lunes, 15 de febrero de 2016

Frases de Hermann Hesse

La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de un camino, el esbozo de un sendero.

Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros.


Cuando se teme a alguien es porque a ese alguien le hemos concedido poder sobre nosotros.


Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.


La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.



Biografía Hermann Hesse
Hijo de un pastor protestante, Hermann Hesse nació en Calw (Selva Negra), donde pasó su infancia y los primeros años escolares, hasta 1889.
En 1891 ingresó en el seminario de Maulbronn, que abandonó al año siguiente, dejando constar siempre su rechazo a la educación formal.
En 1892, con quince años, Hesse intenta suicidarse, quedando tras esto a cargo de un teólogo y pasando posteriormente por una institución de salud mental.
Completó sus estudios básicos en 1893 y comenzó a trabajar en diversos oficios, primero como mecánico y luego en una librería de Tubingen, especializada en teología, filología y leyes.
En 1903 viajó a Italia y en 1911 a la India.
Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918),Hermann Hesse, de convicciones profundamente pacifistas, se trasladó a Montagnola (Suiza), país donde obtendría la ciudadanía años después, en 1921.
Sus opiniones en contra del nazismo le valieron su inclusión en la lista negra nazi en 1943.
En 1946 obtuvo el premio Nobel de Literatura.
La obra de Hermann Hesse es en gran parte confesión de su interior, el intento de superar sus crisis personales.
Intenta armonizar los valores éticos y estéticos, la sabiduría del Oriente y la del Occidente, con un lenguaje sencillo, fluido y musical y gran capacidad de expresar los más diversos matices del sentimiento.
Desde su muerte, la influencia de Hermann Hesse creció de una manera incomparable en el mundo.

Fuente: http://www.frasesypensamientos.com.ar/autor/hermann-hesse.html

jueves, 14 de enero de 2016

Biografía de José Martí

Nació en La Habana, cuando aún Cuba estaba bajo el dominio español, el 28 de enero de 1853. Era hijo de don Marino Martí y Navarro y de doña Leonor Pérez y Cabrera. Fue llamado José Julián.


José Martí
En 1865 ingresó en la Escuela Superior Municipal y luego al Colegio de San Carlos. En 1869 se lo condenó a prisión por seis años, por haber publicado escritos considerados sediciosos (en ellos llamó traidor a un compañero de estudios que se había alistado como voluntario en el Ejército de España). 


El destierro a España fue el resultado de la conmutación de la pena. 

En ese país estudió en las Universidades de Madrid y Zaragoza, culminando sus estudios en Derecho y Filosofía y Letras. Data de esa época "El Presidio Político en Cuba", donde el gobierno español fue objeto de sus críticas por su crueldad y rudeza.

Luego de volver a Cuba, y ser otra vez desterrado a España, se casó en 1877 con Carmen de Zayas Bazán que lo convirtió en padre de Ismael, inspirador de muchos de sus versos.

Se trasladó a Nueva York (Estados Unidos) en 1880 y allí escribió en algunos periódicos, como "The Sun" y la revista "The Tour". Posteriormente escribió para el diario "La Nación", de Buenos Aires (Argentina). Fue Cónsul de Argentina, Uruguay y Paraguay, pero su corazón lo obligó a luchar por la liberación de su patria, y fundó el Comité Revolucionario.

 Junto a los Generales Máximo Gómez y Antonio Macero se embarcó rumbo a Cuba para luchar. Desembarcó en la isla en 1895, y murió en manos de las fuerzas españolas, el 19 de mayo de ese mismo año.

Fue un gran orador y periodista, expositor del modernismo. Innovó en materia de ritmos, acentos y matices, enunciando contenidos críticos sobre la literatura y el arte del momento.

José Martí
Junto a Rubén Darío, (Nicaragua), Julián del Casal (Cuba), Manuel Gutiérrez Nájera (México) y José Asunción Silva (Colombia), es considerado como iniciador del movimiento modernista hispanoamericano.


Escribió sobre crónicas de viajes, crítica de arte, obras de teatro, como "Patria y Libertad" (drama indio en dos actos), "Abdala" (pieza en ocho escenas escrita a los dieciseis años), "Amor con amor se paga" (un acto). También escribió una novela: "Amor funesto", y numerosas poesías que reunió en varios volúmenes breves: "Ismaelito" (1882), "Versos sencillos" publicada en 1891. Esta podría considerarse su obra más acabada. Poemas como "La rosa blanca" y "La niña de Guatemala", se incluyen en esta Antología. "Versos libres", fue publicado en 1913 por Gonzalo de Quesada de Oróstegui, en el Tomo IX de las Obras Completas.

Se trata de una poesía fuerte y dura, calificada por su propio autor como escrita "no con tinta académica, sino con la propia sangre".

Selecciones de sus poemas fueron publicadas en dos oportunidades, con prólogo y notas de Rubén Darío.


Como periodista introdujo en 1882 técnicas absolutamente modernistas, sinestesias, armonía y metáforas rebuscadas. Creó lo que llamó Max Heriquez, la prosa artística.






Fuente: http://www.poemas-del-alma.com/jose-marti.htm#block-bio

lunes, 11 de enero de 2016

Fernando Soto Aparicio: el fin de la pelea con Dios _Por: Camila Builes

Ochenta y tres años, setenta y dos libros publicados, innumerables obras de teatro, poemas y cuentos. Fernando Soto Aparicio encarna la frase “vivir para escribir”. Hoy, con una enfermedad terminal, el escritor colombiano se despide de la literatura con “Bitácora del agonizante”.



Fernando Soto Aparicio: el fin de la pelea con DiosFernando Soto Aparicio nació en Socha el 11 de octubre de 1933./ Andrés Torres

La casa de Fernando Soto Aparicio está atrapada en un edificio de Suba, Bogotá. A la entrada hay una mesa café con ocho portarretratos: cuatro con fotos de los nietos, dos con fotos de los hijos, los otros dos con fotos de él. En una de las imágenes un niño de por lo menos un año le está agarrando los bigotes. Los ojos de Soto Aparicio están cristalizados, apuntando directamente a los ojos del pequeño; la boca del niño se abre para tragarse la nariz de quien lo carga. La imagen —sin pose alguna— retrata la esencia de los momentos efímeros y a su vez eternos: la felicidad.
—Es uno de mis nietos —dice el escritor, que este año cumple 83 años—. Me gustan las fotos. Me tenés que hablar duro porque no escucho por un oído.
Es alto: el vano de la puerta de la cocina puede medir más de 1,75 cm. Él se tiene que agachar un poco para pasar. La cabeza parece tenerla en la mitad del cuello. Las orejas sobresalen a cada lado. Recuerdo que un día leí que las orejas y la nariz nunca dejan de crecer: parece verdad. Chaleco de lana amarillo, camisa a cuadros azules, jean claro, tenis grises.
Martha, una de sus hijas, intenta ayudarlo a sentarse. Él, con una mirada, le advierte que puede solo. Los ojos de la mujer, debajo de una sombra azul y rímel café, sonríen sin viso de vergüenza.

