sábado, 30 de noviembre de 2024

Albert Caraco: la vida como «laberinto del absurdo»

 

La solución final de Albert Caraco: la vida como «laberinto del absurdo»

Como saben los lectores de esta página, no sólo me ocupo de pensadores de establecida y reconocida raigambre en el estudio de la historia de la Filosofía. También se hace necesario, y es una de mis prioridades, dar a conocer a autores más o menos invisibles que permanecen, por distintas razones, a la sombra de la corriente oficial, canónica, preceptiva, cuyas reflexiones son de obligado conocimiento para llegar a tener una panorámica lo suficiente amplia del devenir del pensamiento occidental.

En esta ocasión pondremos la atención sobre el oscuro, ingenioso y clarividente Albert Caraco (nacido en Constantinopla en 1919), autor de numerosas obras repletas de una contundente prosa que obligan al lector a reflexionar sobre las distintas vertientes de la existencia humana. En particular, os invitaré a leer dos de sus textos más representativos: Breviario del caos y Post mortem.

Albert Caraco

Caraco recoge en sus escritos la compleja tradición pesimista europea de los siglos XIX y XX; en casi cualquiera de sus textos encontramos ineludibles ecos de autores como Schopenhauer, Mainländer o Cioran. Caraco inicia su Breviario del caos, obra que muestra sin escrúpulos su concepción de la vida humana, con una afirmación de hondas consecuencias: «Tendemos a la muerte como la flecha al blanco, y no fallamos jamás».

Para Caraco no existen excusas ni vías intermedias para no acometer con convencimiento y seriedad el desenlace inevitable hacia el que conduce nuestra sociedad: la muerte. Puesto que «la vida eterna es un sinsentido», y ya que «vida y muerte están ligadas» indefectiblemente, debemos tomar en serio nuestra actitud respecto a nosotros mismos y lo que nos rodea. No sólo sabemos que la vida tiene un fin, sino que debemos consentir «en desaparecer» y aprobar tal consentimiento, teniendo siempre en cuenta que la existencia nos es más impuesta que regalada y que, asegura Caraco, se encuentra repleta de «preocupaciones y de dolores, de alegrías problemáticas o malas»: la felicidad parece constituir un mero «caso particular», una casualidad, una ilusión carente de fundamento. Parecemos escuchar a Schopenhauer, cuando explicaba que la felicidad de toda una humanidad no justificaría el dolor de un solo ser. Un proceso no sólo subjetivo, individual, sino también político y social de fatales consecuencias:

Por cada país que hace la Historia, más de veinte la sufren […]. Las naciones, que ya no hacen la Historia, no entienden lo que les ocurre, el caos es su destino, sus glorias no las preservan y sus virtudes ya no las previenen del hundimiento en el estupor que es su sino […]. El papel de la fatalidad crece y el estupor es la sombra que la fatalidad proyecta: un día, su destino será el mismo que el de la mayoría de los pueblos, su fuerza no les servirá de nada, su privilegio no será más que imaginario, por fin la Historia se volverá la pasión de todos.

La asunción de nuestro carácter finito se sitúa, así, como uno de los puntos clave de la concepción existencial de Caraco: «Cada uno de nosotros muere solo y muere por completo». Pero, de un modo casi heracliteano, escribe que «la mayoría dormita todo el tiempo que vive y teme despertarse en el momento de perecer». No podemos ser sometidos por el miedo a la muerte; hemos de asumir el poder que nos confiere nuestra condición finita para, de este modo, no convertirnos en «sonámbulos» (que, como el soñador kantiano, persigue el humo de las sombras).

Que la mayoría de nosotros estemos dormidos en vida significa que nuestras ciudades, allí donde vivimos y cohabitamos con nuestros semejantes, se pueden convertir -y de hecho se convierten- en lugares donde morimos inhumanamente, «infelices sin remedio» y donde convivimos, en expresión maravillosa, en un auténtico «laberinto del absurdo». El caos, el hedor y el sinsentido se han impuesto allí donde debería darse la concordia, la paz y el diálogo, dando lugar a un «Infierno moderado por la nada».

La consecuencia a la que Caraco llega es demoledora; su formulación merece ser expuesta en párrafo aparte:

Estamos en el Infierno, y no tenemos más elección que la de ser condenados, atormentarnos o ser los diablos encargados de su suplicio.

La muerte, desde luego, ha de llegar. El ser humano muere, como lo hace cualquier ser vivo. El problema es que hemos hecho de la muerte el más temible y penoso símbolo de nuestra estirpe, y de hecho poseemos los «suficientes medios como para que cada hombre sea matado cuarenta veces». ¿Pueden, acaso, cambiar las revoluciones este funesto destino? «Es demasiado tarde -explica Caraco-, la Historia ya no se detiene, somos arrastrados por ella y la inclinación de sus planes nos impide esperar una desaceleración cualquiera».

Seres condenados a una muerte en vida, ni siquiera los dioses pueden acudir en nuestro auxilio, pues hemos hecho de ellos lo que nosotros mismos somos: entes imaginados que no pueden cargar con el peso de su propia desidia e irresponsabilidad: «cuando se quiera saber cuáles fueron nuestros verdaderos dioses, habría que juzgarnos según nuestras obras y nunca según nuestros principios», siempre grandilocuentes, siempre enaltecedores de la verdad, la belleza y la paz, pero también, y a la vez, siempre en contradicción con nuestras acciones. Incluso lo más excelso acaba por convertirse, en manos de los hombres, en algo degenerado, deformado. Hemos hecho de nuestro entorno una «escuela de muerte» inhumana: «A cada vuelta de rueda, las ciudades que habitamos avanzan imperceptiblemente la una contra la otra, en el rumor y en el hedor, es una marcha hacia el caos absoluto, en el rumor y en el hedor».

Los jóvenes ya no pueden salvar el mundo, el mundo no puede ya ser salvado, la idea de salvación no es más que una idea falsa, y debemos pagar nuestros innumerables errores, es demasiado tarde para reparar lo que sea. […] La opción de la agonía será la última que nos quede y esto llegará más pronto de lo que se piensa, de un día al otro seremos arrojados al precipicio, y ahí nos despertaremos, aunque no nos dé tiempo a sentir que expiramos.

Parece que nos hemos empeñado, asegura Caraco, en organizar «metódicamente el Infierno, en el que nos consumimos». Para que no paremos mientes en cuanto ocurre, en este espeluznante territorio mancillado por la corrupción y las más oscuras ambiciones humanas, «nos ofrecen espectáculos estúpidos, donde nuestra sensibilidad se barbariza y nuestro entendimiento acabará por disolverse […]. Volvemos al circo de Bizancio y ahí olvidamos nuestros verdaderos problemas, pero sin que estos problemas nos olviden».

