

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Ejerció el periodismo trabajando para periódicos como El Siglo de Bogotá y El Pueblo de Cali, donde dirigió las páginas literarias Vanguardia y Estravagario, esta última con su esposo, el escritor Fernando Garavito. Durante trece años fue jefe de redacción de la revista Nueva Frontera. Durante los años que precedieron su muerte estuvo a cargo de la sección de crítica literaria de la revista Semana.
En el ámbito político, María Mercedes Carranza apoyó la campaña a la presidencia de Luis Carlos Galán por medio del movimiento Nuevo Liberalismo y fue parte de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991 representando el movimiento Alianza Democrática M-19. En al año 1986 asumió la dirección de la Casa de Poesía Silva, en la que trabajó hasta el día de su muerte.

Al revisar sus constelaciones familiares es inevitable no elaborar conjeturas sobre la predestinación de convertirse en una artista e intelectual. Hija del reconocido poeta y diplomático Eduardo Carranza y su tía abuela materna fue la escritora Elisa Mújica.

Su padre representó una figura presente desde pequeña y hasta la edad adulta: mientras sus otros hijos estaban en un internado en España, María Mercedes estaba ahí, en casa. Ella creció, los lazos afectivos entre el padre y la hija también.

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A un nivel más personal, la triste situación del país la afectó directamente cuando su hermano Ramiro Carranza fue secuestrado por las FARC. Por esta razón, hasta poco antes de su muerte lideró una campaña por la paz que buscaba la liberación de los secuestrados.

Después de sufrir una larga depresión, María Mercedes Carranza se quitó la vida el 11 de julio de 2003 en su apartamento de Bogotá al tomar una sobredosis de píldoras antidepresivas. Tenía 58 años de edad cuando falleció. Un año después de su muerte, la Casa de Poesía junto con el Ministerio de Cultura y la Editorial Alfaguara, publicaron un libro editado por su hija Melibea Garavito Carranza, que contiene cinco poemas inéditos de Carranza.

Fue autora de Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Maneras de desamor (1993), Hola, soledad (1987), El canto de las moscas (1997). Dirigió la Casa de Poesía Silva entre el 24 de mayo de 1986 y el 11 julio de 2003. Desde el centro cultural gestionó eventos masivos con los que logró posicionar a la poesía en la agenda cultural nacional. Entre los eventos estuvieron La poesía tiene la palabra en 1987 en Bogotá, Medellín, Cali y Cartagena; Alzados en Almas en 2000 y Descanse en paz la guerra en 2003. María Mercedes Carranza fue una de las máximas exponentes de la poesía en Colombia.

Bogotá 1982, un poema de María Mercedes Carranza

Nadie mira a nadie de frente,
de norte a sur la desconfianza, el recelo
entre sonrisas y cuidadas cortesías.
Turbios el aire y el miedo
en todos los zaguanes y ascensores, en las camas.
Una lluvia floja cae
como diluvio: ciudad de mundo
que no conocerá la alegría.
Olores blandos que recuerdos parecen
tras tantos años que en el aire están.
Ciudad a medio hacer, siempre a punto de parecerse a algo
como una muchacha que comienza a menstruar,
precaria, sin belleza alguna.
Patios decimonónicos con geranios
donde ancianas señoras todavía sirven chocolate;
patios de inquilinato
en los que habitan calcinados la mugre y el dolor.
En las calles empinadas y siempre crepusculares,
luz opaca como filtrada por sementinas láminas de alabastro,
ocurren escenas tan familiares como la muerte y el amor;
estas calles son el laberinto donde he de andar y desandar
todos los pasos que al final serán mi vida.
Grises las paredes, los árboles
y de los habitantes el aire de la frente a los pies.
A lo lejos el verde existe, un verde metálico y sereno,
un verde Patinir de laguna o río,
y tras los cerros tal vez puede verse el sol.
La ciudad que amo se parece demasiado a mi vida;
nos unen el cansancio y el tedio de la convivencia
pero también la costumbre irremplazable y el viento.



Fuente : https://www.uniandinos.org.co/enterate/maria-mercedes-carranza-poeta-colombiana