***
Cuando Fernando Soto Aparicio se dio cuenta de que quería escribir, ya había hecho dos enormes pero pésimas novelas con influencia de Dumas y los mosqueteros. Tenía trece años y ocurrió como una borrasca: primero despacio, con el deseo solamente de leer; luego con una precipitación interna que lo obligó a romper, romperse, fracturarse, escribir. Escribió en sus cuadernos infinidad de poemas retóricos y románticos que para él no valían nada: patéticos y tristes. Los condenó al silencio en una hoguera. Su lirismo era paja, ceniza. De ellos no queda nada, ni el recuerdo. La tempestad había empezado cuatro años antes, a los nueve, cuando leyó Los miserables. Debajo de las cobijas, porque era prohibido. Con una linterna en medio de la madrugada.
—Leí ese libro de Víctor Hugo con esos apasionamientos que se dan en edades muy tempranas. Fue un libro muy difícil de leer en el sentido de que para un muchacho de nueve años toda esa cantidad de personajes, de situaciones y complicaciones eran muy poco entendibles. Yo lo vi como un universo y me perdí en él.
Leyó a Julio Verne con Miguel Strogoff, el correo del zar. Entonces quiso escribir más, escribir siempre. Se sometió a la escritura, una maldición que salva: maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del que es imposible liberarse. Y salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. Se convenció de que escribiría el resto de su vida y que esa labor necesitaba de espiar, hurgar, meterse donde nadie lo quiere.

—El escritor es una oreja con dos patas. Es el único voyerista autorizado por la sociedad. Es el que mira por el ojo de la chapa, oye lo que no le cuentan y mira lo que no le muestran: ahí está el punto. Ahí está la obra.
***
El comedor y la sala están unidos. Hay dos jarrones con rosas blancas y en el medio de los muebles, encima de una mesita, dos frascos de vidrio con confites. La pared del lado izquierdo, que da con la ventana con vista al parque, parece de galería: cuadros en óleo entre paisajes, bodegones y figuras abstractas dejan sólo pequeñas líneas blancas de separación entre ellos. Todos los cuadros son de uno de sus cinco hijos.
Soto Aparicio está de frente a la ventana. Lo cubre una luz lánguida de invierno. No deslumbra por fuera, sino por dentro. Hay que adivinarle que es escritor. Exteriormente no parece artista, carece de ese ego inflado por benevolencias que usualmente aquejan a los de su profesión. Es un poco triste, pero su tristeza no es violenta. Es serena, apacible, de beatitud. Casi dulce. No lo agitan las tempestades de la pasión, sino de la reflexión. Pero las debe sentir de noche y en la soledad de su cuarto. Solitario por vocación y por oficio. Como un metal noble, brilla escondido. Su apariencia no tiene nada de rara, no deslumbra. En ese sentido, más bien pasaría inadvertido como cualquier maestro, que fue su otro trabajo, el de sobrevivir, con el que pagó el precio de ser escritor.
Son las tres de la tarde. “Marthica, tráeme la vainita de las pastas”, dice con voz ronca desde el sofá. Martha sale de la cocina y se pierde en la oscuridad del pasillo que queda en medio del comedor y la sala. Minutos después trae en la mano derecha un cofre de metal azul, se lo entrega a su papá. Sus manos —las de Soto— duplican el tamaño normal, o eso parece. Saca una pastilla blanca. Se la traga sin agua.
—Yo controlo mis drogas. Tengo que tomarme en el día alrededor de 26 pastillas. Eso lo lleva a uno a una disciplina férrea: a las cuatro es esta, a las dos aquella. No se puede pasar ninguna. Se sigue viviendo hasta que ya no se pueda más. La vida es tan sumamente bella que aun doliéndole todo lo que le duele a uno con este mal, uno la bendice y la quiere cada vez más. Siempre se encuentra un nuevo sentido.
***
Publicó su primera novela en España, en 1960: Los desventurados.
—Cuando la escribí busqué por todas partes quien me la publicara: el Ministerio de Cultura, cualquier universidad, alguna editorial. Nada. Me di cuenta de que estaban haciendo un concurso de novela en España y mandé el manuscrito. Como en esa época era con papel de carbón —una cosa horrible— sólo había hecho una, no tenía copia. Pasaron dos meses y pensé que se había perdido, hasta que me llamaron del correo: tenían una caja para mí. Recuerdo que me entregaron un paquete café, lo abrí y había cuatro ejemplares de la novela. Los olí, los detallé. Había, también, un cheque. Me senté a llorar en el andén; en esas pasó una señora y me dio un dulce. Me lo comí entre sollozos. Fue el mejor dulce que me comí en toda mi vida.
El resto se sabe: que trabajó dos meses en una mina de carbón en el municipio La Chapa para entender cómo vivían los mineros, para ver cómo se creaban los sindicatos, para ser testigo de la rebelión de las ratas, que un día se ganó un premio internacional de novela, en Barcelona; que con ese libro, que nació debajo de la mugre y la peste de la minería, le dieron siete doctorados honoris causa habiendo cursado hasta cuarto de primaria; que aprendió a manejar helicóptero para escribir uno de los personajes de Funerales de América; que vivió dos meses de clausura en un monasterio benedictino en Usme para escribir un libro; que ha escrito más de quinientas mujeres, “todas protagonistas” de su obra; que su rostro se imprimió en la solapa de más de setenta libros, poemas, cuentos y artículos en cantidades. Que es el escritor más fecundo de este país.
***
—A comienzos de febrero me di cuenta. Fue un golpe muy duro. La palabra cáncer tiene algo que lo estremece a uno, un sonido trágico. Es una conmoción interna terrible. Le dio mucho más duro a mi familia: a mis hijos, a mi esposa, a mis hermanos, a los amigos. A ellos les sigue dando mucho más duro que a mí. Yo no lo he tomado por el lado trágico sino con mucha tranquilidad, y trabajar me ayuda muchísimo. No me quedo quieto, no me puedo sentar a esperar que me llegue la muerte, y tampoco salgo a buscarla. Hago lo que puedo para que la vida tenga sentido.
En 2015 Fernando Soto Aparicio fue diagnosticado con cáncer gástrico. Recibió quimioterapia y radioterapia, más tiempo de la última. Ahora han reemplazado ambos tratamientos por inyecciones especiales. Suspendieron lo tenebroso de la quimio, lo doloroso de la radio.
—Dejé un tiempo largo para que la noticia me recorriera por todas partes del cuerpo y el alma, después me fui calmando un poco. Me sentaba en una silla que me regalaron unos compañeros de la universidad, una silla muy cómoda pero completamente negra, y cuando le movía una palanquita y quedaba estirado en esa silla, pensaba que ya estaba dentro de un ataúd. En el barco definitivo. Me tocaba bajarme de la silla para no sentir que estaba en la caja. Ahí fui mirando la gente que pasaba por la calle, los carros, la forma como llegaba la tarde, como se oscurecía… Suspendido en el tiempo.
Todavía se ve así: cauto, desprevenido de las horas —excepto las de las pastillas—, mirando cómo el mundo con su afán se pierde de los detalles, de las señales divinas: el abrir de las flores, el vuelo de las mariposas, las gotas de la lluvia en el asfalto, la luz, momentos simples y magníficos que se disfrutan, casi siempre, en el ocaso de la vida.
***
Gonzalo Arango escribió de Soto Aparicio en 1966, para Cromos: “Salvo un colmillo de oro que me pareció muy llamativo por lo feo, en ese rostro no pasa nada. Es el de un hombre normal. Este Fernando Aparicio, tan sereno, tan quieto, tan ausente en su presencia, me dio la impresión de ser como esos postes callejeros que no se ven, que no se notan porque siempre están allí, netos y necesarios, y que para descubrirlos hay que tropezar con ellos, y hasta reventarse las narices contra la solidez de su resistencia. Así lo vi y lo sentí como un poste de electricidad cuya existencia nos descubre un perro cuando hace pipí, pero tan presente a pesar de las miradas que pasan indiferentes. Tan necesario y justificado en su condición de ‘poste’ porque sabe que su misión es estar ahí para transmitir la luz, para comunicar a los hombres”.
Tan necesario y justificado.
***
—Siempre se declaró en una constante pelea con Dios. ¿Qué piensa ahora que ha pasado el tiempo, que tiene cáncer?
—Sigo peleando con él. Bueno, no con él, con esa figura que se inventó la Iglesia: un dios castigador y vengativo. El mío está dentro de mi cuerpo, no salgo a la calle si no es con él.