Post mortem Caraco

Lejos de lo que cabría esperar, Caraco no sucumbe a la tentación de ofrecer esperanza alguna, pues «la idea de salvación no es más que una idea falsa, y debemos pagar nuestros innumerables errores, es demasiado tarde para reparar lo que sea». «Lo que sea», escribe el autor, es eso en lo que se ha convertido nuestro mundo:

Un alarido de dolor y de éxtasis, donde los hombres más puros no tendrán más que el recurso de matarse los unos a los otros para no despreciarse a sí mismos.

En nada han cambiado el ánimo o las emociones humanas desde tiempos remotos: nuestro corazón «es igual al mar profundo y tenebroso, los cambios no tienen lugar más que en la superficie en la que nuestra sensibilidad refleja la luz, pero cuando descendemos, encontramos lo que fue y será»: un auténtico laberinto del absurdo. Y ni siquiera la filosofía puede auxiliarnos, pues «la coartada metafísica acaba de expirar y no podemos ocultarnos tras nuestra impotencia».

Queremos lo imposible y dentro de poco ya no tendremos la sombra de lo posible, desembarcaremos sobre la luna y beberemos nuestras deyecciones aquí en el mundo, nuestros niños comerán mañana cosas reputadas inmundas, la vida que nos espera es tan absurda y tan horrible, que los mejores preferirán la muerte.

A pesar de la contundencia de sus asertos y de la aludida clarividencia de algunos de sus vaticinios, Caraco es aún autor declarado proscrito por numerosos lectores -y editores-, al que sin embargo no deberíamos dudar en escuchar, pues, como aseguran desde Sexto Piso, su «escritura de gran elegancia […] nos regala una prosa clásica destinada a lacerar, como una daga afiladísima, la falsa verdad histórica que esgrime la modernidad». Fiel a su pensamiento y deseo, Caraco acaba suicidándose en 1971 justo cuando había prometido hacerlo: apenas unas horas después de la muerte de su padre.

Aunque ha encontrado lectores en Europa del Este y América Latina, Caraco es una figura todavía escasamente conocida en el contexto filosófico de habla hispana, y apenas se le ha prestado atención en entornos académicos. Su obra, prolífica (él mismo afirma en no pocas ocasiones que nació para ser escritor y vivir alejado del mundo), no deja duda de la calidad y hondura de su pensamiento, que puede catalogarse de pesimismo radical. O, quizás, de lúcido realismo.

La editorial Sígueme publicó hace unos años, en magnífica edición en tapa dura, Post mortem, escrito por su autor momentos después del fallecimiento de su madre. En él se dejan ver las grandes líneas del ideario de Caraco (fatalismo, el peso del tiempo, la muerte como eterna compañera del hombre, el dolor existencial), pero, característica común de los textos de este autor nacido en Estambul, sus afirmaciones siempre son verificadas a través de una experiencia vital que parece confirmar a aquéllas materialmente. Da así la sensación de que los escritos de Caraco no sólo pueden ser leídos, sino tocados, sentidos en primera persona. El lector queda convertido, por una suerte de catarsis literaria, en autor. Así, explica que:

Mi amor sólo se dirige de la santa indiferencia y ya me confundo con ella, mi vida entera es una escuela de muerte, por otra parte no tengo demasiados méritos y desde la infancia nunca me he sentido a gusto, presa de permanentes enfermedades y subsistiendo a fuerza de medicinas.

Medicinas, hay que decir, que a veces no son prescritas por médicos. La escritura formará parte de la vida de Caraco como una suerte de remedio, siempre eventual, para sobrellevar esta odiosa existencia que parece perseguirnos imprimiendo en nosotros el aguijón del deseo. Un deseo que se renueva constantemente y que, por tanto, nunca se detiene a pesar de contar con algunas satisfacciones perecederas ofrecidas por nuestros efímeros éxitos. Si algo recriminará Caraco a su madre, será, precisamente, el hecho de haberle traído al mundo, “y yo profeso aversión al mundo”, confiesa en las primeras líneas de Post mortem.

Las sombras de la muerte son las especias del amor y la vida eterna sería la escuela de la frialdad absoluta. Se ama a un ser al que los mañanas amenazan y tanto más cuanto más se ve amenazado.

Post mortem no es un libro del que pueda hablarse a la ligera. Hay que leerlo, y leerlo despacio, para hacerse cargo de la enjundia y pertinencia que atesora cada palabra de Caraco. El alma del autor está puesta en cada línea de la obra, en cada letra, en cada signo de puntuación. Como muy bien apunta Justo Navarro en la breve pero intensa introducción, Caraco afronta en esta obra la “catástrofe de la ausencia” de una madre que ora adquiere los visos de amante, ora de figura protectora, ora de amiga, ora de arquetipo ideal de “Madre Gloriosa”.

Debemos olvidar a nuestros muertos en tanto que muertos, pero nos está permitido seguir su modelo y perpetuar sus obras, lo demás son melindres.

Caraco reencuentra a -y se reencuentra con- su madre tras la muerte de ésta. Reencuentra a su madre porque, aunque el tono de Post mortem muestre una aparente solemnidad e incluso cierta sacralidad, Caraco acomete un sincero diálogo con la ausente. De ahí que tal reencuentro sea no sólo espiritual, sino también y de alguna manera físico: por eso se reencuentra también con ella, es decir, no sólo con lo que fue su madre de hecho, sino también con lo que representará para siempre. El libro se cierra con elocuentes palabras: “Mi Madre se ha convertido en el altar donde, a mi pesar, yo había de ofrecerme a ese principio del que ella ignoraba ser el anuncio en la tierra”.

Nunca los volveremos a ver y por eso los amamos, la nada es el precio del amor y de la nada el amor es la corona, es bueno que sea así, el tiempo y la persona se confunden, el amor y la nada se corresponde.

Como hemos dicho, Albert Caraco fue fiel a su pensamiento y acaba suicidándose instantes después de la muerte de su padre. Fue así, y a través de sus escritos, como dio realidad a sus ideas: “Soy uno de los profetas de estos tiempos y el silencio me rodea”.

Fuente:https://elvuelodelalechuza.com/2016/03/31/la-solucion-final-de-albert-caraco-la-vida-como-laberinto-del-absurdo/

domingo, 17 de noviembre de 2024

Franz Kafka y el laberinto del tiempo

 

Daniel Restrepo

Profesor de la Universidad Johns Hopkins

La eternidad no es la temporalidad detenida.

Aforismos, F. Kafka.

Aunque parezca paradójico, encontramos la eternidad en los actos efímeros de la naturaleza: las auroras, el murmullo de los arroyos, la brisa que trenza las ramas de los árboles o las olas que rompen contra la costanera. Su atemporalidad radica precisamente en que han perdido su singularidad y, aunque nos empecinemos en registrar algunos de ellos (calendarios, fases de la luna, tasas de precipitación), sus realidades concretas son irrecuperables: no hay una historia de los instantes anodinos. La brisa de hoy no es la continuación de la brisa de ayer, son la misma; la luna no envejece y el cielo (con sus variaciones) es nuestro sempiterno telón de fondo. Insistiendo un poco más en esto, cabe aclarar que esta no es solo una disposición estética de las personas, también es una actitud técnica -que hemos asumido conjuntamente durante los últimos trescientos años- donde los fenómenos naturales son entendidos acorde a ciertas leyes (físicas) invariables que rigen el comportamiento de los objetos. Una bala de cañón arrojada por algún lector entusiasta que desee constatarlo caerá de la misma manera en que lo hicieron las que Galileo dejó caer desde la torre de Pisa; el sol saldrá mañana por el oriente y al día siguiente y en el subsecuente y así sucesivamente sin la necesidad de que se rece o se hagan ritos de ningún tipo. Este conocimiento ya es «común». Similarmente pensamos la naturaleza orgánica (animales, plantas, etc.) en términos de leyes biológicas que establecen cómo deben comportarse los seres vivos y qué podemos esperar de ellos. Estas leyes, cabe aclarar, están en constante revisión, no se ajustan perfectamente ni modelan exactamente la realidad, pero (bien o mal) nos han permitido comprender y transformar sustancialmente la realidad material del mundo.

La verdad humana, en cambio, está inscrita en el laberinto del tiempo. Cierto es que los humanos somos entes materiales y por tanto sujetos a las restricciones físicas, también que habitamos la vida con un cuerpo orgánico que nos ata a su vez a ciertas determinidades biológicas, pero más cierto que todo esto es el carácter histórico de nuestra realidad. Hay una brecha cualitativa entre lo inorgánico y lo orgánico que es evidente para nosotros: lo segundo puede vivir, organizarse y transformase; a su vez hay un abismo (con bastantes puentes, pero aun así abismal) entre lo orgánico y lo humano: lo segundo puede decidir vivir, organizarse y transformarse o no hacerlo… La diferencia, en pocas palabras, entre lo humano y lo demás (orgánico e inorgánico) es la libertad y con ella la consciencia profunda del tiempo.

Recordemos por un momento nuestro primer mito: Dios creando y separando (mediante enunciación) la luz de las sombras, el cielo de la tierra, la tierra de las aguas; creando las plantas, los animales y la orografía de un jardín encantado y dándole vida a un hombre de barro y a una mujer de hueso para que lo habitaran, lo nombraran y lo gobernaran. En ese momento (mitológico), Dios, el hombre, la mujer, los animales, las auroras y las olas que rompen contra la costanera estaban regidos por la misma forma del tiempo: en el eterno instante. Fue cuando llegó la primera desobediencia -simbolizada por la consumación del fruto prohibido- que empezó a fugarse el tiempo para la humanidad. Adán y Eva se supieron desnudos y libres en contraste a Dios y a los demás seres del jardín y, precisamente a causa de esa libertad adquirida, cayeron en el entramado de las decisiones, las reflexiones, la culpa, la confusión, la angustia de la responsabilidad; quedaron inscritos en el laberinto del tiempo. De hecho, podría decirse que este laberinto fue el refugio para la desnudez humana: de la misma manera que el primer acto de creación separó la luz de la sombra, la primera desobediencia separó a los humanos de la buena consciencia y esa separación les impidió relacionarse inmediatamente con la naturaleza y con Dios. No es fortuito que tiempo después los hombres intentaran construir otra estructura (una torre) para llegar arrogantemente a las alturas (y los tiempos) de Dios. Desde una perspectiva menos alegórica podemos pensar esta dualidad entre el jardín encantado y el laberinto del tiempo como la dualidad entre la realidad natural regida por sus leyes fundamentales y el herramental humano (teorías, máquinas, estructuras) diseñado para el entendimiento de la naturaleza. En estos términos, la misma condición humana hace al laberinto inevitable, pues para entender la verdad natural (las rosas primigenias sembradas en el Edén), es menester construir instrumentos (un laberinto) que la interrogue y le agregue atributos (piedra a piedra) que puedan ser comprendidos con las categorías epistemológicas humanas. Volviendo al mito: primero Dios plantó un jardín; luego la humanidad levantó un laberinto para rodearlo, comprenderlo y, sobre todo, complicarlo.

Aquí, precisamente aquí, está Kafka. Podría haber empezado contándoles que Franz Kafka fue un escritor (lo cual es impreciso) checo (lo cual es anacrónico), de origen judío y germanohablante que murió hace exactamente cien años (lo cual, per se, es profundamente irrelevante); pero los habría perdido desde el principio. ¿Por qué entonces recordar en Colombia en el 2024 a un hombre europeo que murió en 1924? Precisamente porque Franz comprendió y puso de manifiesto —quizás mejor que nadie más en el siglo XX— las implicaciones de este laberinto inveterado que media en nuestras relaciones con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos; aquí radica su universalidad y su relevancia para cualquier grupo humano inscrito en las lógicas de la modernidad.

Para precisar ideas recordemos el relato Poseidón, de F. Kafka, donde se cuenta que el poderoso dios griego, señor de los mares, ejerce su imperio sobre sus dominios como un administrador, haciendo cálculos sin parar desde su escritorio (quienes hayan leído El Principito de Saint-Exupéry recordarán al hombre de negocios que pasa su vida listando estrellas en su escritorio para reclamar su derecho de propiedad sobre ellas). El drama de Poseidón se resume en que le es imposible salir al mundo que gobierna (y así detentar y disfrutar de su poder) hasta terminar una lista detallada y exhaustiva de todas las criaturas que habitan el mar; pues su trabajo como dios es ser omnisciente (no omnipresente) y, para él, la omnisciencia es un cómputo interminable. Este es el tirano tiranizado por sus planes, por sus métodos laberínticos.

Situaciones insólitas donde aparecen personajes o instituciones enteras destinadas a la reproducción de una actividad sumamente enrevesada (muchas veces sin propósito) o directamente absurda (muchas veces cruel por lo absurda) constituyen buena parte del corpus de la obra de F. Kafka, incluyendo varios de sus cuentos y, fundamentalmente, sus novelas: El desaparecido, El proceso y El castillo. No en vano, hoy en día situaciones de este tipo suelen llamarse kafkianas, aunque cabe aclarar que no toda situación absurda es kafkiana. La filósofa alemana, Hannah Arendt, describió lo kafkiano como una tiranía sin tirano, pero esto no es tan preciso. Si se define el proceso como tiranía, así sea una sin centro, esta continúa cumpliendo su fin: tiranizar. En este caso, aún no habría llegado a su etapa kafkiana. Ahora bien, si los funcionarios de la tiranía tuvieran que citar todos los días a sus súbditos (a las siete de la mañana, como en una cita de EPS) para saber más sobre ellos y, así, entender cómo tiranizarlos mejor, pero nunca mandándolos a hacer algo provechoso ni para los súbditos ni para la tiranía (pues todo el tiempo se iría en estas citas repetitivas y maquinales), entonces tendríamos una tiranía kafkiana. Así volvemos al laberinto que, pensado inicialmente como una estructura para entender la realidad, solo crece por el mero propósito de crear más laberinto, y es que precisamente eso es lo kafkiano, un organismo vicioso que se reproduce sin control y sin fin, por el afán mismo de reproducirse: lo kafkiano es el fin secuestrado por el método.