Martha trae un plato con chocolates en forma de bolitas y galletas blancas. Jugo de mora en leche. Soto Aparicio se queda mirando el plato, o el plato se le atraviesa en la mirada: “Coma para que se le quite el frío”.
—¿Habrá algo después de la muerte?
—Tengo la esperanza de que haya un después, porque si se nace para morir, nacer es una idea sangrienta, cruel y estúpida. Si no hay nada después de la muerte la vida sería una burla que no merecemos. 
Fuente: http://www.elespectador.com/noticias/cultura/fernando-soto-aparicio-el-fin-de-pelea-dios-articulo-609897

viernes, 30 de octubre de 2015

La empresa electoral nos hunde...


“Colombia es una tribu,
país sin educación.
Colombia está prostituida: por todas
Partes reina el estilo hipócrita
En los escritos y en las intenciones”.

Fernando González

Interrogado por los periodistas, el condenado por parapolítica, el ex senador Juan Carlos Martínez (Buenaventura –Valle), afirmó que había encontrado un negocio más lucrativo que el narcotráfico, el contrabando y el paramilitarismo: LA POLITICA. Esta realidad es confirmada cada que se realizan comicios. Cada cuatro años, aumentan los aspirantes a cargos públicos; los candidatos pujan como caballos en una carrera desenfrenada por alcanzar un codiciado trofeo representado en el manejo de un presupuesto público y el control de unos jugosos contratos. El ejercicio político se convirtió en una actividad económica de compra de votos, promesas y pago de favores, con el fin de sumar apoyos en el objetivo de obtener ejecuciones empresariales de costo-beneficio donde el candidato ganador entra a la cosa pública para recuperar la inversión realizada durante su campaña política y acceder a toda clase de prebendas.

Muchos aspirantes a concejos alcaldías, asambleas, senado, cámara y hasta presidencia de la República, pignoran sus vehículos, hipotecan sus propiedades, venden parte de su patrimonio, hacen empréstitos onerosos, para poder financiar los elevados costos de una campaña. Desde el inicio de la carrera hacia el poder ya está contaminado el proceso. Es una rauda cabalgata por un empleo que devolverá los gastos y asegurará beneficios. La esencia de la democracia, es decir, la participación y prevalencia de los derechos colectivos, ya está minada con la feroz competencia entre los derechos particulares de quienes “administrarán” esa misma “democracia”.

Cada candidato amarra unos votos mediante la promesa de satisfacer intereses particulares de sus electores: una beca, una casa de interés social, un “puestico”, unos materiales, etc. La dinámica de la democracia se fragmentó en miles de intereses particulares. Por eso, el sistema político colombiano está haciendo agua como el Titanic destrozado ante los témpanos de hielo, es un naufragio que se torna irremediable a no ser que cambie radicalmente el andamiaje del accionar político. En Yopal, un preso gana una alcaldía; en el departamento del Valle, una señora investigada por varios delitos gana la gobernación; en cientos de concejos municipales son reelegidos concejales que vienen saqueando el erario público. Hay escasas demostraciones de ejercicio político limpio, sin el flagelo de la empresa electoral. La elección para alcaldía de Medellín en sus últimas 4 ediciones es, quizás, un ejemplo de esto. Pero, éste no es el caso de la mayoría de ciudades y municipios de Colombia donde, en lugar de una estructura democrática, se sostiene un mercado de intereses, una pantomima, un equilibrismo ayudado por un consumo inmediatista, necesidades básicas insatisfechas, precaria cultura política.

Que el presidente de la República salga en la televisión la víspera de elecciones a pedir a los electores que votemos por los más honestos  y transparentes, es otra evidencia de la podredumbre de nuestro sistema político. Admite la primera investidura, que se han colado actores ilegales, profesionales del engaño y la estafa, entre los aspirantes a los puestos públicos. Y refleja también la inoperancia de los organismos de control, de los partidos políticos que avalan ciudadanos cuestionados en su aspiración a altos cargos públicos. Configura todo esto una sopa nutritiva para que significativos cargos de dirección queden en manos dudosas, tal como ocurrió con cuatro gobernaciones.
Maquinarias políticas que actúan como carteles empresariales criminales, dominan en muchos municipios del territorio nacional. Ingresar al mundo de la política es una de las pocas actividades que permite salir de pobre en Colombia. A los puestos de dirección aspira cualesquier ciudadano sin importar su nivel de formación ciudadana, profesional y humana. La avaricia brilla en los ojos de muchos de estos personajes cuando hacen campaña preelectoral. Mendigan votos, financian videos extravagantes, desprovistos de propuestas coherentes y viables. La farándula y la charlatanería se apoderaron de las campañas proselitistas. La degradación del oficio político es cada vez más patética.