Una encarnación más familiar del laberinto —oximorónico, pues un laberinto siempre es extraño— es la confusión vital. Cada uno tiene sus teorías o sigue sus «instintos» o emula el comportamiento de tres o cuatro personas cercanas con las que más se ha identificado y espera, bien o mal, poder vivir así una vida válida. Pero siempre llega el día (porque sí, siempre llega) donde nos preguntamos qué sentido tiene esto, como si nuestras teorías o planes vitales se devaluaran abruptamente o como si el placer o la ganancia o el culto a la personalidad o la soberbia erudita o los sociologismos y psicologismos franceses de moda o la subsistencia pura (vivir para sobrevivir), como si todas estas pequeñas brújulas (que son otro instrumento, otra forma del laberinto) se averiaran cuando las elevamos para preguntarles cuál es el Gran Norte de nuestra vida; dándonos la idea de que solo pueden guiarnos un momento vital a la vez. Por otro lado, tenemos los dogmas, esas brújulas absolutas y monolíticas que nunca flaquean y nos libran de toda confusión. En este caso hemos rendido la premisa fundamental de esta problemática: intentar vivir. Quien se guía por el dogma no vive, solo permanece lapidado en el templo laberíntico consagrado a su dios.

Frente a esta confusión vale la pena mirar hacia atrás, hacia la historia que nos determina como humanidad y que es lo más cercano a una intuición natural que nos pueda guiar en este laberinto que nos guía, a su vez, por el jardín. Mirar hacia la tradición, hacia quienes estuvieron a la altura de las paradojas vitales, hacia los muertos y preguntarles: ¿cómo podemos seguir viviendo?

Claro que ellos no podrán respondernos con una respuesta, pues ninguna vida tiene solución; nos responderán con preguntas. Pero las preguntas son más amplias que las respuestas y por eso mismo puede que ahí (en la gran sucesión de muertos que han pensado la vida, en la tradición del pensamiento) encontremos preguntas donde quepamos todos y podamos encontrar razones para seguir viviendo.

Aquí termina la conmemoración de nuestro muerto.

A Dios, Franz.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Crónica de pajareo

 

Óscar Darío Ruiz Henao

De Gallinazos y reyes

Del libro en edición A la intemperie

Crecí en un barrio cerca al cementerio Campos de Paz. De este lugar extraordinario tengo varios recuerdos: voy corriendo con alguno de mis hermanos mayores detrás de un globo, de pronto ya estamos sobre una tumba y yo me siento algo incómodo, quizás hemos perturbado a los muertos. También me veo con mis amigos en los carros de rodillos que en la noche llegábamos casi hasta la entrada del cementerio, ya que allí comenzaba la bajada, para tirarnos arrumados en nuestros improvisados vehículos. De vez en cuando uno miraba hacia la oscuridad del cementerio con cierta aprensión, aunque estábamos todos juntos y yo me sentía protegido de… los muertos. Con bastante intensidad recuerdo una mañana que llegaron con el relato de que una tumba había sido profanada en el cementerio, que era de un pecador, un hombre malo y que lo que vino por ese hombre malo se lo llevó para los infiernos, decía mi abuela enfática. No sé quién vio el suceso sobre natural, pero decían que dos gallinazos de ojos encendidos custodiaban, a lado y lado, la tumba mientras lo que vino alzaba hasta con el ataúd.

A otra persona le escuché decir que este pajarraco podía vengarse si era ofendido por un humano a quien, desde las alturas, le arrojaba una pesada tabla. Crecí con cierta distancia y desconfianza de los gallinazos.

Ya convertido en pajarero, supe de dos de los familiares del gallinazo común, Coragyps atratus, y escuché hablar del rey de los gallinazos, Sarcoramphus papa; de su blancura y elegancia.

Pablo Neruda, que le cantó a las aves con su actitud generosa e incluyente, le escribió un poema al jote, como lo llaman en Chile:

Jote

El Jote abrió su Parroquia,

endosó sus hábitos negros,

voló buscando pescadores,

diminutos crímenes, robos,

abigeatos lamentables,

todo lo inspecciona volando:

campos, casas, perros, arena,

todo lo mira sin mirar,

vuela extendido abriendo al sol

su sacerdótica sotana.

No sonríe a la Primavera

el Jote, espía de Dios:

gira y gira midiendo el cielo,

solemne se posa en la tierra

y se cierra como un paraguas.

 

No existe un lugar en Colombia sin la presencia de este sacerdote alado, de este inspector. En Urabá descubrí a su primo, Catharte aura o guala, cuyo elegante y placido vuelo aprendí a perseguir y a admirar. Además, a esta especie se les conoce como laura y migra en numerosas bandadas. Su hábito, todo negro, contrasta con su cabeza roja y carnosa, de ojos negros. Realmente es un ave que asusta a primera vista. Por el río Atrato y por la ciénaga de Rionegro, las vi migrando, parecían dibujando jeroglíficos aéreos, diciéndonos algo secreto con su vuelo, con una grafía misteriosa trazada por sus alas.

También encontré al otro primo, Cathartes burrovianus, de rostro amarillo, más difícil de avistar.

Los gallinazos de cabeza negra y rugosa, que parecen llevando una máscara para una fiesta de disfraces de suspenso, son animales discretos y silenciosos que han ido ganándose mi respeto a pesar de mis recuerdos de infancia. Es tal su peculiar presencia que parecen invisibles a pesar de estar por todas partes esperando una oportunidad. Gallinazo le dicen en Colombia al que coquetea a varias mujeres. Aunque hay un extraño oficio que también recibe este nombre entre los trabajadores de las funerarias, quienes afuera de los hospitales esperan a la gente para, una vez identificado el drama de la perdida familiar, ofrecen sus servicios exequibles.

El zopilote, otro nombre más mexicano para la misma ave, es un carroñero indispensable y muy disciplinado. En Acandí, vi un grupo haciendo fila para picar una desafortunada tortuga caná muerta por alguna embarcación pesquera. Diríase que son también limpiadores.

En una jornada de pajareo en el parque El Salao, mientras almorzábamos un delicioso sancocho trifásico, después de la caminata intensa y la alegría por tantos pájaros avistados, un joven gallinazo miraba a mi esposa desde una baranda; ella le ofreció carnita y el jovenzuelo comió gustoso de su mano, delicadamente. Como sería la conexión tan inusual entre ellos que mi esposa me decía: deberíamos llevárnoslo para nuestra casa.

La miré como quien mira a un borracho, mientras ella le decía, coma más Adolfito con un pedazo de carne pulpa en su mano.

En mi primera pajareada por la serranía del Abibe dirigida por un amigo biólogo, llegamos hasta una especie de boquerón que permite mirar hacia ambos lados de la serranía. Allí se da un cruce de vientos y de aves a la vez. Entonces llegó mi primer Sarcoramphus papa, el afamado rey de los gallinazos. Se posó tranquilo en una alta horqueta. Yo me puse todo nervioso, casi no lo puedo ubicar con mi camarita, era un lifer (primera vez que uno ve una especie de ave). Allí lo vimos en detalle, mitad blanco, mitad negro, de pecho gris con una gargantilla carnosa roja y su pico rojo con las carnosidades anaranjadas que le cuelgan; sobre el ojo una especie de ceja roja y este de un rondel blanco para volverse negro. Parece vestido para alguna ceremonia en su honor.

Es impactante este rey por el recuerdo que uno tiene del desabrido gallinazo común. De inmediato uno dice, sin duda este es el rey. Luego lo vimos en su vuelo ancho, blanco y elegante.

Dos o tres años después, cuando íbamos de pajareada para Mutatá en una moto, de pronto miramos hacia un potrero y a unos 200 metros una bandada de gallinazos se reunía alrededor de algo muerto. Con cierto asombro nos percatamos de la presencia de dos reyes gallinazos, en un mismo árbol y otros dos sobre la hierba. Cuando uno de ellos se acercó a lo que era el alimento, los gallinazos comunes despejaron el camino. Entonces nos sorprendimos al constatar que, en realidad, había siete gallinazos rey entre la bandada. Ya había tres de ellos en el árbol que, calmos, nos miraban. En la hierba miré dos juveniles y separados de la bandada había dos inmaduros con su plumaje evolucionando. Estaban todos reunidos, como si se tratara de una junta regional, como si fuera un encuentro de reinos. Mi compañero de pajareada, mucho más experimentado en estos asuntos, decía sonriente que era muy inusual este tipo de reuniones. Sabíamos que los gallinazos comunes son muy amigos de los caracará (Caracará cheriway) que hasta comparten comida entre ellos; los hemos visto acicalándolos incluso, pero ver siete Sarcoramphus papa juntos, y de diferentes edades y etapas de maduración, era una fortuna. Estuvimos otro rato en el potrero acercándonos con sigilo para evitar molestar esta reunión inusual.

Me traje una foto de tres gallinazos juntos que luego compartí con pajareros expertos quienes manifestaron su extrañeza.

En casa le conté este suceso a mi esposa, le mostré las fotos, y ella recordó a Adolfito que casi se lo trae para nuestra casa. Entonces me dijo: y no se te ocurrió traerte un bebe rey. Como sería de lindo, dijo tan sinceramente.

Pensé en el cementerio Campos de Paz, en el desbordado imaginario colectivo y sus mitos urbanos. Pensé en la elegancia de este señor rey. Y pensé en cómo será de grato cuando me encuentre, algún día, al Señor de las Alturas, al más grande de los gallinazos, al Cóndor de los Andes.

miércoles, 16 de octubre de 2024

Mafalda: una gran aliada de la inclusión

 

Mafalda: una gran aliada de la inclusión

Jaime Pérez Posada

2024 es un año de autores de diferentes géneros literarios y pensadores muy influyentes y de obras literarias clave: de los 750 años de la muerte de Santo Tomás de Aquino, los 300 del nacimiento de Inmanuel Kant y los 200 de la muerte de Lord Byron, de los cien años del fallecimiento de Franz Kafka y Joseph Conrad y del nacimiento de Truman Capote.

En cuanto a libros: un siglo de La montaña mágica, de Thomas Mann, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda y de La vorágine, de José Eustasio Rivera. Además, es un año de García Márquez por partida triple: una década de su muerte, la publicación de una novela inédita corta, En agosto nos vemos, y del estreno de la versión televisiva de Cien años de soledad; y se celebran, también, los sesenta años de Mafalda.

Mafalda cumple 60 años, a pesar de ser una niña de 6 años. De acuerdo con

su difunto creador, el artista argentino Joaquín Salvador Lavado Tejón, más conocido como Quino, manifiesta el espíritu crítico de la juventud preocupada por la sociedad y la paz. Desde 1964 ha influenciado en la forma como pensamos, gracias a sus agudas frases y lecciones que nunca pierden vigencia.

Esta niña, que nos visitó en un centro comercial del área metropolitana del Valle de Aburrá, vino a celebrar sus 60 años y tuvimos la oportunidad de convivir con ella los integrantes del Programa de Formación Incluyente y Diversa, aprendices con discapacidad (Auditiva, Visual, Cognitiva y Física) del SENA conocieron y escucharon a la pequeña Mafalda; a Felipe, Manolito; a Susanita, a Miguelito y a Libertad y su hermanito Guille. Nos enseñaron la necesidad de rodearnos de amigos que nos motiven a ser mejores, a pensar y a cuestionar lo que ocurre a nuestro alrededor. También nos mostraron lo vital que es escuchar distintos puntos de vista y las diferentes formas de ver las cosas.

A lo largo de sus seis décadas, Mafalda odia la sopa y a las moscas; pero ama a Los Beatles, los derechos humanos y la democracia. Le gustan los dibujos de El Pájaro Loco. Su postre preferido son los panqueques. Suele jugar a los vaqueros con sus amigos en el parque. Se ha convertido en un símbolo internacional del humor, la sátira y la preocupación por la paz de la humanidad.

domingo, 11 de agosto de 2024

Los Centenarios 2024

 

Los centenarios

Estamos invitados en este recorrido del 2024 a recordar, releer y volver a interiorizar dos grandes celebraciones: el centenario de la muerte de Franz Kafka y los cien años de la primera edición de La vorágine, de José Eustasio Rivera.

En el Callejón de Oro en Praga, República Checa, Kafka escribió sus mejores obras. Entre ellas está la novela El castillo. El nombre lo sacó del Castillo de Praga, ubicado en dicha calle. Hoy el edificio se ha convertido en una tienda de libros y otros artículos emblemáticos de este gran escritor y ser humano. Kafka murió hace cien años cerca de Viena. Millones de lectores de todo el mundo se sienten identificados por las inexplicables historias y textos que tocan nuestras preocupaciones más profundas. Los estudiosos de Kafka discuten sobre cómo interpretarlo; algunos dialogan sobre la posible influencia de algún pensamiento político antiburocrático, de una espiritualidad propia o de una reivindicación de su minoría etnocultural; mientras otros se fijan en el contenido psicológico de sus obras.