Mientras los más importantes puestos públicos sean esos botines con altos salarios, bonificaciones y mordidas,  carentes de auténticas veedurías, la política será siempre una empresa para cautivar votantes y perpetuarse en los cargos. Lo dijo el ex congresista parapolítico, un señor que puso dos gobernadores en el Valle del Cauca, los mismos que fueron destituidos poco después de posesionarse por ilegalidades irrefutables. Lejana está la renovación del sistema político, mientras la ciudadanía no ejerza los derechos ciudadanos, mientras haya una masa ignara dispuesta a sostener con sus votos vendidos a esa clase política corrupta que se apropia de los dineros de la salud, la educación, la cultura, la inversión social, científica y ambiental.

Los carteles empresariales de la política se nutren de ese caldo de cultivo que es la ausencia de ciudadanía, el déficit de ciudadanos que exijan productos ecológicos, viviendas bien construidas, calidad de vida en las ciudades, espacio público efectivo (zonas verdes-pisos blandos, arbolado frondoso, quebradas limpias con retiros sin intervenciones, sistemas naturales protegidos), aire limpio, menos autos, menos ruido, etc. Cuando proliferan ciudadanos que compran apartamentos en edificios construidos en zonas de alto riesgo, donde destrozaron el medio ambiente, maltrataron a los vecinos, no cumplieron las obligaciones urbanísticas, siempre habrá constructores aliados con políticos que harán de los Planes de Ordenamiento Territorial su más lucrativo negocio.

El sistema político imperante promueve una guerra de intereses de todos contra todos. Incentiva el voto por el interés particular, atomiza las comunidades. Fortalece el almendrón egoísta que caracteriza la sociedad colombiana. Lo más degradante de nuestro sistema político, es que esos rostros que cada 4 años salen en periódicos y vallas publicitarias –los dinosaurios que se apropiaron de un cargo público-, se atornillan allí durante lustros y décadas gracias a los mismos voticos clientelistas en cada evento electoral. La apatía de quienes no ejercen el derecho al voto, sirve en bandeja, la privatización y el monopolio del manejo de la cosa pública. Esta tragedia fue quizás la única que le faltó dramatizar a Shakespeare, la tragicomedia de una sociedad que se inmola al servicio de una clase política que se enriquece con el usufructo del patrimonio público, sociedad manipulada desde los hilos oscuros de un poder que ella misma entrega a sujetos acomodados y enquistados en un nido de confort y dominio absoluto.
Por lo menos, abracémonos en esta desdicha.

Faber Cuervo

jueves, 8 de octubre de 2015

La bielorrusa Svetlana Alexievich, premio Nobel de Literatura_ 2015

La escritora bielorrusa Svetlana Alexievich, de 67 años, es la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015. El dictamen de la Academia sueca destaca "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". Escritora y periodista, ha retratado en lengua rusa la realidad y el drama de gran parte de la población de la antigua URSS, así como de los sufrimientos de Chernóbil, la guerra de Afganistán y los conflictos del presente. Es muy crítica con el Gobierno bielorruso.
Nacida en Ucrania, hija de un militar soviético, de origen bielorruso. Cuando su padre se retiró del Ejército, la familia se estableció en Bielorrusia y allí ella estudió periodismo en la Universidad de Minsk y trabajó en distintos medios de comunicación. Se dio a conocer con La guerra no tiene rostro de mujer, una obra que finalizó en 1983 pero que, por cuestionar clichés sobre el heroísmo soviético y por su crudeza, solo llegó a ser publicada dos años más tarde gracias al proceso de reformas conocido por la perestroika. El estreno de la versión teatral de aquella crónica descarnada en el teatro de la Taganka de Moscú, en 1985, marcó un hito en la apertura iniciada por el dirigente soviético Mijaíl Gorbachov.


Muy influida por el escritor Alés Adamóvich, al que considera su maestro, Alexievich aborda sus temas con técnica de montaje documental. Su especialidad es dejar fluir las voces -monólogos y corales- en torno a las experiencias del "hombre rojo" o el "homo sovieticus" y también postsoviético. La obra de Alexievich gira en torno a la Unión Soviética para descomponer este concepto en destinos individuales y compartidos y, sobre todo, en tragedias concretas. Alexievich  se mueve en el terreno del drama, explora las más terribles y desoladas vivencias y se asoma una y otra vez a la muerte. En 1989 publicó Tsinkovye Málchiki (Los chicos de cinc) sobre la experiencia de la guerra en Afganistán. Para escribirlo se recorrió el país entrevistando a madres de soldados que perecieron en la contienda. En 1993, publicó Zacharovannye Smertiu (Cautivados por la muerte) sobre los suicidios de quienes no habían podido sobrevivir al fin de la idea socialista. En 1997, le tocó el turno a la catástrofe de la central nuclear de Chernóbil en Voces de Chernóbil, publicado en castellano en 2006 por Editorial Siglo XXI, que reeditó el año pasado Penguin Random House.

El año pasado lanzó El tiempo de segunda mano. El final del hombre rojo, publicado en alemán y en ruso. En este nuevo documento, Alexievich se propone "escuchar honestamente a todos los participantes del drama socialista", dice el prólogo. Afirma la escritora que el "homo sovieticus" sigue todavía vivo, y no es solo ruso, sino también bielorruso, turcomano, ucraniano, kazajo... "Ahora vivimos en distintos Estados, hablamos en distintas lenguas, pero somos inconfundibles, nos reconocen en seguida. Todos nosotros somos hijos del socialismo", afirma, refiriéndose a quienes son sus "vecinos por la memoria". "El mundo ha cambiado completamente y no estábamos verdaderamente preparados", dijo en una reciente entrevista a Le Monde. Atrapada aún en el espacio soviético, Alexievich indaga con angustia y sufrimiento sobre el fin de una cultura, una civilización, unos mitos y unas esperanzas.
Crítica con el régimen del presidente bielorruso Alexandr Lukashenko, la escritora reside la mayor parte del tiempo en el extranjero y últimamente lo hace en Alemania, donde su último libro ha tenido un enorme impacto.
Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/10/08/actualidad/1444297840_159906.html

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Discurso Premio Nobel _ Octavio Paz _ La búsqueda del presente.