En El castillo se ve la influencia de la autoridad de su padre el que, no solo, generó mucha desesperanza en el día a día de Franz Kafka, sino que inspiró las aventuras de los personajes en sus cuentos, novelas y relatos cortos, en los que se ve, también, la influencia de escritores como Gabriel Garcia Márquez, Jean-Paul Sartre, Albert Camus y Jorge Luis Borges.

Hay una historia con el autor, que es de una enseñanza profunda en estos momentos de caos y desesperanza, cuando se encontraba paseando por el parque Steglitz, en Berlín, se encontró con una niña, que lloraba desconsoladamente porque acababa de perder su muñeca. El escritor, con el fin de calmar el llanto de la niña y como no sabía qué decirle, se inventó la historia que ha inspirado a Jordi Sierra i Fabra su libro Kafka y la muñeca viajera.

Kafka le dijo a la niña que su muñeca no se había perdido, sino que se había marchado de viaje y que él, que era cartero de muñecas, le llevaría al día siguiente una carta que, con toda seguridad, su muñeca le escribiría. De ese modo, empezó la historia que llevó al genial escritor a escribir cada día, durante tres semanas, una carta que él mismo leía a aquella niña.

Nunca se ha sabido el nombre de aquella niña ni nadie ha leído aquellas cartas, ni nadie tampoco ha sabido explicar la razón por la que Kafka inventó aquella historia y, sobre todo, por qué la mantuvo viva durante tantos días. En aquellas cartas, el escritor ponía en boca de la muñeca, que se había «perdido», aventuras, peripecias o vivencias que ella misma protagonizaba por diversos lugares del mundo (París, Venecia, el Nilo), de modo que la niña pudiera calmar la ausencia de su juguete.

Como nunca hemos sabido a ciencia cierta si la literatura, la poesía, el ensayo y, en algunos casos el periodismo, son un asunto de vocación o de oficio. La vorágine, de José Eustasio Rivera, en su cien años, nos recuerda la Colombia oculta polarizada, clasista, excluyente, arribista y sanguinaria. La vorágine es la gran novela de la selva amazónica más reeditada en la historia de la literatura nacional e hispanoamericana. En ella se trata de manera singular el tema de la violencia de ayer y confrontada con la de hoy con el desplazamiento, la violencia, el sometimiento, como hace cien años. Releer La vorágine es mirarnos como sociedad y concluir que todo continua igual. Colombia es el segundo país con más homicidios en América del sur; con violencia basada en género, representado en feminicidios, violencia sexual y violencia de pareja y una violencia política y de territorios.

La vorágine es una carta de Arturo Cova y comienza con el famoso «Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia». En esta extensa epístola se muestra la Colombia de hoy y es la Colombia de los últimos cien años. Abrimos las páginas de nuestro periódico, como una esperanza y una crítica al momento actual. Seguimos atravesando momentos difíciles, posturas radicales e intereses individualistas. Por lo que deseamos que sea la literatura ese espacio y la convicción para volver a recupera el humanismo con Kafka y desde la poesía de Eustasio Rivera contemplar cada momento con alas de seda.

Persiguiendo el perfume de risueño retiro, 

la fugaz mariposa por el monte revuela, 

y en esos aires enciende sutilísima estela 

con sus pétalos tenues de cambiante zafiro. 


En la ronda versátil de su trémulo giro 

esclarece las grutas como azul lentejuela;

 y al flotar en la lumbre que en los ámbitos riela, 

vibra el sol y en la brisa se difunde un suspiro.

(...).

(Fragmento. Poema XIII. José Eustasio Rivera).

Poesía La sabiduría de una niña de catorce años

 

Poesía

La sabiduría de una niña de catorce años

Andrea Lucía Bohórquez Pupo

Estudiante de noveno grado de un colegio público de Medellín.

El espejismo de la humanidad

En la vasta sombra de la mente errante, se despliega un teatro de absurdos actos, donde el hombre, creyéndose gigante, es apenas eco de sus propios pactos.

Con furia insensata y ciega ambición, arrasamos bosques, ensuciamos mares, ignoramos el llanto, el dolor, la canción de la Tierra herida y sus viejos altares.

Construimos murallas, alzamos fronteras, en nombre de dioses de oro y papel, y en guerras sin causa, borramos banderas, desgarrando el alma y manchando nuestra piel.

El saber lo estamos olvidando en cada pantalla, navegando en mares de superficialidad, la verdad se distorsiona, la mentira estalla, y se pierde el valor de la sinceridad.

¿Qué dirán los niños, herederos de un mundo donde la codicia es norma y virtud? Les dejamos un legado absurdo y profundo, un futuro oscuro sin fe ni salud.

Despertemos ahora antes del abismo, rescatemos la esencia, el amor, la razón, que la vida es más que este fatal espejismo, y donde la llave está en nuestro propio corazón...

Ecos del alma profunda...

En la penumbra donde el alma se esconde, donde los días se tornan grises y mudos, surgen susurros que nadie responde, ecos de la melancolía en mares oscuros.

El viento lleva consigo lamentos viejos, canciones tristes de tiempos idos, y el corazón, en sus latidos lentos, busca consuelo en sus sueños perdidos.

Las estrellas parecen lágrimas en el cielo, testigos mudos de un dolor profundo, y la luna, con su rostro de hielo, contempla el abismo que envuelve al mundo.

Las sombras se alargan en la fría noche, abrazando el espíritu en su soledad, y cada suspiro es un tenue reproche, un eco más de la melancolía y su verdad.

El silencio grita con voz ensordecedora, llenando el vacío con su amarga canción, y el alma, en su tristeza abrumadora, se pierde en un mar de desolación.

Las lágrimas caen como lluvia sagrada, dibujando ríos en un rostro marchito, y el tiempo, con su marcha callada, deja huellas de un dolor infinito.

Cada amanecer es un combate arduo, una lucha contra la sombra interna, y el alma, en su fragilidad y desamparo, busca un rayo de luz en su caverna.

Pero en medio de la noche más oscura, donde la esperanza parece ausente, hay una chispa de luz, pequeña y pura, que susurra al corazón que aún es valiente.

Porque en la tristeza se encuentra la fuerza, en el dolor, la semilla de la redención, y aunque el alma sienta que perece, siempre hay un resquicio para la sanación.

Así, en cada lágrima y en cada suspiro, en cada sombra que el alma enfrenta, hay una lección, un motivo, para seguir, aunque la tristeza aprieta.