Comienzo con una palabra que todos los hombres, desde que el hombre es hombre, han proferido: gracias. Es una palabra que tiene equivalentes en todas las lenguas. Y en todas es rica la gama de significados. En las lenguas romances va de lo espiritual a lo físico, de la gracia que concede Dios a los hombres para salvarlos del error y la muerte a la gracia corporal de la muchacha que baila o a la del felino que salta en la maleza. Gracia es perdón, indulto, favor, beneficio, nombre, inspiración, felicidad en el estilo de hablar o de pintar, ademán que revela las buenas maneras y, en fin, acto que expresa bondad de alma. La gracia es gratuita, es un don; aquel que lo recibe, el agraciado, si no es un mal nacido, lo agradece: da las gracias. Es lo que yo hago ahora con estas palabras de poco peso. Espero que mi emoción compense su levedad. Si cada una fuese una gota de agua, ustedes podrían ver, a través de ellas, lo que siento: gratitud, reconocimiento. Y también una indefinible mezcla de temor, respeto y sorpresa al verme ante ustedes, en este recinto que es, simultáneamente, el hogar de las letras suecas y la casa de la literatura universal.
Las lenguas son realidades más vastas que las entidades políticas e históricas que llamamos naciones. Un ejemplo de esto son las lenguas europeas que hablamos en América. La situación peculiar de nuestras literaturas frente a las de Inglaterra, España, Portugal y Francia depende precisamente de este hecho básico: son literaturas escritas en lenguas transplantadas. Las lenguas nacen y crecen en un suelo; las alimenta una historia común. Arrancadas de su suelo natal y de su tradición propia, plantadas en un mundo desconocido y por nombrar, las lenguas europeas arraigaron en las tierras nuevas, crecieron con las sociedades americanas y se transformaron. Son la misma planta y son una planta distinta. Nuestras literaturas no vivieron pasivamente las vicisitudes de las lenguas transplantadas: participaron en el proceso y lo apresuraron. Muy pronto dejaron de ser meros reflejos transatlánticos; a veces han sido la negación de las literaturas europeas y otras, con más frecuencia, su réplica.
A despecho de estos vaivenes, la relación nunca se ha roto. Mis clásicos son los de mi lengua y me siento descendiente de Lope y de Quevedo como cualquier escritor español ... pero no soy español. Creo que lo mismo podrían decir la mayoría de los escritores hispanoamericanos y también los de los Estados Unidos, Brasil y Canadá frente a la tradición inglesa, portuguesa y francesa. Para entender más claramente la peculiar posición de los escritores americanos, basta con pensar en el diálogo que sostiene el escritor japonés, chino o árabe con esta o aquella literatura europea: es un diálogo a través de lenguas y de civilizaciones distintas. En cambio, nuestro diálogo se realiza en el interior de la misma lengua. Somos y no somos europeos. ¿Qué somos entonces? Es difícil definir lo que somos pero nuestras obras hablan por nosotros.
La gran novedad de este siglo, en materia literaria, ha sido la aparición de las literaturas de América. Primero surgió la angloamericana y después, en la segunda mitad del siglo XX, la de América Latina en sus dos grandes ramas, la hispanoamericana y la brasileña. Aunque son muy distintas, las tres literaturas tienen un rasgo en común: la pugna, más ideológica que literaria, entre las tendencias cosmopolitas y las nativistas, el europeísmo y el americanismo. ¿Qué ha quedado de esa disputa? Las polémicas se disipan; quedan las obras. Aparte de este parecido general, las diferencias entre las tres son numerosas y profundas. Una es de orden histórico más que literario: el desarrollo de la literatura angloamericana coincide con el ascenso histórico de los Estados Unidos como potencia mundial; el de la nuestra con las desventuras y convulsiones políticas y sociales de nuestros pueblos. Nueva prueba de los límites de los determinismos sociales e históricos; los crepúsculos de los imperios y las perturbaciones de las sociedades coexisten a veces con obras y momentos de esplendor en las artes y las letras: Li-Po y Tu Fu fueron testigos de la caída de los Tang, Velázquez fue el pintor de Felipe IV, Séneca y Lucano fueron contemporáneos y víctimas de Nerón. Otras diferencias son de orden literario y se refieren más a las obras en particular que al carácter de cada literatura. ¿Pero tienen carácter las literaturas, poseen un conjunto de rasgos comunes que las distingue unas de otras? No lo creo. Una literatura no se define por un quimérico, inasible carácter. Es una sociedad de obras únicas unidas por relaciones de oposición y afinidad.
La primera y básica diferencia entre la literatura latinoamericana y la angloamericana reside en la diversidad de sus orígenes. Unos y otros comenzamos por ser una proyección europea. Ellos de una isla y nosotros de una península. Dos regiones excéntricas por la geografía, la historia y la cultura. Ellos vienen de Inglaterra y la Reforma; nosotros de España, Portugal y la Contrarreforma. Apenas si debo mencionar, en el caso de los hispanoamericanos, lo que distingue a España de las otras naciones europeas y le otorga una notable y original fisonomía histórica. España no es menos excéntrica que Inglaterra aunque lo es de manera distinta. La excentricidad inglesa es insular y se caracteriza por el aislamiento: una excentricidad por exclusión. La hispana es peninsular y consiste en la coexistencia de diferentes civilizaciones y pasados: una excentricidad por inclusión. En lo que sería la católica España los visigodos profesaron la herejía de Arriano, para no hablar de los siglos de dominación de la civilización árabe, de la influencia del pensamiento judío, de la Reconquista y de otras peculiaridades.
En América la excentricidad hispánica se reproduce y se multiplica, sobre todo en países con antiguas y brillantes civilizaciones como México y Perú. Los españoles encontraron en México no sólo una geografía sino una historia. Esa historia está viva todavía: no es un pasado sino un presente. El México precolombino, con sus templos y sus dioses, es un montón de ruinas pero el espíritu que animó ese mundo no ha muerto. Nos habla en el lenguaje cifrado de los mitos, las leyendas, las formas de convivencia, las artes populares, las costumbres. Ser escritor mexicano significa oír lo que nos dice ese presente - esa presencia. Oírla, hablar con ella, descifrarla: decirla... Tal vez después de esta breve digresión sea posible entrever la extraña relación que, al mismo tiempo, nos une y separa de la tradición europea.