Pues en los ecos de la melancolía, resuena también una canción de esperanza, y el alma, aunque perdida, algún día, hallará en la oscuridad su balanza.

Y así, con cada amanecer nuevo, el corazón, aunque herido, sigue, porque en el duelo y en el miedo, nace una fuerza que no se rinde.

martes, 16 de julio de 2024

El centenario de La vorágine...

 

El centenario de La vorágine

Wber Rúa

¡Sueños irrealizados, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar?

(Palabras del anciano Clemente Silva).

Mucha tinta ha corrido por motivo del centenario de la novela La vorágine, de José Eustasio Rivera. Mi acercamiento a la obra no pretende conocimientos exhaustivos, pero quiero mencionar algunos apartes desde lo estético literario. Son solo comentarios sueltos, sin ínfulas de erudición. La obra está dividida en tres secciones. Cada inicio de sección es una oda al tema que se desarrolla en sus líneas.

La primera parte comienza con lo que yo considero uno de los mejores inicios de la literatura universal. Es una exaltación a la violencia, al amor trágico y a la mujer. Leamos las propias palabras del autor:

Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la Violencia. Nada supe de los deliquios embriagadores, ni de la confidencia sentimental, ni de la zozobra de las miradas cobardes. Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Con todo, ambicionaba el don divino del amor ideal, que me encendiera espiritualmente, para que mi alma destellara en mi cuerpo como la llama sobre el leño que la alimenta.

Cuando los ojos de Alicia me trajeron la desventura, había renunciado ya a la esperanza de sentir un afecto puro. En vano mis brazos —tediosos de libertad— se tendieron ante muchas mujeres implorando para ellos una cadena. Nadie adivinaba mi ensueño. Seguía el silencio en mi corazón.

Alicia fue un amorío fácil: se me entregó sin vacilaciones, esperanzada en el amor que buscaba en mí. Ni siquiera pensó casarse conmigo en aquellos días en que sus parientes fraguaron la conspiración de su matrimonio, patrocinados por el cura y resueltos a someterme por la fuerza. Ella me denunció los planes arteros. «Yo moriré sola —decía—: mi desgracia se opone a tu porvenir».

Luego, cuando la arrojaron del seno de su familia y el juez le declaró a mi abogado que me hundiría en la cárcel, le dije una noche, en su escondite, resueltamente: «¿Cómo podría desampararte? ¡Huyamos! Toma mi suerte, pero dame el amor».

¡Y huimos!

Más que el enamorado, fui siempre el dominador cuyos labios no conocieron la súplica. Y complementa esta declaración, de un hombre que no pudo encontrar el amor romántico, con las palabras que dice cuando Arturo Coba se encuentra con la madona Zoraida Ayram: Quizás, como yo, del amor humano solo conocería la pasión sexual, que no deja lágrimas, sino tedio. «La madona Zoraida Ayram», nombre con una gran intertextualidad: Santa Zoraida (que significa cautivadora) fue una virgen mora convertida al cristianismo y martirizada. Nombre que, también, menciona Miguel de Cervantes Saavedra en su Quijote. «La madona» significa «la virgen», en italiano, y «Ayram» es un anagrama de «Marya».

Alicia es, lo más probable, una alusión a Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Es la mujer que, inicialmente, lleva a Arturo Coba a huir de Bogotá, en busca de un mejor futuro, para los Llanos orientales. ¡Y huimos! Huyeron de la cárcel, del escarnio social, de la afrenta familiar, pero se encontraron con un presente aun más cruel e inhumano.

Se puede intuir que Arturo Coba es el alter ego del autor de la obra. Mi psiquis de poeta, que traduce el idioma de los sonidos, entendió lo que aquella música les iba diciendo a los circunstantes.

Clarita, la anciana prostituta venezolana, le expresa su admiración: «Antier, cuando yegaste a caballo, con la escopeta al arzón, atropeyando la gente, caída la gorra sobre la nuca, te me pareciste a mi hombre. Luego simpaticé contigo desde que supe que eres poeta».

Al encontrarse cara a cara con la selva, Coba se expresa de la siguiente manera: Por primera vez, en todo su horror, se ensanchó ante mí la selva inhumana. Árboles deformes sufren el cautiverio de las enredaderas advenedizas, que a grandes trechos los ayuntan con las palmeras y se descuelgan en curva elástica, semejantes a redes mal extendidas, que a fuerza de almacenar en años enteros hojarascas, chamizas, frutas, se desfondan como un saco de podredumbre, vaciando en la yerba reptiles ciegos, salamandras mohosas, arañas peludas. Al verse inmerso en semejante cárcel insalvable solo atina a exclamar: ¿Cuál es aquí la poesía de los retiros, dónde están las mariposas que parecen flores traslúcidas, los pájaros mágicos, el arroyo cantor? ¡Pobre fantasía de los poetas que solo conocen las soledades domesticadas!

Es el anciano Clemente Silva, el rumbero (que abre rumbos en medio de la manigua) abandonado en el selva, enfermo y lleno de sentimientos de venganza, el que nos narra los horrores de la selva y la maldad de los gamonales caucheros.

La segunda parte de la obra inicia con una oda a la selva, en la voz del Anciano Clemente Silva: ¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde? Los pabellones de tus ramajes, como inmensa bóveda, siempre están sobre mi cabeza, entre mi aspiración y el cielo claro, que solo entreveo cuando tus copas estremecidas mueven su oleaje, a la hora de tus crepúsculos angustiosos. ¿Dónde estará la estrella querida que de tarde pasea las lomas? ¿Aquellos celajes de oro y múrice con que se viste el ángel de los ponientes, por qué no tiemblan en tu dombo? ¡Cuántas veces suspiró mi alma, adivinando al través de tus laberintos el reflejo del astro que empurpuraba las lejanías, hacia el lado de mi país, donde hay llanuras inolvidables y cumbres de corona blanca, desde cuyos picachos me vi a la altura de las cordilleras! ¿Sobre qué sitio erguirá la luna su apacible faro de plata? ¡Tú me robaste el ensueño del horizonte y solo tienes para mis ojos la monotonía de tu cenit, por donde pasa el plácido albor, que jamás alumbra las hojarascas de tus senos húmedos!

Tú eres la catedral de la pesadumbre, donde dioses desconocidos hablan a media voz, en el idioma de los murmullos, prometiendo longevidad a los árboles imponentes, contemporáneos del paraíso, que eran ya decanos cuando las primeras tribus aparecieron y esperan impasibles el hundimiento de los siglos venturos. Tus vegetales forman sobre la tierra la poderosa familia que no se traiciona nunca. El abrazo que no pueden darse tus ramazones lo llevan las enredaderas y los bejucos, y eres solidaria hasta en el dolor de la hoja que cae. Tus multísonas voces forman un solo eco al llorar por los troncos que se desploman, y en cada brecha los nuevos gérmenes apresuran sus gestaciones. Tú tienes la adustez de la fuerza cósmica y encarnas un misterio de la creación. No obstante, mi espíritu solo se aviene con lo inestable, desde que soporta el peso de tu perpetuidad, y, más que a la encina de fornido gajo, aprendió a amar a la orquídea lánguida, porque es efímera como el hombre y marchitable como su ilusión.

Déjame huir, oh, selva, de tus enfermizas penumbras formadas con el hálito de los seres que agonizaron en el abandono de tu majestad. ¡Tú misma pareces un cementerio enorme donde te pudres y resucitas! ¡Quiero volver a las regiones donde el secreto no aterra a nadie, donde es imposible la esclavitud, donde la vida no tiene obstáculos y se encumbra el espíritu en la luz libre! ¡Quiero el calor de los arenales, el espejeo de las canículas, la vibración de las pampas abiertas! ¡Déjame tornar a la tierra de donde vine, para desandar esa ruta de lágrimas y sangre que recorrí en nefando día, cuando tras la huella de una mujer me arrastré por montes y desiertos, en busca de la Venganza diosa implacable que solo sonríe sobre las tumbas!

La tercera parte comienza con una oda al desagradecido oficio del cauchero. El anciano Clemente Silva, al que se le ve un gran dote de elocuencia y diestro narrador, dice, con voz de clamor y de reproche: ¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! Viví entre fangosos rebalses, en la soledad de las montañas, con mi cuadrilla de hombres palúdicos, picando la corteza de unos árboles que tienen sangre blanca, como los dioses.

A mil leguas del hogar donde nací maldije los recuerdos porque todos son tristes: el de los padres, que envejecieron en la pobreza, esperando apoyo del hijo ausente; el de las hermanas, de belleza núbil, que sonríen a las decepciones, sin que la fortuna mude el ceño, sin que el hermano les lleve el oro restaurador.

A menudo, al clavar la hachuela en el tronco vivo sentí deseo de descargarla contra mi propia mano, que tocó las monedas sin atraparlas; mano desventurada que no produce, que no roba, que no redime, y ha vacilado en libertarme de la vida. Y pensar que tantas gentes en esta selva están soportando igual dolor.

¿Quién estableció el desequilibrio entre la realidad y el alma incolmable? ¿Para qué nos dieron alas en el vacío? ¡Nuestra madrastra fue la pobreza; nuestro tirano, la aspiración! Por mirar la altura tropezábamos en la tierra; por atender al vientre misérrimo fracasamos en el espíritu. La medianía nos brindó su angustia. ¡Solo fuimos los héroes de lo mediocre!

El que logró entrever la vida feliz, no ha tenido con qué comprarla; el que buscó la novia, halló el desdén; el que soñó con la esposa, encontró la querida; el que intentó elevarse, cayó vencido ante los magnates indiferentes, tan impasibles como estos árboles que nos miran languidecer de fiebres y de hambre entre sanguijuelas y hormigas.

Quise hacerle descuentos a la ilusión, pero incógnita fuerza disparóme más allá de la realidad. Pasé por encima de la ventura, como flecha que yerra su blanco, sin poder corregir el fatal impulso y sin otro destino que caer. ¡Y a esto lo llamaban mi porvenir!

¡Sueños irrealizados, triunfos perdidos! ¿Por qué sois fantasmas de la memoria, cual si me quisierais avergonzar? Ved en lo que ha parado este soñador: en herir al árbol inerme para enriquecer a los que no sueñan; en soportar desprecios y vejaciones en cambio de un mendrugo al anochecer.

Esclavo, no te quejes de las fatigas; preso, no te duelas de tu prisión: ignoráis la tortura de vagar sueltos en una cárcel como la selva, cuyas bóvedas verdes tienen por fosos ríos inmensos. ¡No sabéis del suplicio de las penumbras, viendo al sol que ilumina la playa opuesta, adonde nunca lograremos ir! ¡La cadena que muerde vuestros tobillos es más piadosa que las sanguijuelas de estos pantanos!; el carcelero que os atormenta no es tan adusto como estos árboles, que nos vigilan sin hablar!

Tengo trescientos troncos en mis estradas y en martirizarlos gasto nueve días. Les he limpiado los bejuqueros y hacia cada uno desbrocé un camino. Al recorrer la taimada tropa de vegetales para derribar a los que no lloran, suelo sorprender a los castradores robándose la goma ajena. Reñimos a mordiscos y a machetazos, y la leche disputada se salpica de gotas enrojecidas. ¿Mas qué importa que nuestras venas aumenten la savia del vegetal?

¡El capataz exige diez litros diarios y el foete es usurero que nunca perdona!

¿Y qué mucho que mi vecino, el que trabaja en la vega próxima, muera de fiebre? Ya lo veo tendido en las hojarascas, sacudiéndose los moscones, que no lo dejan agonizar. Mañana tendré que irme de estos lugares, derrotado por la hediondez; pero le robaré la goma que haya extraído y mi trabajo será menor. Otro tanto harán conmigo cuando muera. ¡Yo, que no he robado para mis padres, robaré cuanto pueda para mis verdugos!

Mientras ciño al tronco goteante el tallo acanalado de carana, para que corra hacia la tazuela su llanto trágico, la nube de mosquitos que lo defiende chupa mi sangre y el vaho de los bosques me nubla los ojos. ¡Así el árbol y yo, con tormento vario, somos lacrimatorios ante la muerte y nos combatiremos hasta sucumbir!

Mas yo no compadezco al que no protesta. Un temblor de ramas no es rebeldía que me inspire afecto. ¿Por qué no ruge toda la selva y nos aplasta como a reptiles para castigar la explotación vil? ¡Aquí no siento tristeza, sino desesperación! ¡Quisiera tener con quien conspirar! ¡Quisiera librar la batalla de las especies, morir en los cataclismos, ver invertidas las fuerzas cósmicas! ¡Si Satán dirigiera esta rebelión!...

¡Yo he sido cauchero, yo soy cauchero! ¡Y lo que hizo mi mano contra los árboles puede hacerlo contra los hombres!

La vorágine termina, como toda buena obra trágica, con la muerte del héroe. Una metáfora de la vida que, aunque luchemos y pongamos todo nuestro empeño por alcanzar los más nobles sueños y metas, termina engulléndonos sin ninguna conmiseración. Arturo Coba, Alicia, la niña Griselda, Franco y otros amigos terminan perdidos en la selva, mientras tratan de encontrar la anhelada libertad. Y así, como en la condena de la vida nadie sale vivo, igual les sucede a los personajes de la obra: Y por este proceso —¡oh, selva!— hemos pasado todos los que caemos en tu vorágine.