La conciencia de la separación es una nota constante de nuestra historia espiritual. A veces sentimos la separación como una herida y entonces se transforma en escisión interna, conciencia desgarrada que nos invita al examen de nosotros mismos; otras aparece como un reto, espuela que nos incita a la acción, a salir al encuentro de los otros y del mundo. Cierto, el sentimiento de la separación es universal y no es privativo de los hispanoamericanos. Nace en el momento mismo de nuestro nacimiento: desprendidos del todo caemos en un suelo extraño. Esta experiencia se convierte en una llaga que nunca cicatriza. Es el fondo insondable de cada hombre; todas nuestras empresas y acciones, todo lo que hacemos y soñamos, son puentes para romper la separación y unirnos al mundo y a nuestros semejantes. Desde esta perspectiva, la vida de cada hombre y la historia colectiva de los hombres pueden verse como tentativas destinadas a reconstruir la situación original. Inacabada e inacabable cura de la escisión. Pero no me propongo hacer otra descripción, una más, de este sentimiento. Subrayo que entre nosotros se manifiesta sobre todo en términos históricos. Así, se convierte en conciencia de nuestra historia. ¿Cuando y cómo aparece este sentimiento y cómo se transforma en conciencia? La respuesta a esta doble pregunta puede consistir en una teoría o en un testimonio personal. Prefiero lo segundo: hay muchas teorías y ninguna del todo confiable.
El sentimiento de separación se confunde con mis recuerdos más antiguos y confusos: con el primer llanto, con el primer miedo. Como todos los niños, construí puentes imaginarios y afectivos que me unían al mundo y a los otros. Vivía en un pueblo de las afueras de la ciudad de México, en una vieja casa ruinosa con un jardín selvático y una gran habitación llena de libros. Primeros juegos, primeros aprendizajes. El jardín se convirtió en el centro del mundo y la biblioteca en caverna encantada. Leía y jugaba con mis primos y mis compañeros de escuela. Había una higuera, templo vegetal, cuatro pinos, tres fresnos, un huele-de-noche, un granado, herbazales, plantas espinosas que producían rozaduras moradas. Muros de adobe. El tiempo era elástico; el espacio, giratorio. Mejor dicho: todos los tiempos, reales o imaginarios, eran ahora mismo; el espacio, a su vez, se transformaba sin cesar: allá era aquí: todo era aquí: un valle, una montaña, un país lejano, el patio de los vecinos. Los libros de estampas, particularmente los de historia, hojeados con avidez, nos proveían de imágenes: desiertos y selvas, palacios y cabañas, guerreros y princesas, mendigos y monarcas. Naufragamos con Simbad y con Robinson, nos batimos con Artagnan, tomamos Valencia con el Cid. ¡Cómo me hubiera gustado quedarme para siempre en la isla de Calipso! En verano la higuera mecía todas sus ramas verdes como si fuesen las velas de una carabela o de un barco pirata; desde su alto mástil, batido por el viento, descubrí islas y continentes - tierras que apenas se desvanecían. El mundo era ilimitado y, no obstante, siempre al alcance de la mano; el tiempo era una substancia maleable y un presente sin fisuras.
¿Cuando se rompió el encanto? No de golpe: poco a poco. Nos cuesta trabajo aceptar que el amigo nos traiciona, que la mujer querida nos engaña, que la idea libertaria es la máscara del tirano. Lo que se llama "caer en la cuenta" es un proceso lento y sinuoso porque nosotros mismos somos cómplices de nuestros errores y engaños. Sin embargo, puedo recordar con cierta claridad un incidente que, aunque pronto olvidado, fue la primera señal. Tendría unos seis años y una de mis primas, un poco mayor que yo, me enseñó una revista norteamericana con una fotografía de soldados desfilando por una gran avenida, probablemente de Nueva York. "Vuelven de la guerra", me dijo. Esas pocas palabras me turbaron como si anunciasen el fin del mundo o el segundo advenimiento de Cristo. Sabía, vagamente, que allá lejos, unos años antes, había terminado una guerra y que los soldados desfilaban para celebrar su victoria; para mí aquella guerra había pasado en otro tiempo, noahora ni aquí. La foto me desmentía. Me sentí, literalmente, desalojado del presente.
Desde entonces el tiempo comenzó a fracturarse más y más. Y el espacio, los espacios. La experiencia se repitió una y otra vez. Una noticia cualquiera, una frase anodina, el titular de un diario, una canción de moda: pruebas de la existencia del mundo de afuera y revelaciones de mi irrealidad. Sentí que el mundo se escindía: yo no estaba en el presente. Mi ahora se disgregó: el verdadero tiempo estaba en otra parte. Mi tiempo, el tiempo del jardín, la higuera, los juegos con los amigos, el sopor bajo el sol de las tres de la tarde entre las yerbas, el higo entreabierto - negro y rojizo como un ascua pero un ascua dulce y fresca - era un tiempo ficticio. A pesar del testimonio de mis sentidos, el tiempo de allá, el de los otros, era el verdadero, el tiempo del presente real. Acepté lo inaceptable: fui adulto. Así comenzó mi expulsión del presente.
Decir que hemos sido expulsados del presente puede parecer una paradoja. No: es una experiencia que todos hemos sentido alguna vez; algunos la hemos vivido primero como una condena y después transformada en conciencia y acción. La búsqueda del presente no es la búsqueda del edén terrestre ni de la eternidad sin fechas: es la búsqueda de la realidad real. Para nosotros, hispanoamericanos, ese presente real no estaba en nuestros países: era el tiempo que vivían los otros, los ingleses, los franceses, los alemanes. El tiempo de Nueva York, París, Londres. Había que salir en su busca y traerlo a nuestras tierras. Esos años fueron también los de mi descubrimiento de la literatura. Comencé a escribir poemas. No sabía qué me llevaba a escribirlos: estaba movido por una necesidad interior difícilmente definible. Apenas ahora he comprendido que entre lo que he llamado mi expulsión del presente y escribir poemas había una relación secreta. La poesía está enamorada del instante y quiere revivirlo en un poema; lo aparta de la sucesión y lo convierte en presente fijo. Pero en aquella época yo escribía sin preguntarme por qué lo hacía. Buscaba la puerta de entrada al presente: quería ser de mi tiempo y de mi siglo. Un poco después esta obsesión se volvió idea fija: quise ser un poeta moderno. Comenzó mi búsqueda de la modernidad.
¿Qué es la modernidad? Ante todo, es un término equívoco: hay tantas modernidades como sociedades. Cada una tiene la suya. Su significado es incierto y arbitrario, como el del período que la precede, la Edad Media. Si somos modernos frente al medievo, ¿seremos acaso la Edad Media de una futura modernidad? Un nombre que cambia con el tiempo, ¿es un verdadero nombre? La modernidad es una palabra en busca de su significado: ¿es una idea, un espejismo o un momento de la historia? ¿Somos hijos de la modernidad o ella es nuestra creación? Nadie lo sabe a ciencia cierta. Poco importa: la seguimos, la perseguimos. Para mí, en aquellos años, la modernidad se confundía con el presente o, más bien, lo producía: el presente era su flor extrema y última. Mi caso no es único ni excepcional: todos los poetas de nuestra época, desde el período simbolista, fascinados por esa figura a un tiempo magnética y elusiva, han corrido tras ella. El primero fue Baudelaire. El primero también que logró tocarla y así descubrir que no es sino tiempo que se deshace entre las manos. No referiré mis aventuras en la persecusión de la modernidad: son las de casi todos los poetas de nuestro siglo. La modernidad ha sido una pasión universal. Desde 1850 ha sido nuestra diosa y nuestro demonio. En los últimos años se ha pretendido exorcizarla y se habla mucho de la "postmodernidad". ¿Pero qué es la postmodernidad sino una modernidad aún más moderna?
Para nosotros, latinoamericanos, la búsqueda de la modernidad poética tiene un paralelo histórico en las repetidas y diversas tentativas de modernización de nuestras naciones. Es una tendencia que nace a fines del siglo XVIII y que abarca a la misma España. Los Estados Unidos nacieron con la modernidad y ya para 1830, como lo vio Tocqueville, eran la matriz del futuro; nosotros nacimos en el momento en que España y Portugal se apartaban de la modernidad. De ahí que a veces se hablase de "europeizar" a nuestros países: lo moderno estaba afuera y teníamos que importarlo. En la historia de México el proceso comienza un poco antes de las guerras de Independencia; más tarde se convierte en un gran debate ideológico y político que divide y apasiona a los mexicanos durante el siglo XIX. Un episodio puso en entredicho no tanto la legitimidad del proyecto reformador como la manera en que se había intentado realizarlo: la Revolución mexicana. A diferencia de las otras revoluciones del siglo XX, la de México no fue tanto la expresión de una ideología más o menos utópica como la explosión de una realidad histórica y psíquica oprimida. No fue la obra de un grupo de ideólogos decididos a implantar unos principios derivados de una teoría política; fue un sacudimiento popular que mostró a la luz lo que estaba escondido. Por esto mismo fue, tanto o más que una revolución, una revelación. México buscaba al presente afuera y lo encontró adentro, enterrado pero vivo. La búsqueda de la modernidad nos llevó a descubrir nuestra antigüedad, el rostro oculto de la nación. Inesperada lección histórica que no sé si todos han aprendido: entre tradición y modernidad hay un puente. Aisladas, las tradiciones se petrifican y las modernidades se volatilizan; en conjunción, una anima a la otra y la otra le responde dándole peso y gravedad.
La búsqueda de la modernidad poética fue una verdadera quéte, en el sentido alegórico y caballeresco que tenía esa palabra en el siglo XII. No rescaté ningún Grial, aunque recorrí varias waste lands, visité castillos de espejos y acampé entre tribus fantasmales. Pero descubrí a la tradición moderna. Porque la modernidad no es una escuela poética sino un linaje, una familia esparcida en varios continentes y que durante dos siglos ha sobrevivido a muchas vicisitudes y desdichas: la indiferencia pública, la soledad y los tribunales de las ortodoxias religiosas, políticas, académicas y sexuales. Ser una tradición y no una doctrina le ha permitido, simultáneamente, permanecer y cambiar. También le ha dado diversidad: cada aventura poética es distinta y cada poeta ha plantado un árbol diferente en este prodigioso bosque parlante. Si las obras son diversas y los caminos distintos, ¿qué une a todos estos poetas? No una estética sino la búsqueda. Mi búsqueda no fue quimérica, aunque la idea de modernidad sea un espejismo, un haz de reflejos. Un día descubrí que no avanzaba sino que volvía al punto de partida: la búsqueda de la modernidad era un descenso a los orígenes. La modernidad me condujo a mi comienzo, a mi antigüedad. La ruptura se volvió reconciliación. Supe así que el poeta es un latido en el río de las generaciones.
*
La idea de modernidad es un sub-producto de la concepción de la historia como un proceso sucesivo, lineal e irrepetible. Aunque sus orígenes están en el judeocristianismo, es una ruptura con la doctrina cristiana. El cristianismo desplazó al tiempo cíclico de los paganos: la historia no se repite, tuvo un principio y tendrá un fin; el tiempo sucesivo fue el tiempo profano de la historia, teatro de las acciones de los hombres caídos, pero sometido al tiempo sagrado, sin principio ni fin. Después del Juicio Final, lo mismo en el cielo que en el infierno, no habrá futuro. En la Eternidad no sucede nada porque todo es. Triunfo del ser sobre el devenir. El tiempo nuevo, el nuestro, es lineal como el cristiano pero abierto al infinito y sin referencia a la Eternidad. Nuestro tiempo es el de la historia profana. Tiempo irreversible y perpetuamente inacabado, en marcha no hacia su fin sino hacia el porvenir. El sol de la historia se llama futuro y el nombre del movimiento hacia el futuro es Progreso.
Para el cristiano, el mundo - o como antes se decía: el siglo, la vida terrenal - es un lugar de prueba: las almas se pierden o se salvan en este mundo. Para la nueva concepción, el sujeto histórico no es el alma individual sino el género humano, a veces concebido como un todo y otras a través de un grupo escogido que lo representa: las naciones adelantadas de Occidente, el proletariado, la raza blanca o cualquier otro ente. La tradición filosófica pagana y cristiana había exaltado al Ser, plenitud henchida, perfección que no cambia nunca; nosotros adoramos al Cambio, motor del progreso y modelo de nuestras sociedades. El Cambio tiene dos modos privilegiados de manifestación: la evolución y la revolución, el trote y el salto. La modernidad es la punta del movimiento histórico, la encarnación de la evolución o de la revolución, las dos caras del progreso. Por último, el progreso se realiza gracias a la doble acción de la ciencia y de la técnica, aplicadas al dominio de la naturaleza y a la utilización de sus inmensos recursos.
El hombre moderno se ha definido como un ser histórico. Otras sociedades prefirieron definirse por valores e ideas distintas al cambio: los griegos veneraron a la Polis y al círculo pero ignoraron al progreso, a Séneca le desvelaba, como a todos los estoicos, el eterno retorno, San Agustín creía que el fin del mundo era inminente, Santo Tomás construyó una escala - los grados del ser - de la criatura al Creador y así sucesivamente. Una tras otra esas ideas y creencias fueron abandonadas. Me parece que comienza a ocurrir lo mismo con la idea del Progreso y, en consecuencia, con nuestra visión del tiempo, de la historia y de nosotros mismos. Asistimos al crepúsculo del futuro. La baja de la idea de modernidad, y la boga de una noción tan dudosa como "postmodernidad", no son fenómenos que afecten únicamente a las artes y a la literatura: vivimos la crisis de las ideas y creencias básicas que han movido a los hombres desde hace más de dos siglos. En otras ocasiones me he referido con cierta extensión al tema. Aquí sólo puedo hacer un brevísimo resumen.
En primer término: está en entredicho la concepción de un proceso abierto hacia el infinito y sinónimo de progreso continuo. Apenas si debo mencionar lo que todos sabemos: los recursos naturales son finitos y un día se acabarán. Además, hemos causado daños tal vez irreparables al medio natural y la especie misma está amenazada. Por otra parte, los instrumentos del progreso - la ciencia y la técnica - han mostrado con terrible claridad que pueden convertirse fácilmente en agentes de destrucción. Finalmente, la existencia de armas nucleares es una refutación de la idea de progreso inherente a la historia. Una refutación, añado, que no hay más remedio que llamar devastadora.
En segundo término: la suerte del sujeto histórico, es decir, de la colectividad humana, en el siglo XX. Muy pocas veces los pueblos y los individuos habían sufrido tanto: dos guerras mundiales, despotismos en los cinco continentes, la bomba atómica y, en fin, la multiplicación de una de las instituciones más crueles y mortíferas que han conocido los hombres, el campo de concentración. Los beneficios de la técnica moderna son incontables pero es imposible cerrar los ojos ante las matanzas, torturas, humillaciones, degradaciones y otros daños que han sufrido millones de inocentes en nuestro siglo.
En tercer término: la creencia en el progreso necesario. Para nuestros abuelos y nuestros padres las ruinas de la historia - cadáveres, campos de batalla desolados, ciudades demolidas - no negaban la bondad esencial del proceso histórico. Los cadalsos y las tiranías, las guerras y la barbarie de las luchas civiles eran el precio del progreso, el rescate de sangre que había que pagar al dios de la historia. ¿Un dios? Si, la razón misma, divinizada y rica en crueles astucias, según Hegel. La supuesta racionalidad de la historia se ha evaporado. En el dominio mismo del orden, la regularidad y la coherencia - en las ciencias exactas y en la física - han reaparecido las viejas nociones de accidente y de catástrofe. Inquietante resurrección que me hace pensar en los terrores del Año Mil y en la angustia de los aztecas al fin de cada ciclo cósmico.
Y para terminar esta apresurada enumeración: la ruina de todas esas hipótesis filosóficas e históricas que pretendían conocer las leyes de desarrollo histórico. Sus (reyentes, confiados en que eran dueños de las llaves de la historia, edificaron poderosos estados sobre pirámides de cadáveres. Esas orgullosas construcciones, destinadas en teoría a liberar a los hombres, se convirtieron muy pronto en cárceles gigantescas. Hoy las hemos visto caer; las echaron abajo no los enemigos idelógicos sino el cansancio y el afán libertario de las nuevas generaciones. ¿Fin de las utopías? Más bien: fin de la idea de la historia como un fenómeno cuyo desarrollo se conoce de antemano. El determinismo histórico ha sido una costosa y sangrienta fantasía. La historia es imprevisible porque su agente, el hombre, es la indeterminación en persona.
Este pequeño repaso muestra que, muy probablemente, estamos al fin de un período histórico y al comienzo de otro. ¿Fin o mutación de la Edad Moderna? Es difícil saberlo. De todos modos, el derrumbe de las utopías ha dejado un gran vacío, no en los países en donde esa ideología ha hecho sus pruebas y ha fallado sino en aquellos en los que muchos la abrazaron con entusiasmo y esperanza. Por primera vez en la historia los hombres viven en una suerte de intemperie espiritual y no, como antes, a la sombra de esos sistemas religiosos y políticos que, simultáneamente, nos oprimían y nos consolaban. Las sociedades son históricas pero todas han vivido guiadas e inspiradas por un conjunto de creencias e ideas metahistóricas. La nuestra es la primera que se apresta a vivir sin una doctrina metahistórica; nuestros absolutos - religiosos o filosóficos, éticos o estéticos - no son colectivos sino privados. La experiencia es arriesgada. Es imposible saber si las tensiones y conflictos de esta privatización de ideas, prácticas y creencias que tradicionalmente pertenecían a la vida pública no terminará por quebrantar la fábrica social. Los hombres podrían ser poseídos nuevamente por las antiguas furias religiosas y por los fanatismos nacionalistas. Sería terrible que la caída del ídolo abstracto de la ideología anunciase la resurrección de las pasiones enterradas de las tribus, las sectas y las iglesias. Por desgracia, los signos son inquietantes.
La declinación de las ideologías que he llamado metahistóricas, es decir, que asignan un fin y una dirección a la historia, implica el tácito abandono de soluciones globales. Nos inclinamos más y más, con buen sentido, por remedios limitados para resolver problemas concretos. Es cuerdo abstenerse de legislar sobre el porvenir. Pero el presente require no solamente atender a sus necesidades inmediatas: también nos pide una reflexión global y más rigurosa. Desde hace mucho creo, y lo creo firmemente, que el ocaso del futuro anuncia el advenimiento del hoy. Pensar el hoy significa, ante todo, recobrar la mirada critica. Por ejemplo, el triunfo de la economía de mercado - un triunfo por default del adversario - no puede ser únicamente motivo de regocijo. El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad. Las sociedades democráticas desarrolladas han alcanzado una prosperidad envidiable; asimismo, son islas de abundancia en el océano de la miseria universal. El tema del mercado tiene una relación muy estrecha con el deterioro del medio ambiente. La contaminación no sólo infesta al aire, a los ríos y a los bosques sino a las almas. Una sociedad poseída por el frenesí de producir más para consumir más tiende a convertir las ideas, los sentimientos, el arte, el amor, la amistad y las personas mismas en objetos de consumo. Todo se vuelve cosa que se compra, se usa y se tira al basurero. Ninguna sociedad había producido tantos desechos como la nuestra. Desechos materiales y morales.
La reflexión sobre el ahora no implica renuncia al futuro ni olvido del pasado: el presente es el sitio de encuentro de los tres tiempos. Tampoco puede confundirse con un fácil hedonismo. El árbol del placer no crece en el pasado o en el futuro sino en el ahora mismo. También la muerte es un fruto del presente. No podemos rechazarla: es parte de la vida. Vivir bien exige morir bien. Tenemos que aprender a mirar de frente a la muerte. Alternativamente luminoso y sombrío, el presente es una esfera donde se unen las dos mitades, la acción y la contemplación. Así como hemos tenido filosofías del pasado y del futuro, de la eternidad y de la nada, mañana tendremos una filosofía del presente. La experiencia poética puede ser una de sus bases. ¿Qué sabemos del presente? Nada o casi nada. Pero los poetas saben algo: el presente es el manantial de las presencias.
En mi peregrinación en busca de la modernidad me perdí y me encontré muchas veces. Volví a mi origen y descubrí que la modernidad no está afuera sino adentro de nosotros. Es hoy y es la antigüedad más antigua, es mañana y es el comienzo del mundo, tiene mil años y acaba de nacer. Habla en náhuatl, traza ideogramas chinos del siglo IX y aparece en la pantalla de televisión. Presente intacto, recién desenterrado, que se sacude el polvo de siglos, sonríe y, de pronto, se echa a volar y desaparece por la ventana. Simultaneidad de tiempos y de presencias: la modernidad rompe con el pasado inmediato sólo para rescatar al pasado milenario y convertir a una figurilla de fertilidad del neolítico en nuestra contemporánea. Perseguimos a la modernidad en sus incesantes metamorfosis y nunca logramos asirla. Se escapa siempre: cada encuentro es una fuga. La abrazamos y al punto se disipa: sólo era un poco de aire. Es el instante, ese pájaro que está en todas partes y en ninguna. Queremos asirlo vivo pero abre las alas y se desvanece, vuelto un puñado de sílabas. Nos quedamos con las manos vacías. Entonces las puertas de la percepción se entreabren y aparece el otro tiempo, el verdadero, el que buscábamos sin saberlo: el presente, la presencia
Fuente: http://www.nobelprize.org/nobel_prizes/literature/laureates/1990/paz-lecture-s.html